CAPÍTULO 19
U n tímido rayo de sol caía sobre el rostro de Kiran.
Sentía su calidez en la piel, aun con los ojos cerrados.
Los párpados le pesaban. Trató de abrirlos, pero volvían a cerrársele sin que pudiera evitarlo.
Un olor a hierbas, mezclado con la brisa invernal, lo rodeaba.
Se obligó a volver a intentarlo una vez más.
Y lo consiguió. Las paredes blancas de la habitación en la que se encontraba lo cegaron.
Apartó el rostro. Toda esa luz le molestaba.
No sabía dónde estaba. Recordaba el refugio, el río y unos ojos que lo reclamaban.
Tal vez eso último lo había soñado. Todo estaba borroso, mezclado en un solo recuerdo que se le escapaba.
Cuando intentó incorporarse, un dolor intenso en el hombro lo detuvo.
El resto del cuerpo lo acompañó, como si le resonara por cada fibra y músculo.
Estaba entumecido y aletargado. Tenía la boca seca.
Quería agua. Miró a la derecha, encontrando un vaso que pedía a gritos que lo bebiera.
Alargó la mano, intentando llegar hasta él.
—Déjame que te ayude, amigo mío —le dijo una voz conocida—. No debes moverte.
—¿Benjamin? ¿Eres tú? —preguntó confuso—. ¿Dónde estoy?
—En la finca De Ille —respondió el marqués, levantándolo para que pudiera beber—, llevas dos días inconsciente. Ya casi te daba por perdido, hasta que la capitán De Luca te dio la orden de despertar esta mañana.
—¡Ana! ¿Dónde está? ¿Está bien? —Se incorporó demasiado rápido, arrepintiéndose al sentir un latigazo en el hombro.
—Tranquilo —alzó Benjamin las manos, alarmado—. Está bien, solo algo magullada, pero es una mujer fuerte. —Parecía sorprendido por su reacción
—¿La princesa? ¿Los pelotones? Cuéntame lo que ha pasado mientras dormía.
El marqués le resumió todo lo ocurrido. Los heridos. La llegada de la princesa a caballo con Hugo. Los fallecidos. La partida que salió en su búsqueda. Y la llegada a la finca.
—Gracias por ocuparte de todo. —Una sonrisa de alivio se dibujó en el rostro de Kiran.
—¡Uy! —exclamó él, jocoso—. ¿Eso es una sonrisa, Alteza? ¿O debo llamarte, capitán Ferner?
—Mientras esté aquí la comitiva de la princesa, seré Anthony para ti.
—¿Cómo? ¿Voy a llamar por su nombre a un capitán? Creo que están demasiado relajados con el protocolo desde que están bajo el mando de cierta dama…
—Llámame como quieras —resopló—. Mientras no lo hagas por mi nombre real… ¡Qué más dará! ¡Siempre haces lo que quieres!
—¡Anda, anda! —no paraba de reír—. Me gustabas más cuando despertaste con esa sonrisilla. ¡No vuelvas a tu forma victimista de siempre, por favor!
—¿Victimista? —preguntó Kiran, fingiendo que lo había ofendido—. ¿Qué manera es esa de tratar a tu príncipe?
—¿Cómo? ¿No estoy ante el capitán Ferner? ¡Aclárate, haz el favor!
Ambos quedaron mirándose el uno al otro, sonriendo.
—Te he echado de menos —volvió a suspirar—. Me faltaba algo en la ciudad sin ti.
—Yo también te añoré. Ahora cuéntame, ¿cómo acabaste aquí? ¿Te diste un golpe en la cabeza?
—Bueno, podría decirse que Marcia me echó de casa —se echó a reír.
Hablaron durante horas, poniéndose al día tras casi dos años separados.
Le contó sobre las últimas palabras de su padre y cómo lo habían atormentado.
La conversación con Marcia y cómo le infundió el coraje para salir al camino.
Le habló de la princesa. De las emboscadas.
De la organización que los perseguía. Y de…
Ana. Benjamin no decía ni una palabra. Solo lo miraba con sorpresa, mientras sonreía como si le hubiera llegado un regalo que llevaba mucho tiempo esperando.
—No te voy a mentir —habló al fin, cuando terminó de contarle—. Jamás habría esperado que pudieras hacer algo como esto, ¡pero me alegro tanto por ello! ¿Tú no?
—Reconozco que, aunque al principio me arrepentí de haberme ido, ahora estoy satisfecho con mi decisión —la vergüenza se apoderó de él—. El viaje no ha sido fácil, ya lo has visto, pero… empiezo a entender lo que mi padre quería decirme.
—Yo también lo creo, aunque no negaré que me preocupa un poco todo lo que envuelve a la princesa Carla —su cara dio paso a la preocupación—. Esa organización…
—Creo que hay algo que no nos están contando —confirmó Kiran a su amigo, bajando la cabeza—. Mi plan era capturar a alguno y sacarle información, pero me fue imposible.
—Sí, ya me di cuenta —le reprochó—. ¿Me puedes explicar por qué nuestro príncipe se interpuso para salvar a un capitán que ni siquiera es de su ejército?
—¿La verdad? —Kiran seguía mirándose las manos—. No puedo explicártelo. Ni yo mismo lo entiendo. Solo lo hice. No podía… permitirlo.
—Hubiera preferido que me dijeras que te tropezaste como un novato —parecía ofuscado—. Dime que no te has encandilado con su brillo.
No pudo responderle.
Levantó la cabeza, mirándolo con cara de desconcierto.
—¡Maldita sea, Kiran! —lo regañó, colocándose a los pies de la cama—. ¿En qué estás pensando?
