La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

E l jardín del palacio de Brielle estaba en su máximo apogeo.

El olor del jazmín lo inundaba. Las flores blancas brillaban bajo la luz de la primavera.

Una pequeña de cabello cobrizo corría por el jardín, jugando al escondite con otra niña casi idéntica a ella.

Se reían sin parar mientras se perseguían entre los arbustos podados con formas ovaladas.

Habían pasado tres años de la muerte del rey Noah.

Lo añoraba, pero jugar con su prima era la mejor parte del día.

Tomaba clases que la preparaban para la corte desde el alba hasta la hora del té.

La instruían en protocolo, en la historia de las casas nobles y en danza.

La princesa acababa muy frustrada con todo aquello.

No se le daba bien elegir los cubiertos, tampoco era capaz de memorizar todos los nombres de sus libros y se le daba aún peor el baile.

Cuando terminaba la tortura, salía corriendo, quitándose por el camino la ropa que le impedía moverse con facilidad.

Quería jugar con su amiga. Lo necesitaba tanto después de que la hicieran sentir que no servía para nada…

Aquel día, su juego terminó antes de lo esperado.

—Si es la princesita mimada —la llamó una voz masculina detrás de ella—. ¿Has terminado tus clases?

—Hmmm —gimió asustada, quedándose muy quieta—. Sí, señor duque, terminé todo —respondió, haciendo una horrible reverencia.

—¡Niña! —bramó él, dirigiéndose a Isobel—. ¡Lárgate de aquí!

Carla la miró aterrorizada. No quería quedarse a solas con el duque. Era malo con ella. Su prima le devolvió una mirada cargada de pavor, rogándole que la perdonara, y salió corriendo sin mirar atrás.

—¡Ven aquí! —la llamó, señalando el suelo ante él.

No pudo moverse. El miedo le había clavado los pies en el suelo. Le temblaba todo el cuerpo.

Al ver que no respondía, la agarró por el brazo con fuerza.

La puso frente a él de un tirón.

—Ha llegado el momento de que renuncies al trono. ¡Tu hermano será el próximo rey! ¿Lo entiendes?

—Pero la ley… —quiso rebatirlo, con los ojos borrosos.

—¡Deja de repetir las palabras de ese inútil!

—le apretó las mejillas con su mano, envolviéndole toda la cara—.

Es muy sencillo, tienes dos opciones: o renuncias a ser la heredera, o te quitaré todo lo que tienes en este palacio.

Tu querida prima será repudiada y enviada de vuelta al estercolero del que vino.

No se te permitirá salir al jardín. No podrás hacer nada más que vivir encerrada en tu dormitorio.

El sabor salado de las lágrimas le revolvía el estómago a la niña, mientras su pequeño cuerpo temblaba sin control.

—¿Eso es lo que quieres? —Cada vez levantaba más su ronca voz—. ¡Estoy intentando ser amable contigo! ¡No quiero tener que obligarte a tomar la mejor decisión para ti y para el reino!

—¡No, por favor! ¡No quiero estar sola! Señor duque, seré buena… Necesito a Isi, no se la lleve.

—Tranquila, está bien. Se quedará contigo —rebajó un poco su intensidad.

Un suspiro de alivio salió del pecho de Carla.

—Solo tienes que firmar tu renuncia —su sonrisa le daba miedo—.

Es muy sencillo, vivirás en el palacio con tu querida prima hasta que te encontremos un marido adecuado.

Podrás hacer lo que quieras hasta ese día.

Si no firmas, estarás sola y encerrada. Sé que no eres muy lista, pero hasta tú puedes ver cuál es la mejor opción que tienes.

—Pero yo… yo no puedo elegir —no conseguía parar de llorar—. Papá lo hizo. Papá dijo que yo tengo que ser reina. Yo no… ¡Haré lo que papá quería!

Levantó la barbilla, envalentonada por el recuerdo de su padre.

—¡Niñata desagradecida! —El golpe de su enorme mano en la cara la tiró al suelo con un sonoro bofetón—. ¡Le dije a tu madre que pasabas demasiado tiempo con ese bastardo! ¡Te ha lavado el cerebro! Es demasiado tarde para ti. Está bien, ¡tú lo has querido!

El duque de Braber se dio la vuelta maldiciéndola en voz baja. Sus pies resonaban en la piedra con cada paso cargado de furia.  Carla salió corriendo hacia el palacio en busca de Isobel.

La mejilla le ardía, pero le dolía más pensar que su prima fuera enviada lejos de ella. Llegó sin aliento a los aposentos de su tía.  Abrió la puerta sin llamar, entrando de golpe.

—¡Tía Lily! —se lanzó a sus brazos—. Él… él va a… ¡Quiere echaros de casa! Se va a llevar a Isi. Tía Lily, por favor. ¡Tienes que hacer algo!

—¿Qué ha pasado, mi niña? —intentó consolarla.

Sus ojos, de color avellana, la miraban con afecto. Carla enterró la nariz en su pecho, buscando su aroma.

—Él… el duque… quiere que firme para no ser reina. Dice… que… si no lo hago, se llevará a Isi. Dice que me encerrará, ¡sola!

—Maldito —escupió con odio, agarrándola por los hombros con urgencia—. Carla, pequeña, ve corriendo a buscar al comandante Peacock. No te pares. No hables con nadie más. Solo con él. ¿Lo has entendido?

—¡Sí, tía! —se giró rápidamente hacia la puerta abierta.

Antes de dar el primer paso, Carla quedó paralizada. El duque, seguido por seis soldados, estaba parado en el umbral con su sonrisa perversa.  Su tía la agarró por el brazo, colocándola tras ella para protegerla.

