La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

E l murmullo del agua del río acompañaba a Kiran en el reconocimiento por el campamento. Se había ofrecido voluntario, tratando de encontrar un modo de distraerse.  Quería dejar de pensar, aunque fuera por un instante. Saltaba de un pensamiento a otro sin parar.

Le preocupaba la actitud de la princesa Carla de anoche. Al informar a Ana del derrumbe, su primer instinto fue preguntar por los heridos. La princesa, sin embargo, actuó de un modo cortante y no pareció preocuparse por los daños. Su actitud rayaba en lo déspota, y eso lo inquietaba.

Quería creer que era por el miedo de aquella situación. En su paseo juntos había sido muy amable. Ahora todo lo que había visto en ella le resultaba contradictorio. ¿Acaso tenía dos caras? Comprometerse con alguien que no fuera sincero con él…

Podía con un matrimonio solo por conveniencia. Respetar su espacio. Solo compartir el deber de tener un heredero, si eso era lo que ella quería. Era capaz de aceptarlo, pero no soportaba la idea de vivir con alguien que le mostrara una cara y luego otra de espaldas a él.

También lo turbaba el próximo tramo del camino, sobre todo que Ana se ofreciera como cebo. Era una locura que la princesa Carla se expusiera. En eso estaban de acuerdo, pero lo que ella había propuesto…

Había pasado toda la noche trazando distintas estrategias en busca de una opción más segura. No encontró ninguna. Entonces, ¿por qué seguía intentándolo?

La única manera de hacer salir al enemigo es que tuvieran la certeza de que su objetivo estuviera en el lugar.

Tentarlos con el color de su cabello en el primer carruaje los sacaría de su madriguera.

Sabía de sobra que ella era la mejor para ese cometido.

Se repetía una y otra vez que el plan era perfecto, que saldría adelante sin problemas, pero algo en su cabeza le gritaba que no podía ponerla en peligro.

Se agachó para mojarse la cara y la nuca con el agua fría a ver si eso le despejaba la mente.

Estaba en marcha.

No había vuelta atrás. Las piezas del juego estaban bien distribuidas y contaban con la ventaja de prever su emboscada.

—¡Déjalo ya! ¡Saldrá bien! —se castigó en voz alta.

—¿Ahora habla solo, mi señor? —se burló Hugo, riendo tras él.

—¿Qué quieres? —El tono fue más brusco de lo que pretendía.

—¡Uy! ¡Qué desagradable! —le respondió, provocándolo.

—Si no tienes nada que informar, vuelve por donde has venido y déjame solo… —Escupió las palabras, atravesándolo con una fría mirada.

—¡Oye, oye! —levantó Hugo las manos—. Solo vengo a entregarte la respuesta del marqués. El mensajero ha vuelto.

—Gracias. —Alargó la mano para que le entregara la carta.

—Le dejo solo, mi señor —le dijo con una mueca extraña en los labios—, pero si me permite abusar de su amistad...

—dudó un segundo, apretando los dientes antes de continuar—.

Verle disfrutar del viaje… no sabe lo que ha significado.

El que haya salido de su bucle derrotista ha aliviado mi pesar.

No he sido capaz de ayudarle con lo que carga.

Por favor, le ruego que no vuelva a encerrarse —y se dio la vuelta, de regreso al campamento.

Kiran se pasó una mano por el cabello, agarrándoselo con fuerza, como si quisiera arrancarlo. Admiraba y envidiaba la forma de ser de Ana. Deseaba poder ser más como ella o al menos dejar de ser… él.

«¿De verdad voy a volver a lo de antes?», pensó.

Ana había arrasado con todo lo que le habían enseñado hasta ahora. Había abierto una rendija por la que asomarse a un modo distinto de actuar. Una forma diferente de… vivir.

No, no quería volver atrás. Ella lucha sin descanso por lo que quiere y no se deja derrotar. Por eso puede elegir. No podía envidiarla y quedarse mirando desde la desesperación.

Abrió la carta, decidido a no dejarse caer de nuevo.

Q uerido Kiran:

P odéis disponer del viñedo cuanto necesitéis. Es un placer hospedar a la que será tu prometida. Estoy deseando conocerla.

He dado orden de que lo abran para su llegada. También estaré encantado de acogeros en la finca De Ille si lo ves necesario.

Me gustaría averiguar cómo has acabado viajando de incógnito para verla. Al leer el mensaje, creí que era una broma pesada, la verdad, aunque reconozco que me ha alegrado que movieras ficha fuera del tablero.

Si necesitáis acogida, nuestra puerta siempre está abierta para ti.

Tu querido amigo

Benjamin De Ille

Sonrió al ver que Benjamin había recuperado un poco de su sentido del humor.

Tras la muerte de su padre y su hermano mayor, tuvo que convertirse en marqués sin pretenderlo.

Todo por lo que había luchado… se vino abajo.

Había trabajado muy duro para convertirse en el futuro comandante de la Guardia Real de Issel.

Y la vida le había preparado una prueba mayor que esa.

