La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Ante la furia que le enviaba con la mirada, levantó las manos, rindiéndose por miedo a la reacción de Carla.

—¡Está bien! Solo te diré que deberías ser más consciente de lo que impones con esa ropa —soltó y se volvió al segundo carruaje, diciéndole adiós con un elegante movimiento en el aire.

«¿Qué coño quería decir eso?», volvió a mirar hacia abajo sin entender.

Anthony regresó al ver que ya habían terminado.

—Si me permite, Alteza. —Anthony le tendió la mano para ayudarla a subir.

Por un instante, el miedo le recorrió todo el cuerpo, creyendo que la había descubierto. Se le pasó al ver la sonrisa pícara en sus labios.

Solo estaba jugando con su nuevo papel.

—Gracias, capitán Ferner —respondió Carla bajando la cabeza, sonrojada—. Puede dar la orden de partir.

Viajaron a paso lento y en calma. Debían darle tiempo al grupo de Hugo para llegar antes de la emboscada.

Pararon en varias ocasiones con la intención de que Carla se mostrase con el cabello cobrizo al viento.

Los vigías debían verla con claridad. El movimiento entre los árboles de alrededor, justo donde los cazadores habían indicado, le dijo que había funcionado.

Marchaban a informar a los sesenta hombres que los esperaban más adelante.

Comenzarían el tramo en el momento adecuado para que todos tomaran posiciones. Justo cuando el sol estuviera en su cenit, debían llegar al lugar donde les esperaba la emboscada.

Carla intentaba calmarse en el interior del carruaje cuando este se detuvo. Aquella sería la última parada. Agachó la cabeza entre las rodillas, cogiendo aire lentamente, cuando llamaron a la puerta.

—¿Desea bajar, Alteza? —preguntó Anthony desde fuera.

—¿Puede pasar un momento?

—Si me lo permite —aceptó, mientras abría la puerta del carruaje y entraba en su interior—. ¿Se encuentra bien?

—Sí, solo quería que me informara antes de entrar en el embudo. —Necesitaba volver a escucharlo, saber que todo estaba en su lugar.

—Va todo según lo previsto. Hemos avistado movimiento donde se encontraban los vigías. Será nuestra última parada antes de cruzar —le explicó él, con paciencia, aun sabiendo que ella era consciente de todo lo que le estaba contando—. ¿De verdad se encuentra bien?

Carla soltó todo el aire que estaba conteniendo, entrelazando los dedos unos con otros para evitar que viera cómo le temblaban.

No podía mostrarse débil.

—Tengo miedo por los hombres que están ahí fuera. —Las palabras salieron sin permiso—. No sé si seré capaz de soportar que pierdan su vida bajo mi mando.

—Tengo muy claro que harás todo lo que puedas para evitarlo, Ana. —La estaba tuteando de nuevo, en voz muy baja para que solo ella pudiera escucharle—. Nadie podría acusarte nunca de ser negligente con tus soldados.

—No me preocupa que puedan expulsarme de la guardia, ni que puedan quitarme el cargo de capitán —respondió, molesta por no poder explicarse—. No quiero que arriesguen su vida por mí.

—Arriesgan su vida por su reino y por su princesa.

«Eso es precisamente a lo que me refiero», se mordió la lengua para no soltárselo.

—No hay mayor honor para un soldado —continuó él con su discurso—. Pensando de ese modo, estás subestimándolos y menospreciando su valor.

«Au, eso duele»

—No lo hago —respondió cabizbaja—. Sé de lo que son capaces.

Estoy orgullosa de ser su capitán. Es solo que pienso que esta lucha es indigna.

Pensar en que se sacrifican porque alguien demasiado rastrero se mueve entre las sombras…

Si algún soldado muere hoy, lo hará por un fin perverso y sin fundamento.

—Su dignidad está en su deber para con su princesa y su pueblo. Su lealtad les empujará a darlo todo en la batalla y sobrevivir para seguir cumpliendo con su cometido. Confía. Recuerda que, si te rindes, estarás faltando a su sacrificio. Ellos creen en ti, por eso no dudan en seguirte.

Sus palabras tenían sentido. En cierto modo, la hacían sentirse orgullosa de sus pelotones. No era suficiente para calmar el miedo que la engullía, pero sí la había liberado el poder compartirlo con él.

—Gracias por escucharme, Anthony —levantó la cabeza, mirándolo a los ojos—. No dejaré de preocuparme por ellos, pero podré soportar lo que venga.

—No tienes que darme las gracias —le dijo sin apartar la vista—. Estaré a tu lado en todo momento. Me ordenaste viajar junto a ti durante todo el trayecto, y eso haré.

Anthony tendió su mano frente a ella. Acercándola centímetro a centímetro.

La miraba fijamente con aquellos ojos que tanto la consternaban.

Brillaban con la luz que se colaba por el postigo.

Los atravesaba como si fueran joyas pulidas hasta convertirlas en cristal.

No podía dejar de mirarlo. No quería abandonar esa sensación que la removía de los pies a la cabeza sin necesidad de decir una sola palabra. Quería perderse en ellos una vez más.

Quería grabarlos en la memoria para siempre.

Estaba ahí. Esperando por ella, justo a mitad de camino. La mano de Carla tomó el relevo. Se movía atraída por lo que desprendía. Era como la llama de una hoguera en un crudo invierno. No la reclamaba. No la presionaba. Pero la necesitaba. Podía elegir tocarla o dejarla ir.

Eso era lo que más la intrigaba.

Cuando sus dedos estuvieron a punto de rozarse, el corazón le palpitaba tan fuerte que podía oírlo.

Debía retirarla. Tenía que alejarse de él. Tenía un deber que cumplir.

No podía. Quería tocarlo.

Era una maldita polilla atrapada con su luz.

El cuerpo la traicionaba, viajando en busca de su contacto. Faltaba tan poco…

Y lo sentía, como un hormigueo en la punta, cuando dos golpes en la puerta rompieron la intimidad del momento.

Anthony retiró su mano, demasiado rápido para la voluntad de Carla. Y abrió la puerta, dejando escapar un profundo suspiro que le erizó la piel.

—Adelante —dijo él, con un tono algo brusco.

—Debemos continuar, Alteza —reclamó Alan desde el exterior—. No llegaremos a tiempo.

—Da la orden de marchar —respondió Carla en voz alta para los oídos entre los árboles.

—Sí, mi princesa —aceptó con la misma intensidad, girándose para cumplir las órdenes.

—Ocupe su puesto, capitán Ferner. —Irguió la espalda en señal de que estaba preparada.

—A la orden —le hizo una reverencia, quedándose un instante de más para encontrarse con los ojos de Carla—. Cierre el postigo, por favor.

Las manos le vibraban, buscando aún su contacto. Apretó los puños con fuerza, trayéndose de vuelta a la realidad que tenían ante ellos. No tenía tiempo para averiguar qué significaba lo que había sucedido entre los dos.

El deber la reclamaba.

Y cuando sentía su llamada, solo podía responder.

Aunque eso significara dejar una parte de sí misma en el camino.