La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

P asados unos días, entraron en el marquesado de Ille.

La nieve se había derretido y el sol brillaba radiante.

A pesar de ser diciembre, Kiran tenía la sensación de estar en un día de primavera.

El convoy había acampado ayer tarde y no partiría hasta el día siguiente.

Al parecer, la princesa Carla se encontraba indispuesta.

Necesitaba descansar. Debía ser agobiante estar en ese carruaje tantas horas.

Se bajaba solo dos veces al día, para comer y para cenar y dormir.

Veinte días de ese modo serían algo horrible para cualquiera.

La princesa no se había quejado ni una sola vez, o al menos ni él ni sus soldados lo habían oído.

Estaba inquieto.

Estar allí, parado, sin hacer nada… lo llevaba a repasar una y otra vez los puntos débiles del campamento. No habían sufrido ningún ataque desde que cruzaron la frontera, pero era incapaz de dejar de preocuparse.

Necesitaba encontrar algo que hacer.

Los capitanes De Visser salieron de patrulla aquella mañana y no volverían hasta la noche. Le pareció extraño que solo salieran tres en reconocimiento, pero Alice y Alan habían demostrado ser muy buenos en su labor. No pudo reconocer al tercero; todos llevaban la capucha blanca de su uniforme.

La capitán De Luca informó de que iría al río. Con la princesa custodiada en su caseta, tenía algo de tiempo libre. Le pidió a Hugo que la enseñara a pescar y este no perdió la oportunidad de disfrutar de su pasatiempo preferido.

La curiosidad embargó a Kiran al pensar en ello.

Dejó al sargento Maas a cargo de la vigilancia de la princesa y se dirigió al río a mirar lo que hacían. Estaría bastante cerca. Si lo necesitaban, acudiría enseguida.

Incluso antes de llegar, pudo escuchar las carcajadas de Ana. Su risa era tan contagiosa que no pudo evitar sonreír. Se agachó entre los matorrales, mirando desde allí. No quería incomodarla con su presencia. Parecía que se estaban divirtiendo. Hugo también se reía, quedándose casi sin aliento.

Cuando la vista se le acomodó a la luz que reflejaba la superficie del agua, se encontró con una estampa de lo más singular.

Hugo tenía los pantalones remangados. Apoyaba las manos sobre sus rodillas, casi doblado por la mitad, riéndose sin tapujos.

Las lágrimas brotaban de sus ojos fuera de control.

Ana estaba tirada sobre el lecho del río, sujetándose el abdomen con las manos sin contener la risa. Parecía que le faltaba el aire.

—¿Se encuentra bien, mi señora? —preguntó Hugo, secándose los ojos—. ¡Jamás había conocido a alguien tan torpe!

—¡Ja, ja, ja, ja! —Ella no podía ni hablar.

—¿Cuántas veces van ya? —le tendió la mano para ayudarla a levantarse—. Acabará rompiéndose algo si no lo deja.

—No, no —logró decir entre risas—. Déjame una vez más, ¡seguro que ahora lo consigo!

—Bien, ¡la última! No quiero que salga herida. Mi señor me tirará a un barranco si se hace daño. —le advirtió Hugo, levantándola como si no pesara nada.

—No te preocupes, yo te protejo. —Le regaló una sonrisa pícara—. Además, he sido yo quien ha insistido. Vamos, una vez más, por favor.

Ver la forma en que hablaba con Hugo le produjo una sensación extraña. Con él, no había ni rastro de su coraza.

—Clave bien los pies en el fondo, mi señora —le mostró Hugo, doblando las rodillas para evitar resbalar—. Cuando esté lista, meta las manos en el agua y ahuyente a los peces hasta esas rocas. —Le señaló el lugar con el dedo—. Ahí podrá acorralarlos y lanzarlos a la orilla, ¿sí?

—Deja ya lo de «mi señora» o te arrastraré conmigo al fondo del río —lo amenazó, colocándose en posición para seguir pescando.

Hugo levantó los brazos en señal de rendición con una expresión de culpabilidad.

—Está bien, Ana. No mueva un pie hasta asegurarse de que el otro la sostiene.

La cara de concentración que estaba poniendo casi le arranca una risotada a Kiran.

Caminaba con paso lento y torpe, guiando a los peces hacia las rocas que le había señalado Hugo.

Una vez que los tuvo acorralados, continuó un poco más para acercarse.

Al dar otro paso, se resbaló, cayendo de frente sobre las piedras.

Kiran se levantó de golpe, sin pensarlo.

Por un instante temió que su cara hubiera impactado contra el fondo.

Había dejado de respirar cuando el ruido del agua salpicando lo empujó a agacharse de nuevo entre los arbustos.

Las carcajadas volvieron a resonar cuando la cabeza de Ana salió a la superficie. Hugo también se reía sin reparos.

Kiran lo envidió por un momento.

Sabía que su amigo tenía mayor facilidad para relacionarse, pero eso no quitaba el hecho de que hubiera dado cualquier cosa por estar en su lugar.

—¡Ana! —gritó Hugo, echándose las manos a la cara—. ¡Su camisa!

—¡Oh! —exclamó ella al darse cuenta de que se había mojado por completo.

Kiran apartó la mirada al ver cómo la tela se le pegaba al pecho. Dejaba ver demasiado al estar empapada.

—Tranquila, gírese para que yo pueda salir. Estaré en la orilla si me necesita.

—Eres muy amable —respondió sonrojada—, quiero intentarlo un poco más si no te importa.

—Solo, grite si me necesita —se ofreció saliendo del río.

