CAPÍTULO 7 #2
—¡Capitán De Luca! —le recriminó Kiran, contagiándose de su diversión—. Voy a ponerle una queja ante sus superiores.
—Quisiera ver cómo le explicas a la princesa Carla lo sucedido, capitán Ferner —lo provocó, riendo a carcajadas de nuevo.
—Jaque mate.
La acompañó, riendo relajado, por primera vez en mucho tiempo. Ella dejó de reírse de golpe, mirándolo fijamente.
—¿Qué ocurre? —preguntó nervioso—. ¿He dicho algo indebido?
—De ningún modo —Ana sonreía de nuevo—. Solo pensaba que a mí también me alegra verte sonreír. No te ofendas, pero realmente creía que no eras capaz de hacerlo.
—No lo hago —miró hacia el cielo—. Realmente hacía mucho tiempo que no me reía de este modo.
La nieve comenzó a caer lentamente sobre ellos.
Aquel lugar era algo majestuoso. El cielo despejado se abría sobre sus cabezas, iluminándoles con la luz de la luna.
El cuerpo se le relajó con el sonido del agua cayendo por la cascada.
La risa de Ana aún le resonaba en el interior.
Sintió cómo el calor lo embargaba por completo, robándole un ligero suspiro de placer, cuando un copo de nieve se le posó sobre la frente.
El cambio de temperatura lo hizo estremecer.
¿Se refería a eso su padre con lo que le dijo?
¿Era aquello vivir? Kiran no estaba seguro, pero pensó que le gustaría repetir más momentos como ese en los días que le quedaban por descubrir.
—Es un lugar maravilloso —interrumpió Ana sus pensamientos—. Nunca había probado unas termas al aire libre.
—Yo tampoco —la miró Kiran, sorprendido—. Siempre he querido viajar por el mundo, aunque mi deber no me lo permite.
Ana lo miraba extrañada. Odiaba no poder predecirla. Normalmente, era capaz de ver claramente las intenciones de cualquiera. No tenía demasiadas habilidades, pero estaba orgulloso de poseer esa. Le daba rabia no poder utilizarla con ella.
—Te entiendo —era casi un susurro, pero la quietud del lugar permitió que le llegara con claridad—. Sería genial poder cumplir ese sueño.
—¿Te arrepientes de no haber viajado, Ana? —La curiosidad hablaba por él.
—No, no me arrepiento de nada de lo que yo he decidido en mi vida —le respondió con una mueca triste—. Aunque mi deber siempre ha estado por encima de mis deseos.
—Entiendo —se le escapó sin darse cuenta, trayéndolo de vuelta a la realidad.
No sabía por qué estaba desaprovechando aquel momento para preguntarle cosas tan personales.
Debía sacarle información sobre la princesa Carla.
Quizás fuera la necesidad que tenía de poder comprenderla.
Si podía conocerla mejor, tal vez no lo cogiera de sorpresa tan a menudo.
Viajaría a su lado hasta Salm. Le sería más fácil si…
«Necesitas información sobre tu futura prometida. ¡Céntrate!», se reclamó.
—He oído que la princesa Carla pudo disfrutar de las termas esta tarde —redirigió la conversación.
—Estaba impaciente por probarlas después de las historias que le contaste, Anthony —se dejó ella sin poner reparos.
—Parece una persona curiosa —la tanteó Kiran con cuidado.
No le respondió de inmediato. Algo cambió de repente en su expresión.
—Su alteza, es muy curiosa, sí —le respondió solemne—. De pequeñas, como buenas primas, nos encantaba meternos por todos los lugares prohibidos de la ciudadela.
Ana miraba al cielo, recordando aquellos tiempos. Su expresión había cambiado y el ambiente ya no era tan relajado como hacía unos instantes.
—Bueno —soltó de pronto—, lamento no poder quedarme un rato más, pero prometí a la princesa que regresaría en una hora. Si no vuelvo ya, mandarán un equipo de rescate y no quiero ponerle en esa situación.
Su coraza había vuelto, junto con el trato formal.
—No, por favor —rogó Kiran con una sonrisa tensa solo de pensarlo—. No la haga esperar. Parece una persona que se preocupa por los suyos.
—Lo es —respondió orgullosa—. La prioridad para su alteza es que todo su pueblo esté a salvo. A veces, pone en riesgo su propia seguridad para ello.
—Eso me parecía.
—Anthony —lo llamó con cierto reparo en su voz—. ¿Le importaría…?
—Por supuesto —aceptó, cerrando los ojos, entendiendo a lo que se refería.
Escuchó el sonido del agua cayendo cuando ella se puso de pie.
Entreabrió los ojos. Ana se había girado para salir de la poza.
Llevaba una camisola blanca atada al cuello que dejaba su espalda y sus muslos al descubierto.
No enseñaba nada directamente, pero al estar mojada, toda la tela se pegaba a sus sutiles curvas.
Aunque aquello no fue lo que llamó la atención de Kiran.
Su cuerpo estaba cubierto de cicatrices.
Muchas parecían las propias de un entrenamiento muy exigente.
Cortes en los brazos, en los muslos, en el cuello y en los hombros.
En sus muñecas había una marca permanente.
Evidencia de que se amarraba pesos para entrenar con la espada.
Su musculatura estaba bien definida. Su pequeño cuerpo bramaba de forma cruel por el esfuerzo al que se había sometido para conseguir ser capitán.
Sin embargo, había una cicatriz en particular que le provocó un escalofrío.
Una profunda quemadura que comenzaba en su nuca y le continuaba por el hombro derecho.
Bajaba por su espalda, ocultándose tras la tela.
Si tuviera que apostar, diría que llegaba hasta su nalga y más allá.
Cerró los ojos con fuerza, esperando a que se vistiera, sin querer imaginar el dolor que había tenido que soportar.
—Ya he terminado, Anthony —lo llamó Ana—. Puede abrir los ojos.
Kiran abrió los ojos, pestañeando varias veces para aclimatarlos a la luz.
—Que tenga buena noche, Ana. —Forzó una sonrisa, tratando de ocultar la sensación que le había quedado grabada en el cuerpo.
—Gracias, Anthony —respondió, mirándolo fijamente, como con tristeza—. Buenas noches…
Se quedó mirándola, viendo cómo se alejaba de la poza ágilmente. Una sensación extraña le recorría el pecho, como si le estuvieran quitando algo.
—¿Por qué me ha mirado de ese modo? —habló en voz alta, solo para él.
Pensó en marcharse también, pero se dio cuenta de que estaba aún peor que cuando salió de la caseta.
—Será mejor que me quede un rato más —se dijo.
Tal vez trataba de consolarse hablándose a sí mismo. Tal vez necesitaba oírlo. No estaba seguro. Lo único que sabía era que, si se iba en ese momento, le costaría aún más encontrar el sueño.