CAPÍTULO 16
C arla abrió los ojos en la oscuridad. Había caído, abatida por el agotamiento.
Una delgada línea de luz entraba por el resquicio de la puerta, dibujándose en el suelo frente a ella.
El chisporroteo de la chimenea, ahogado al acabarse la leña durante la noche, había sumergido el refugio en el silencio.
El cuerpo de Anthony, en su espalda, la calentaba de una manera agradable.
No estaba acostumbrada al contacto con otras personas, no le gustaba, pero admitía que el suyo no le producía el mismo rechazo.
Su respiración era rítmica y pausada. Las heridas no habían dado complicaciones desde que lo volvió a coser. Solo se había despertado para comer el horrible estofado de conejo que consiguió hacer con lo que le había comprado al cazador y volvió a caer rendido.
Aquella epopeya le había permitido conocerle un poco más.
Comenzaba a entender su personalidad. Ahora tenía claro de dónde le venía la falta de autoestima y convicción que había percibido durante el viaje.
Se obligaba a mostrarse firme ante los demás.
Daba la imagen de un capitán que no dudaba, pero era una fachada.
Un escudo. Era precisamente esa dualidad la que la había descuadrado desde un principio.
A pesar de ser un hombre inteligente, no creía en sus propias capacidades. Solo conseguía actuar cuando su sentido del deber tomaba el mando de su cuerpo.
Carla se levantó, girándose hacia él.
Estaba profundamente dormido.
Algo a su alrededor le provocó un escalofrío en la nuca.
La habitación estaba demasiado oscura. Tenía que abrir la puerta. Dejar que pasara la luz antes de que se despertara. Se levantó de un salto, impulsada por el recuerdo de lo sucedido cuando llegaron al refugio. No podía dejar que pasara por eso otra vez.
Abrió la puerta de par en par. La luz y una fría corriente de aire entraron, inundando la estancia por completo y pillándola en el medio.
—¡Achís! —estornudó al sentir el frío en el cuerpo.
—¿Ana? —la llamó Anthony—. ¿Te has resfriado?
—Buenos días —respondió, metiéndose rápidamente bajo la manta para recuperar el calor—. ¿Cómo te encuentras?
—Yo estoy bien —se sentó a su lado, con el torso al descubierto—. Eres tú la que me preocupa.
—Creía que ya habías aprendido la lección —soltó con la voz cargada de ironía—. No tienes que preocuparte por mí. Solo cogí un poco de aire al abrir la puerta. Nada más.
La luz iluminaba todo el refugio. Él la miró, abriendo los ojos de más al entenderlo.
—Gracias. —Sabía que lo había hecho por él.
—No hay de qué —le sonrió amablemente—. ¿Te ves con fuerzas para partir?
—En cuanto quieras, nos vamos.
—¡Bien! Déjame que antes recupere un poco el calor. —Se arrebujó entre las pieles, disfrutando de la sensación.
—¿Sabes cuánto tiempo estuvimos en el agua? —le preguntó sin apartarse de ella.
—La verdad es que no sabría decirte —se rascó la cabeza, algo avergonzada—. Estaba pendiente de un bulto que no hacía más que querer hundirse.
—¡Je! —rio él. No podía verle la cara, pero estaba segura de que había bajado la cabeza—. Tal vez debiste dejarlo ir.
—Tal vez, pero ¿qué crees que me haría Hugo si volviera sin ti?
—Tienes razón —le rio la gracia—. Puede que tu vida hubiera corrido más peligro que en el río.
—No lo dudo —rio Carla con él—, aunque he de reconocerte que es muy probable que no llegase a la finca sin ti.
—¿Eh? —le preguntó extrañado.
—¿Recuerdas que ayer preguntaste si había alguna cosa que no supiera hacer? —se dio la vuelta por la necesidad de ver su reacción al contarle sus debilidades—. Pues una de ellas es orientarme. No soy capaz.
—Estás burlándote de mí.
Su cara estaba pálida, pero lo embargaba una sonrisa satisfecha. Ella negó la cabeza, respondiendo a su comentario.
—Pero, si ayer saliste tú sola a por hierbas.
—Podía ver el enorme risco y la chimenea con humo desde un kilómetro a la redonda. Eso no es orientarse, es seguir señales —resopló Carla.
—¡Ja, ja, ja! —se carcajeó al ver la frustración grabada en su cara—. Realmente, eres así de perfeccionista, ¿cierto?
—¡No sé de qué me hablas! —se giró de golpe, como una niña ofendida.
—Pues se te nota a leguas. Te hiere el orgullo el no poder hacerlo, Ana. ¡Ja, ja, ja!
Anthony no parecía la misma persona. Hasta su risa era contagiosa.
—¡Deja de reírte, o se saltarán los puntos otra vez! ¡Vamos a vestirnos para salir!
—¡Vale, vale! —se puso en pie, levantando las manos como una bandera de paz.
Comieron un poco de pan con queso antes de recoger el interior del refugio. Dejaron cada cosa en su lugar, tal y como le habían prometido al cazador. Antes de partir, echaron un cubo con agua en las brasas que quedaban en el hogar. No querían provocar un incendio por un descuido.
Un espeso humo blanco salió por la chimenea, elevándose más allá del risco.
—¡Bien! —exclamó Carla, cubriéndose la cabeza con su capucha blanca—. ¡Tú dirás!
—¿Recuerdas por dónde está el río? Necesito un punto de referencia del que partir.
—No recuerdo dónde está, pero puedo oírlo —se regodeó, orgullosa de poder demostrar los recursos que tenía para suplir sus defectos—. ¡Es por allí!
