CAPÍTULO 8
L a nieve había cuajado durante la noche.
El bosque brillaba con la primera luz de la mañana, reflejándose en el hielo que colgaba de sus hojas.
El paisaje que ayer era de los colores rojizos del otoño se había tornado blanco por completo.
Isobel, antes de volver a la caseta de la princesa, acudió a Carla con la intención de convencerla.
—Por favor, Car —le rogó, haciendo un puchero. Se habían escondido entre los árboles—. Un día de viaje fuera del carruaje, solo uno.
—Lo siento, Isi —respondió apenada—. Me encantaría decirte que sí, pero le dije al capitán Ferner que te dan pánico los caballos. Se daría cuenta del engaño. Es demasiado inteligente. Creo que está aquí para obtener información.
—¡Te dije que no me gustaba! —le espetó, cabreada porque sus sospechas siempre cayeran en saco roto.
No podía reprochárselo, pero Isobel desconfiaba demasiado. Tanto que, si fuera por ella, Carla no se acercaría ni a las vacas en los prados porque pudieran esconder algo.
—¿Cómo sabes que podemos fiarnos de él? —insistió ella.
—Sabes de sobra que no puedo —respondió apretando los dientes—. No sé qué pensar…
Isobel la miraba con el labio apretado, como si se hubiera tragado algo que no le gustara y no pudiera escupirlo.
—Ayer acudió en mi ayuda sin pensárselo. Si pretendiera hacerme daño, me habría dejado sola —discurrió, más para sí misma que para su prima.
—Te observa constantemente. Mide tus movimientos —se reafirmó ella.
—Tranquila, puedo manejarlo…
—Me prometiste que no lo harías todo tú sola, pero no me queda otra que fiarme de tu criterio —farfulló molesta.
—No te enfades, por favor —rogó Carla con una amable sonrisa—. Te propongo algo. Parece que la nieve se derretirá pronto; no durará más de unos días. ¿Qué te parece un día sin desmontar el campamento? Sin viaje, podrás hacer lo que tú quieras.
—¿De verdad? ¿Podemos? —El alivio iluminó su cara.
—No habrá problema, solo tenemos que decir que la princesa está indispuesta.
—Gracias, Car. De verdad que lo necesito.
—Dos condiciones —le advirtió. Aunque quería ponérselo más fácil, sabía a lo que se exponían—. Primero: llevarás la vestimenta de un soldado, con la capucha tapando tu rostro donde puedan verte. Segundo: Alice y Alan te acompañarán en todo momento.
—Lo que ordene, mi capitán —aceptó Isobel en tono burlón.
Una sonrisa traviesa se dibujó en sus finos labios. Hacía tiempo que no la veía. No pudo evitar responderle con una igual.
—¡Venga ya, Isi! Deberías estar ocupando mi lugar en la caseta de la princesa —la empujó, cubriéndole la cabeza con su capa para abrigarla.
Se sentía mal por hacerla pasar por aquella tortura cada día. Estar encerrada en el carruaje, sin apenas compañía y con el traqueteo de las ruedas… Ella misma no lo soportaría.
Le estaba muy agradecida por acceder a viajar como señuelo. Un día de descanso era lo menos que podía darle.
Decidió hacer una ronda antes de desayunar con los demás. No quería pensar en lo que había sucedido en las termas. Se sentía decepcionada por no haberse dado cuenta de que el capitán Ferner estaba allí como informante.
Su interrogatorio se lo había dejado claro.
El sabor de la sangre le inundó la boca. Se estaba mordiendo el interior del labio sin darse cuenta.
Cuando se acercó a comprobar los caballos, ya estaban moviendo los carruajes para acercarlos al camino.
Se preparaban para continuar.
De pronto, un ruido sordo se escuchó bajo uno de ellos. El sonido del metal al partirse resonó entre los árboles, levantando el vuelo de los pájaros que habitaban en sus copas. Los soldados daban vueltas como peonzas descontroladas a su alrededor.
—¿Algún problema? —preguntó, acercándose a mirar.
—Algo se ha partido y la barra se ha caído, mi capitán —le respondió uno que no parecía tener demasiada idea.
—Ya veo, ¿y el ingeniero? —Lo buscó a su alrededor.
—Me temo que fue uno de los heridos antes de salir de Frisia… —Su voz se iba haciendo cada vez más pequeña—. Y en Braber no tenían ninguno… disponible.
—¡Lamentamos no haber informado! —exclamaron los tres soldados a la vez, inclinándose en penitencia.
—Joder… está bien —suspiró Carla, frustrada, mientras se remangaba—. Traed algo para poner debajo y las herramientas. Ya me ocuparé de vuestro castigo cuando acabe.
Se quedó mirando cómo se dispersaron corriendo por el campamento, antes de clavar la rodilla en el suelo.
«¿Cómo era posible que se callaran algo tan necesario?»
Miraba en busca del problema bajo el carro, rogando para que no fuera algo demasiado grave.
—¿Qué ocurre? —era su voz—. He escuchado el revuelo.
—Buenos días, Anthony —respondió, sin levantar la cabeza—. Hay una avería. Enseguida nos ocuparemos de ello. Puede volver a…
—¿Dónde está el especialista? —la interrumpió, antes de que pudiera deshacerse de él de manera educada—. Mandaré que lo traigan.
—Está en Braber —respondió Carla, suspirando de nuevo por tener que explicárselo, cuando no necesitaba saberlo.
