La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

La visión de una mujer pequeña lanzándose contra los atacantes podía resultar cómica.

Pero, siendo la capitán De Luca, no lo era en absoluto.

La fuerza y la convicción que emanaban de su cuerpo provocaban que todo el que estuviera junto a ella se contagiara.

Su cabello cobrizo, suelto en el viento, reflejaba el sol en cada rizo en movimiento.

Sus hombres no dudaron en seguirla a la batalla.

Alan y el sargento Maas la imitaron alzando sus espadas.

Colisionaron contra el enemigo que corría hacia ellos.

Kiran se volvió al frente de nuevo. Debía centrarse en su papel.

—¡Cargad! —gritó una voz al otro lado.

Los escuadrones que fueron de avanzadilla regresaban atacando por la espalda a sus contrincantes. Los embistieron con dureza.

Estaban atrapados entre los dos frentes.

Los gritos de desconcierto de aquellos hombres dieron paso al dolor y la agonía.

«Este flanco está acabado»

Detuvo el golpe que caía sobre él y deslizó la hoja sobre la espada de su oponente. Lo desarmó con un solo movimiento y atravesó su pecho. La hundió hasta la guarda, viendo cómo sus ojos pasaban del miedo al vacío al soltar su último aliento.  Lo dejó caer al suelo al retirar el arma.

Sin remordimientos.

«No tienen entrenamiento militar», se dio cuenta Kiran.

No eran rivales para ellos. Podía dejarlos solos sin problemas. Eran tres escuadrones contra diez hombres. Terminarían con ellos enseguida.

No lo necesitaban.

Se giró. Y corrió en busca de Ana.

—¡Quedan bajo su orden, cabo Anders! —gritó Kiran sin mirar atrás.

—A la orden, capitán —respondió ella tras cortar el cuello de su oponente.

Los escuadrones que acompañaban a Ana estaban rodeados por una multitud. Se enfrentaban al menos a treinta enemigos. La buscó entre todos ellos, con su propio latido golpeándole en la sien. Con su melena al descubierto no sería difícil distinguirla en aquel desorden.

Allí estaba.

Junto al río. Luchando sola contra cinco encapuchados que formaban un círculo a su alrededor. Un segundo cerco bloqueaba a los soldados que pretendían avanzar para protegerla.

La estaban aislando.

Tal y como pensaba, ella era el objetivo principal. Si no podían con la caravana, al menos se llevarían por delante a la que ellos creían que era la princesa.

No lograban alcanzarla.

El cuerpo de Kiran tomó el control. Corrió hasta el bloqueo, impulsándose para saltar sobre ellos.

Derribó a dos de un mismo golpe. Avanzó sin preocuparse de enfrentarlos.

Los que iban tras él se encargarían. Soltó un grito de carga, distrayéndolos.

Cortó el costado del hombre que se plantó ante él.

Brincó, apoyándose sobre el herido al caer. Y se colocó a la espalda de la capitán.

Había llegado.

—Mi princesa —soltó con una sonrisa jocosa—. Le prometí que no la dejaría sola.

—¡Llegas tarde! —le reprochó Ana devolviéndole la sonrisa, preparándose para embestir—. Ya casi he terminado yo sola.

Los enemigos se reagruparon. Volvían a rodearlos. Estaban desesperados por acabar con ella. Kiran se preparó para luchar a su lado. Espalda con espalda. Y cuando Ana dio el primer paso, la siguió.

No pretendía entorpecerla. La asistía con cada uno de sus golpes. Era mucho mejor con las armas. Pretender interponerse como un caballero sería absurdo.

Llegaban más hombres desde el bosque.

«¿Habían contado mal sus cazadores?», pensó al ver que no cesaban. «Ya sumaban más de sesenta».

A pesar de su elevado número, no había ni uno solo que pudiera hacerle frente a Ana. Los derrotaba uno a uno sin esfuerzo.

Le dejaba a alguno cuando le estorbaba para atacar al siguiente.

No se movía sin un objetivo. Su cuerpo reaccionaba de manera natural.

Realmente era como le había contado. Sus músculos sabían en todo momento lo que debían hacer.

Su centro de gravedad era constante de tanto repetirlo.

No importaba en qué sentido se moviera. No importaba que pudieran empujarla.

Si perdía el equilibrio, sabía por instinto dónde pisar para recuperarlo.

«Si no estuviera luchando a su lado, estaría contemplándola sin pestañear», lo traicionó el subconsciente.

No eran adversarios dignos de su talento.

Aun así, no bajaba la guardia. No los subestimaba.

Si estaba ansiosa por acabar con la lucha, no lo demostraba.

