La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 18 #3
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CAPÍTULO 18 #3

—Lamento no poder continuar a su lado —su voz se quebró, convertida en un susurro.

—No tiene nada que lamentar. ¡Volverá a casa y aprenderá a luchar de nuevo! ¿Me lo promete?

—Por usted, ¡lo que sea! —le respondió entre risas.

—Cuando regrese, le traeré un parche para ese ojo —se esforzó porque pareciera que estaba todo bien—. ¡Un recuerdo del reino de Salm!

—¡Ja, ja, ja! ¡No espero menos, mi capitán!

—Descanse, Prins —devolvió la cortina a su lugar, dedicándole una mueca burlona.

Continuaron por el pasillo donde se encontraba la habitación de Anthony. Sentía cómo los demás clavaban su mirada en ella. No habían dicho ni una sola palabra durante la ronda. El doctor revisaba las anotaciones en las hojas de los pacientes. Hugo seguía con su semblante agotado.

—Sabes que el cabo no volverá a luchar con normalidad, ¿verdad? —le preguntó Owen, obviando el protocolo de nuevo—. Tal vez no deberías darle esperanzas.

—No le he dado esperanzas para que siga en su puesto, Owen —lo cortó Carla—. Le he animado a volver a casa y descansar. Ya se ha dispuesto que sea designado en las oficinas militares. Se le condecorará por su valentía y se le buscará un trabajo acorde con su dificultad.

—Puede que el cabo haya entendido lo mismo que yo —su tono era un tanto infantil.

—Es probable, sí, pero es lo que necesitaba oír en este momento —interrumpió Hugo sin tapujos—. Cuando esté en casa, podrá adaptarse con tranquilidad a su nueva vida. Es de admirar que se preocupe por los que están bajo su mando, mi señora.

—Lo siento si te he ofendido, Ana. Como médico, prefiero no edulcorar la realidad. —Estaba siendo sincero—. Es mejor que sepan a lo que se atienen desde el principio. Las esperanzas vanas no sirven de nada.

—Es posible que tenga razón. —Carla lo miró a los ojos, sin dejarse intimidar—.

Estoy de acuerdo en que no se les puede mentir, pero ofrecerles ver una verdad distinta a la que tienen en mente, eso podría llevarlos a tener esperanza.

Y eso tal vez les haga querer seguir con vida.

Si no, es muy posible que quieran rendirse.

El doctor no respondió. La miraba como si estuviera viendo a un ser mitológico al que no podía comprender.

Negó con la cabeza y abrió la puerta del final del pasillo, dándoles paso con la mano extendida.

—¡Querida! —el marqués se levantó de la silla junto a la cama—. Ha tardado más de lo que esperaba. Empezaba a aburrirme.

—Excelencia, no sabía que me esperaba. Si me hubiera avisado, habría venido a su encuentro.

—¡Nada, nada! —hacía aspavientos con una mano ante su nariz—. Sabía que vendrían tarde o temprano. Mi querido amigo me ha hecho compañía.

Anthony seguía sin despertar. Owen miró las anotaciones de su estado con cautela.

—Parece que la fiebre ha bajado. Es una buena noticia, pero debe tener ganas de vivir, ¿no? —soltó mirando a Carla de una forma extraña, como si quisiera ponerla a prueba—. ¿Qué podemos hacer si no podemos contarle historias bonitas, Ana?

—¡Hermano! Intenta tener un poco más de empatía. —Su mirada se dirigió hacia Hugo.

Carla se giró, encontrándose con su rostro descompuesto junto a la puerta. En su expresión, el miedo competía con la desesperación.

No era capaz de acercarse.

—Sabe, doctor magnífico —lo retó Carla, acercándose a la cama lentamente—. Hay quien dice que las personas en este estado pueden oír todo lo que les decimos.

—Son cuentos de viejos supersticiosos —espetó, con cara de estar ofendido—, y nadie ha podido demostrarlo.

—Es probable que tenga razón, Owen —se agachó junto al oído de Anthony, dedicándole al doctor una mirada cargada de malicia—.

Soy consciente de que, por mucho que desees algo, no se hará realidad si no luchas por ello.

Pero la esperanza es lo último que se debe perder, ¿no cree?

Sé que no servirá de nada, pero tampoco va a hacerle ningún daño…

El silencio ocupó toda la habitación. La miraban como si se hubiera vuelto loca de repente. ¿Qué era lo que pretendía?

—Anthony —susurró Carla, dejando que el aliento rozara su oreja—. ¿Puedes oírme? Prometiste que me acompañarías durante todo el viaje, que cabalgarías a mi lado hasta Issel. ¿Lo has olvidado?

Paró un instante, tragándose el tapón que amenazaba con robarle la voz.

—¿Vas a romper tu promesa? —le recriminó con más dureza de la que pretendía—. ¡Regresa, joder! ¡Es una orden! ¡¿Vas a contradecir a tu capitán?!

Una lágrima rebelde recorrió la mejilla de Carla hasta caer en su hombro desnudo.

—Te lo ruego, Anthony. Por favor, vuelve —rogó, con un susurro tan débil que era imperceptible para los demás.

—¿Cómo podría desobedecer a mi capitán si me lo pide de este modo? —Su voz ronca la cogió por sorpresa.

—¡Oh, mierda! —soltó, casi atragantándose.

Se separó de él, como si le hubieran pinchado la cara.

Sus ojos estaban abiertos, clavados en ella.

Solo en ella .

—¿Me permite descansar un poco más? —le preguntó, al tiempo que volvía a cerrar los ojos poco a poco.

Carla no pudo responder.

Solo soltó el aliento que llevaba conteniendo desde que se habían separado en el camino.