La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

Comenzaron el desayuno, entrando directos en el juego de las cortes en un lugar tan apartado de la capital.

Pretendían que fuera distendido, pero era como si hubiera algo escondido bajo la mesa y todos lo supieran.

Isobel no perdía detalle de lo que sucedía.

Miraba a los ocupantes de la mesa con desconfianza, viendo más allá de lo que mostraban.

El marqués daba la impresión de ser un hombre despreocupado, pero nada más lejos de la realidad.

Al ver cómo los observaba y manejaba la situación, enseguida tuvo claro que controlaba todo lo que ocurría a su alrededor.

Owen tenía esa expresión de alguien que sabe más que los demás grabada en su cara.

Hugo era el único que parecía estar en otro lugar.

—Si me lo permite, Alteza —se aventuró el marqués en el silencio—. Me gustaría dotarles de dos de mis escuadrones como reemplazo de los hombres que no pueden continuar.

—Se lo agradezco —Isobel le mostró su mejor sonrisa de princesa—. ¿Cuándo podremos partir?

—Recomiendo esperar al menos una semana —interrumpió el doctor—. Sus soldados necesitan tiempo para recuperarse.

—De Wit ocupará el lugar del capitán Ferner —explicó el marqués mirando a Carla de reojo.

Aquellas palabras la golpearon en su ya dolorido pecho.

Ella sabía que, aunque Anthony despertara, no estaría en condiciones de continuar el viaje.

Pero una pequeña parte de ella, que no la obedecía por mucho que tratara de empujarla al fondo de su cuerpo, confiaba en no tener que despedirse de él todavía.

—¿Una semana? —preguntó Isobel preocupada—. ¿No es demasiado tiempo?

—Es lo correcto —respondió Carla, rogando porque el dolor no le traspasara a la cara—. Si a su excelencia no le importa que abusemos de su hospitalidad.

—Podéis quedaros todo el tiempo que necesitéis. Enviaremos a un mensajero a Issel de inmediato. Debéis continuar, pase lo que pase.

Por un momento, su rostro reflejó preocupación.

Detrás de su amable sonrisa, aquel hombre era capaz de esconder sus pensamientos con habilidad.

Había algo que no querían que supieran. Sabía que las heridas de sus soldados no necesitaban más de dos o tres días para recuperarse.

Quedarse más tiempo solo era una manera de retrasar su partida.

Podría haberse quejado, pero… deseaba estar allí todo el tiempo posible.

No quería marcharse con la incertidumbre de si seguía con vida.

—Cualquier cosa que necesite durante su estancia, Alteza, no dude en pedirla —se ofreció el marqués—.

Supongo que estará deseosa de salir a alguna parte y estirar las piernas.

Puede recorrer toda nuestra finca sin problemas, pero le ruego que nos avise.

Tiene a su disposición a seis hombres para reforzar su escolta en todo momento.

—Es muy amable, me encantará poder apreciar este bello lugar —respondió Isobel, limpiándose la boca sutilmente con la servilleta—. Ahora, si está todo aclarado, volveré a mis aposentos a descansar. Capitán De Luca, ¿me acompaña?

—Quisiera ver a los heridos, si a mi princesa no le importa —le suplicaba con la mirada.

—Bien, la espero cuando termine su ronda —le respondió resignada.

—Por favor, escolten a la princesa —ordenó Carla, cruzando la mirada con Alice y Alan.

—Si me permite, mi señora, la acompañaré —interrumpió Hugo al ver la desesperación de Alan por dejarla.

—Gracias, Hugo —dibujó una sonrisa sincera—. Me gustaría empezar cuanto antes, si su excelencia nos lo permite.

—¡Por supuesto, querida! Siéntase libre de hacer lo que considere en nuestra casa. —le respondió con esa máscara amable que ocultaba tantas cosas con maestría.

—Os acompaño —apareció Owen junto a ella.

El marqués quedó solo en la mesa, tomándose un té tranquilamente, como si fuera la mejor bebida que había probado en su vida.

Al entrar a la sala médica, se le escapó un suspiro de alivio.

El ambiente era totalmente distinto al del día anterior.

El ajetreo y el caos habían dado paso a una sala de descanso.

Las enfermeras, más relajadas, hablaban con los pacientes alegremente.

Los soldados demostraban con sus posturas que se encontraban cómodos y seguros en aquel lugar.

Al percatarse de la entrada de sus capitanes, se levantaron —los que podían hacerlo— y se cuadraron ante ellos.

—Me alegra ver que os encontráis mejor —los alabó con un tono relajado—. Por favor, descansad. No os levantéis por mí. Os quedan algunos días de reposo y vendré a menudo a visitaros. Sería incómodo para todos.

—¡A la orden, capitán De Luca! —respondieron a la vez, antes de volver a lo que estaban.

Se pasó por todas las camas, una a una. No distinguía entre rangos o reinos. En aquel momento, todos estaban bajo su mando. Las heridas no eran graves y los habían atendido rápidamente. Solo dos hombres tenían un daño considerable. Ambos serían enviados de vuelta a Frisia.

—¡Qué placer poder ver ese rostro esculpido por los dioses! —bramó una voz al final de la estancia—. Aunque ya no pueda verlo como antes…

Era el soldado que tenía las heridas más graves. Varias flechas lo habían alcanzado. Había perdido un ojo y la movilidad de su brazo derecho.

—Buenos días, Prins —se acercó a su cama.

—Buenos días, mi capitán. —Su boca se tornó en un gesto socarrón al ver que había conseguido su atención.

—¿Necesita algo? —soltó con frescura.

—¡Un ojo nuevo! —bromeó, riendo a carcajadas.

—Y un brazo también, ¿no? —lo siguió ella.

—¡Ah, no! Es irónico, pero ¡soy zurdo!

—¡Bien! Entonces, ¡solo le queda aprender a ver con un solo ojo! —lo animó Carla.

—¡Ja! ¡Nunca me defrauda con su sentido del humor!

La risa lo abandonó de repente, como si hubiera recordado algo.