La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—Debo informar a la capitán De Luca. Ella es el oficial al mando —explicó Kiran bajando su mano—. Busca al sargento Maas para que me releve. Iré a buscarla.

—Puedo ir yo mismo en su busca si…

—No es necesario, sé dónde se encuentra —respondió cortante.

—¡A la orden! —aceptó el soldado, dándose la vuelta.

No podía dejar que un soldado encontrara a Ana sin su capucha blanca. Sería un problema. También había una voz inquietante gritándole en la cabeza.

No permitiría que nadie la viera tan… expuesta.

Cuando el sargento Maas acudió, Kiran bajó al río sin perder tiempo.

Ella se encontraba tumbada de lado bajo el árbol, con todo su cuerpo fuera de la sombra.

Su cabeza estaba cubierta por una toalla, dejando a la vista solo algún mechón.

Sus manos estaban bajo la tela. Sus piernas estaban cruzadas y sus pies descalzos.

Movía el dedo gordo de su pie como un gato mueve la punta de su cola después de cazar.

Satisfecho.

Kiran no pudo evitar sonreír ante esa postura tan despreocupada. Se agachó para despertarla, acercándose lentamente. No quería asustarla.

Cuando quiso darse cuenta, se encontraba bajo ella en el suelo. Le había agarrado la mano, arrastrándolo al girar sobre sí misma. Quedó a horcajadas sobre él, con su cuchillo amenazándolo en el cuello.

Se quedó paralizado.

Había algo en su mirada… Se le estremeció la piel, conteniendo el aliento. Ella tardó unos segundos en darse cuenta de quién era.

—¿Anthony? —preguntó sin quitarle su hoja de la garganta.

—Sí, Ana, soy yo —respondió con calma—. ¿Podrías apartar…? —dejó caer las palabras mirando hacia abajo.

—¡Oh! ¡Perdona! —se retiró de un salto, llevándose el cuchillo con ella—. Ha sido… por reflejo.

—No tienes que disculparte, fue culpa mía por acercarme sin llamarte primero —bajó Kiran la cabeza—. No quería asustarte, fue… un error de cálculo.

—No pasa nada —le regaló una sonrisa amable—. No te he hecho daño, ¿verdad?

—Puede que en mi orgullo. —Una media sonrisa se le dibujó en los labios, pensando en que se estaban tuteando de manera natural.

Ya se había dado cuenta de que solo lo hacía cuando bajaba la guardia.

—No estabas prevenido —trató de consolarlo.

—Lo estaba la primera vez que me pusiste tu hoja en el cuello —se rascó la cabeza, avergonzado por decirlo en voz alta.

—Cada uno tiene algo en lo que destaca, Anthony.

—Lo miraba a los ojos, sin esquivarle—. He entrenado toda mi vida para ser la mejor en las armas.

La lucha cuerpo a cuerpo se me da bien, pero siendo tan pequeña y débil…

Además, soy muy torpe en lo cotidiano. ¡Hoy mismo me he caído en el río como veinte veces para pescar un pez! ¡Solo uno!

—¿En serio? —se hizo el sorprendido.

—¡Te lo juro! —rio con cierto orgullo—. Parece que soy penosa manteniéndome en pie entre esas rocas tan pulidas. En realidad, siempre me costó mantener el equilibrio…

—¿Cómo es posible? Siendo tan hábil con la espada, no debería ser un problema. ¿Cómo lo conseguiste?

—No sin esfuerzo. —Se miró las manos—. Lo repetía todo diariamente hasta que mis músculos comenzaron a responder por inercia. Mi cuerpo aprendió duramente cuál es su punto de equilibrio para la lucha y ya no lo puede olvidar.

—Envidio tu capacidad para no desistir, Ana. —No pudo mirarla a la cara.

—No debes envidiar las capacidades de los demás —le reprochó—. Sé consciente de cuál es tu punto fuerte y ocúpate de que nadie pueda vencerte en ello.

—No lo había pensado de ese modo —levantó la cabeza, encontrándose con sus ojos.

Se quedaron en silencio. Uno frente al otro. Sin moverse. Kiran no conseguía apartar la mirada. Tenía que alejarse de ella… y no podía.

—¿Necesita algo? —Se giró Ana de golpe, recogiendo la toalla del suelo, cortando el lazo invisible que lo mantenía paralizado.

—Sí. Perdona, venía a buscarte —dijo Kiran, avergonzado por entretenerse—. El vigía ha informado que el camino real está bloqueado. Debemos reunirnos y reorganizarnos.

—Entiendo —respondió ella, volviendo a levantar su fachada de hierro—. Se lo agradezco. Nos vemos en mi caseta en media hora. —Era una orden.

Kiran se dio la vuelta para regresar al campamento. Tendría que ir a por Hugo.

«Volvemos a tratarnos de usted», pensó Kiran, con tristeza.

—¡Anthony! —lo llamó a la espalda—. ¿Puede traer el tablero de ajedrez? Quisiera intentarlo de nuevo, si no le importa…

—Será un honor —respondió, animado.

Cuando se reunió con Hugo en la caseta, se dirigieron al encuentro con Ana.

—¿Lleva el tablero, señor? —le preguntó él con curiosidad.

—Me ha retado al acabar. —No pudo ocultar la satisfacción.

—Ya veo… ¡Quiere comprobar todos sus atributos! —se burló su amigo.

—¡Deja de decir estupideces! —lo golpeó con el codo entre las costillas—. Solo quiero disfrutar de una partida interesante. Tu habilidad con el ajedrez es pésima. ¡Cabría esperar que después de tantos años hubieras aprendido algo!

—Lo que usted diga, mi señor. —le respondió con un retintín jocoso.

Al llegar a la caseta, se pararon en la entrada.

