La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

L a actividad del campamento se agitaba alrededor de Carla.

Recogían a toda prisa para ponerse en marcha.

Cada uno tenía una tarea que debía cumplir.

Los mandos ya la esperaban en torno a los carruajes, esperando sus órdenes.

Esta vez la distribución sería distinta.

Se separarían por primera vez desde su marcha de Frisia.

Metida en el papel de capitán con la capucha y la máscara blanca, se subió a una caja de suministro para que todos pudieran verla con claridad.

Miraba a su alrededor algo inquieta, buscándolo entre la multitud.

Quería encontrarlo antes de comenzar para no tener que volver a mirarlo más de lo necesario.

Solo recordar el ridículo que había hecho delante de Anthony hacía que quisiera cavar un hoyo y enterrarse para no salir nunca.

No lo encontró.

Necesitaba recobrar la compostura. Continuar el camino hacia el peligro que se les presentaba delante sin pensar en nada más.

Cogió aire, apretando el puño para infundirse fuerza antes de empezar a organizarlos.

—La princesa viajará al viñedo camuflada entre los oficiales médicos. Alice los comandará —ordenó señalando la carreta para que la pusieran en marcha—. Los segundos escuadrones serán su escolta.

—¡A la orden! —respondieron, movilizándose de inmediato.

—La carreta de suministros se adelantará con los terceros escuadrones. Se harán pasar por mercaderes para no llamar su atención —señaló, justo cuando el capitán Ferner aparecía manteniendo las distancias.

Un calor molesto le recorrió la nuca hasta las orejas. Miró a otro lado, evitando el contacto visual.

—Cambiad vuestra ropa para que no se os reconozca como soldados —continuó—. Utilizad todo lo que necesitéis para conseguirlo. ¡Partid!

—¡A la orden!

Podía percibir su movimiento por el rabillo del ojo. Necesitaba mantenerlo ubicado. No podía permitirse que la distrajera.

—Los escuadrones cuarto y quinto de Issel con el capitán De Wit. Él les explicará lo que necesitan saber por el camino. Nos acompañarán hasta el cruce y partirán con la carreta médica desde allí —continuó mirando a Hugo, asegurándose de que tenía lo que necesitaba.

Asintió con una ligera sonrisa. No lo conocía demasiado, pero ya confiaba en él.

—¡A la orden! —se movieron siguiéndole.

—¡Cuarto escuadrón de Brielle! Con el capitán De Visser escoltando el segundo carruaje. ¡A sus puestos!

—¡A la orden!

Alan siempre estaba dispuesto; no tenía de qué preocuparse.

—¡Quinto escuadrón de Brielle! Bajo las órdenes del sargento Maas escoltando el tercer carruaje. ¡Marchad! —tuvo que coger aire para seguir.

Aprovechó para mirar a Anthony, sentir su mirada fija en ella… La estaba poniendo nerviosa. La tensión en los hombros se le relajó al ver su semblante serio.

Estaba implicado en su estrategia, nada más.

—Los primeros escuadrones irán a la vanguardia con el capitán Ferner al mando —continuó—. Usted viajará conmigo hasta el cruce —informó a Anthony casi sin mirarlo.

—¡A la orden! —marcharon a su lugar.

—A la orden, capitán De Luca —aceptó él, acercándose con una pequeña sonrisa que Carla no conseguía descifrar.

Todo el campamento se movilizó. La seguían sin réplica. Se dejó poseer un poco por el orgullo que le transmitía aquella sensación.  Hasta que se encontró con él.

Demasiado cerca.

—¿Nos ponemos en marcha? —preguntó, caminando en dirección a la carreta médica, incapaz de quedarse quieta.

Isobel estaba preparada, rodeada por los soldados que la agasajaban de forma descarada.

—¿Se encuentra bien, Alteza? —preguntó Anthony, haciendo una reverencia frente a ella.

—Gracias por su preocupación, capitán Ferner —la sonrisa que le mostró no era verdadera; Carla podía verlo con claridad en sus ojos—. Rezo porque su plan salga bien y podamos continuar nuestro camino.

—Saldrá bien —aseguró Carla con firmeza—. No debe preocuparse, mi princesa.

—Eso espero. —Isobel miraba a Anthony fijamente—. Le encargo la protección de Ana. Será su responsabilidad si ella no vuelve sana y salva.

—La protegeré con mi vida si fuera necesario —respondió él, tendiéndole su mano para que subiera el escalón.

—Las palabras son algo que el viento acalla en cuanto se alejan —le reprochó en voz baja, apretujándosela con demasiada fuerza.

«¿Qué demonios te pasa, Isi?», pensó Carla, sorprendida.

Actuaba de forma muy extraña desde la reunión en la caseta. Estaba siendo muy dura con él y no entendía la razón. Debía recordarle que ese hombre era compañero del príncipe Kiran. Todo lo que él viera, se lo contaría a quien Carla necesitaba como aliado.

—Bien, ¡toque aviso para partir, cabo Anders! —avisó para que dieran la orden—. Seguiremos en retaguardia hasta el cruce, Anthony.

Él asintió, pero sin apartar la mirada de Isobel. La estaba escrutando en busca de algo. No podían seguir así.

Al fin se soltaron y Carla pudo respirar de nuevo.

Viajaron a buen ritmo hasta el cruce. Se separarían en aquel lugar en cuanto los cazadores de Issel informaran. Aunque no los encontraran, seguirían adelante con el plan para asegurarse antes de que Isobel pasara por aquel tramo.

