La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

T ras dos humillantes derrotas, Carla salió de su caseta hacia la de la princesa.

Habrían regresado hacía horas. Tenía que informarles de lo sucedido antes de que Anthony y Hugo se unieran a ellos para elaborar un plan.

Si sus sospechas se confirmaban, era muy probable que fueran emboscados.

Debían estar prevenidos por lo que pudiera ocurrir.

La cabeza le bullía sin control. Tenía miedo de que Isobel pudiera resultar herida si los atacaban. El lugar era un cuello de botella. No había ninguna salida. Si les cortaban el paso, los carruajes no podrían girar para regresar.

No se arriesgaría. Intercambiaría el puesto con Isobel.

Era a ella a quien querían muerta.

Sería ella a la que se enfrentarían.

Ya podía ver la cara de su prima al decírselo. Era un verdadero problema. Ninguno accedería. Querrían impedírselo. No tenía más remedio que ejercer su autoridad como princesa. Lo odiaba, sobre todo ante ellos. Sabía que les dolería, pero no pondría en riesgo sus vidas.

Al acercarse a la caseta, escuchó risas en su interior. Aquel sonido la llenaba más que ninguna otra cosa en el mundo. No pudo evitar sonreír por muy preocupada que estuviera.

—Veo que lo habéis pasado bien —dijo al atravesar la lona.

—Tendrías que haber venido. —Isobel parecía más relajada.

—Alguien tenía que quedarse en el fuerte mientras te escaqueabas —bromeó Carla, fingiendo que se ofendía—. Me alegro de haberme sacrificado al verte tan feliz, Isi.

—Ya, claro… Seguro que te supuso un enorme suplicio lo de ir a pescar —intervino Alan, sacando a relucir su lengua viperina.

Se echó a reír, contagiando a su hermana y a Isobel.

—¡Y yo voy y me lo pierdo, joder! Pagaría lo que fuera por verlo. Venga… ¡Prométeme que iremos de pesca en cuanto podamos!

—Olvídalo —respondió Carla, airada—. Búscate algo o a alguien con quien entretenerte. ¡No dejaré que te burles de mí!

—Es demasiado tentador —intervino Alice con una sonrisa maléfica—. Eres tan perfecta en todo lo demás…

—Cuánto egoísmo, Car —afirmó Isobel, metiendo el dedo en la llaga—. ¡Te pasas el día riéndote de nosotros! ¿No crees que nos debes esos momentos de debilidad? ¡Pensaba que nos considerabas tus amigos!

—Permitiste a Hugo verte caer de culo. Se ve que somos reemplazables. —Le siguió Alan el juego.

—¡Por el amor de los dioses! —maldijo Carla, sintiéndose acorralada—. Si os hace tan felices, pescaremos juntos en el río cuando volvamos a casa. No podemos dejar a Isi de lado, si es una ocasión tan especial como decís, ¿no?

—No me lo perdería por nada —agradeció Isobel sonriendo.

—Bien. Ahora, si habéis terminado con el drama… Tenemos que hablar.

Solo tuvo que cambiar su postura para hacerles saber que se había terminado el disfrute.

Todos fueron tornando su rostro de la sonrisa a la preocupación, mientras Carla les contaba lo sucedido en su ausencia. Veía claramente cómo anticipaban la propuesta que pondría sobre la mesa. La conocían demasiado bien.

No tenía tiempo para discutir.

—No hay otra ruta y creemos que es muy posible una emboscada —trató de mantenerse serena—. Los de Salm vendrán enseguida para organizarnos. Es imposible impedir un ataque, si se diera el caso, pero al menos estaremos prevenidos. Contar con cierta ventaja estratégica nos daría una oportunidad.

—Joder, Car… ¡Suéltalo de una vez! —escupió Alan, mirándola frustrado.

—Antes de que lleguen, debéis entender algo y no voy a dar mi brazo a torcer.

Alan y Alice se levantaron de golpe para intervenir.  Estaban seguros de lo que iba a salir de su boca.  Carla levantó la mano izquierda en señal de alto, cerrando los ojos con fuerza.

Todos sabían lo que significaba aquello.

Isobel la maldijo por lo bajo. Los hermanos De Visser se arrodillaron en el suelo.

Hacía mucho tiempo que los cuatro habían hecho una promesa. Si Carla levantaba la mano haciendo esa señal, significaba que todo lo que vendría después era una orden real.

Muy pocas veces lo había utilizado.

Siempre lo había hecho para protegerlos, igual que lo hacía ahora.

—Aunque aún no sepa cómo vamos a salir de esta, hay una cosa que tengo clara.

—No consiguió evitar que la voz le temblara—.

Intercambiaré mi puesto con Isobel. Ante los ojos de los demás, seré Ana De Luca, el señuelo de la princesa Carla.

No pondré tu vida en peligro, Isi, no hay discusión al respecto.

—Lo que ordene, mi princesa —respondió ella, con un nudo en la garganta.

—Permítanos luchar a vuestro lado, mi princesa —rogó Alan sin levantar la cabeza del suelo.

—Uno de los dos debe estar junto a Isobel —explicó Carla, guardándose todo lo que sentía en ese momento—. Debemos mantener la tapadera durante el resto del viaje. Isobel es la princesa y debe ser la prioridad en cuanto a seguridad.

—Entiendo. —Alan apretaba los puños con fuerza para no vomitar lo que pasaba por su cabeza.

—En cuanto lleguen, trazaremos un plan usándome a mí de cebo para proteger a la princesa. No olvidéis cumplir vuestra promesa.

