CAPÍTULO 16 #2
Se le veía preocupado, mirando al lugar por el que acababan de llevarse a su capitán.
—Vimos una densa columna de humo y nos dirigimos hacia aquí. ¿Hicieron una señal?
—No sé… —Carla se acordó del cubo de agua con el que apagaron el fuego del refugio—. La verdad, no lo hicimos a propósito.
—Digamos que fue un golpe de suerte —le sonrió él.
—Sargento Maas… —Estaba cansada de llamarlo por su rango—. ¿Podría decirme su nombre?
Pareció sorprendido, pero su sonrisa se hizo más amplia.
—James, mi señora.
—Bien, James, ¿sabe cuántos fueron abatidos durante la emboscada? —preguntó, ansiosa.
—Perdimos a seis soldados del pelotón de Issel y a siete del pelotón de Brielle —bajó la cabeza, solemne—. Que los dioses los acojan en el otro lado.
—Sea —respondió Carla a su plegaria, sujetándose con la mano el nudo que le bloqueaba la garganta—. ¿Cuántos heridos?
—Ocho de Salm y diez de Frisia, pero no son graves, capitán, podrán continuar el viaje cuando hayan descansado.
—Me alegra oírlo —cogió todo el aire que pudo, despacio, y repitió dos veces más.
El sargento tuvo la amabilidad de apartar la mirada, dejándole algo de espacio.
—Dé la orden, James.
—¡Marchamos! —gritó al instante.
Carla espoleó al caballo para entrar al galope. Quería llegar lo antes posible para comprobar por sí misma el estado de los soldados. Había perdido a trece hombres bajo su mando. Se sacrificaron por ella. No podía permitir que ese número creciera.
«No te mueras, Anthony. Por favor, resiste…», rogó mientras avanzaban.
El camino que les había llevado días con el convoy lo hicieron en tan solo unas horas.
Viajar a caballo era mucho más rápido y sencillo.
Las puertas de la finca de Ille se abrieron en cuanto vieron cómo el escuadrón se acercaba.
Entraron hasta las caballerizas, donde dejaron las monturas para que fueran atendidas.
—Por favor, James, ¿puede llevarme con la princesa Carla?
—Por aquí, señora —se giró hacia la mansión que tenían a su espalda.
Caminó con rapidez delante de ella. Ni siquiera se paraba a mirar lo que había en los pasillos que recorrían.
Todo el cuerpo le temblaba.
Necesitaba ver si estaban bien. No conseguía controlar los horrores que le pasaban por la cabeza. Los ojos le ardían con la misma intensidad que la garganta.
Cuando se dio cuenta, habían llegado hasta una habitación custodiada por dos de los soldados de su pelotón.
—¡Capitán! —aclamaron al verla—. ¡Menos mal que se encuentra a salvo!
—Lo mismo digo —respondió ella, forzando una sonrisa mientras le abrían la puerta.
El suspiro ahogado de Isobel inundó la habitación al verla en el umbral.
—Gracias, James —se despidió de él al entrar.
Esperó a que cerraran la puerta antes de lanzarse a sus brazos.
—¡Menos mal que estás bien!
—¡Que yo estoy bien! ¡Cómo no iba a estarlo encerrada en una bodega! —la regañó—. Cuando me contaron que te habías caído al río, ¡me quise morir! ¡¿En qué demonios estabas pensando?!
—Sabes que me encanta escuchar tus reprimendas —tenía que distraerse o acabaría cayendo—, pero ahora tengo cosas más urgentes en la cabeza.
La miró dejando claro que no estaba de acuerdo, pero no insistió.
—¿Cómo están Alice y Alan?
—¿Cómo quieres que estén? ¡Alice está rota de la preocupación! ¡Alan está histérico, buscándote al galope por todo el marquesado! ¿No podías haberte quedado conmigo en el viñedo?
—Sabes que no. —Tragó saliva con fuerza al ver el dolor en la cara de su prima—. Si no hubiera sido el cebo, nos habrían atacado de otro modo. Las pérdidas humanas… Aun con una gran estrategia, perdimos a trece hombres. No quiero ni imaginar lo que hubiera pasado si…
—¿Por eso estás tan alterada, Car? —Isobel era capaz de leer bajo su máscara.
—El capitán Ferner está malherido —le temblaron los labios—. Se puso ante las flechas que estaban destinadas a mí.
—Lo siento mucho. —La envolvió en un abrazo, buscando consolarla. Isobel sabía que estaba a punto de romperse—. Sé lo difícil que es para ti sentirte impotente. Pero debes confiar en que los médicos del marqués lo salvarán.
—Gracias, Isi —se separó antes de que su calidez terminara de debilitar el muro que tanto esfuerzo le estaba costando mantener—. Tengo que ir a verle, y a todos los heridos.
—Intentaría detenerte —hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa—, pero tengo claro que es imposible. Solo prométeme que volverás en cuanto termines, ¿vale? Necesitas un buen baño y descansar.
—¡Prometido! —Carla levantó el dedo meñique mientras se acercaba a la puerta—. ¿Me puedes indicar por dónde se va a la sala médica?
—¿Serviría de algo? —preguntó la voz de Alan al abrir la puerta—. Sabía que no te dejarías matar por un insignificante río helado.
—¡Al! —saltó Carla sobre él, atrapándolo con los brazos y las piernas—. Me alegro de verte.
Poder tocarle la liberó de un pequeño peso.
Saber que estaba a salvo y comprobarlo eran cosas diferentes.
—¿Puedes acompañarme para que no tengan que mandar otro grupo de rescate en mi busca?
—¡Ja! —rio él, alegre, dejándola caer al suelo—. Si con eso consigo que no vuelvas a desaparecer de mi vista…
—¡Luego nos vemos! —se despidieron de Isobel, con una sonrisa.
Cada paso se estaba convirtiendo en una tortura. El cuerpo le gritaba que tenía que parar. Que se escondiera en algún lugar y dejara salir todo lo que le presionaba el pecho. Apenas podía respirar con normalidad, pero no importaba.
Solo tenía que seguir poniendo un pie delante del otro.