La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

—Nos dividiremos —comenzó él, cambiando su tono de voz—. En el viñedo, dos escuadrones con Alice y su alteza. Las doncellas señuelo y la carreta médica la seguirán. Las usaremos para esconderla, haciéndola pasar desapercibida.

Sacó las piezas de ajedrez de su bolsa y comenzó a colocarlas sobre el mapa mientras hablaba.

No dudaba.

No se detenía.

—Enviaré cinco de nuestros cazadores en busca de los atacantes.

En cuanto los encontremos, un escuadrón pasará el tramo.

Irán de incógnito, con la carreta de suministros como si fueran mercaderes.

Se posicionarán por delante del enemigo.

Atacarán desde su espalda cuando llegue el momento —movió un caballo mientras explicaba cómo los cercarían—.

La capitán De Luca irá en el primer carruaje, asegurándose de que puedan verla.

En el segundo, el capitán De Visser y en el tercero, el sargento Maas.

Repartiremos a los soldados entre ellos.

Al frente, iré yo mismo, al mando del primer escuadrón.

Debe parecer que el convoy está completo.

Por último, el capitán De Wit llevará dos escuadrones al bosque.

Atacarán en pinza desde los flancos. No se lo verán venir —terminó, moviendo las dos torres desde los lados del bosque hacia el centro sobre el papel.

El silencio se apoderó de la caseta.

La vista de todos estaba fija en Anthony. Era como si miraran un ave rara, de esas que solo se ven una vez en la vida. Se había sacado de la manga un plan completo mientras respondía las preguntas de Isobel.

Carla estaba realmente impresionada.

Aunque, si lo pensaba dos veces, le daba miedo. Aquel hombre ahora era un aliado. ¿Qué pasaría si dejara de serlo?

—¿Alguna duda? ¿Algo que aportar? —preguntó él, removiéndose incómodo.

—Es un plan excelente —lo alabó Alice.

Eso era, sin duda, un sello de aprobación.

—¿Está conforme? —preguntó Anthony directamente a Isobel.

—Si mis capitanes están de acuerdo, no tengo nada que objetar —respondió sin expresar emoción alguna—. ¿Os importaría dejarnos? Necesitamos digerir todo esto.

—Como desee —aceptó Hugo, inclinándose antes de salir

Anthony dudó. Hizo un movimiento con la mano, mirando las piezas que estaban sobre la mesa, pero se contuvo e hizo su reverencia.

—A su orden. —Se giró, abandonando la caseta.

—Anthony —lo llamó Carla, sin poder evitarlo—, ¿puede visitarme luego? Le informaré sobre la decisión de su alteza y podremos jugar otra partida, si lo desea.

—Se lo agradezco —le respondió con una leve sonrisa antes de salir.

Al girarse, Carla se encontró a sus amigos mirándola en silencio.

—¿Qué? —preguntó ofuscada.

—¿Qué ha sido eso? —preguntaron a la vez Alan y Alice

—Debo informarle si aceptamos su plan, ¿no? —No entendía por qué la miraban de ese modo.

—¿Eso es todo? —preguntó Isobel en tono cortante.

—También quería devolverle su ajedrez —se explicó con sinceridad—. Creo que es muy importante para él.

—¿Es solo eso? —la voz de Isobel era cada vez más dura.

—¿Qué es lo que te pasa? —le preguntó molesta.

—Hace solo un día no te fiabas de él —le espetó Isobel con rabia—. ¿Ahora sois amigos?

—Hablé con él bajo el carruaje roto —se explicó sin comprender por qué la atacaba de ese modo—. No es un informante, es solo que… intenta ayudar a un amigo.

—¿En serio? —Isobel se puso de pie—. ¿Te has tragado ese cuento?

—Isobel —se interpuso Alice manteniendo la calma—. Deja que se explique antes de decir algo de lo que puedas arrepentirte.

Su prima se mordió la lengua. Carla no la había visto nunca actuar de ese modo.

—Como sabes, Anthony es amigo del príncipe —explicó, algo angustiada por conseguir que la entendiera—. El príncipe le pidió que conociera a la princesa. Quería saber cómo sería su prometida. Es un matrimonio político también para él. Es normal que quiera saber algo más.

—Es algo lógico —intervino Alan, apiadándose de ella—. Tú también querrías saber, ¿verdad, Isi?

—Es totalmente lógico —se unió Alice, cogiéndole las manos—. Sé que solo quieres proteger a Carla, pero actuar de este modo no te llevará a ninguna parte.

Isobel abrió los ojos y miró a Alice aterrada.

—¡Perdóname! —dijo con los ojos empapados—. ¡No pretendía…! Es solo… me da miedo que te ocurra algo. Ya es difícil con… ellos siguiéndonos —le rogaba con la mirada.

Carla se puso de rodillas delante de su prima.

—Mi querida Isi —la consoló—. Sé que este plan es muy difícil para ti. No podría enfadarme. Tú eres mi otra mitad, ¿recuerdas? La que me protege. Has estado siempre a mi lado. Nada de lo que puedas hacer haría que me separara de tu lado.

Se derrumbó.

Los brazos de Carla la envolvieron, sosteniéndola en un abrazo. La mano le dibujaba suaves círculos en su espalda, una y otra vez, hasta que sus lágrimas se secaron.

Una cuerda invisible se le enrollaba en el cuello, dejándola sin aire, pero se mantendría fuerte por ella.

Solo de pensar que sufría de ese modo por su causa…

Cuando su cuerpo dejó de convulsionar, Carla la ayudó a levantarse, guiándola hasta la cama.

