CAPÍTULO 15
U n intenso dolor en el hombro arrancó a Kiran del profundo sueño en el que había caído.
Sentía algo cálido sobre la espalda. Se le apretaba contra el cuerpo, presionando también la herida del hombro.
Abrió los ojos despacio, recordando el lugar en el que se encontraba.
El bulto se removió un poco, buscando calor.
Debía ser Ana. Se había quedado dormido mientras le contaba la historia de su cicatriz. Se refugiaba tras él, alejándose de la chimenea. Escondiéndose del fuego. Con el intenso frío, tendría que haberse metido entre él y las llamas.
Su miedo no la dejaba llegar a tanto.
Aun con el dolor que le producía su contacto, no era capaz de moverse para alejarla. No quería despertarla.
Lo soportaría.
Estaba helada. Necesitaba la calidez que le reclamaba, acercándose cada vez más.
No sabía cuánto tiempo había pasado. No importaba. No quería separarse de ella.
Se mantuvo inmóvil, temiendo que el latido que le golpeaba el pecho pudiera despertarla. Absorbía el contacto de su piel, escuchando su respiración, tan pausada, tan… cercana. Entonces, un intenso chisporroteo de las brasas resonó en el refugio.
Su cuerpo se tensó, transmitiéndole su alarma.
—¿Estás despierto? —preguntó Ana somnolienta.
—Sí —su voz sonó áspera—. Te pido perdón. Caí rendido.
—Esa era la intención, Anthony.
Kiran esperaba que tratara de incorporarse, de alejarse de él, pero no lo hizo.
—Estabas derrotado, solo necesitabas una voz calmada.
—¿Cómo lo consigues, Ana? —se le escapó sin pretenderlo—. ¿Tú nunca dudas?
Esa confianza en sí misma… la admiraba.
—Siempre dudo —soltó ella sin más, como si fuera sencillo—. Tengo el mismo miedo que los demás, incluso más. Desde fuera puede parecer que la convicción manda, que estoy segura de todo lo que hago. La realidad es que solo soy demasiado testaruda.
—¡Je! —rio Kiran ante su respuesta—. ¿Y eso no es otra forma de certeza?
—La certeza no existe, Anthony. No puedes estar seguro de todo lo que sucede a tu alrededor. El miedo aflora con la incertidumbre. Pero cuando nace de una realidad, entonces se convierte en verdadero. Se te graba en el cuerpo y toma el control.
—Tiene sentido.
No podía decir más. Solo de recordar cómo había reaccionado al despertarse en la oscuridad.
Ana lo había visto.
Temía el momento de mirarla a la cara.
—Lo único que puedo controlar es lo que decido hacer para continuar. —Trataba de hacerse entender, aunque Kiran no veía la finalidad—. Lo sigo intentando, las veces que hagan falta. Si me rindiera, estaría dejando que decidieran por mí, Anthony.
»Y no estoy dispuesta a ello.
—Me encantaría tener tu determinación. Pero me temo que fue duramente eliminada de mi carácter.
Tal vez fuera porque ella le había contado de dónde venía su miedo. Tal vez porque no podía verle la cara, pero… tenía la necesidad de contárselo.
—Cuando era niño, se decidió cuál sería mi deber.
—Kiran esperaba que no se diera cuenta de lo mucho que le temblaba la voz—.
No había lugar para errores. Tuve una educación muy estricta.
Mi futuro era y es lo más importante para mi familia.
Si no accedía a hacer lo que se me pedía, si intentaba escaparme como hacía cualquier niño a esa edad, se me castigaba.
No se me golpeaba, aunque a veces pienso que hubiera sido mejor.
La tensión de su cuerpo creció al escucharle.
—Cuando desobedecía —continuó, con la sensación de que estaba liberándose de algo—, se me encerraba en un cuarto pequeño y oscuro.
Me dejaban allí, durante días. Solo. No podía hablar con nadie.
Cada vez que aquella puerta se cerraba… mi cuerpo temblaba hasta que volvía a abrirse.
No podía controlar el tiempo. Me aterraba comer.
No sabía cuánto debía aguantar con lo que me dejaban. No sabía si… volvería a abrirse.
Un nudo le atravesó la garganta. Le estaba mostrando todo lo que era, como nunca lo había hecho con nadie.
—Cada vez que me metían en aquella habitación, al final del pasillo, una parte de mí se deshacía. Si no quería acabar de nuevo allí, debía permitir que decidiera por mí. Premiaba mi sumisión con su afecto. Castigaba mi rebeldía con su desprecio y… la oscuridad.
Se arrepintió al decir la última palabra. Si no había perdido su respeto con la lamentable reacción del día anterior, lo había conseguido al contarle lo débil que era.
El silencio entre ellos lo estaba aplastando.
«Tal vez sea lo mejor. Ella pondrá la distancia necesaria entre nosotros». Ahí estaba de nuevo esa lúgubre voz, torturándolo sin contenerse.
—Entiendo —respondió al fin Ana, con la voz ronca.
Kiran había esperado que lo repudiara o que se lamentara por el niño de su recuerdo.
No lo hizo.
No lo había rechazado por su fragilidad. Seguía pegada a él como si no le hubiera contado nada. No trataba de consolarlo. Kiran odiaba que trataran de hacerle creer que ya había quedado todo atrás. Que le dijeran que tenía que ser fuerte para superarlo.
Ana tenía un carácter distinto al de los demás.
Su respuesta le decía todo lo que necesitaba saber.
—Gracias. —El peso que le nacía en el pecho salió con un suspiro.
Ella se le acercó un poco más, y todo comenzó a girar a su alrededor. Se había apoyado sobre sus heridas sin darse cuenta, arrebatándole el aire de los pulmones.