Debía informar de que podían seguir adelante con el plan.

Regresó al campamento algo más animado. Tenía que darle las gracias a Hugo por sostenerlo siempre.

La luz en el interior de su caseta le dijo que estaba despierta.

—¿Puedo pasar, Ana? —preguntó desde el otro lado de la lona.

—¡Adelante!

—Ha llegado la respuesta del marqués de Ille —explicó al entrar.

—¡Bien! —le respondió Alan junto a ella—. ¿Nos permite utilizar su viñedo?

—Sí, no hay problema. —Buscaba los ojos de Ana, que lo esquivaban abiertamente—. Ha dado la orden de abrirlo para nosotros.

—Bien, Anthony —volvió a responder Alan en lugar de ella—. Entonces, ¿podemos dar la orden de partir?

—Podemos —respondió, dirigiéndose a él, viendo que Ana seguía evitándole—. Lo más prudente será partir de inmediato. Llevamos más de tres días parados en el mismo lugar.

—Daré la orden enseguida. —Alan clavaba sus ojos en él, como si buscara alguna reacción—. ¿Algo más que añadir, Anthony?

—Deberíamos sumar un recurso al plan, Ana. —Comenzaba a molestarle aquella situación que no conseguía entender.

—Continúe, capitán Ferner —respondió ella, sin mirarlo a la cara.

—Si ocurriera algo inesperado, o nos separáramos en la refriega, creo que lo mejor es que los demás lleven a su alteza a la finca de Ille. Allí estará a salvo en lo que nos reagrupamos.

—¿Cree que es una posibilidad?

—El riesgo es muy alto en esta emboscada, capitán De Luca —respondió Kiran remarcando su rango—. Intentarán segregarnos para capturarla. Es algo que yo mismo haría. Teniendo un río y un bosque a los lados, es probable que suceda incluso sin que ellos se lo propongan.

—Está bien —aceptó con una mueca algo extraña en los labios—. Daré la orden, si el marqués está de acuerdo.

—Se ha ofrecido a acogernos si lo consideramos necesario.

Creo que lo mejor, aunque no hubiera ningún imprevisto, será acampar un par de días allí tras la lucha.

Habrá heridos. Los soldados necesitarán recuperar fuerzas para continuar con el camino.

El marqués nos proveerá de ayuda médica y podrán descansar en una cama adecuada.

—Entonces no podemos rechazarlo. Me muero por dormir en una maldita cama —le respondió Alan sonriendo—. ¿Algo más? —preguntó con un claro retintín en su voz.

—Nada más —escupió apretando el puño con fuerza—. Me retiro.

Salió por la lona sin mirar atrás, pero tuvo que pararse junto a la puerta. Contenía el aire, tratando de controlar las mil posibilidades que crecían en su cabeza sobre lo que acababa de suceder, cuando escuchó la voz de Ana en el interior.

—¡Por favor, Alan! ¡No me lo pongas más difícil!

—¡No me eches la culpa, joder! —la increpó Alan—. ¿Acaso crees que eso era un modo natural de actuar? —preguntó con el mismo odioso tono de voz.

—¡No! ¡Claro que no! —respondió frustrada—. ¿Pero qué hago? No sé… no puedo… ¡Mierda, Alan!

Kiran se separó de la caseta rápidamente.

No debía seguir escuchando. Sería muy incómodo si salieran en ese momento y lo encontraran allí.

No sabía qué estaba pasando. No entendía qué le ocurría a Ana y por qué actuaba de ese modo.

Probablemente, Alan solo estuviera intentando ayudarla, pero no parecía dársele demasiado bien.

«¿Por qué es todo tan difícil? Debí quedarme en mi biblioteca jugando al shogi con Víctor»

Continuó de vuelta a la caseta, tratando de olvidarse de todo. Era necesario ponerse en marcha. No podía entretenerse con algo que ni siquiera comprendía.

—Céntrate en lo que tienes delante —murmuró para sí mismo.

Todo lo que no fuera prepararse para el asalto sería perder el tiempo.

Se separarían en el siguiente cruce de caminos. El grupo de la princesa se dirigiría hasta el viñedo, escoltado por Hugo y sus escuadrones. La dejarían a salvo y entrarían a través del bosque, en lo que los demás llegaban hasta el tramo del río.

—¡Hugo! —lo llamó antes de pasar la abertura—. Manda recoger el campamento. ¿Nuestros cazadores han dado señales?

—Partieron anoche tal como ordenó, mi señor —lo miraba como si esperara una explicación de lo que le sucedía—. Si están esperándonos en el bosque, se encontrarán con nosotros en el cruce.

—Bien. Entonces, me prepararé para partir. Avísame cuando los demás estén listos.

—A la orden —se cuadró él, antes de girarse para cumplir su cometido.

—Eh… Hugo… —Lo llamó Kiran en voz baja, arrepintiéndose de hablar en el último segundo.

—¿Mi señor? —le preguntó extrañado—. ¿En qué le puedo ayudar?

