La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

L as aguas del río Ems retumbaban en el cañón.

Su fuerza lo había labrado en la dura roca con el paso de los años.

Las paredes lo enmarcaban, tratando de contenerlo.

Él se mantenía indómito, sin rendirle cuentas a nadie.

Lo arrastraba todo a su paso. El olor a humedad impregnaba el aire.

A Kiran le agradaba ese aroma. Era tan parecido al de las primeras gotas de lluvia al caer…

El lugar era casi salvaje. Solo el camino por el que transitaban delataba la existencia de la civilización. Hubiera disfrutado de ese tramo del viaje, si no tuviera la certeza de que caminaban hacia una trampa.

Cabalgaban en formación según lo planeado. Pronto alcanzarían el punto en el que se encontraban esperándolos. Las piezas ya estaban dispuestas en el tablero. Se había asegurado de ello. Era consciente del riesgo que corrían, pero lo tenían todo a su favor.

Estaba convencido de que saldrían victoriosos. Aquel era su trabajo. Era lo único de lo que podía estar seguro. Nunca había dudado al ejecutar las estrategias en combate. Entonces, ¿por qué le daba tantas vueltas ahora?

Era la misma situación de siempre. Confiaba en todos ellos.

Incluso en los soldados del pelotón de Brielle.

Los había visto luchar. Obedecían las órdenes de su capitán sin vacilar.

Estaban bien cualificados. ¿Por qué sentía esa angustia en el pecho si estaba tan convencido?

Los ojos de Ana lo atravesaron al recordarlos.

No podía cometer ningún error.

Si fallaba, ella…

No había querido reconocerlo, pero era la única variable. Se repetía una y otra vez que la capitán De Luca era la más capacitada de todos. Que no podían vencerla. Sin embargo, haría todo lo posible para llegar a su lado en cuanto el frente estuviera controlado.

«Si le ocurre algo, no podría soportarlo», lo golpeó la realidad en la cara. «¿De dónde ha salido eso? ¿En qué momento…?»

Lo que sucedió en el carruaje regresó a torturarlo.

Le había tendido la mano sin pensarlo. Prácticamente, se había movido sola. Había tenido la necesidad de consolarla, incluso de abrazarla. Si ella hubiera llegado a tocarle…

Aquello le complicaba demasiado las cosas. Había hecho ese viaje para conocer a la princesa Carla. Quería intentar manejar el futuro de algún modo, pero ¿eso no era demasiado?

«No puedo permitirme esos sentimientos», se le encogió el estómago solo de pensarlo. «No tengo voluntad para eso, soy… demasiado cobarde.»

No valía la pena perder a su familia y su posición por algo que ni siquiera entendía del todo. No sabía lo que le estaba pasando. No podía arriesgarlo todo por… ¿Qué? ¿Qué era?

Era cierto que jamás había sentido algo como eso.

Al mirarla a los ojos… solo caía. Perdía la noción del tiempo y de lo que sucedía a su alrededor.

Solo estaba ella . Pero también era cierto que era la primera vez que salía del encierro en el palacio.

No podía concluir nada basándose en eso.

No hacía sino dos semanas que conocía a Ana.

Seguramente no fuera más que el respeto que le tenía.

Claro que se preocupaba porque pudiera pasarle algo.

La admiraba casi del mismo modo que admiraba las cualidades de su padre. Era simplemente eso, ¿no?

«Si no tiene solución, ¿para qué te preocupas, mi pequeño?», recordó las palabras que le decía su padre cuando pensaba algo demasiado.

Nunca tuvo esa capacidad.

Debía dejarlo ya. Centrarse en lo que tenía delante.

Iban de cabeza a una emboscada. Todo lo que ocurriera a partir de ese momento ya estaba decidido. El cebo en una caña no siempre volvía a la superficie, pero ella era uno muy testarudo.

Había dejado de creer en los dioses hacía mucho tiempo. No rezaría. Confiaría en lo que había visto en Ana. En su fuerza de voluntad. Confiaría en que nunca se rendiría.

«¡Déjalo de una vez!», se hostigó al ver que seguía insistiendo.

Las dos horas de viaje que quedaban por delante se le harían eternas.  Volvía a ese hilo de pensamiento sin pretenderlo y acababa siempre en los ojos de Ana.

Haciendo un esfuerzo por volver al presente, inspeccionó el bosque, haciendo como que crujía su dolido cuello por el viaje.

Pudo percibir el movimiento de los vigías entre los árboles.

No dejaban de observarlos en todo momento.

Habían dado orden a los soldados de que fingieran que todo iba bien.

Era muy importante que pensaran que seguían contando con el factor sorpresa.

La caravana, vista desde el bosque, rebosaba tranquilidad y camaradería.

Reían sobre sus caballos. Se escuchaban conversaciones triviales sobre la pesca y la caza que podrían encontrar en aquel lugar.

Hacían bromas picantes sobre las mujeres que les esperaban al volver a casa.

Contaban historias sobre batallas ganadas muy lejos de allí.

Todo lo que hacen los hermanos de armas en una larga travesía.

