CAPÍTULO 17
L a estancia bullía. Los médicos y las enfermeras corrían de un lado para otro.
El sonido de las bandejas y las vasijas parecía una melodía confusa que no se detenía.
Estaban bien preparados para ser la sala médica de un marquesado.
Era aún más sorprendente teniendo en cuenta que no se encontraban en la capital.
Había al menos cincuenta camas separadas por cortinas. La luz entraba a raudales por los grandes ventanales. Carla contó no menos de diez enfermeras y al menos seis médicos haciendo su labor.
«No debo molestarles en este momento».
Se acercó a los soldados que ya habían sido atendidos.
Alan no se separó de su lado. Uno por uno fue hablando con ellos y preguntándoles si necesitaban algo.
Les daba de beber. Les limpiaba lo que fuera necesario.
Las enfermeras la miraban de reojo, pero la dejaban hacer al ver que no era una molestia.
Cuando el ajetreo se hubo calmado, Carla las abordó.
—¿Podría hablar con el médico jefe, por favor? —les preguntó de manera cortés. Era una petición, no una orden.
—Si puede esperar aquí, señora, le preguntaré.
—Gracias.
En unos minutos apareció un médico joven. Su pelo, tan rubio que parecía plateado, estaba recogido en una fina coleta sobre su hombro.
—¿Puedo ayudarla? —le preguntó con una sonrisa jactanciosa.
La estaba escrutando con aquellos ojos azules, tan claros como el hielo de un iceberg.
—¿Es usted el jefe médico? Querría conocer el estado de los pacientes, si no es molestia.
—¿Podría decirme a quién tengo el honor de dirigirme, señorita? —Ladeó la cabeza, con aire curioso.
—Ruego me disculpe, doctor. Soy la capitán Ana De Luca. El viaje de su alteza, la princesa Carla, está bajo mi mando. Quería conocer el estado de los soldados heridos durante la emboscada —repitió con la intención de dejarle claro que era urgente.
—Owen De Ille, el hermano pequeño del marqués —se presentó haciendo una reverencia—. Si me acompaña, quisiera revisar su estado mientras hablamos.
—¿Mi estado? —preguntó Carla sorprendida—. Yo solo…
—Tengo entendido que cayó a un río helado desde una altura de tres metros. También que cargó con el cuerpo de un hombre, mucho más grande que usted, durante una larga travesía.
—Hum… Sí, bueno… Dicho así. —No sabía cómo rebatirle.
—Hágame el favor, me quedaría mucho más tranquilo si me permite comprobar que se encuentra bien —parecía sinceramente preocupado.
—De acuerdo —aceptó, viéndose un poco acorralada—, si me informa mientras lo hace, no veo inconveniente.
—Trato hecho —le señaló el camino con la mano extendida—. ¿Este caballero la acompañará?
—No lo dude —respondió Alan, sonriendo.
El doctor Ille la llevó a una sala contigua. Al verla, lo entendió todo. La finca era una casa de recuperación militar. Por eso estaba en el campo. Él le señaló una cama y cerró la cortina, dejando a Alan al otro lado.
—Necesito que se quite la ropa, capitán De Luca —pidió con serenidad—. Deje solo la ropa interior, por favor.
—¡Si te mete mano, grita! —la provocó Alan alzando la voz.
—¡Capitán De Visser! —lo llamó al orden Carla, dejándole claro que le había parecido una falta de respeto.
—Le pido disculpas, capitán —respondió, sabiendo que había metido un poco la pata.
—¡No es conmigo con quien debes disculparte! —lo corrigió con firmeza, mientras se quitaba la capucha blanca que había quedado de su abrigo blanco, dejando al descubierto su cabello cobrizo.
El doctor se quedó mirándola demasiado tiempo. Habría visto su parecido con quien creía que era la princesa Carla. Debía estar informado de ello, puesto que no dijo ni una palabra.
—Mis disculpas —dijo Alan, arrepentido.
—No es necesaria tanta formalidad, por favor —le respondió él, con una sonrisa traviesa en la cara—. La verdad es que agradezco que bromeen conmigo. Es muy aburrido ser siempre el doctor magnífico .
—¡Ja! —se escuchó tras la cortina.
Carla se golpeó en la frente con la palma de la mano sin saber qué decir ni qué hacer.
—Por favor. Puede relajarse conmigo, capitán. Puede llamarme Owen si lo desea.
—Está bien, Owen —respondió Carla, reticente—. ¿Podría informarme del estado de los pacientes?
—¡Je! —parecía algo dolido—. Viendo que es tan importante para usted, Ana. ¿Puedo llamarla Ana?
—Si empieza a hablar ahora, puede llamarme como quiera —soltó, exasperada.
Ignoró su comentario, iniciando su revisión. Le observó, de manera minuciosa, las palmas de las manos. Con cada corte que se encontraba, producido por los golpes en el río, arrugaba el entrecejo y negaba con la cabeza.
—Contabilizamos a trece fallecidos a su llegada —comenzó a informarla, al fin—. Sus cuerpos han sido lavados y preparados para enviarlos a sus hogares.
Continuó recorriéndole las muñecas y los brazos, regresando de nuevo las manos al darles la vuelta.
—El marqués ha insistido en hacerse cargo él mismo del traslado. En cuanto acabemos, le daré una lista con los nombres, si lo desea —siguió, dejándoselas sobre los muslos al acabar.