—Esta noche dormiremos aquí —susurró—. Quedaos con ella en lo que aviso a Anthony para que ponga en marcha su plan. Volveré enseguida.

Recogió el plano y las piezas de ajedrez de la mesa con cuidado, antes de salir.

Se lo había tomado peor de lo que esperaba.

Isobel siempre había sido quien la empujaba cuando ella decaía.

Si no lo abandonó todo, fue porque su prima la acompañaba y la espoleaba cuando se perdía en el camino.

Verla así le rompía el corazón. No podía ser solo por el plan.

Conocía su lugar. Le pasaba algo. No era normal en ella romperse de ese modo.

Distraída en aquel pensamiento, llegó hasta la caseta de Anthony.

«Esta noche no habrá partida de ajedrez»

Una pequeña punzada le atravesó el pecho.

—¿Puedo pasar? —preguntó desde el otro lado de la lona.

—Adelante, mi señora —respondió Hugo, sonriendo—. Ya me iba, pero mi señor está dentro.

En el interior, la caseta estaba iluminada tan solo por unas pocas velas en la mesa junto a la entrada. Extrañamente, le pareció un lugar familiar. Tal vez porque tenía exactamente lo mismo que la suya. Era práctica a la par que sobria. No había nada que no fuera absolutamente necesario.

En el fondo se movió algo. Lo buscó por reflejo.

El torso desnudo de Anthony se alzaba junto a las pieles que usaba como cama.

—¡Mierda! —dio un respingo, dándose la vuelta—. ¡Lo lamento! ¡Hugo me dijo que entrara! Si llego a saber que te estabas cambiando…

—¡Siempre está con sus tonterías! —espetó Anthony molesto—. No te preocupes, Ana, no ha sido culpa tuya. A Hugo le encanta hacer estas bromas pesadas.

»Ya puedes mirar.

Al girarse, se lo encontró de frente. Se había acercado, sin hacer ruido, cogiéndola por sorpresa. Aún se estaba abrochando su camisa blanca. Sus manos se movían lentamente, hipnotizándola con sus dedos. Su piel brillaba a la luz de las velas. Estaba húmedo; probablemente se estuviera lavando.

Se quedó paralizada, contemplando su cuerpo de arriba a abajo.

Aunque era delgado, estaba trabajado a conciencia.

Cada línea que surcaba su pecho dejaba claro que entrenaba a diario con la espada.

Los músculos de su abdomen estaban tan perfectamente definidos y…

Se detuvo antes de continuar hacia abajo.

—¡Joder! —se le escapó—. ¡Si no has terminado de vestirte! —le reprochó, dándose la vuelta de nuevo.

Pudo sentir cómo el rubor se apoderaba de sus mejillas.

—No pasa nada, Ana. Ya estaba casi vestido —respondió él con una risa jocosa—. Además, no es la primera vez que lo ves, ¿cierto?

—¡Mierda! —maldijo, cubriéndose la cara—. Hablas de las bromas de Hugo, pero las tuyas no son menos pesadas, ¡¿eh?!

—¡Je! —soltó una carcajada—. Perdóname, Ana, solo quería confirmar que cuando bajas la guardia eres capaz de tutearme.

Carla abrió mucho los ojos. ¿Se estaba riendo de ella?

—¿Jugamos nuestra partida de ajedrez? —preguntó Anthony, ignorando el rojo que le quemaba las mejillas.

—Solo he venido a decirle que su alteza ha ordenado que ponga en marcha su plan, capitán Ferner —respondió airada, haciendo hincapié en su rango con el tono de voz.

—¿Solo eso? —bajó su cabeza.

A Carla le pareció que estaba algo decepcionado, pero puede que solo estuviera viendo un reflejo de su propia desilusión.

—Te traigo tu ajedrez —respondió, apartando la vista—. Me da la sensación de que es importante para ti. —Le tendió su tablero y el plano, esperando a que los cogiera.

Carla levantó la cabeza para mirar por qué no lo había cogido. La miraba con sorpresa, pero no se movía ni un centímetro.

—¿Puedes cogerlos, por favor? —suplicó, queriendo salir de allí—. Se me cansan las manos.

—¡Je! —volvió a reír—. Dudo que alguien que entrena con pesos en sus muñecas pueda tener tan poca resistencia —añadió sorprendiéndola—, pero los recogeré con gusto. —Alargó sus manos lentamente, posando una sobre el tablero y la otra sobre las de Carla.

Sus ojos, profundos y brillantes, la atraparon.

La arrastraron a ese lugar del que no sabía salir. Donde solo estaban ellos dos. Un pequeño chillido se le escapó entre los labios. Algo le recorrió el cuerpo desde los dedos hasta la nuca. Como un hormigueo. Tan intenso, que la había dejado desarmada.

Las retiró por impulso, dejándolo todo sobre sus manos.

Se obligó a dar un paso atrás.

—Te lo agradezco. —Le regaló una sonrisa que la dejó sin palabras.

—De… de nada —consiguió decir entre dientes—. Por favor, comuníquese con el marqués de Ille. —Y se giró, temiendo que pudiera ver el color encendido de su cara.

—A la orden —respondió él, en un tono burlón—. Buenas noches, Ana —añadió con dulzura.

—Buenas noches, Anthony.

Abandonó la caseta a toda prisa.

Las mejillas le ardían como el mismo fuego. El corazón le latía con tanta intensidad que temió que pudiera salírsele del pecho. Soltó un sonoro suspiro, expulsando el aire que contenía. No se había dado cuenta de que había estado conteniendo el aliento.

«Pero, ¿qué coño?»