CAPÍTULO 14 #2
—¡Gracias a los dioses!
Carla no creía en ellos realmente, pero ese día… tenía que reconocer que alguien estaba cuidando de ella.
La puerta de madera chirrió al abrirse. Parecía limpio. Su dueño debía utilizarlo a menudo y estaba seco.
Eso era lo que importaba.
—¡Es justo lo que necesitamos, Anthony! —y levantó la camilla, arrastrándola al interior.
No cerró al entrar. Necesitaba la escasa luz que llegaba desde el exterior. Estaba muy oscuro. Pudo distinguir una chimenea al fondo y algunas mantas de piel. Encendería un fuego. Los haría entrar en calor, pero era algo para lo que tenía que mentalizarse.
Extendió una de las mantas en el suelo, junto al hogar, antes de recostar a Anthony sobre ellas, desatando los nudos que lo sujetaban. Le quitaría la ropa cuando hubiera encendido una luz.
Con la esperanza de encontrar algunas velas, recorrió la estancia revisando entre cajas y muebles. Rebuscaba en el interior de un baúl cuando Anthony se despertó de golpe.
—¡Ana! —la llamó, gritando desesperado.
—Estoy bien —se acercó a la luz que entraba desde el bosque, para que pudiera verla, o al menos intuirla—. No te muevas, por favor. Estás herido.
De pronto, la puerta se cerró tras ella con una corriente de aire. Se giró, sacando la espada por miedo a que alguien estuviera en el exterior. Se apresuraba a empujarla cuando un grito agónico la desgarró por dentro.
—¡Noooo! ¡Noooo! —bramaba, rompiéndose la garganta desde el interior—. ¡No me dejes aquí!
—¡Anthony! —corrió hacia él—. ¿Qué te pasa?
Se había sentado, con la espalda contra la pared de la chimenea. Rodeaba sus rodillas con la cabeza metida entre ellas. Todo su cuerpo temblaba.
—¡Noooo! —el miedo rebosaba en su voz—. ¡Otra vez no!
—¿Qué te ocurre? —Levantó su cabeza, sujetándola entre las manos por sus mejillas.
Su mirada estaba perdida. No estaba con ella. Se encontraba lejos. En una pesadilla.
—¡Anthony! —lo llamó, angustiada—. Por favor, ¡vuelve conmigo! ¡Estás a salvo! ¡Mírame!
Sus ojos se enfocaron. Viéndola por primera vez.
—¡Reacciona! —insistió, reteniendo su cara con fuerza para que la mirara—. Dime, ¿qué te ocurre? ¡Estoy aquí! ¡Estoy contigo! No me iré, pero, por favor, ¡vuelve!
—La puerta… —Su voz vibraba al ritmo que temblaba su cuerpo—. La oscuridad…
Carla lo entendió. Tenía que encender una luz. Rápido.
El pedernal le tembló en la mano al sacarlo de la bolsa de su cinturón.
Se había quedado parada frente a la chimenea.
Un escalofrío le recorrió la espalda. El estómago se le encogió, preparándose para lo que venía.
El cuerpo se le oponía siempre que tenía que hacerlo, pero ahora no podía dejar que el miedo la detuviera.
Él la necesitaba.
Tenía que hacerlo. Comenzó a rascar. Una y otra vez. Las chispas saltaban. Ninguna tenía éxito. Comenzaba a desesperarse, pero siguió, con más fuerza, hasta que una de ellas prendió la primera brasa. El aire que entraba por la rejilla del tiro incendió la yesca de repente.
El fuego se alzó, cogiéndola por sorpresa.
Se alejó, dando un brinco que la hizo caer de culo contra la piedra del suelo.
Se quedó paralizada. Las llamas se extendían sobre la madera seca.
Arrasándola.
Consumiéndola.
El chisporroteo de la resina la estaba llevando a un recuerdo que no quería revivir.
—¿Ana? —la llamó Anthony, trayéndola de vuelta.
Se levantó sin pensarlo, dejándose caer de rodillas frente a él.
—¿Te encuentras bien? —Carla no se había dado cuenta de lo mucho que tiritaba.
—¿Dónde estamos? —le preguntó, mirándola fijamente a los ojos.
—En un refugio de caza. Caímos al río cuando te metiste en medio. ¿Lo recuerdas?
—Sí, los arqueros en los árboles —comenzó a recordar.
Abrió los ojos de golpe, agarrándola por los hombros.
—¿Estás bien, Ana? ¿Estás herida? —le preguntó desesperado.
—¡Eres tú el que está herido! ¡Haz el favor de estarte quieto, o las heridas se te abrirán! —le regañó molesta.
Anthony se percató del dolor que sentía en el hombro al decírselo.
—¡Ay! —se quejó, con la cara de un niño con un golpe en el dedo.
Y el enfado desapareció.
Tuvo que contener una sonrisa al ver su expresión.
—¡Venga! ¡Tenemos que quitarte la ropa mojada! —le ordenó, lanzándole la manta que quedaba para que se tapara.
Le dio la espalda. Le dejaba espacio mientras buscaba algo que ponerse. Encontró una camisa blanca de botones, muy vieja. Parecía ser de un hombre. A ella le cubriría todo el cuerpo.
—¿Ya estás?
—Puedes girarte —le respondió Anthony en un susurro.
—¿Seguro? ¡La última vez me engañaste! —espetó Carla con cierto rencor.
—Te prometo que estoy totalmente tapado bajo la manta. Me giraré para que puedas cambiarte tú también.
Carla se dio la vuelta para comprobar que decía la verdad. Estaba tal como le había prometido.
—No ha sido una pesadilla, ¿verdad? —susurró Anthony, consternado—. No gritaba en sueños.
—Lo siento —respondió, comenzando a desvestirse—. No gritabas en sueños, pero eso no significa que no fuera una pesadilla. A veces, se vuelven realidad.
—Te pido disculpas por haber tenido que verme en ese estado tan lamentable —tenía la voz rota—. Debo haberte resultado… patético.
—Existen miedos que están tan arraigados en nuestro ser que se vuelven incontrolables. Créeme, lo sé.
Con la camisa del cazador ya puesta, empezó a recoger toda la ropa mojada. Trató de extenderla junto a la chimenea, pero no pudo acercarse a menos de un metro de ella.
—Tu miedo es el fuego, ¿cierto? —surgió la voz de Anthony de entre las mantas—. Vi tu rostro al encenderlo.
—Sí —reconoció al ver que era imposible ocultárselo—.
Le tengo pánico. Cuando tenía seis años, me desperté con la cama envuelta en llamas.
Había una mujer junto a mí. No recuerdo su cara.
Quería acabar con la vida de la princesa Carla.
Una cicatriz quedó marcada en mi espalda.
Igual que el miedo al fuego se grabó en mi interior.
No puedo borrar ese recuerdo. Me atormenta siempre que las llamas se alzan ante mí. No puedo luchar contra él. Me paraliza.
—Pero hoy lo has hecho.
—A veces lo consigo —se justificó Carla—, si me atenaza un miedo mayor al que tengo por el fuego.
—¿Otro miedo? —Se estaba quedando dormido.
—Sí. Me empuja a actuar —se acercó a él, despacio—. Mi…
Su respiración se tornó más lenta. Había caído rendido.
Carla se acostó bajo la manta con la espalda apoyada en la suya, en busca de calor.
—Mi mayor miedo es ver sufrir a las personas que me importan —terminó la frase, sabiendo que ya no podía oírla.