—Se lo agradezco —se sujetó el dedo índice con fuerza, sin poder levantar la cabeza.
—Tenemos bajo nuestro cuidado a diecinueve heridos. —La calma que le transmitía con sus movimientos era lo único que sostenía a Carla en aquel momento—. La mayoría son heridas leves. Podrán continuar el viaje tras descansar unos días.
Le palpó los costados, haciéndola brincar por el dolor ante su contacto.
—Dos tienen heridas de gravedad media. Recomiendo que vuelvan a su lugar de origen.
Uno de ellos… Su estado es muy grave —ignoró su reacción, siguiendo con su informe, como si no hubiera visto nada—.
El capitán Ferner tiene sus heridas infectadas.
Tenemos que mantener la fiebre controlada.
Lo estamos tratando con medicamentos que pueden remitirlo, pero dependerá de su voluntad el continuar con nosotros.
—Le agradezco todo su esfuerzo —dijo, tratando de acabar con la incomodidad que sentía—. Siento no haber podido hacer más por el capitán Ferner.
—¿Fue usted quien curó sus heridas? —parecía realmente sorprendido—. ¿Lo dice en serio?
—Sé que fue una chapuza y que no sirvió de mucho, pero hice todo lo que pude —aguantó el nudo que volvía a crecer en su garganta.
—Ana, si el capitán está vivo, es gracias a sus primeros auxilios.
—La cogió por las mejillas con una sola mano, obligándola a que lo mirara a la cara—.
Si no llega a sacar la flecha del trapecio, la vena subclavia habría sido seccionada, matándolo en el momento.
No dude, ni por un momento, que usted le ha salvado la vida.
Las complicaciones después de una intervención surgen hasta en un ambiente aséptico.
Haber conseguido cortar y suturar de ese modo en el exterior es digno de alabanza.
Carla no tenía claro si la estaba reprendiendo o no. Por su tono parecía que sí, pero sus palabras…
—¿No ha pensado en dejar su puesto y convertirse en médico? —le propuso, como el que invita a una cerveza en una taberna.
—Esto… Owen —llamó su atención, con la boca muy cerrada por su mano—. ¿Le importaría soltarme la cara?
—¡Ups! —la soltó al instante, con una sonrisa culpable adornando sus imponentes facciones—. Le pido disculpas, pero me exasperan las personas que no se valoran lo suficiente. Entonces, ¿qué me dice? ¿Quiere estudiar medicina?
Una carcajada contenida se escuchó al otro lado. Alan hacía todo lo posible por contenerse. No lo conseguía.
—Le agradezco el ofrecimiento —trató de ser todo lo amable que pudo—, pero me temo que no es posible. Mi destino está ligado al de la princesa Carla.
—Entiendo —no pudo esconder su decepción, o tal vez ni lo intentó—, es una lástima.
El doctor continuó con su inspección. Los cardenales pintaban la piel de Carla por los golpes contra las piedras. Uno de ellos destacaba especialmente en su hombro.
—¿Puede moverlo? —preguntó Owen, levantándole el brazo por encima de la cabeza.
—Me molesta un poco, pero está bien.
Para terminar, se dispuso a revisarle la cabeza. Al retirar su pelo, la cicatriz del cuello de Carla quedó a la vista. Él se detuvo. Fue solo un instante, pero fue tiempo suficiente para que ella lo notara.
Fingió no haberla visto, o al menos que no le daba importancia. Le tanteó la nuca. No pareció encontrar nada destacable. Y le separó el cabello, cerciorándose de que no hubiera alguna contusión oculta.
—No pareces tener nada roto. Las magulladuras y los hematomas desaparecerán con el tiempo —explicó Owen, indicándole que podía vestirse—.
Un buen baño te vendrá bien. Te daré un aceite especial para que te lo pongas en las manos.
Cicatrizarán antes. Con los hematomas no podemos hacer nada.
Sospecho que no necesitarás nada para el dolor, pero si se vuelve incómodo, avísame.
—Se lo agradezco, Owen —forzó una sonrisa, ignorando que había comenzado a tutearla como si se conocieran de toda la vida—. Antes, ¿podría ver al capitán Ferner?
—Os acompaño en cuanto termines de vestirte —le dijo, dejándole espacio.
Los guio a través de un pasillo donde había varias puertas en el fondo.
Entraron por la última, a una habitación individual.
La blanca estancia reflejaba la luz por todas las paredes.
Era sencilla, pero estaba bien equipada.
Anthony se encontraba en la cama bajo la ventana. Yacía inconsciente. Estaba solo.
—¿No tendría que haber una enfermera aquí? —preguntó Carla, molesta.
—La hay, habrá salido a por alguna cosa, no tardará en volver —explicó el doctor, ignorando sus malos modos.
En ese mismo momento, apareció con una jofaina de agua y algunos trapos de algodón.
—¡Mi señor! —se sobresaltó—. Fui por un poco de agua fría para bajarle la fiebre. ¡No había nadie que pudiera sustituirme! —se disculpó, avergonzada.
—No se preocupe —intervino Carla, antes de que la regañaran por su comentario—. Tenéis demasiado trabajo cuidando de nuestros soldados. Le estoy muy agradecida. Querría quedarme un tiempo, si no es molestia. Puedo encargarme de cambiarle los paños fríos mientras estoy aquí.