Se mantenía firme en su posición desde el primer embate.

Avanzaba solo cuando derrotaba a quien tenía delante.

A por el siguiente. No se precipitaba como había hecho Kiran en su batalla.

Solo quedaba uno en pie. La duplicaba en tamaño.

La mayoría lo hacían. Era tan… pequeña. El encapuchado dejó caer su espada sobre ella.

Kiran se quedó sin aliento. Era demasiado fuerte para que pudiera repelerlo.

Dio un paso adelante, decidido a intervenir.

Antes de que pudiera darse cuenta, Ana se agachó, deslizándose a un lado.

Tan rápido que costaba creerlo. El acero de aquel mastodonte dio contra el suelo.

Ella giró sobre su eje. Rodeando las piernas de su enemigo.

Colocándose tras sus rodillas. Y cortó. De un modo profundo, quebrando sus ligamentos con un movimiento de cuchillo.

El hombre cayó de frente.

Ante ella.

Sus gritos de dolor tronaban sobre el poder del caudaloso río.

Ana lo agarró del pelo, tirando hacia arriba.

Su mano parecía la de una niña sobre él.

Su grueso cuello quedó al descubierto. Colocó sin vacilar la afilada hoja contra su piel, seccionándola de un solo tajo.

Sin pausa, pero sin prisa. Sus ojos se cerraron lentamente, al ritmo que manaba la sangre de su presa.

Parecía una pequeña cascada que fluía hacia el oscuro manantial que crecía a sus pies.

Kiran tragó saliva sin poder evitarlo. Si lo pretendía, Ana podría acabar con él sin apenas molestarse.

Daba algo de miedo cuando entraba en esa especie de frenesí.

Sus ojos se abrieron de golpe. Encontrándose con los suyos. La mirada dulce que la caracterizaba estaba… vacía. Ni siquiera se dio cuenta de que la miraba, paralizado.

No parecía disfrutarlo. Solo dejaba de ser ella misma. Se convertía en lo que necesitaba para seguir adelante.

Miraba a su alrededor, asegurándose de que no quedara algún rezagado. Kiran la imitó.

No se había dado cuenta hasta ese momento, pero los habían empujado poco a poco hasta el borde del río. Se asomó con cuidado. Había al menos tres metros hasta el agua. Su caudal era fuerte. Si ella hubiera caído…

«Su último movimiento. A la desesperada», caviló, imaginándose en silencio lo que habría pasado si lo lograban.

Querían acabar con la princesa a toda costa.

¿Tan importante era poner a un hombre en el trono?

Los gritos en el bosque se hicieron más intensos, cortándole el camino en sus pensamientos. La voz de Hugo se elevaba sobre todas las demás. Estaban cerca.

Se giraron juntos hacia el bosque. Justo en el momento en que salía escoltado por sus dos escuadrones. Gritaban a todo pulmón, avanzando al trote en su dirección. Pero no quedaba nadie a quien abatir. Alan y el sargento Maas habían terminado con los que quedaban.

Se fueron deteniendo poco a poco, como si se estuvieran quedando sin fuerza. Una gran sonrisa iluminó su rostro.

—¡Victoria! —bramó Hugo, levantando las manos al cielo.

El grito de júbilo se contagió a su alrededor.

Kiran no lo compartía.

Tenía un mal presentimiento. Algo le decía que les quedaba un movimiento. Uno al que no se había adelantado.

La imagen de unas flechas partidas a la mitad en el suelo le perforó el cerebro como un rayo. Ana las había cortado al salvarle en el anterior ataque. En todas sus incursiones los distraían con una última ráfaga, para llevarse a los que estuvieran con vida.

¡Lo harían de nuevo!

Una sacudida en la copa de los árboles le obligó a mirar hacia allí. Los arqueros. Estaban preparándose. Aprovecharían su última pieza para ir con todo. Sus seis arcos se tensaban apuntando a Ana.

Ella sonreía, mirando a Hugo y los demás.

Kiran se abalanzó sobre ella, interponiéndose entre las flechas y su diana. La capitán ya había levantado su espada. Había escuchado el zumbido de las plumas en el aire. Las habría cortado sin dificultad, pero él no le había dado tiempo.

Con el impulso, Kiran perdió el equilibrio. Ella retiró sus armas, evitando herirlo. Ya era demasiado tarde. Podía sentir el calor que le recorría la espalda. Ana trató de sostenerlo. Era demasiado grande para ella. Cayeron al río juntos, sin poder evitarlo.

—¡Noooooo! —sonó un grito desesperado en el camino que dejaban atrás.

Fue el último sonido que escuchó Kiran. Una nube negra lo engulló en la oscuridad.