—¿Cómo en Braber? —Era normal que no la entendiera, pero, aun así…
Recogió los labios, apretándoselos para no decir una palabra fuera de lugar.
—Era uno de los soldados heridos que quedaron en el ducado.
Pidieron uno de reemplazo, pero no tenían ninguno disponible para partir.
Los soldados no me informaron de lo sucedido, así que ahora estamos en esta situación —explicó, dejando que el cansancio se notara en su voz—.
¿Hay alguien en su pelotón que pueda ayudarnos, Anthony?
—Me temo que no. ¿Qué hará entonces?
—Voy a revisarlo. Si no es demasiado grave, es probable que consiga arreglarlo. —Se levantó, sacudiéndose la nieve de las rodillas—. Desde aquí parece que se ha partido el perno que conecta el eje de las ruedas traseras con la barra de anclaje.
—¿Eh? —Giraba la cabeza como un perrillo que no entiende las órdenes de su amo.
—Nuestros ingenieros han implementado mejoras en los carruajes. Las ruedas delanteras están conectadas por un eje y las traseras, a otro. Ambas se unen por una barra de anclaje… No está entendiendo nada de lo que le digo, ¿verdad?
Por la expresión de su cara, había dado en el clavo.
—¿Realmente puede arreglarlo? —Parecía perplejo.
—Si es solo el perno, creo que será fácil —estaba casi convencida—. Si fuera algo más complicado, tendríamos que dejar el carruaje.
En ese momento regresaron los soldados. Estiraron una manta en el suelo, colocándole las herramientas a mano.
—¿Podemos llevarnos los otros dos carruajes, capitán? —le preguntó el soldado, aún nervioso.
—Continúen con su trabajo —respondió con su tono firme—. Pero no olviden que los quiero ante mí antes de partir.
—¡A la orden! —se cuadraron antes de salir huyendo.
Carla se quedó a solas con Anthony. No le apetecía nada tenerlo cerca, pero no podía echarlo sin ser descortés.
En la poza, durante un momento, pensó que podría confiar en él.
Cuando comenzó a hacer preguntas sobre la princesa sin venir a cuento, quedaron claras sus intenciones.
La verdad era que estaba ilusionada con tener una nueva amistad, alguien que no se había criado con ella.
Desde niña le costaba fiarse de los demás, sobre todo después de aquel horrible incidente.
Algo le había dicho que Anthony podía ser digno de confianza. ¿Se había equivocado? No podía asegurarlo.
Estaba confusa. Una presión extraña se abría camino en ella. Aquella sensación era nueva, no sabía cómo describirla. Tampoco cómo dominarla. Solo estaba segura de que no quería seguir sintiéndose así.
Carla se metió bajo el carro, evitando mirarlo a la cara.
—Puede continuar con sus tareas, Anthony —lo intentó de nuevo, mientras se tumbaba bocarriba sobre la manta—. Puedo hacerme cargo de esto sola.
—Mis órdenes eran estar a su lado, Ana —su voz parecía distinta—. Me gustaría hablar, si no le importa…
—¿Tiene algo de lo que informar? —preguntó, cogiendo la llave de tuerca y poniéndose manos a la obra.
—No especialmente —le respondió, sentándose junto a la rueda cercana a Carla—. Es solo que tengo la sensación de que anoche la ofendí de alguna manera.
El silencio se instaló entre ellos.
«Joder, no se le escapa nada.»
Tenía que responderle, pero no sabía cómo. No se le daba bien mentir, no tenía excusa para darle. Podría decirle que estaba todo bien, que eran imaginaciones suyas, pero estaba claro que la pillaría enseguida.
Le diría la verdad, o por lo menos lo más cercano posible.
—No me ha ofendido. —Soltó Carla el aire que había contenido—. Es solo que anoche me di cuenta de que tiene una misión que cumplir durante el viaje, ¿me equivoco?
No le respondió de inmediato; debía pensar en su respuesta. Él tenía tan claro como Carla que el deber para con su país estaba por encima de todo.
—Sí, tengo una misión —le confirmó—, pero no es lo que cree.
Aquellas palabras lograron que aquella nueva sensación se redujera por un instante. No duró. Regresó al recordar que no podía confiar en sus palabras.
Dejaría que se explicara, guardando silencio.
—Seguro que piensa que estoy aquí para obtener información sobre Frisia aprovechando el viaje —su tono era amargo—.
Lo siento, no estoy acostumbrado a tratar con personas que sean capaces de leer mis intenciones.
Usted lo hace con demasiada facilidad. Debí tener más cuidado, darme cuenta de que podría malinterpretar mis actos.
—No le entiendo.
—Necesitaba saber más, pero solo acerca de la futura prometida del príncipe Kiran.
Carla quedó desencajada; no se esperaba aquello. ¿Qué quería decir? ¿Acaso no era la misma traición espiar a la princesa? ¿Cómo podía confesar algo tan grave con tanta facilidad?
—Deme una explicación —ordenó—, antes de que mande que lo detengan.
—No sé si su alteza se lo habrá contado —comenzó con cautela—. El príncipe Kiran y yo fuimos compañeros de armas. Hicimos juntos la instrucción militar. Fue él quien me enseñó a jugar al ajedrez. Al saber que fui designado para este viaje, me pidió que observara a la princesa.
Se detuvo un momento, esperando una reacción.