—¡No lo sé, Benjamin! —explotó, frustrado—. No tenía nada pensado cuando salí del palacio. Me atormentaba lo que me esperaba al volver. El pánico… me asfixiaba.
Tragó saliva con fuerza. Empujando la bola que le subía por la garganta.
—No tengo ni idea de lo que mi padre quería decirme, pero he abierto los ojos. Lo que hacía en Issel, ¡no era vivir! Ni siquiera lo hacía durante el primer tramo de mi viaje. Hugo era el que me movía, hasta que llegamos a Frisia. Cuando la vi ante mí… todo cambió. Había luz de nuevo.
Resopló, pasándose la mano por el pelo sin apenas darse cuenta.
—Su fuerza, su coraje, su ímpetu por no dejarse derrotar. ¡Lo removió todo bajo mis pies! Cada día que pasaba, me contagiaba de su forma de ser. Y… ¡Comencé a querer más, Benjamin! ¿Acaso es tan horrible?
Los ojos de Kiran le quemaban por la angustia que sentía. Estaba confuso. No sabía qué era lo que le sucedía. Solo quería seguir adelante, ver a dónde lo llevaba todo aquello. Pero su amigo, que lo había apoyado desde niño, no podía verlo.
Le dolía demasiado.
—Lo siento mucho —se acercó, cogiéndole la mano, con afecto—. No tiene nada de malo lo que sientes. Me he comportado como… ella . Perdóname, por favor.
—No hay nada que perdonar. Entiendo perfectamente tu preocupación. Es la misma que la mía. Aún no he decidido nada, pero… es que ahora mismo no quiero hacerlo.
—Lo entiendo, Kiran. Siempre sentí que nunca llegaste a abandonar aquel cuarto oscuro. No te lo permitieron.
Ahí estaba de nuevo. Adoraba a Benjamin, pero esa mirada cargada de lástima…
—Tienes que tomar una decisión. Elijas lo que elijas, permaneceré a tu lado, siempre.
—Gracias —se sintió aliviado—. De verdad. No sabes cuánto me ayuda saber que, al menos una persona, se preocupa por mi bienestar por encima de mi deber.
—Creo que no soy el único —elevó una ceja—. Hugo lleva sin dormir ni comer desde que desapareciste. Y la capitán De Luca cuidó de ti en todo momento, hasta desfallecer.
—¿Se puede ser más terca? —protestó, molesto.
—Puedo entender por qué te ha llevado a plantearte abandonar tu deber, Kiran —su mirada era demasiado perversa para ser solo un cumplido—. No he hablado con ella más de dos veces, pero es una mujer increíble. ¿Puedo quedármela si no la quieres?
—¡Aléjate de ella! ¡No permitiré que la uses para hacer otra muesca en tu largo historial de mujeres, pervertido! —espetó Kiran, con una mirada de odio en su rostro—. Se merece a alguien mejor que tú y… mejor que yo también.
—No hagas eso —lo reprendió, intentando mantener la paciencia—. No te menosprecies dándole la razón a los que lo han hecho durante toda tu vida. No sé si la capitán De Luca siente algo por ti, pero sí sé que, si te permite estar a su lado, no se arrepentirá.
—No sé lo que voy a hacer, Benjamin. Por ahora, solo quiero continuar el viaje con ella.
Él le respondió con una media sonrisa cargada de orgullo.
—Voy a avisar a Owen y a Hugo. Tómate tu tiempo —se dirigió hacia la puerta—. Solo hazme un favor: por una vez en tu vida, toma la decisión basándote en lo que tú quieres. ¡Olvida todo lo demás! No será fácil, pero la decisión será solamente tuya.
Kiran se quedó mirando la madera de la puerta tras su marcha.
¿Sería capaz de anteponer lo que deseaba?
Hacía una semana se había preguntado lo mismo y la respuesta fue un no rotundo, inundado por el pánico.
Ahora, no negaba que el miedo le gritaba que cumpliera con su deber, pero había una pequeña voz que le decía: ¿por qué no?
¿No lo había hecho cuando saltó ante las flechas?
Había reaccionado sin pensar. La necesidad de protegerla tomó el control.
No tenía claro lo que sucedía en su cabeza.
Solo sabía que algo había cambiado desde que conoció a Ana.
¿Quería averiguar a dónde lo llevaría? ¿O quería volver a lo de antes?
«¡No! ¡No voy a hacerlo!», se reprendió a sí mismo. «Quiero avanzar. Seguir esa… luz»
La comisura se le levantó ante la convicción de aquella respuesta. Había mucho que afrontar todavía. Era consciente de ello. Pero no quería decidir nada, al menos por ahora.
La puerta se abrió de golpe, sacándolo de sus pensamientos.
—¡Mi señor! ¡¿Está bien?! ¡Está despierto! ¡Gracias, dioses! —gritaba Hugo, sin control.
—Tienes mala cara, amigo —respondió Kiran, alegre por verlo a salvo.
—Bueno… es que yo… Mi señor, yo no podía mientras usted estaba así… —Se atragantaba, intentando encontrar una excusa adecuada.
—Vete a descansar. ¡Ahora!
—Pero… debo hablar con usted —rogó Hugo afligido, mirándolo como un cordero camino al matadero—. Debo informarle…
—Está bien, pero date prisa —cedió Kiran ante su súplica.
Owen entró en ese momento.
—¿Puedo hacerte una revisión? —preguntó, sin armar dramas por su despertar.
—¿Puedes esperar diez minutos? Hugo terminará enseguida.
—No veo por qué no —le respondió, sentándose en la silla a esperar.
—¡Bien! ¡Mi señor! Lo primero, ¡me alegro mucho de…!
—No tienes tiempo para eso. —Lo interrumpió Kiran, cortante.
Hugo miró a Owen en busca de apoyo, pero no lo encontró.