Se puso a recoger, dejándole espacio. Lo conocía perfectamente. Sabía que le incomodaba que lo miraran a la cara. No estaba acostumbrado a… dudar.

Tal vez era demasiado orgulloso.

—Hugo… —retomó, indeciso—. ¿Qué puede significar que una persona evite tu mirada?

—Hmmm… Con persona, ¿se refiere a un hombre o a una mujer? —le preguntó, sospechando por dónde iba la historia.

—¿Acaso existe diferencia?

—¡Sí, claro que la hay! —trataba de aguantarse la risa, pero la comisura de su boca lo traicionaba—. Si un hombre evita el contacto, puede ser porque le cae mal. También porque ha cometido alguna falta hacia ti.

—¿Y una mujer? —inquirió entre dientes.

—Si es una mujer… la cosa se complica mucho, amigo mío —le lanzó una sonrisa—. Esta conversación necesitaría una cerveza o dos para afrontarla.

—Y sin tener que llegar a eso, ¿podrías darme alguna pista? —comenzaba a irritarle su juego.

—Cuando una mujer aparta la vista, suele ser porque está avergonzada. Evitar su mirada es lo mismo que evitarle a usted. La cuestión es preguntarse por qué lo está.

—No se me ocurre nada por lo que tenga que avergonzarse —se sujetó la barbilla sin darse cuenta, pensando alguna razón.

—Bueno, solo puedo hacer conjeturas… —le explicó con paciencia—. Necesito que entienda que esto no es ni de lejos como una partida de ajedrez. No hay matemática ni estrategia. Con las mujeres no hay nada cierto ni fácil, ¿entiende?

—Puedo intentarlo —respondió serio.

—Sé que no está acostumbrado. En Salm eran demasiado serviciales con usted por ser quien es.

—¿Podrías abreviar? —se quejó, sintiéndose bastante incómodo con la situación.

—Bien. Una mujer puede estar avergonzada por las mismas razones que un hombre.

Sobre todo, por algo que considere que haya hecho mal.

Esa es la respuesta más simple —continuó Hugo haciendo un gran esfuerzo por no echarse a reír con la cara que le estaba sacando—.

También puede ser que se haya visto en una situación que pueda considerar… digamos, comprometida.

—¿Cómo, por ejemplo? —contuvo el resoplido que le nacía en la garganta—. No tenemos todo el día, Hugo.

—Pues, por ejemplo, que la mujer en cuestión se encontrara con un hombre sin camisa en una oscura caseta —expuso Hugo sin poder aguantar la risa—. Sobre todo, quedándose a solas con él.

—¿Me estás diciendo que esto es por culpa tuya? —apretó la mandíbula al escucharle.

—¡No, no! —retrocedió Hugo, posicionándose para huir si fuera necesario—. Creo que fue usted el que no se abrochó la camisa antes de acercarse a la dama.

—Hum —gruñó Kiran, aceptando que tal vez tuviera razón—. Entonces, ¿es posible que no se haya molestado conmigo?

—Puedo asegurarle que las mujeres no se esconden cuando se cabrean. Es todo lo contrario. Cada una tiene su propio carácter. Algunas son más agresivas y otras más sumisas, pero le aseguro que cualquiera que se enfade con usted se lo hará saber solo con mirarlo.

—Entiendo… bueno, más o menos —dijo Kiran algo más tranquilo—. ¿Le puede durar mucho esa… vergüenza?

—Eso depende de ella —le puso el brazo sobre el hombro buscando darle apoyo moral—. Solo debe preocuparse de no ofenderla durante ese proceso. Dele tiempo para que vuelva a ser la misma. Si no lo hace, no lo esquivará. Lo rechazará.

Sus dos últimas palabras fueron como un látigo en la espalda de Kiran. No quería ni pensar que pudiera llegar a suceder.

—Gracias, amigo mío. —Puso la mano sobre la suya—. Sé que no te lo he dicho nunca, pero no sé qué sería de mí si tú no hubieras estado a mi lado todo este tiempo.

Una sonrisa sincera le salió al poder decírselo.

—No podría estar en otro lugar, mi príncipe —respondió en voz muy baja—.

Mi mayor orgullo es poder servirle y estar a su lado.

No se hace a la idea lo feliz que me hace que haya empezado a desprenderse del pesar que ha arrastrado durante todos estos años.

Por favor, deje que termine de caer. —Se giró hacia la puerta mostrándole sus blancos y perfectos dientes.

—Gracias por no darme por perdido.

—¡Volveré enseguida! —exclamó Hugo saliendo por la puerta—. ¡Prepárese! O la capitán De Luca nos cortará el cuello por hacerla esperar.

«Así que es eso», se alegró Kiran.

Por un momento había creído que había cometido un error que había acabado con la amistad que tenía con Ana.

Se había pasado con su broma, era evidente, pero la verdad es que no se arrepentía en lo más mínimo.

Aunque se lo pensaría dos veces a partir de ahora.

Lo último que quería era que… lo rechazara.