Se aseguraban de mostrárselo a quienes se escondían en el bosque.

A los ojos de Kiran, las señales de que todos estaban en guardia eran evidentes.

Las armas estaban en las vainas, en sus cinturas.

No había una sola en sus sillas de montar.

Los arcos colgaban de sus espaldas. Sus posturas no eran relajadas, ni mucho menos.

Sus cuerpos estaban inquietos, a la espera de las órdenes que estaban por llegar.

Sus miradas estaban expectantes, buscando el lugar de origen de un ataque anunciado.

Sabían cuál era su cometido y estaban preparados para ello. Estaban bien entrenados para que su entorno no pudiera percibirlo, pero podías sentirlo si te encontrabas lo suficientemente cerca.

Según pasaban las horas, la tensión iba creciendo cada vez más. Incluso los caballos comenzaban a presagiar algo. Podían percibirlo. Piafaban y se movían demasiado.

Ya quedaba muy poco.

Lo sabían. Su guardia aumentaba. Confiaba en que todos los grupos estuvieran en sus posiciones.

No le cabía duda de que cumplirían con su cometido.

No vacilarían, aun cuando los primeros proyectiles comenzaran a caer sobre ellos.

Sería el momento de mayor peligro para el convoy.

Los hombres y mujeres que se encontraban allí expuestos eran conscientes de ello.

No había miedo en los ojos de ninguno.

Si resistían el primer embate, lo demás vendría solo.

De pronto, como si le hubiera leído la mente, una flecha le rozó la oreja. Una lluvia incesante comenzó a caer sobre ellos. Salían de entre las sombras del bosque, como si vinieran de la nada.

Sin pensarlo, bajó del caballo, golpeándole los cuartos traseros para que huyera. Frente a él, un grupo de veinte hombres apareció cortándoles el paso. Vestían las mismas capas de color verde oscuro. Levantaron sus espadas y cargaron con convicción.

—¡A cubierto! —ordenó Kiran, gritando con toda la potencia que le permitía el nudo que le nacía en la garganta.

Se ocultaron tras los carruajes, tal y como se les había ordenado. Se apiñaron como pudieron, usándolos como escudo. El ruido sordo que producían al impactar contra la madera sonaba como granizo cayendo sobre los tejados.

Los golpes no cesaban ni un instante.

—¡Conmigo! —reclamó a los escuadrones, al tiempo que sacaba la espada.

Arremetieron contra ellos. El choque de acero contra acero tronó en las paredes del cañón. Los retendrían allí. No podían permitir que continuaran avanzando.

El golpeteo contra la madera se detuvo. Sin tener otro objetivo, los arqueros se centraron en el grupo de Kiran. Los silbidos y los gritos al clavarse sobre ellos eran constantes. Debían ser al menos veinte arqueros. Ocultos en la profundidad del bosque.

«No salen a por nosotros, ¿he calculado mal?», se fustigó mentalmente.

Kiran derribaba a todo el que se interponía. No tenía tiempo para entretenerse. Cada embestida era rápida. Cada golpe, preciso. No invertía más de dos movimientos en cada hombre. Utilizaba cualquier medio para abatirlos, desesperado por acabar lo antes posible con aquella tortura.

Tenía que llegar hasta Ana.

Los soldados apenas le seguían el ritmo, aunque no parecían tener problemas contra sus adversarios. Aprovechando un momento, sin un objetivo claro, giró la cabeza hacia atrás.

Ya era hora de dar el siguiente paso.

Si no abandonaban el refugio del bosque por sus propios medios… los obligaría.

Se metió los dedos en la boca y silbó. Largo y profundo, para que pudieran distinguirlo entre los ruidos de la batalla.

Alan salió del carruaje en el que se escondía, respondiendo a la llamada.

Portaba un arco largo en sus manos. Era casi tan grande como él.

Tensó su cuerda, todo lo que el brazo le permitía, con una larga flecha prendida de fuego entre sus dedos.

Apuntó hacia el cenit. Kiran casi pudo oír el crujido de la madera al tensarse cuando la soltó.

Cruzó el cielo encendida, elevándose por el aire sobre sus cabezas.

Subía y subía con cada segundo, alcanzando gran altura.

Se vería desde cualquier lugar a kilómetros de distancia.

La señal había salido.

Los gritos de carga rompieron el silencio en el interior del bosque. El sonido de la contienda resonaba entre los árboles. Hugo había llegado a su posición. El estruendo avanzaba cada minuto.

Estaban ganando terreno.

Los encapuchados comenzaron a salir al camino al verse sorprendidos desde su espalda.

La fatídica lluvia había cesado.

—¡Cargad! —los impulsó Alan a salir a su encuentro.

La puerta del primer carruaje se abrió de golpe. Ana le había dado una patada, apartándola de su camino. Salió al exterior de un salto. El abrigo blanco se extendió a su alrededor como una capa cuando giró sobre sí misma, colocándose frente al enemigo. Desenvainó sus armas, tensando su cuerpo.

Estaba lista para la lucha.

—¡Adelante! —ensalzó ella a su escuadrón.