La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

L a corriente los arrastraba río abajo. Carla agarraba el cuerpo de Anthony como podía. Pesaba demasiado.

«Mierda, mierda, mierda», maldecía sin abrir la boca por miedo a tragar agua.

Se estaban hundiendo. El peso del abrigo empapado tiraba de ella hacia el fondo.

No lograba nadar hacia la orilla. No tenía fuerzas para luchar contra el ímpetu del agua.

Solo le quedaba dejarse llevar. Esperar a encontrar un lugar donde el caudal se calmara.

Si es que lo había. Tal vez si cortaba la tela…

No. Necesitaba las dos manos para hacerlo.

Y no lo soltaría.

Se estiró bajo su cuerpo. Buscaba colocarlos en la dirección en la que avanzaba el torrente.

Cuanta más superficie estuviera en contacto con el agua, más flotarían.

Era lo único que podía hacer. El terror quería apoderarse de ella.

Le faltaba el aire. Con cada sacudida, sus cabezas se sumergían.

Cada vez que reflotaban, temía que pudiera ser la última.

Los brazos le ardían por el esfuerzo. Creía perderlo con cada zarandeo que recibía.

Su cuerpo inerte daba tirones una y otra vez, amenazando con zafarse de ella.

Las rocas la golpeaban a su paso sin cesar.

Trataba de cubrirlo. Procurando dirigirlos para recibir cada impacto.

Pero no siempre lo conseguía. El frío comenzaba a entumecerle el cuerpo. Si seguían en el agua por más tiempo…

No se rendiría.

Debía salvarlo.

El muy estúpido se había lanzado para hacerle de escudo. No dejaría que muriera por tratar de protegerla.

Enganchó su pecho con un brazo, sujetándolo con todas las fuerzas que le quedaban. Buscó una punta del bajo del abrigo con la mano libre, poniéndola sobre Anthony. Cambió de mano y se hizo con el otro lado de la tela. Lo envolvió, juntando las dos partes y las anudó sobre él.

«Así no te me escapas»

Sentía la madera de una flecha contra el hombro. Anthony estaba herido. Le levantó la barbilla, sacándola todo lo posible del agua.

Tenía que seguir respirando.

No sabía cuánto llevaban navegando sin control.

Carla temía no poder orientarse para volver con los demás, pero de eso ya se ocuparía luego.

Ahora todo lo que le quedaba era para mantener a flote a Anthony.

Cada vez pasaba más tiempo sumergida. La cabeza le daba vueltas.

Tiritaba. Los ojos comenzaban a cerrársele cuando los pies tocaron algo bajo ellos.

Era el fondo.

Al fin habían llegado. El cauce giraba, creando las aguas mansas donde se encontraba.

Alargó la mano hasta conseguir aferrarse a una roca cercana. Giró el cuerpo, aun con el peso del capitán sobre ella. Y consiguió sacar la cabeza por completo del río.

Los pulmones de Carla tomaron aire de golpe, provocándole una tos descontrolada.

Estaba sacando toda el agua que había tragado.

Aun así, no soltó a Anthony. Mantenía su cabeza a salvo.

Volvió a aspirar una y otra vez, hasta que pudo respirar casi con normalidad.

Sin perder tiempo, liberó a Anthony de la improvisada cuerda de seguridad y lo agarró bajo las axilas.

Lo arrastró como pudo hacia la orilla, colocándolo de lado.

Tres proyectiles sobresalían de su espalda.

Su coraza de cuero había evitado que dos de ellos se clavaran de manera profunda. No parecían heridas graves, pero la tercera… Estaba incrustada más arriba, a la altura de su clavícula. Había mucha sangre.

Podía haber atravesado la vena que cruzaba bajo aquella zona. No recordaba su nombre, pero sabía que era importante. Si estaba seccionada, no podría hacer nada por él.

El miedo la atenazó.

Debía atenderlo antes de que fuera tarde.

Colocó el oído en su espalda.

—¡Bien! Aún respiras —le habló en voz alta—. Ahora debo sacártelas y coser tus heridas.

Escucharse a sí misma la ayudaba. La mantenía centrada cuando sentía que podía perder el control.

Lo remolcó, sin saber cómo, hasta una zona seca. Su cuerpo era muy pesado para ella, pero consiguió llevarlo hasta los pies de un árbol cercano y lo recostó de lado.

Necesitaba algo para despegar su cara del suelo.

Desgarró la tela del abrigo, cortando todo su largo.

Estaba mojada, pero era lo único que tenía.

La enrolló, formando un círculo y dejando un agujero en el medio, donde acomodó su cara en el centro.

Se aseguró de que el hueco quedara justo en su boca y nariz. Permitiéndole respirar.

Rebuscó en el estuche que llevaba en el cinturón hasta sacar un pequeño paquete. El papel que lo envolvía lo mantuvo seco.

—Gracias, Oliver, por obligarme a llevar esto siempre conmigo —lo dijo como si realmente pudiera oírla—. Y gracias por enseñarme primeros auxilios. Espero que sea suficiente.

Abrió el papel cubierto en el suelo, dejando expuesto su contenido. Por un lado, había un pequeño cuchillo plateado muy afilado, una aguja en forma de anzuelo y un ovillo de hilo de seda. Por el otro, varias vendas enrolladas, un pequeño bote lleno de alcohol destilado y muchas gasas de algodón.

—Luego buscaré hierbas para hacerte un ungüento —siguió contándole.