—¿Qué está pasando aquí, Willem? —preguntó la mujer, elevando la cabeza sobre su largo cuello.

—Recoge tus cosas y las de esa niña —ordenó él, con cara de asco—. Ya no sois bienvenidas en la casa De Meredith.

—¡No tienes derecho a echarnos de aquí! —le espetó ella sin achantarse—. Mi hermana es la reina regente. ¡No puedes hacer esto!

—Tu hermana ya ha firmado la orden. —Levantaba un documento, sellado y firmado por la casa real.

—No puede ser. ¡Tiene que ser falso! —respondió resistiéndose mientras dos guardias la cogían por los brazos para llevársela—. ¡Quiero hablar con ella! ¡Quiero hablar con Sophia! ¡Ahora mismo!

—Ven aquí, princesita —agarró el duque a Carla, arrastrándola por el pasillo.

Se retorcía, intentando zafarse de la mano de aquel hombre. No tenía fuerza suficiente. Los gritos de su tía y su prima resonaban por las paredes, encogiéndole el pecho. No podía hacer nada.

La frustración le corría el rostro en forma de lágrimas sin poder controlarlas.

—¿En serio creías que podías evitarlo? —se mofó el duque—. ¡No tienes ninguna autoridad! ¡Hasta que no seas coronada, no eres nadie! Y me ocuparé de que nunca llegues a sentarte en ese trono…

—¡Suéltame! —chilló con todas sus fuerzas—. ¡Isi! ¡Tía Lily! ¡No te las lleves! ¡Por favor!

—¿Cambiaste de parecer? —se detuvo en seco el duque, delante de la puerta del dormitorio—. Si me dices que mañana firmarás tu renuncia, las dejaré quedarse contigo.

—¡No lo haré! ¡Lucharé cada día por lo que papá quería! ¡Lo juro!

—¡Niña terca! —Abrió la puerta, tirándola sin miramientos al interior. Carla cayó contra el suelo—. En el día de hoy aprenderás una lección muy valiosa. Las decisiones que tomas tienen consecuencias. —Un escalofrío la recorrió de arriba abajo.

—¡No! ¡Déjame salir! ¡Me iré con la tía Lily! —aporreó la puerta—. ¡Quiero salir de aquí! ¡Isi! ¡No te vayas! ¡Isi!

La pequeña Carla gritó hasta quedarse afónica. Se rompió un dedo contra la madera. Se destrozó las uñas tratando de abrirla. Lo intentó todo, hasta que su cuerpo no pudo más.

Las rodillas le fallaron, doblándose bajo su peso.

Caía lentamente sin poder evitarlo. Apretando los puños. Tragándose el nudo que envolvía su garganta.

El frío suelo la encontró, acogiéndola en su derrota.

Impotente.

Indefensa.

Sola.

La rabia la inundaba, sin saber cómo salir de la habitación. Al caer la noche, se metió en la cama. Se hacía pequeña, rodeándose las rodillas con los brazos, encogiéndose cada vez más, intentando desaparecer entre las mantas.

El agotamiento la arrastró y se quedó dormida.

Un ruido en la mesilla junto a ella la despertó ya avanzada la noche. Había una figura de pie. No podía ver su cara. La cubría con una capa negra. Tenía un candil en la mano. El cuerpo de Carla no le respondía.

Quería gritar.

No podía.

La oscura sombra se deslizó, quedándose de rodillas a su lado. Colocó la lámpara muy lentamente sobre la cama, quitándole el cristal que protegía la llama.

—Es lo que debe ser —susurró, derribándolo con la mano.

El aceite se vertió sobre la tela, prendiendo al instante. Las llamas se extendieron por las sábanas que cubrían a la niña. El dolor le arrancó el aliento cuando el fuego la alcanzó. Trató de quitárselas, pero ya estaban fundidas en su piel. Giraba sobre el colchón intentando apagarlo.

Solo consiguió propagarlo.

—¡Ayuda! —rogó desesperada.

La figura se giró hacia la puerta sin dar respuesta. Con paso lento y firme.

Sin mirar atrás.

El sonido de la llave al pasar perforó a Carla como un puñal.

La había abandonado a su suerte.

La pequeña princesa saltó de la cama. Sus alaridos resonaban por encima del crepitar de la madera al quemarse. No podía desprenderlo de su cuerpo. La seguía por toda la estancia.

Hasta que dejó de sentirlo.

Le había atravesado tan profundamente la piel que ya no respondía al dolor. Las llamas sobre ella se extinguieron al no tener nada que consumir. La tela se había derretido junto a la carne hasta no quedar más que un amasijo que le cubría toda la espalda y parte del cuello.

Se dejó caer junto a la pared más alejada, cubriéndose la cara con las manos. Ya no le quedaba voz, pero seguía intentándolo. El humo no la dejaba respirar.

Se estaba ahogando.

No podía salir.

Las lenguas de fuego engullían la cama, elevándose hasta el techo de piedra. Una mancha negra se formaba a su paso.

Los ojos se le cerraban poco a poco.

No iba a salir de allí.

De pronto, un fuerte golpe derribó la puerta. El comandante Peacock entró, enfrentándose al fuego hasta llegar a ella.

—¡Carla! ¡Carla! —la llamó zarandeándola—. ¡No te duermas, pequeña! ¡Mantente despierta! ¡Hazlo por mí!

Se quitó la capa, envolviéndola por completo. La cogió en brazos, levantándola con todo el cuidado que podía.

Sollozó al contacto de sus manos.