—¿Podemos pasar, Ana? —llamó Kiran desde el exterior.

—¡Adelante!

Ella se había cambiado de ropa y estaba sentada sobre un cojín en la mesa baja. Volvía a tener los dos botones de su camisa desabrochados. Ahora sabía qué era la sombra de su cuello… Kiran apretó la mandíbula, apartando la mirada.

—Me alegra verla seca, mi señora —le sonrió Hugo—. ¿No trajo el pez para comer?

—Me temo que se me cayó al río cuando intentaba salir —se sonrojó al responder.

—¡Ja, ja, ja, ja! —explotó Hugo—. ¡Con lo que le costó atraparlo! ¡No puedo creer que se le escapara!

—Llevaré una cesta para la próxima —rio ella, dejándose llevar.

—Ejem —los interrumpió Kiran, haciendo como si tosiera—. ¿Y si nos ponemos a trabajar?

—Corta rollos —respondió Hugo en voz baja, imitándolo con el puño en su boca.

—Tiene razón, Anthony —dijo Ana irguiéndose en el cojín—. Informe, por favor.

—El vigía enviado esta mañana a reconocer el terreno ha regresado. El camino real es inaccesible. No se puede continuar la marcha por donde lo teníamos planeado.

—¿Podrán despejarlo rápido? —Hugo se puso serio.

—Me temo que no, parece que las rocas son demasiado grandes para moverlas. Tendrán que picarlas y partirlas. Llevará mucho tiempo.

—¿Hay algún herido? —preguntó Ana preocupada.

—No. Ha sido una suerte que fuera en la garganta que tenemos delante —le sorprendió su sincero interés.

—Me alegra saberlo. ¿Qué otras opciones tenemos para continuar? No podemos quedarnos parados tanto tiempo. Seremos un blanco demasiado fácil.

—Podemos cambiar la ruta —sacó Kiran un mapa de la zona sobre la mesa—, aunque me temo que solo hay una posibilidad.

—Al menos hay una —Hugo siempre tan positivo—. ¡Podría ser peor!

—Podría, sí —respondió Ana, posando los dedos sobre sus labios, con aire pensativo—. ¿Cuál es la alternativa?

—Podemos continuar junto al río Ems, por aquí. —Mostró Kiran señalando el lugar—. Es una ruta secundaria. Añadiremos cinco días más de viaje, pero no queda más remedio.

—Sí, parece que no tenemos muchas opciones —respondió Ana, con el ceño fruncido—. ¿Es un camino seguro?

—Suele serlo —respondió Hugo—. Es la ruta comercial hacia el ducado de Namur. Está bastante transitada. Los bandidos suelen atacar en los caminos más despoblados.

Kiran miró a Ana, que levantó la mirada al mismo tiempo. Los bandidos no eran problema en este viaje.

—¡Bien! En cuanto vuelva… digo, vuelvan los hermanos De Visser de su patrulla, enviaremos la nueva ruta a los pelotones —les ordenó—. Ahora, si no le molesta, ¡quiero mi revancha!

Hugo rompió a reír, levantándose del cojín.

—¡A la orden, mi señora! —salió de la caseta dedicándole una mirada jocosa a Kiran.

Kiran colocó el tablero en el mismo lugar que la última vez. Ana ocupó su sitio frente a él.

—Es una buena persona —afirmó mirando la lona de la entrada.

—Lo es —corroboró Kiran, con una pequeña sonrisa de afecto—. Aunque a veces es muy molesto.

—¡Ja! —rio Ana—. Entiendo a qué te refieres. Mi prima es igual. Es una gran persona, le debo mi vida, pero a veces me dan ganas de golpearla.

—Acabará siendo ahorcada por traición, Ana —se rio, relajado—. Creo que su caso es peor que el mío.

—Puede —respondió Ana de un modo ambiguo—. Aunque siendo ambos capitanes…

Kiran sintió un escalofrío. ¿Seguía sospechando a pesar de haberle contado la historia de Hugo? ¡Sabía que le traería problemas esa excesiva lealtad suya!

—¿Blancas para mí de nuevo? —Kiran volvió a respirar al ver que no seguía indagando—. ¿No está siendo demasiado amable, Anthony?

Solo había sido un comentario.

—Hay quien piensa que comenzar la partida no asegura ninguna ventaja. —Cambió de tema por si acaso, indicándole con la mano que comenzara.

—También piensa que no es coincidencia, ¿verdad? —le preguntó, moviendo su peón.

—Si se refiere al derrumbamiento en el camino, justo en este tramo donde no hay otro camino que seguir… No, no creo que lo sea.

—¿Está de acuerdo con que habrá una trampa más adelante?

—Lo estoy.

—Bien —Ana estaba conforme—. Entonces usted, que conoce la zona y tiene una gran habilidad para la estrategia, ¿dónde cree que será la emboscada?

—No podría decirlo con certeza —pensó Kiran con la mano en la barbilla—, pero estoy seguro de que será a lo largo de este tramo. —Señaló el mapa que había dejado sobre la mesa, adrede.

—Está flanqueado por el bosque y el río —lo entendió ella con facilidad—. ¿A cuánto estamos?

—Tres días —explicó Kiran, acabando con el alfil descuidado de Ana—. Una vez que lo crucemos, no lo tendrán tan fácil.

—¿Cuánto nos queda para llegar a la capital? —preguntó con un suspiro de cansancio.

—Sumando los cinco días extras y si no hay más percances —calculó Kiran mentalmente—. Doce días más.

—Bien. Debemos prepararnos. Le avisaré para idear un plan cuando estemos todos en el campamento esta noche.

—A la orden, capitán. —Kiran sonreía con malicia, mirando el tablero. La había acorralado de nuevo—. ¡Jaque mate!