CAPÍTULO 15 #2
—¡Anthony! —metió su cuerpo bajo la axila, sosteniéndolo en pie.
—Me temo que los amables golpes de nuestro visitante se han cargado tu trabajo…
—¡Déjame ver! —Lo llevó junto al fuego con mucho cuidado—. Siéntate, por favor.
Algo cálido y viscoso le recorría la espalda. Ana rebuscó en su pantalón, trayendo un paquete de papel con ella.
—Tengo que volver a coserte —hizo una mueca extraña con la boca—. Va a dolerte.
Sacó un pequeño bote de perfume. Y le echó un chorro de su contenido sobre la herida. Kiran se retorció al sentir un insoportable escozor.
Se mordió el labio con fuerza.
—Es alcohol destilado. La mantendrá limpia —respondió a su pregunta sin formular, al tiempo que revolvía en el paquete que había dejado junto a él.
—¿De qué está hecho? —tocó el papel que lo envolvía con los dedos, intentando distraerse de algún modo—. Nunca había visto algo así.
—Es papel encerado —sus manos se movían con pulso firme—. Lo importamos del reino de Meiji. Se trata con cera de abeja para que sea resistente al agua.
—Interesante. ¡Hfff! —contuvo el grito de dolor como pudo cuando Ana volvió a echarle de aquel maldito líquido—. El príncipe Kiran tiene un juego traído de ese reino. El shogi.
—He oído hablar de él —lo estaba entreteniendo, mientras le ponía hilo a una aguja con forma de anzuelo—. ¿Es muy difícil de jugar?
Le puso una mano en el hombro, como si quisiera infundirle ánimos.
—Por favor, intenta no moverte —y clavó la aguja sin advertirle primero.
Kiran se mordió el puño hasta hacerlo sangrar. Un sudor frío comenzaba a brotarle en la frente.
—Aprender las reglas es fácil —habló intentando pensar en otra cosa—.
La dificultad siempre está en conseguir una estrategia mejor que la de tu oponente —hacía una mueca cada vez que Ana le perforaba la piel—.
El príncipe es el mejor de todo el reino en ese juego.
Su majestad, el rey Damian era su único rival.
—Ya he terminado de coser —informó Ana, limpiando el rastro de sangre que le recorría la espalda—. Acuéstate. Voy a por unas hierbas para hacerte un emplasto.
—De acuerdo —aceptó Kiran obediente, pero solo porque estaba a punto de derrumbarse—. No te alejes demasiado, por favor.
Un extraño vacío lo embargó al verla partir.
Casi le dolió cuando cerró la puerta.
El chisporroteo comenzaba a agonizar tras él. Pondría más madera en la chimenea. No quería que Ana tuviera que enfrentarse al fuego de nuevo. Se levantó, procurando no mover el brazo. Y alimentó las brasas con la leña ya cortada junto a la piedra del hogar.
Se perdió entre las llamas. Contemplaba cómo crecían, envolviendo la corteza, haciéndola crepitar. La historia que Ana le había contado…
Alguien había intentado quemarla viva.
Un escalofrío lo atravesó solo de pensarlo. Era una niña. La habían confundido con su prima. Era un acto tan despreciable…
Lo asaltó un pensamiento de repente. Buscaban a la princesa. La querían muerta desde tan pequeña.
No había tenido una vida fácil.
Ahora la veía de un modo distinto. Podía entender por qué era tan desconfiada, aunque seguía sin gustarle la idea de comprometerse con alguien que se escudaba tras una doble cara. No sabía por qué, pero las había puesto en una balanza.
A un lado, la princesa, con su aparente amabilidad que duraba poco si algo se atravesaba en su camino.
En el otro estaba Ana. Ella había sufrido las secuelas de ese horrible ataque.
Era su piel la que había quedado marcada para siempre.
No era sencillo ganarse su confianza, eso estaba claro, pero no juzgaba a la gente de antemano.
Era la misma siempre.
Cuanto más tiempo pasaba junto a ella, más confundido estaba Kiran. La admiraba y la respetaba. Eso era cierto, pero algo en su interior se removía cuando estaba a su lado.
Y era aún peor cuando no lo estaba.
No podía siquiera pensar en el momento en que tuvieran que separarse. Había estado evitándolo. No tenía sentido enfrentarse a algo que no podía hacerse realidad.
—¿Qué haces levantado? —lo regañó Ana al entrar.
No se había dado cuenta de que se había quedado allí parado.
—Podía encargarme yo de la leña al regresar —reprochó, contrariada.
—Lo sé, solo quería… ahorrarte el mal trago —se dejó caer en las pieles; estaba agotado.