—Oye, Ana. Si no es mucha molestia, ¿podrías dejar de presionar mi hombro? —consiguió decir entre dientes.
—¡Joder, Anthony! —gritó, levantándose de golpe.
Se había llevado la manta con ella
—¿Por qué no me has dicho nada? ¡Debe dolerte a horrores!
Se giró con la intención de revisarle la herida. Se encontró con el cuerpo de Kiran completamente desnudo.
—¡Mierda! —volvió a gritar, tirándole la manta por encima para cubrirle.
Miraba al techo, azorada. Sus hombros se movían al ritmo de su acelerada respiración.
—¡Ja, ja, ja! —Kiran no pudo contenerse—. ¡Ay, ay! —se quejó del dolor.
—Es lo que mereces por reírte de mí —le reprendió Ana, colocándose tras él de rodillas—. ¿Puedes sentarte? Quiero ver si los puntos siguen en su sitio.
—¿Los puntos? —preguntó al tiempo que ella lo ayudaba a incorporarse.
—Las suturas. Tuve que coserte las heridas —retiró con suavidad las vendas.
—Nunca dejas de sorprenderme. ¿Hay algo que no sepas hacer?
—Sí. Hay muchas cosas que no puedo hacer, por mucho que lo intente —lo estaba distrayendo de nuevo.
—¿Me dirás cuáles son?
—Tendría que matarte si lo supieras —bromeó Ana.
—¡Je! Veo que, además de testaruda, eres orgullosa.
—Y yo veo que no eres tan inteligente como creía, Anthony —arrugó el ceño, airada—. Si estuviera en tu lugar, herido y con el cuerpo al descubierto, no osaría ofender a nadie.
—Es posible que no lo sea —se le escapó un suspiro.
—¡Oh! Créeme, estoy convencida de ello —era un reproche—. Si fueras la mitad de inteligente de lo que creía, no hubieras arriesgado tu vida para protegerme. Sabes de sobra que no necesito que me salven.
—Lo sé —respondió Kiran, sabiendo que lo merecía—. Pero no pude evitarlo.
Sus manos se separaron de él, como si le hubiera dado una descarga. Pudo escuchar cómo el aire entró de golpe entre sus labios.
No se esperaba esa respuesta.
Él tampoco.
Se giraba hacia ella para verle la cara cuando un golpe en la puerta los sobresaltó. Ana se puso en guardia, agarrando el cuchillo que había dejado a mano.
—¡¿Quién anda ahí?! —tronó la voz de un hombre desde la puerta.
—¡Mierda! —maldijo Ana—. Debe ser el dueño del refugio.
—Métete bajo la manta. Que no se te vea el cabello —se puso él en marcha.
Ella lo miró un instante. Parecía preocupada, pero le obedeció. Kiran se puso rápidamente los pantalones antes de acercarse a la puerta.
—¡Estoy desarmado! ¡Voy a abrir la puerta! —avisó a su visitante antes de tirar del pomo.
—¡¿Quién es usted?! ¡¿Qué hace en mi refugio?! —Era un hombre de gran tamaño con un arco de caza apuntándole.
—Le ruego que me disculpe, señor —le habló en un tono calmado, con las manos levantadas—. Nos separamos de nuestro grupo. Me temo que nos caímos al río haciendo… bueno, digamos que estábamos distraídos. Nos metimos en su refugio sin permiso, pero solo para no morir de frío.
—¡¿Quién más hay ahí?! —bajó un poco el arco, asomando la cabeza por el hueco.
—Solo una dama y yo, señor. —Se apartó Kiran para que pudiera ver el bulto bajo la manta.
—¡Hable para que pueda oírla, señorita! —exigió, volviendo a levantar el arco.
—¡Lo sentimos mucho! —exclamó Ana, con la angustia reflejada en su voz.
—¡Salga para que pueda verla! —insistió el cazador.
—Es que… no puedo.
—No está… presentable —le susurró Kiran—. Con la intimidad del lugar, la cálida luz de la chimenea… Nos dejamos llevar un poco. Usted me entiende, ¿cierto? —remató Kiran, con una sonrisa pícara en los labios.
—Ya veo —dedujo bajando el arco—. ¡Has engatusado a esa muchacha! ¡Ja, ja, ja! —rio a carcajadas, dándole una fuerte palmada en el hombro.
Apretó la mandíbula, conteniendo el grito que quería salirle de las entrañas.
—Más bien, ella me ha embrujado a mí —siguió con el juego, tragándose el dolor.
—¡Ja! El embrujo de una mujer bella hace que perdamos la cabeza.
—Le pido perdón por invadir su refugio, permítame que se lo compense —sacó Kiran unas monedas de la bolsa que le colgaba del cinturón.
—No es necesario —intentó rechazarlo—. Todos hemos pasado por algo como esto alguna vez, muchacho.
—Al menos, ¿podría pagarle por algo de comida y bebida? —Mantuvo las monedas en su mano—. No pensábamos pasar la noche fuera…
El cazador le tendió una bolsa con comida, recogiendo el dinero sin resistirse.
—Gracias —Kiran inclinó la cabeza—. Le prometo que mañana en la mañana nos habremos ido, dejándolo todo en su lugar.
—No tengas prisa, muchacho —le regañó riendo—. Todo tiene mejor sabor si se toma lentamente.
Y se marchó a través del bosque, haciendo resonar sus carcajadas en la pared del risco.
—¡Cómo se te ocurre! —gritó Ana, saltando de su escondite—. ¡Me has dejado como a una cualquiera!
—Sabía que eras una mujer orgullosa —susurró.
La habitación dio un vuelco de repente.
Las rodillas le fallaron.