—¡Je! —rio Anthony, clavándole su mirada de nuevo—. A eso me refería.
—¿Qué quieres decir? —Lo siguió, al ver que comenzaba a caminar delante de ella.
—Dijiste que no era convicción, que era cabezonería —le recordó—. Para mí, ambas van de la mano.
Carla no supo qué responder. Se había sonrojado.
La forma en la que la miraba…
«¡Deja de pensar en eso!», se regañó, continuando tras él.
Caminaron sin problemas hasta encontrarlo.
—¿Sabes en qué parte del río salimos? —buscó Anthony más información.
—Solo sé que era una zona de aguas calmas, tras una curva a la derecha.
—Es más de lo que necesito. Si caminamos al este, encontraremos el camino real.
—¿Así sin más? —escupió Carla, algo ofendida por su facilidad.
—¡Je, je! Cualquier militar que se precie estudia los mapas de su reino, Ana —se regodeó él.
—Sí, es genial cuando eres capaz de entenderlos…
Anthony comenzó a caminar, con su sonrisa de satisfacción, cada vez más grande, abriendo el camino.
Siguieron durante dos horas. No se detuvieron a descansar, por mucho que Carla insistiera. Anthony empezaba a mostrar síntomas de fatiga.
—¿Te encuentras bien? —lo llamó, tocándole el hombro para que se detuviera.
—Estoy extenuado… Pero no te preocupes, puedo continuar —respondió, antes de tambalearse.
Se cayó al suelo de culo sin poder evitarlo.
—¡Anthony! —se tiró de rodillas frente a él.
El calor que emanaba de su piel la quemó al posar la mano en su frente. Tal y como se temía, ardía por la fiebre.
—¡Mierda! —maldijo Carla—. Lo siento, pero debemos continuar. Es necesario llegar cuanto antes hasta… —Se detuvo, no quería alarmarlo.
Se metió bajo su axila, ayudándolo a levantarse del suelo.
—Yo te serviré de apoyo —tiró de él, empujándolo a que caminara.
Cargó con su peso durante más de una hora, esperando encontrar el camino real.
—¡Anthony! —llamó Carla con urgencia—. ¡Necesito que te mantengas despierto! ¡Recuerda que no soy capaz de orientarme sin ti!
Al levantar la cabeza, un suspiro de alivio le salió de las entrañas.
—¡Ya estamos en el camino! —exclamó, intentando animarlo para que aguantara un poco más—. Dime, ¿por dónde? ¿Derecha o izquierda?
Lo miró y el aliento le huyó del cuerpo. Estaba casi desmayado. Trató de hacerlo reaccionar, agitándolo sobre ella.
No lo conseguía.
—¡Joder! —Miraba a ambos lados del camino, en busca de algo que pudiera reconocer—. Ya pasamos por este lugar, ¿no?
«¡Piensa! Maldita sea, Carla, ¡piensa!»
—Si el río está al norte del camino y Frisia está al este del condado de Reus… ¿A dónde tengo que ir? —La frustración le oprimía el pecho—. Al sur, sí, eso, al sur, pero ¿dónde coño está el sur?
Casi lloraba de la impotencia cuando escuchó el sonido de cascos de caballos. Debían ser más de diez para oírse de ese modo. Viajaban al galope desde… ¡La derecha! Se acomodó debajo de su cuerpo, que cada vez pesaba más. Giró hacia el sonido, rogando por no tener que arrastrarlo por el suelo.
Continuó unos metros más allá, hasta que el estandarte del primer pelotón de Issel se apareció ante ella.
Hugo lo lideraba.
—¡Gracias a los dioses! ¡Por favor, deprisa! —gritó Carla desesperada, haciendo señas con la mano, por detrás de la cabeza de Anthony.
—¡Mi señora! —gritó él, saltando de su caballo, casi sin detenerlo.
—¡Debemos llevarlo con un médico! ¡Ahora! —rogó Carla con un doloroso nudo en la garganta—. ¡Por favor! ¡Súbelo a tu caballo! ¡No esperes por nadie! ¡Márchate!
No se lo pensó dos veces. Acató sus órdenes, subiendo a Anthony a su montura delante de él. Giró el caballo, tirando de las riendas de golpe, y lo espoleó con firmeza.
Salieron al galope, sin mirar atrás.
—¡Sargento Maas! —lo llamó Hugo—. ¡Le encargo la seguridad de la capitán De Luca y el regreso del escuadrón a la finca de Ille!
—¡A la orden! —gritó para que lo oyera—. Señora, tenemos un caballo para usted.
Carla lo montó, alineándose con el sargento.
—Necesito un informe antes de partir —solicitó, tratando de recuperar la compostura—. ¿Qué sucedió después de nuestra caída?
—Los seis arqueros que dispararon contra usted fueron abatidos.
El capitán De Visser formó a los soldados que habían resultado ilesos de la emboscada y partieron, separándose en dos grupos de búsqueda.
El capitán De Wit marchó de inmediato a los viñedos del marqués para escoltar a la princesa Carla hasta la finca de Ille.
Se detuvo un instante. Parecía incómodo con lo que continuaba.
—Como no quería alargar el tramo —tragó saliva con fuerza—, cogió a su alteza y la montó en su caballo con él, reduciendo el viaje a seis horas en vez de un día.
A Carla se le tuvo que notar la sorpresa en la cara, porque el sargento se puso aún más nervioso.
—¡Todo fue con su consentimiento! —aclaró con la voz temblorosa—. En cuanto la princesa estuvo a salvo, reagrupó a dos escuadrones y salimos en su busca. Los demás se reunieron en la finca, como nos ordenó, capitán.