Carla comenzó a trabajar de manera rápida, pero segura. Partió las varas por la mitad, con cuidado de que no se movieran al hacerlo. La tela de su capa podía enredarse en ellas al sacarla. Con un par de cortes de cuchillo la atravesó para quitársela y dejarla caer a un lado.

—Eso era lo más fácil. Ahora necesito que sigas respirando. No creas que vas a librarte de un castigo apropiado, Anthony.

Desabrochó la coraza por ambos lados de su torso, despegando las varillas del cuero.

Ya la habían atravesado. Solo necesitaba que pasaran al otro lado.

Levantó lentamente la parte trasera de la coraza hasta conseguirlo.

La dejó abierta. Ya se ocuparía de sacarla.

Cortó su chaleco de piel de marta por ambos costados, abriéndolo como si fuera un baúl con bisagras.

—Tenía que ser en invierno, ¿verdad? ¿Cuántas capas de ropa llevas?

Poco a poco, rasgó todo lo que encontró a su paso. Sacando trozos alrededor de la herida.

—¡Por fin te encuentro la carne! —exclamó con una sonrisa tensa—. Ahora… esto te va a doler.

El pequeño bote de cristal le temblaba en la mano al quitarle el tapón. Había sanado otras heridas, muchas veces, pero esto era demasiado para ella.

Cogió aire, tratando de mantener la calma. No había nadie más. Si no lo hacía, podía…

No lo permitiría.

Se echó un chorro del líquido transparente en las manos y el pequeño cuchillo antes de que tocara su piel. Vertió un poco más sobre sus heridas, trincando la mandíbula con fuerza.

Esperó, a ver si reaccionaba con el escozor del alcohol.

No se inmutó.

Carla se aferró a la hoja, antes de tener tiempo de pensarlo demasiado y que comenzaran a temblarle las manos de nuevo.

Solo lo había hecho con carne de cerdo y alguna vez con la suya propia, pero no tenía más remedio si quería que sobreviviera. Al fin y al cabo, era lo mismo que seccionar una garganta o los tendones de una rodilla.

Dos pequeños cortes, uno a cada lado de la primera flecha, junto a su omóplato. Y dejó el cuchillo sobre su espalda.

Abrió la carne con los dedos de una mano, mientras sujetaba la vara con la otra. Tiró de ella, muy despacio, hasta conseguir sacar su cabeza.

Estaba completa. Y la herida estaba limpia. Cogió la aguja en forma de anzuelo y le ató un trozo del hilo de seda.

—¡Mierda, Carla! Debías atar el hilo a la aguja antes de sacarla —se regañó, apurándose a hacerlo para poder seguir.

Lo cosió punto por punto. Muy despacio, asegurándose de no romper la piel o la carne.

El comandante la había obligado a repetirlo un millón de veces, hasta que sus suturas en los cerdos fueron limpias y resistentes. Cuando estuvo satisfecha con el resultado, repitió exactamente el mismo procedimiento con la flecha que estaba junto a esa.

—Ahora viene la difícil, Anthony —se preparó haciendo una mueca de dolor con la boca—. Debes aguantar un poco más.

Volvió a cortar a ambos lados de la tercera flecha, pero esta vez, más profundo. El músculo era más duro. La vena atravesaba por el lado de la clavícula. Era poco probable que la cortara desde atrás y, si estaba seccionada… lo averiguaría enseguida.

Soltó el cuchillo y agarró la varilla firmemente.

Abrió la carne de nuevo y cogió aire antes de moverse.

—Por favor… que no esté cortada —rogó al cielo.

La sacó tan despacio que apenas veía cómo se movía. La sangre comenzó a brotar de la herida, pero no salió a chorros.

La vena estaba intacta.

—¡Gracias! ¡Gracias! —exclamó feliz.

Revisó que estuviera todo en su sitio antes de retirar los dedos. Era demasiado profunda. Un buen médico haría una sutura en el interior. Carla no tenía ni idea de cómo hacerlo. La cerraría hasta que consiguieran llegar a la finca de Ille.

Al terminar, limpió toda la zona. Luego colocó una gasa limpia en cada una de las heridas y las vendó para mantenerlas cubiertas.

—Bien. Ahora necesitamos un lugar en el que resguardarnos. Si estamos a la intemperie al caer la noche, moriremos de frío.

A su alrededor, solo había bosque y río. No podía dejarlo solo. Y moverlo podría reabrirle las heridas.

—¡Una camilla! —se espoleó, tratando de mantenerse despierta.

Tiritaba hasta los huesos. El cuerpo le chillaba, rogando por calor. Pero tenía que seguir moviéndose.

Improvisó con las ramas del árbol, uniéndolas con trozos de tela del abrigo. Instaló a Anthony de lado, con el hombro herido hacia arriba, y lo amarró para que no pudiera caerse.

Durante al menos media hora, sostuvo sin descanso el peso de su cuerpo. Acarreándolo. Al levantar la cabeza, encontró un risco, lo suficientemente cercano para llegar hasta allí.

—Tal vez haya una cueva —era casi un ruego.

Continuó sin detenerse hasta alcanzarlo. La pared de roca se alzaba, engullendo bajo su sombra medio bosque, pero no había ninguna cueva.

—¡Joder! —maldijo pateando una piedra del suelo.

Desapareció entre los arbustos. Debía rebotar contra la pared.

No lo hizo.

Carla soltó la camilla, levantando la espada. Se adentró entre las ramas y lo vio.

Era un refugio de caza.