La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 19 #2
49%

CAPÍTULO 19 #2

—Tú te lo has buscado —se regodeó el doctor—. Te dije que se iba a cabrear si no te cuidabas.

—¡Vale, vale! —aceptó él, con una risa nerviosa—. Los heridos…

—Ya me han informado —volvió a interrumpirlo Kiran sin miramientos—. ¿Algo de lo que solo puedas informar tú?

—Capturamos a dos de los asaltantes durante la emboscada —levantó la barbilla, cargado de orgullo, al ver el rostro interesado de Kiran—.

Los he interrogado personalmente. Son una organización creada en el ducado de Braber.

Todos los miembros nacieron y se criaron allí.

No son soldados. La mayoría son jóvenes que se han visto obligados a seguir a su cabecilla. El hijo del barón Muller.

Una mueca se dibujó en los labios de Kiran.

Un nombre.

Tenían un hilo del que tirar. Hugo nunca le defraudaba.

—No puedo asegurar que el barón esté al tanto de las actividades de su hijo —continuó, casi sin coger aire—.

Hay alguien detrás de todo esto. Alguien que tiene recursos y una razón para ello, pero no pueden darme un nombre.

Nunca han visto su cara. Su misión era acabar con la vida de la princesa Carla.

A toda costa. Los amenazaron con acabar con sus familias si no lo hacían.

—Son solo peones y no saben quién mueve las piezas del tablero. —Kiran se posó la mano sobre la barbilla—. Has hecho un buen trabajo. ¡Ahora, vete de aquí!

—¿No deberíamos mandar a nuestros contactos en Frisia a investigar al barón?

—¡Lo haremos cuando hayas comido y descansado! —lo regañó—. ¡Lárgate! ¡Ahora!

—¡A la orden, mi señor! —salió corriendo a la puerta—. ¡Me alegro mucho de que esté bien! —asomó la cabeza, mostrándole todos sus dientes, antes de cerrar.

—No puedo con él —se rio Kiran, por la expresión de su cara—. Ya puedes hacer lo que quieras conmigo, Owen.

—¿Te duele algo? —preguntó, tomándole las constantes en la muñeca.

—Creo que acabaría antes si te digo lo que no me duele.

—Te lo tienes bien merecido por insensato —le sermoneó, retirándole las vendas con cuidado—. ¿En qué estabas pensando para interponerte?

—¡Tú también, no! Te pareces a tu hermano, riñéndome como a un niño.

—¡Ju! —rio él entre dientes—. Si te comportas como uno…

—¡Calla, anda! —rezongó, aguantando la risa—.  Si me río, me duele todo. ¿Me quedarán secuelas?

—Una vez pasada la infección, estás fuera de peligro —lo tranquilizó Owen—. Gracias a nuestra querida capitán De Luca, casi no te quedará ni cicatriz.

—¡Je! —se le escapó al recordar las manos de Ana, curándole heridas en el refugio

—Esto es más grave de lo que pensaba —se burló de él.

—Corrijo, eres peor que Benjamin —replicó, bastante frustrado—. ¿Vas a sermonearme tú también?

—Para nada, esta nueva versión tuya es digna de estudio. ¡Cuenta, cuenta! ¡No te dejes nada! ¿Qué hicieron mientras estaban desaparecidos?

—¡Qué imbécil eres! ¡No hicimos nada! Y si así fuera, ¡no es asunto tuyo!

—¡Ja, ja, ja! ¿Te has sonrojado, Kiran? —se regodeó—. Creo que me lo voy a pasar muy bien esta semana…

—¿Perdón? —preguntó, ignorando sus pullas.

—Le dijimos a la princesita que tenían que quedarse para que los soldados se recuperaran. Ana aceptó de buen grado. —le explicó Owen, con una mirada maliciosa en sus ojos, esperando su reacción por llamar a la capitán por su nombre.

—Entonces, ¿los soldados están peor de lo que me dijeron?

—Con lo inteligente que parecías… ¿Cómo íbamos a dejar que se fueran a conocer al príncipe Kiran si él está postrado en esta cama?

—Tiene sentido —se dio cuenta—. No sé qué haría sin ti, hermanito…

—¡A la mierda con eso! ¡No sé cómo has llegado vivo hasta aquí! Joder, ¡sí, lo sé! Si no es por Ana, ¡habrías muerto varias veces durante este viaje!

—¿Qué confianzas te traes con ella? ¡Para ti es la capitán De Luca! —explotó Kiran, sin aguantarlo más—. No me obligues a tener que ponerte en tu lugar, her-ma-ni-to.

—¡Ja! —rio Owen con ganas—. Eso será cuando puedas levantar el culo de esa cama, prin-ci-pi-to.

—Para eso tienes que hacer tu trabajo —lo provocó, arrugando la nariz como si hubiera olido algo desagradable.

—¡Ja, ja, ja! Te he echado de menos, hermano.

