CAPÍTULO 18
U na brisa refrescante le erizó la piel a Carla al despertar.
El gran ventanal junto a la cama estaba abierto de par en par, con sus cortinas azules de gasa flotando en el aire.
Se había destapado durante la noche. Su cuerpo desnudo se le enredaba en unas suaves y blancas sábanas. Parecía estar fuera de lugar.
Tenía las manos llenas de cortes. Una interminable pintura, formada por las líneas de las magulladuras, le decoraba los brazos y las piernas.
El cabello se le extendía sobre la almohada, como una maraña indescifrable que brillaba con la luz del amanecer.
Estaba sucia y desaliñada, pero, sobre todo, estaba dolorida.
El hombro la estaba torturando y sentía cada golpe recibido durante su travesía por el río.
Lo último que recordaba era el calor de los brazos del marqués.
—¡Ya era hora! —la regañó Isobel, sentada junto a ella.
—Buenos días, Isi —trató de fingir que el dolor del costado no le estaba robando el aliento—. ¿Cómo he acabado desnuda en tu cama?
—¡Tuve que quitarte esa ropa sucia y harapienta! ¡Alan te trajo desmayada! ¡¿Sabes lo preocupada que estaba?! —explotó, tapándose la cara con las manos.
—Lo siento mucho. Estaba realmente derrotada.
—Eso fue lo que dijo ese doctor tan engreído —respondió entre llantos—. ¡Creía que te perdía!
Carla se envolvió en la sábana y se puso de rodillas en el suelo, cogiéndola por las muñecas, en un intento de apartarlas.
—Mírame, Isi —la llamó con ternura—. Estoy aquí. Estoy bien, es solo que…
—¿Que estás bien? ¡Mírate! —gritó, señalándola de arriba a abajo.
—Siento mucho haberte asustado —se lanzó sobre ella, atrapándola en un abrazo—. Solo se complicó un poco más de lo planeado
—¡Deja de tomártelo todo a broma! ¡Sabes que me siento impotente por no poder hacer nada! Ya no puedo seguir… no puedo…
—De verdad que lo siento —bajó Carla la cabeza—. Lo único que pensaba era… en protegeros.
Dos lágrimas, en rebeldía, le brotaron de los ojos sin poder impedírselo.
—Os he puesto en peligro. ¡No podía permitirlo! —dijo secándose los ojos con desprecio—. Todo el que se acerca a mí acaba herido o muerto.
—¡No! ¡Espera! ¡No! —se lamentó Isobel abrazándola con fuerza—. ¡Lo siento! No pretendía… No hago más que acrecentar tus problemas… ¡Perdóname!
—¡Joder, Isobel! ¡No es culpa tuya! —Se separó de su abrazo, mirándola a los ojos.
El llanto de su prima se hizo más intenso. Las palabras que quería decirle se ahogaban entre sus quejidos.
Volvió a abrazarla, tratando de consolarla.
—¿Podrás perdonarme? No pretendía preocuparte —le susurró.
—Lo haré, pero no vuelvas a darme un susto como este, ¿vale?
Se separó, permitiéndole a Carla secarle los ojos.
—Lo intentaré —respondió con una sonrisa traviesa.
—Siempre te sales con la tuya, ¿verdad? —se limpió la cara Isobel—. Ahora, ¡necesitas un baño con urgencia! —sentenció, apartándose de ella con cara de asco—. ¡Hueles realmente mal!
Carla levantó el brazo metiendo la nariz bajo la axila. La repulsión le arrugó la frente y la boca. Ambas rompieron en carcajadas al mirarse.
Sentirse limpia de nuevo le devolvió algo de paz. La imagen que veía en el espejo era un claro reflejo del estado en el que se encontraba. Tenía una pinta horrible. Los cardenales eran escandalosos. No le extrañaba la reacción de Isobel al descubrir la evidencia de todos esos golpes.
Le había ordenado que se sentara frente al tocador al salir de la bañera.
Le trenzaba el cabello a un lado, en silencio.
El tacto de sus manos, deslizándose entre los mechones, era tan…
evocador. La arrastraba a días más sencillos, en los que jugaban mientras el rey las perseguía por los jardines.
Cada noche dormían juntas, y ella se empeñaba en desenredarle el pelo antes de meterse en la cama.
Se le escapó un suspiro que liberó un poco la presión que le encogía el pecho.
Ya no tenía sentido cubrirse la cabeza, al menos en la finca De Ille. Todos habían visto ya su cabello y sus ojos.
—¿Puedo pasar, mi princesa? —llamó Alan desde el otro lado de la puerta.
—¡Adelante! —respondió Isobel sin soltarle la trenza.
—¡Buenos días, amiga mía! —exclamó al ver a Carla vestida—. ¿De vuelta a la guardia?
—¡Buenos días, Al! —le sonrió desde el reflejo—. ¿Qué te trae por aquí esta mañana?
—Bueno, saber si seguías viva era mi prioridad —le lanzó en un tono acusador—. Pero el marqués ha pedido audiencia. Quiere una reunión informal en el desayuno —terminó, haciendo hincapié en la palabra informal.
—¿Dónde está Alice? —preguntó Carla, preocupada.
—Ha tomado el relevo en tu ausencia —la informó su prima—, se ha ocupado de todo.
—Siempre al frente —sonrió con afecto—. ¿Puedes llamarla? Necesito… verla.
—Claro, cómo no… —respondió Alan, cargado de sarcasmo—.
Te traigo en brazos hasta la cama, inconsciente por no saber cuándo parar.
Me encargo de las tropas y los heridos. Aguanto a la desquiciada de tu prima mientras se desahoga por tus locuras.