Justo cuando Carla bajaba del caballo para estirar las piernas, aparecieron cuatro de sus cazadores para informar a Anthony.

—¡Los hemos encontrado, mi capitán! —dijo uno de ellos, desmontando de un salto—. Están esperando en el tramo del río. Los vigías se encuentran a un día de viaje desde este punto.

—¿Cuántos son? —preguntó Carla junto a él.

—Son unos sesenta hombres —inclinó la cabeza al dirigirse a ella—, y seis vigías.

—Bien, parece que tenemos la ventaja numérica —afirmó satisfecha.

—Pueden retirarse —les ordenó Anthony, esperando a que se apartaran para hablarle—. No es tan sencillo, Ana.

—Lo sé —respondió suspirando—, pero si los soldados lo creen, lo será. La motivación es algo importante.

—Lo que me preocupa no es su motivación, son las flechas que saldrán del bosque —explicó él, sujetándose la barbilla entre el pulgar y el índice—. Estaremos al descubierto en el primer ataque.

—Es lo que estaba pensando… —Se apretó el dedo índice, tratando de controlar la frustración—. Daremos orden de que se pongan a cubierto tras los carruajes en cuanto lancen el primer ataque para hacerles salir del bosque. Solo espero que las heridas no sean demasiado graves al estar prevenidos.

—Daré la orden de que parta el grupo de la princesa mientras usted se cambia, Ana.

—Gracias, Anthony.

Carla se metió en el primer carruaje. Debía volver al papel de princesa, aunque lo haría a su manera.

Mientras se vestía, podía oír la voz de Anthony en el exterior dando las órdenes. Casi podría sentirla. Era como si… vibrara.

—Pueden partir. El ataque será en el tercer día desde hoy, justo a mediodía. Cuide de la princesa, Alice.

—Cuide de Ana —su tono gélido le arrebató una sonrisa a Carla.

Era siempre tan… Alice.

—Lo haré —él no le tenía miedo—. ¡Hugo! Cuento contigo. En cuanto la lucha acabe, regresa al viñedo para escoltar a la princesa a la finca de Ille. No esperes ni lo retrases por nada. ¿Oído?

—¡A la orden, mi señor!

Escuchar las palabras de Anthony deshizo un poco el nudo que llevaba en la garganta. Al menos ella estaría a salvo.

Escuchó unos sutiles golpes en la puerta.

—¿Está lista, Ana?

—Siempre lo estoy —respondió Carla.

Abrió la puerta de golpe y bajó del carruaje de un salto.

—¿Ya ha partido la princesa? —preguntó, colocándose el abrigo en su sitio.

Anthony tenía los ojos muy abiertos. Carla no entendía lo que pasaba.

Miró hacia atrás, pero solo estaba el carruaje.

Bajó la vista, buscando alguna mancha o algo en el conjunto de viaje que se había puesto.

Estaba limpio. La tela blanca no parecía tener ningún defecto.

La piel de zorro del cuello y los puños del abrigo parecían estar intactos.

Levantó el bajo, pensando que tal vez lo hubiera manchado de barro.

Pero no. Estaba perfectamente. Se abría desde la cintura hacia abajo, dejándole libertad para mover las piernas sin tropezarse.

La capucha le contenía como podía el pelo.

Era demasiado copioso para cubrirlo por completo, pero no había nada que hacer.

Llamaría la atención igualmente con el contraste de color entre el cobre y la tela que tenía alrededor.

Los pantalones negros eran lo suficientemente ajustados para facilitar montar a caballo si tuviera que hacerlo en algún momento.

La espada le colgaba de la cintura. Los cuchillos estaban en las vainas de cuero. Todo estaba en su lugar.

«Entonces, ¿qué es lo que mira?», comenzaba a incomodarla.

—¿Anthony? —lo llamó sin soportarlo más—. ¿Ha partido la princesa?

—¿Eh? Ah, sí, sí —respondió, volviendo a la normalidad tras su lapsus—. Ha salido sin incidentes.

—¿Se encuentra bien? —parecía acalorado—. No tendrá fiebre, ¿verdad?

—Estoy bien. —Se giró de golpe—. Podemos continuar.

—¿Quiere acompañarme en el carruaje? —propuso al pensar en lo que le esperaba por delante—. Será muy aburrido estar tres días sola en el interior.

—Mejor que no. —Se volvió para mirarla—. A partir de este momento es muy importante que usted parezca la princesa en todos los aspectos. Irá sola y todos la llamaremos por el título.

—¿Ya estás? —la llamó la voz de Alan—. ¡Joder, ya veo que sí!

—¿Están todos preparados? —se giró Carla hacia él.

—Sí, lo estamos. —Su mirada se dirigió hacia Anthony con una sonrisa perversa—. ¡Je! Siempre haciéndolo todo más difícil…

Anthony se retiró con una simple inclinación de cabeza y los dejó para que pudieran hablar.

—Tenemos una dura tarea por delante —coincidió Carla, suspirando.

—No me refería a eso, amiga —Alan no quitaba la vista de Anthony—. Ya te lo explicaré cuando haya pasado toda esta mierda.

—¡No te atrevas a dejarme así, Alan De Visser! —le regañó, molesta.

—¡Joder! Ahora no es el momento, de verdad… Te prometo que no tiene nada que ver con la emboscada. —Estaba conteniendo la risa, con la boca apretada en una fina línea.