—Yo también me alegro de verte —sonrió Kiran, con sinceridad—. Gracias por todo.

—Estoy a su servicio, mi príncipe —se regodeó, exagerando una reverencia—. Ahora descansa. Te traerán algo de comer.

La puerta volvió a cerrarse una vez más. Estaba cansado, pero tenía algo de hambre. Esperaría antes de volver a dormir. Unos ligeros golpes en la madera lo reclamaron, como si le hubieran leído el pensamiento.

—¡Adelante!

Una enfermera abrió la puerta lentamente, dejándole paso a Ana, que portaba una bandeja en sus manos.

Los dejó a solas. Ella le dedicó una sonrisa animada mientras se acercaba a la cama.

Ver sus magulladuras le impidió responderle del mismo modo.

Kiran sintió como si una mano le estrangulara la boca del estómago.

Estaba herida. No había hecho más que empeorar las cosas.

Si no se hubiera metido en medio, ella habría partido a la mitad las fechas y él no estaría en esa cama.

—¿Te encuentras bien, Anthony? —Colocó la bandeja sobre la mesilla. Se la veía preocupada—. Te duele, ¿verdad? Puedo verlo en tu cara.

—Todo el cuerpo. Como si me hubiera caído a un río helado y las piedras me hubieran golpeado por todas partes. ¿Sabes a qué me refiero?

—Sí, creo que conozco la sensación —le siguió la broma con ese sentido del humor tan suyo—. Traigo algo de comer. Hugo me avisó de que habías despertado… de nuevo.

—¿De nuevo?

—¿No lo recuerdas? —bajó la cabeza, mirándose las manos—. Esta mañana te despertaste, solo un momento. Volviste a caer, enseguida.

—Lo siento, no… —Se tragó las palabras al recordar la imagen de sus ojos.

—No importa —se acercó, ayudándolo a incorporarse—, es mejor así.

—¿A qué te refieres, Ana?

—¡No es nada! No te preocupes. Debes comer algo —evitó la pregunta, poniéndole la bandeja en el regazo.

—¿Podrías…? —quiso pedirle que se quedara, pero no pudo.

—¿Sí? —Se sentó en la silla junto a él, ahorrándole tener que decírselo.

—Nada, no era nada importante. —Fijó la vista en el caldo que le había traído, evitando mirarla.

—Puedes pedirme lo que quieras. Al fin y al cabo, arriesgaste tu vida por intentar salvarme.

Fue un golpe directo al pecho.

«De eso se trata, ¿no?», se preguntó Kiran «Está cuidando de mí, porque cree que tiene una deuda conmigo»

—¿No tienes hambre? —lo trajo Ana de vuelta, con una expresión extraña.

—Sí, la tengo. Solo estaba… perdido en mis pensamientos —se justificó conteniendo una mueca de dolor—. Tengo que contarte algo.

Entre cucharada y cucharada, le contó lo que Hugo había averiguado. Le sabía a gloria con el estómago vacío.

—¿Conoces al barón Muller y a su hijo? —Se volvió hacia ella, dejando la cuchara sobre el plato vacío.

—Por desgracia… sí, los conozco bien —reconoció Ana, levantándose de la silla para retirarle la bandeja—.

Bram Muller… Era muy amigo del hermano pequeño de la princesa.

Vivió en la ciudadela de Brielle desde niño, acompañando al príncipe.

Hace algunos años, decidió que quería volver al ducado de Braber, a la baronía de su padre.

—¿Crees que le guarda algún rencor a su alteza?

—Es posible —tenía un aire pensativo—. Ahora no debes preocuparte. Descansa.

Se alejó de él, dirigiéndose a la puerta. Kiran quiso pedirle que se quedara, y alargó la mano hacia su espalda, como si llegara a tocarla.

No pudo.

—¿Hay algo que no me hayas contado, Ana? —se quedó parada, sin darse la vuelta.

—Hay muchas cosas que no estoy autorizada a contarte.

—Entiendo, sigues sin confiar en mí…

—Es más complicado que eso. Es solo que… ¿Acaso me contarías cualquier cosa relacionada con un ataque al príncipe Kiran?

Guardó silencio por un instante.

—Te confío mi vida, pero no puedo revelarte los secretos de mi reino.

—Lo entiendo. Solo…  Si en algún momento necesitas ayuda, puedes contar conmigo.

—Creo que ya te he pedido demasiado —se giró, mostrándole una sonrisa triste—. Será mejor que me vaya.

«¿En serio creías que te permitiría estar a su lado?», lo machacó esa cruel voz en su cabeza.  «Nunca has sido suficiente para nadie, no iba a ser diferente con ella».

El suave clic resonó en la habitación al marcharse. Había visto a muchos atravesar el umbral en ese día. Era la primera vez que le quedaba una sensación de vacío al quedarse solo… la primera vez que sentía que le habían arrebatado algo importante.