CAPÍTULO 17 #2
La enfermera se quedó parada con los ojos muy abiertos. Buscó la aprobación de su superior con la mirada. Él asintió con la cabeza, como única respuesta.
—Sería de gran ayuda, señora —le dijo entregándole la jofaina—. Iré a hacer la ronda y volveré para que pueda descansar. Serán unas dos horas, si le parece bien…
—No tenga prisa —la tranquilizó, mientras se acercaba a la cama, dejando el agua sobre la mesa—. Cuide de ellos, por favor.
—Te dejaremos a solas —ofreció Owen, señalando la puerta con la mano tendida.
Alan le suplicaba con la expresión de su cara que no lo obligara a apartarse de ella de nuevo.
—Puedes volver a buscarme en dos horas —rogó Carla con la voz ronca—. Por favor.
—A la orden, mi capitán —soltó Alan, suspirando resignado.
El estado de Anthony la había consternado. Aquella misma mañana pensaba que iba todo bien, que seguirían su viaje sin problemas y ahora… estaba tan pálido.
El tacto frío del agua la estremeció al sumergir en el agua uno de los paños hasta empaparlo. Lo escurrió con fuerza, sintiendo el dolor de las magulladuras en las manos. Y lo colocó con delicadeza en su frente. Usó otro para lavarle.
Las enfermeras habían hecho bien su trabajo, pero ella necesitaba mantener las manos ocupadas.
Lo deslizaba con cuidado una y otra vez por su fina y blanca piel.
Su pelo del color del trigo estaba pegado en su frente por la humedad.
Tuvo la necesidad de apartárselo. Usó solo los dedos, despacio, tratando de no tocarle demasiado.
El silencio tronaba.
La ironía de sus palabras y su risa, que había descubierto hacía tan poco, ya no estaban. Se le contrajo el estómago al pensar que podrían no regresar.
La estaba quemando por dentro.
Refrescaba el trapo a cada rato. El calor que despedía era casi como estar cerca de un horno.
«Por favor, vuelve», le rogó con una bola atravesada en la garganta. «No puedes irte»
Aquel tortuoso vacío se hacía cada vez más grande con cada minuto que pasaba. Cuando la puerta se abrió de nuevo, se dio cuenta de que había permanecido de pie junto a su cama todo el tiempo. Las rodillas empezaban a temblarle.
—¿Ana? —la llamó el doctor—. Tienes que ir a descansar. Yo me quedaré con él hasta que la enfermera regrese.
—Capitán —era Alan, parecía alarmado—, su alteza la reclama.
Carla se giró hacia él, con la mirada perdida. No tenía claro por qué la estaba llamando.
—Estás agotada —le indicó Owen, como si se hubiera metido en su cabeza—. Ve con Alan. Te prometo que estaré pendiente de él mientras descansas.
Solo pudo asentir, agradecida por saber que se ocuparía de él en su lugar. Se volvió de nuevo hacia Anthony, colocándole el pelo una última vez. Sus ojos cerrados quedaron al descubierto.
—No le está permitido abandonar su puesto, capitán Ferner —le susurró, agachándose junto a su oído.
Los pies se le movían por inercia, siguiendo a Alan por los pasillos. La guiaba por la mansión sin saber muy bien dónde se encontraba, hasta que una gran puerta se abrió ante ella.
La humedad, cálida y pegajosa, la golpeó al atravesarla.
Era un jardín cubierto, tan grande que no podía ver su final.
Las enredaderas trepaban por los cristales hasta lo más alto de la misma cúpula que formaban sobre sus cabezas.
Filtraban la luz entre sus hojas, creando formas con los colores del atardecer.
Carla abrió la boca sorprendida al contemplarlo.
El sonido del fluir del agua y los pájaros que cantaban desde algún lugar la envolvieron.
—Alan, ¿qué?…
—Necesitas un momento de desconexión, amiga —forzó una sonrisa, pero era triste—. Yo me ocuparé de tu prima. Volveré en una hora a por ti. Necesito que vuelvas a ser tú misma para entonces. ¿Me entiendes?
Lo entendía. Alan podía ver a través de ella. Aunque nunca dijera nada o estuviera siempre de broma, la conocía demasiado.
—Gracias, Al. —Bajó la cabeza avergonzada.
Volvió a sonreírle; esta parecía más auténtica. Y se marchó, dejándola con las plantas como única compañía.