—Joder, Anthony —espetó con una sonrisa triste—. Te lo agradezco, de verdad, pero tienes que descansar. Debemos partir mañana.
—A la orden, mi capitán. —Le devolvió una sonrisa socarrona.
—¡Ja! ¿Ahora soy tu capitán? —rio Ana.
Sus manos se movían, reflejando el color de las llamas en su cuchillo. Molía las hierbas en un cuenco con la empuñadura.
—No sabía que pudiera cambiar de bando tan fácilmente, capitán Ferner.
—Ya se lo dije al cazador… ¡Estoy bajo su embrujo, muchacha! —la provocó, imitando el rudo acento de su visitante.
—¡Si estuvieras bajo mi mando, pasarías lo que queda de viaje cavando las letrinas del campamento! —amenazó Ana. Parecía ofendida, pero se reía—. Una falta de respeto como esa no queda sin castigo.
—¡Je, je! —rio Kiran con disimulo, cubriéndose la boca con el puño—. Lo tendré en cuenta…
—Ahora que lo ha entendido, capitán —se regodeó en su cargo, provocándole al hablarle de modo formal—, haga el favor de estarse quieto para que pueda ponerle este emplasto.
Sus manos eran ásperas. Talladas por su entrenamiento con la espada. Le rozaba la piel, impregnándole las hierbas con delicadeza hasta cubrirlas por completo. El suave tacto de una gasa limpia le envolvió cada uno de los emplastos.
—Sujeta —ordenó, cogiéndole la mano, colocándosela sobre las heridas—. Voy a ponerte una venda.
Sus manos envolvieron el torso de Kiran para tomar la punta de la tela. Su cabello le cayó sobre la nuca. Le rozaba con cada vuelta que daba a su alrededor. La piel de Kiran se erizó. Un ligero hormigueo lo recorrió desde la cabeza hasta el final de la espalda.
—¿Tienes frío? —inquirió al ver la reacción de su traicionero cuerpo—. Aguanta, solo un poco más.
—¿Te puedo preguntar una cosa? —soltó sin pensárselo demasiado.
—Puedes… —respondió Ana, jocosa—. Otra cosa es que responda.
Le dio un ligero toque en la mano para que dejara de apretar.
—¿Por qué has decidido confiar en mí? —preguntó Kiran, mirando al suelo—. Cuando te conocí, me dio la impresión de que te costaba confiar en los demás.
—Es cierto —afirmó—, me cuesta hacerlo. Tengo más miedo a la traición que al rechazo. No me importa que alguien a quien no conozco me considere fría y se aleje de mí, pero pensar en que me traicionen… Es demasiado para mí.
—Entonces, ¿qué he hecho yo para ganármela?
—Siendo sincera, aún no lo has conseguido… al menos no del todo —comenzó a rasgar las vendas para atarlas—. Confío en ti como lo hago en mis soldados. Tengo la certeza de que no quieres dañarme. Eso ya es suficiente para que ponga mi vida en tus manos, aunque… hay algo que aún nos separa.
—Entiendo —lo embargó la tristeza—, puede que nada de lo que haga sea… suficiente.
—No, no lo has entendido —terminó de ponerle las vendas—. Creo que algo en tu interior se resiste a aceptar que yo pueda confiar en ti.
Kiran se giró, mirándola a los ojos sin entender lo que quería decir.
—Te lanzaste ante mí, sirviéndome de escudo, sin pensártelo ni un segundo.
Tu instinto te llevó a hacerlo —se quedó en silencio, solo un instante, dejando escapar un suspiro entre sus labios—.
Quiero llegar a esa persona, la que ocultas dentro de ti y no me dejas.
Me apartas, igual que haces con los demás.
—¿En serio crees que lo merezco? —Estaba sorprendido.
—Estoy convencida de ello —le regaló una de aquellas sonrisas que casi lo derribaban—. Ahora, lo entiendo un poco mejor. No me daré por vencida mientras no decidas alejarme de ti. Ya puede decirse que somos compañeros después de esta odisea, ¿no crees?
—Supongo que, después de que me hayas visto desnudo tres veces, ya puedes decir que somos compañeros —se rio, dejándose caer al suave tacto de las pieles. Estaba agotado.
—Descansa, Anthony. Mantendré la luz encendida.
—No te haces una idea de la verdad que esconden tus palabras —murmuró, sintiéndose seguro por primera vez en mucho tiempo.
Fue arrastrado por el sueño. Empujado ante la expectativa de que, al amanecer, volviera a sentir el calor de su piel en la espalda. Aunque doliera.