Un aparatoso chapoteo lo obligó a mirar de nuevo.

Lo había vuelto a intentar. Esta vez cayó de culo entre las piedras, sin parar de reír.

Kiran no entendía cómo alguien tan hábil en el combate podía ser tan torpe, pero no podía más que admirar su determinación.

Si fuera él, ya se habría dado por vencido.

Ana parecía no querer dejarlo hasta conseguirlo.

—¿Tiene buenas vistas, mi señor? —Lo sobresaltó una voz a su espalda.

—¡Hugo! —exclamó en voz baja—. ¡Casi se me para el corazón!

—¿Cómo se le ocurre bajar la guardia de esa manera? —lo reprendió entre risas—. ¿Acaso lo ha distraído algo?

—¡Cállate, idiota! —susurró Kiran molesto—. ¡Nos va a escuchar!

—No lo parecía, ¿verdad? —se había puesto serio de repente.

—¿El qué?

—Debajo de ese chaleco de cuero… ¡Había dos buenos motivos para admirar! —le soltó, echándose a reír de un modo perverso.

—¡¿Te has vuelto loco?! —le dio un golpe en la cabeza con el puño—. ¡Ten un poco más de respeto!

—¡Sí, sí! —espetó él, riéndose—. ¡Mucho respeto pide, pero era usted el que miraba entre los árboles como un pervertido!

Cuando Kiran estaba a punto de darle otro golpe, la voz de Ana gritó feliz desde el cauce del río.

—¡Lo he conseguido, Hugo! —exclamó exultante—. ¡He pescado uno!

Sostenía el pez a modo de trofeo en lo alto.

Estaba mojada de pies a cabeza. Sus rizos brillaban húmedos con la luz del río, iluminando su rostro. Irradiaba felicidad por conseguir su propósito.

—¡Bravo! —la alabó Hugo, gritando sin salir de su escondite—. ¡Es usted genial!

—Sí que lo es —afirmó Kiran en voz muy baja, sin entender por qué el corazón acababa de saltársele un latido.

—¿Le importa si regreso al campamento, Ana? —preguntó Hugo—. Así podrá secarse al sol antes de volver.

—¡Buena idea! —respondió ella sin dejar de reír—. ¡Si me necesitáis, estaré aquí mismo bajo el árbol!

—¡Daré su mensaje, señora! —dijo Hugo antes de girarse hacia Kiran para señalarle que volvieran.

Caminaron juntos hasta alejarse lo suficiente para que no pudiera escucharlos.

—Es impresionante —dijo Hugo con su rostro serio de nuevo.

—¡Mira a ver lo que vas a soltar! —lo cortó Kiran antes de que dijera cualquier vulgaridad por aquella bocaza.

—Solo iba a decir que admiro su tenacidad —se regodeó sonriendo ante su arrebato—. A pesar de caerse cada vez, no dejó de intentarlo.

—Sí —aceptó, mirando al suelo—, es realmente fascinante.

—Tengo la certeza de que todo lo que ha conseguido, a pesar de ser tan joven, ha sido a base de voluntad —se reafirmó Hugo, girándose para mirar al río de nuevo—. Nunca había conocido a nadie con tal determinación.

—Será mejor que vayas a cambiarte —le regañó, volviéndose también—. No querrás enfermar.

Kiran relevó al sargento en los alrededores de la caseta de la princesa. Haría guardia hasta que Ana regresara.

Un hormigueo le recorrió la espalda al pensar en ella.

El recuerdo de sus enormes ojos, mirándolo con ese brillo que los inundaba cuando reía… lo turbaba. Se había quedado paralizado bajo aquel carruaje, encontrándose tan cerca que pudo sentir el calor de su aliento.

Sacudió la cabeza con violencia, golpeándose la frente con la mano para traerse de vuelta.

Se había olvidado del golpe contra el carruaje…

—¡Mierda! —maldijo entre dientes, atravesado por el dolor que se había ocasionado él mismo—. ¡Recuerda tu lugar! —se reprendió.

Pasaron un par de horas mientras recorría los alrededores de la caseta. El día estaba tranquilo. El sol calentaba lo suficiente para no pasar frío. Incluso ahora, llegando el mediodía, comenzaba a tener algo de calor con la ropa de invierno.

«Ana ya se habrá secado por completo», pensó sin quererlo.

No entendía qué le sucedía. Volvía una y otra vez a pensar en la escolta, cuando debía estar conociendo a la princesa Carla.

Se pinzó el arco de la nariz con los dedos, intentando detener el hilo que se enredaba cada vez más en su cabeza.

Tenía que dejarlo. Siempre hacía lo mismo; tal vez por eso era tan bueno en la estrategia.

—Pero no me sirve de nada con ella —se dijo en un susurro—. No soy capaz de predecir su siguiente movimiento.

El sonido de los cascos de un caballo lo interrumpió. Kiran dio gracias a los dioses por sacarle de aquella tortura mental. Enseguida se arrepintió de hacerlo.

—¡Tenemos un problema, mi capitán! —informó el vigía que regresaba de su reconocimiento—. El camino previsto está intransitable. Ha habido un desprendimiento del cañón.

—Entiendo —respondió con seriedad—. ¿Han informado de cuánto tiempo tardarán en despejarlo?

—Parece que al menos una semana. Han caído rocas demasiado grandes para retirarlas a la fuerza.

—¿Hubo heridos?

—No. Por suerte, las rocas cayeron solo en la garganta del camino real.

—Hmmm, sí, por suerte —los dedos se le posaron en la barbilla.

—¿Qué hacemos?