Carla comenzó a caminar sin rumbo, admirando cada flor que decoraba el camino.
Muchas de ellas no las había visto nunca.
Siguió el sonido del agua hasta encontrar un pequeño estanque con unos enormes peces dorados.
Un banco de piedra se erguía en uno de los lados, flanqueado por unos setos de flores blancas. Se dejó caer, derrumbándose sobre él.
Las lágrimas que había estado reteniendo brotaron como la cascada que manaba frente a ella. El bloqueo de la garganta comenzaba a aflojarse, aliviándole el dolor.
Lloró liberándolo todo.
La tensión se relajaba con cada gemido.
Lo sucedido en esos últimos días la había llevado al borde y Alan lo sabía. La dejó allí, brindándole un espacio en el que pudiera dejar al descubierto la vulnerabilidad que solo ella conocía.
Las imágenes se cruzaban una tras otra, recordándole los momentos en los que habría querido esconderse y echarse a llorar. La emboscada. El cuerpo de Anthony sobre el suyo en el río. Las flechas en su hombro. La sangre que lo recorría. Los soldados tendidos en sus camas.
Todo el dolor que se obligó a reprimir para seguir adelante.
Debía soltarlo, volver a su papel. Recuperar la fuerza y la convicción. No podía mostrar la debilidad que escondía.
La que la estaba ahogando.
La que guardaba en el lugar más recóndito de su cuerpo y su mente. Sentía cómo el peso que había cargado todo ese tiempo le resbalaba por la espalda, al igual que las lágrimas le surcaban las mejillas.
—¿Se encuentra bien? —la sorprendió una sosegada voz masculina—. ¿Puedo ayudarla en algo?
—¡Mierda! —maldijo Carla por no haber sido capaz de percibir que alguien se le acercaba—. Perdone, solo es que… estoy preocupada. —Intentó retener las lágrimas y limpiarse la cara, pero ya no podía.
—No es necesario que se oculte —se sentó a su lado sin pedir permiso—. Alguien a quien apreciaba mucho me dijo una vez que las lágrimas son el agua que limpia nuestro pesar. Puede dejarlas salir sin contenerlas.
Carla no supo por qué, pero su llanto se hizo más intenso.
Dejó salir toda la frustración sin intentar contener los gemidos que le nacían en las entrañas.
Lloró sin consuelo durante media hora, sin parar.
El hombre sentado junto a ella, al que ni siquiera había visto la cara, le transmitía paz.
No dijo ni una palabra. Esperaba pacientemente a que terminara, a que no le quedara nada más que soltar.
—Lo siento —se disculpó Carla, secándose la cara con la manga—. No sé cómo he podido dejarme caer así. No lo conozco de nada. Es muy desconsiderado por mi parte.
—¡Nada, nada! ¡Eso tiene arreglo! —le tendió la mano, con una elegancia que la hizo sentir peor—. Me presento. Marqués Benjamin De Ille.
Carla levantó la cabeza con los ojos abiertos como platos. Se encontró con un largo pelo plateado y unos ojos azules que parecían penetrar en el interior del alma con tan solo mirarlos.
—¡Excelencia! —se puso de pie, para hacerle una reverencia—. ¡Ruego disculpe mi atrevimiento! He entrado en su jardín. Sin permiso. Y encima actuando de un modo tan indecoroso. ¡Por favor, perdóneme!
—¡Ja, ja, ja! —se rio sin tapujos de la desesperación de Carla—. ¡Nada, nada! ¡No te preocupes! He sido yo quien la ha buscado. ¿Es la capitán Ana De Luca?
—Capitán Ana De Luca, de la Guardia Real de Frisia —se presentó sin levantar la mirada del suelo—. ¡A su servicio!
—Sabía que no me equivocaba de persona. —Su sonrisa era cálida y amable—. Quería darte las gracias personalmente. ¡Alce la cabeza, por favor!
El marqués se levantó del banco y se lanzó sobre ella, envolviéndola en un intenso abrazo.
—Pero ¿qué coño? —escupió Carla, sin poder contenerse.
—Gracias por traérmelo con vida —le susurró al oído.
La cabeza le pedía que se retirara. Que lo apartara con sutileza, pero el afecto que manaba era tan sincero que solo pudo dejarse llevar por su calidez. Cerró los ojos un momento y la oscuridad la arrastró sin que pudiera hacer nada para evitarlo.