La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—Quiere saber más sobre ella antes de que llegue a la capital —continuó al ver que no decía nada—. No pretende robar secretos de Estado, ni tampoco los de la princesa. Tan solo es un hombre al que le preocupa el tipo de persona con la que puede llegar a casarse.

—Por eso todas sus preguntas fueron sobre ella —afirmó Carla en voz baja bajo el carruaje.

Las piezas le encajaron de golpe, recordando su interés y su forma de acercarse a la que creía que era la princesa.

—Tiene sentido, Anthony. La princesa… ella también querría conocer al hombre que será su prometido. —No podía bajar la guardia, o al menos él debía creerlo—. Comprendo la necesidad del príncipe Kiran, pero ¿cómo puedo confiar en que no es una excusa para seguir sacándome información?

—Lamento haber menospreciado su confianza. —Bajó la cabeza—. Solo quería mitigar la inquietud del príncipe. No… no pensé en las consecuencias.

—Me cuesta confiar en la gente, Anthony —lo avisó, sacando el último perno. Era el que se había partido.

—Me doy cuenta de ello.

Ver cómo Anthony mantenía la cabeza agachada le demostraba que creía que lo había hecho mal. Lo hacía sin darse cuenta. Pero ¿significaba eso que decía la verdad?

Dejó la llave sobre la manta y se arrastró como un gusano para salir de debajo del carruaje. Él le tendió la mano, ofreciéndose en silencio a ayudarla para levantarse del suelo.

La mirada de Carla viajaba con recelo de su mano a sus ojos, en una duda interminable.

—No le pido que me la devuelva sin más. —Anthony no retiraba su mano—. Solo que no cierre la posibilidad de que pueda ganármela de nuevo.

No sabía qué pensar. Estaba claro que no podía creer todo lo que le dijera.

Estaba aún más confusa que antes de hablar con él.

Reconocía que fue el mismo Anthony el que la buscó para explicarle lo que pretendía.

Se arriesgó a que ella lo detuviera por traición.

También era cierto que se encontraban en el reino de Salm.

No tenía autoridad allí, pero sí podía echarlo del convoy.

La mano se le movía, sin pedir permiso.

Se dirigía hacia la de Anthony, que seguía allí, extendida.

«¿Qué coño estás haciendo, Carla?», le gritaba la voz de la cordura en su cabeza.

Debía rechazarlo. No obtendría nada bueno de ser amistosa con él.

No la obedecía. Seguía el camino sin detenerse, en busca de su contacto.

Los hombres con los que había tratado no acostumbraban a tenderle la mano. No le demostraban respeto, aunque supieran que iba a ser la próxima reina de Frisia. Si la querían, trataban de cogérsela a la fuerza. Si no… el rechazo era a lo que estaba acostumbrada.

Y allí estaba él.

Anthony esperaba pacientemente sin obligarla a nada. Le estaba permitiendo decidir por ella misma, sin condiciones.

—Está bien —aceptó, agarrándola—, pero le aseguro que no se lo pondré fácil.

—No espero menos de usted, capitán De Luca —le sonrió, levantándola con facilidad.

Se soltó en cuanto los pies le tocaron el suelo. Una ligera sonrisa se le escapó al escucharle. Su máscara volvía a protegerla. Le hacía feliz la posibilidad de poder continuar como hasta ahora con Anthony.

—¡Este es el culpable de la avería! —Le mostró Carla la pieza doblada por la mitad, esperando que su atención se centrara en eso—. Por favor, manda a un soldado a buscarlo a la carreta de suministros. Estará listo para partir en cuanto vuelva a ponerlos todos en su sitio.

—Como ordene. —Se cuadró de manera exagerada antes de girarse para cumplir su cometido.

No pudo evitar sonreír antes de volver a tumbarse bajo el carruaje. Comenzaría a colocar los demás en lo que le traían el repuesto.

Cuando terminó de apretarlos todos, pensó que necesitaría lubricante. Ya que se encontraba allí debajo, aprovecharía para impregnar los mecanismos.

Escuchó unos pasos cercanos.

—Por favor, ¿podría pasarme la aceitera? —pidió sin molestarse en mirar de quién era.

Cuando se dio cuenta, Anthony se había acostado sobre la manta junto a ella.

—¿Puedo ayudar? —Una sonrisa descarada atravesaba su cara con la aceitera en ristre.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo por no gritar de la sorpresa.