¡Soy el chico para todo! —su sonrisa era pícara, pero escondía algo de rencor—.
Tranquila, ya supuse que querías verla. Venía detrás de mí.
Dos golpes en la puerta avisaron de su llegada.
Alice atravesó el umbral con rostro de preocupación y cansancio. Carla saltó sobre ella, quedándose colgada en un abrazo.
—¡Ali! —exclamó aliviada—. ¡Me alegro tanto de que estés bien!
—No era yo la que estaba en peligro —le respondió cortante, pero apretó sus brazos, expresándole que tenía la misma necesidad—. ¿Algún día podrías, simplemente… no sé, comportarte siendo consciente de quién eres?
—Algún día… puede que sí. Gracias por cuidar de ellos.
—Solo hago mi trabajo —pretendía ser fría, pero una sonrisilla apareció en sus labios.
Alice se había convertido en una figura materna para ella. Era como su hermana mayor, la que la cuidaba. Cuando dejaba entrever lo joven que era en momentos poco oportunos, siempre estaba allí para compensarlo.
—¡Bien! Ahora que ya sé que estáis todos bien… —Irguió Carla la espalda, metiéndose una vez más en su papel de capitán—. ¡Vayamos a ese desayuno!
Una mesa forjada en hierro les esperaba en una terraza cubierta. Un sinfín de flores la decoraban alrededor de una copiosa comida. Todo tenía un aspecto de lo más apetecible y el estómago de Carla comenzaba a reclamarle. El marqués De Ille y su hermano ya estaban sentados, esperándoles.
Al ver entrar a la princesa, se levantaron para recibirla con una reverencia.
—Alteza —le tendió la mano el marqués a Isobel, guiándola hasta la silla que se encontraba a la cabecera—, si me hace el honor.
—Será un placer —respondió ella, sentándose con tanta elegancia que Carla se sintió torpe solo con verla—. Han cuidado de nuestros soldados. Nos han acogido en su casa. Estamos en deuda.
—No podíamos hacer menos. Es la futura prometida del príncipe Kiran —le respondió él con otra reverencia—. Nuestra casa será su casa en el futuro.
«Buff», se revolvió Carla. «Supongo que esto es todo lo informal que puede ser un desayuno con la princesa, pero se me va a hacer eterno»
Una carcajada contenida la distrajo. Se encontró con los ojos del doctor al mirar hacia su origen. Brillaban con complicidad, ¿se le había notado en la cara?
—¡Mi querida capitán De Luca! Me alegra verla descansada.
—Gracias, excelencia —forzó una sonrisa, sintiendo cómo la vergüenza se apoderaba de ella—. Solo es posible gracias a usted y a su hermano.
—Podéis tomar asiento —les indicó con una sonrisa amable—. Podemos empezar en lo que el capitán De Wit se une a nosotros.
Carla se sentó junto al doctor, que pareció regodearse al ver que elegía ese lugar en la mesa. Alan y Alice se retiraron a un lado como sus escoltas. El marqués ocupó la silla al otro lado de la cabecera. Quedaron dos asientos vacíos, uno entre Isobel y Carla. El otro a la derecha del anfitrión.
—Owen… —Lo llamó en voz baja al sentarse a su lado.
—Sigue estable —respondió antes de que hiciera la pregunta—. No hay cambios, pero no ha empeorado.
—Gracias —susurró Carla, aliviada y afligida a partes iguales.
En ese momento entró Hugo. Parecía cansado. Miraba el suelo distraído, alargando sus ojeras. No quedaba ni rastro de su enorme sonrisa. Sus ojos clamaban la angustia en su interior. Era el vivo reflejo de Carla, aunque ella trataba de que no se le notara demasiado.
—Siento el retraso, excelencia —se excusó Hugo, inclinándose ante él.
—No te preocupes, sabemos que estás ocupado —lo consoló, con tristeza.
Hugo levantó la cabeza, encontrándose con los ojos de Carla, que lo miraban con compasión. La preocupación dio paso a una expresión de alivio en su rostro.
—¡Mi señora! —corrió hasta ella, dejándose caer de rodillas—. ¡No pude agradecerle que trajera de vuelta a mi señor! ¡Por favor, acepte mis disculpas!
—No tienes nada de lo que disculparte —trató de apaciguarlo, poniéndole la mano en su hombro—. Levántate, por favor.
—Capitán Ana De Luca, ¿aceptaría mi promesa de servirla como agradecimiento? ¡No poseo nada más que mis manos y mi espada! ¡Estoy en deuda! ¡Juro servirla por el resto de mi vida!
—Mírame —le ordenó, obligándolo a elevar su rostro al agarrarlo por las mejillas con las manos—. Tienes un país y un rey a los que servir. No puedo acaparar para mí a alguien con tu lealtad.
—¿Mi señora? —parecía afligido por su rechazo.
—¡No pongas esa cara! Solo prométeme que permanecerás junto al capitán Ferner. Júrame que lo protegerás. Eso… es lo que realmente necesito.
—¡Lo juro! —aceptó él, recuperando su sonrisa por un instante.
—¡Ja! —rio el doctor—. Ha sido un numerito maravilloso.
—¡Hermano! —le llamó la atención el marqués—. No rompas la magia de este gran drama. ¡Lo estaba disfrutando!
—Sé cuánto te gustan estas historias —suspiró Owen, impaciente—, pero no veo qué utilidad tienen.
—Deberías aprender a leer entre líneas —se jactó.
—Veo más de lo que crees —respondió él, mirando a Carla con una sonrisa maliciosa—. Ahora podemos continuar con esto. Tengo obligaciones que atender.
—Lo lamento —se disculpó Hugo, tomando asiento junto a ella.