Una lágrima se derramó por el rostro de Carla sin darle permiso. La limpió como si fuera basura, sintiendo una horrible presión en el pecho.

—No dejes que te vean así —se acercó Alice, manteniéndose firme por ella.

—¿Podéis perdonarme? —La voz de Carla casi había desaparecido—. No tengo a nadie más…

Sin darse cuenta, la habían envuelto en un abrazo los tres juntos.

—Maldita sea, no te atrevas a hacer esto —escupió Alan con la voz rota.

—Lo prometimos y tú jamás te has aprovechado de tu autoridad —expuso Alice con su fría lógica.

—No voy a negarte que preferiría ser yo el cebo, pero haré todo lo que me pidas si con eso… puedo… —La humedad de sus ojos cayó sobre el hombro de Carla, al atragantarse con las palabras que no pudo terminar.

Se dejó caer en su abrazo.

Impregnándose de su calidez, cogiendo aire con fuerza.

Tenía que recomponerse.

—Tranquila —la consoló la voz de Alan—. No vamos a permitir que te ocurra nada… ¡Tenemos que verte pescar en el río!

Estallaron a la vez en una risa histérica que liberaba la presión que se había acumulado en su interior.

La voz de Hugo los llamó tras la lona.

—¿Podemos pasar? —preguntó con respeto.

—Adelante —respondió Isobel recuperando su papel.

—Alteza. —Se paró Anthony con una reverencia—. Me alegra que se encuentre mejor.

—Es un placer verla sonreír. —Lo imitó Hugo.

—Creo que debo darle las gracias por eso —respondió Isobel, regodeándose—. Alan me contaba su relato de cómo nuestra querida Ana ha pasado la mañana.

—Parece que me has delatado, Hugo —intervino Carla, agradecida por la rapidez de su prima—. Por semejante traición, no volveremos a salir de pesca —forzó su sonrisa.

—¡Oh, mi señora! ¡No diga eso! —fingió estar arrepentido, poniéndose una mano en el pecho—. ¿No cree que poder ver la sonrisa de su alteza ha valido mi indiscreción? —preguntó en tono juguetón.

—Eso es cierto —aceptó Carla, mirando con ternura a su prima—, pero ¡confiaba en ti!

—¡Perdóneme, mi señora! —Casi se pone de rodillas en el suelo—. No lo había pasado tan bien en toda mi vida y quería compartirlo con sus compañeros. Estoy seguro de que ellos hubieran dado una mano por poder ver lo que yo vi esta mañana.

Un ruido extraño salió de la boca del capitán Ferner. Carla no supo cómo interpretarlo. Se había cubierto con el puño, como si se hubiera atragantado. Si no fuera porque le parecía imposible, hubiera jurado que fue una carcajada contenida.

—¿Se encuentra bien, Anthony? —preguntó con curiosidad—. ¿Acaso este pequeño traidor le ha contado mis aventuras de esta mañana?

—No puedo confirmarlo —respondió con una sonrisa jocosa—. Tampoco lo desmiento.

—¡Ja! —rio Carla, sorprendida por su respuesta—. No creí que tuviera sentido del humor.

El silencio los envolvió.

Las miradas de extrañeza se alternaban entre ambos, como si algo estuviera fuera de lugar.

—Creo que hay asuntos importantes que atender —intervino Isobel en tono cortante—. ¿Podrían informarme de cuál es el plan? Ya Ana me ha resumido lo sucedido.

No esperaba esa reacción de su prima. No la entendía, pero no podía entretenerse.

—Propongo tenderles una trampa. Que sean ellos los que caigan primero. —Una sonrisa malévola se le dibujó en los labios—. Usemos un cebo demasiado jugoso como para que lo dejen pasar.

—¿Está diciendo lo que creo? —Los ojos de Anthony estaban a punto de salírsele—. ¿Se está ofreciendo como carnada?

—Lo pilla, rápido —respondió, desafiándolo a llevarle la contraria—. Mi deber es protegeros a todos. Si mi vida es el precio, lo pagaré sin pestañear.

Él abrió la boca para replicar, pero se contuvo apretando el puño y volviéndola a cerrar.

—No es lo ideal —interrumpió Hugo—, pero no veo más opciones. Pasar por ese tramo llevando a su alteza con nosotros sería demasiado peligroso. Encontraremos un lugar en el que ponerla a salvo mientras los demás acabamos con ellos. Podremos continuar nuestro viaje sin problemas.

—Y mostrar un cabello color cobre será suficiente para que salgan a nuestro encuentro —sentenció Carla, segura de sí misma.

—Puede que tenga razón —cedió Anthony, con su mano en la barbilla, trazando su próximo movimiento en el tablero—. Se me ocurre algo. A un día de aquí, hay un lugar en el que estará completamente a salvo. El marqués de Ille tiene un viñedo en esa zona.

—¿Es de confianza? —preguntó Alan en guardia.

—Sin lugar a dudas. Solo debo enviar una carta para avisarle y nos recibirán. —Carla podía ver la maquinaria de su cabeza componiendo la estrategia.

—¿Cómo es que tiene tal acceso a un marqués? —preguntó Isobel con una clara desconfianza en su voz.

Nunca bajaba las defensas.

—El marqués heredó su título recientemente tras la muerte de su padre —explicó Hugo—. Hasta ese momento, fue compañero nuestro en la Guardia Real.

—Es un amigo leal, tanto nuestro como de la Casa Real. Pondría la mano en el fuego por él —respondió Anthony, mirándola fijamente, sin decoro.

—Si usted confía en él, yo también —intervino Carla, mirando de reojo a su prima—. ¿Cuál sería el siguiente movimiento?