—¿Al príncipe Kiran le interesa la ingeniería además de la princesa Carla? —El sarcasmo acompañaba a una sonrisa perversa.

—No especialmente —parecía dolido—, pero me ha parecido algo fascinante. Por cómo lo contaba, me dieron ganas de verlo por mí mismo.

—Si insiste —trató de contener su alegría—. ¿Podría engrasar el eje? Justo donde conecta con la rueda —le señaló Carla con el dedo.

Mientras ella le señalaba todas las partes del mecanismo, mostrándole qué era cada cosa, Anthony presionaba el pistón de la aceitera una y otra vez.

No salía ni una gota.

—Me parece que algo no va bien, Ana. —La decepción parecía tatuada en su cara.

—Permítame —pidió Carla para ver el problema—. Hay algo que impide… —Cogió un punzón de la herramienta sin terminar la frase.

Pinchó lo que parecía un pegote que bloqueaba el émbolo al bajar. Estaba completamente obstruido. Hizo presión, tratando de liberarlo, cuando la bola de grasa saltó de improviso. Se le resbaló la mano apretando el botón y un chorro de aceite salió disparado, directo a la cara de Anthony.

Un acto reflejo lo empujó a levantar la cabeza. Su frente impactó contra la barra de acero, sonando como una campanada.

—¡Mierda! —gritó, echándose las manos sobre el golpe.

—¡Anthony! —exclamó Carla preocupada—. ¿Te has hecho daño? —Tomó sus manos, separándolas para verle la herida.

No había sangre, había sido más ruido que otra cosa.

—¡Ay, ay, ay! —gemía él, intentando sujetarse de nuevo la frente.

—¡Pare, por favor! —lo regañó, tratando de contener la risa.

No pudo.

Rompió a reír, cubriéndose la boca con las manos.

—¡Pero no te rías! —gritó Anthony, sin poder abrir los ojos por el viscoso líquido en su cara.

Ella no podía parar.

—¡Lo siento! ¡De verdad! —recuperó el aire—. Déjame que te limpie, por favor.

Con cada pasada, Carla retiraba con suavidad el aceite en la cara de Anthony. Se le escapaban pequeños sonidos, ahogando las carcajadas que intentaban salir. No quería reírse, pero no podía evitarlo.

Se puso frente a él, tratando de verle mejor la frente al terminar.

—Creo que ya está. ¿Puedes abrir los ojos?

Anthony lo hizo, pestañeando poco a poco.

Y sus miradas se encontraron.

La mente y el cuerpo de Carla se le bloquearon. No podía dejar de mirar, aunque quería hacerlo a toda costa. Él tampoco la rehuía. El tiempo se había detenido bajo el carruaje. ¿Pasaron segundos? ¿Minutos? ¿Tal vez horas? No podía decirlo, solo sabía que estaba perdida y no sabía cómo regresar.

—¡Parece que se lo están pasando en grande! —la trajo de vuelta un inconfundible vozarrón.

—Hugo, por favor —dijo Carla sin separar los ojos de los suyos—. ¿Podrías preparar algo de ropa para Anthony? Creo que va a necesitar también una compresa fría para ponerle en la frente. Me temo que hemos tenido un pequeño percance.

—¿Necesita ayuda, mi señor? —preguntó él, preocupado.

—Tranquilo, estoy bien —respondió Anthony, girándose para salir de debajo del carruaje—. ¿Puedes ayudar a Ana a levantarse? Te espero en la caseta para cambiarme —terminó, alejándose sin mirar atrás.

Carla salió, mirando la espalda de Anthony mientras se alejaba. La mano tendida de Hugo la esperaba, pero… no era lo mismo. Esa era la de un compañero soldado.

Se agarró a ella, sin dudarlo.

—Gracias. Ve a ayudar a tu señor —bajó la cabeza con tristeza, sin comprender por qué.

—¿Se encuentra bien, mi señora? —buscaba contacto visual.

—Sí, es solo que… —Forzó una sonrisa alegre—. Solo estoy avergonzada por haber provocado que se golpeara. Soy muy torpe. ¡Pídele disculpas de mi parte!

Hugo hizo una reverencia, marchándose con una sonrisa.

Carla se quedó parada, mirándose las manos.

«¿Qué mierda ha pasado ahí abajo?»