La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

L as lonas de la caseta parecían estar cada vez más cerca. Kiran se revolvía tumbado en la hamaca, sintiendo su invisible presión. A pesar del frío, su cuerpo radiaba calor al ritmo en que caía en la maraña en que se habían convertido sus pensamientos.

La conversación con Ana le preocupaba demasiado.

Pensar que siguieran repitiéndose los ataques dentro de las fronteras…

Una cosa eran los bandidos en los caminos.

Se encontraban en todos los reinos de manera habitual.

Pero ¿miembros de una organización secreta que quieren acabar con una princesa extranjera?

Aquello era un problema.

Si resultaba herida o perdía la vida en los dominios del rey, podía considerarse una declaración de guerra.

¿Sería esa la intención? Si acababan con ella en el reino de Salm, las miradas de culpa se dirigirían hacia ellos y sus enemigos quedarían impunes.

Se harían con el trono de Frisia y le colocarían la corona al hermano menor.

Tal vez estuviera dándole demasiadas vueltas. Tenía que dejar de pensar.

No podía.

Decidió levantarse, con la intención de que el aire frío lo despejara.

Salió de la caseta cogiendo la espada y el abrigo. No era de los inviernos más gélidos, pero de noche bajaba mucho la temperatura. Intentó apartar de la mente los ataques pensando en jugadas de ajedrez. Lo hacía a menudo. Era su forma de distraerse.

Sin querer, se encontró recordando las partidas con la capitán De Luca mientras paseaba por el campamento.

Se le escapó una sonrisa.

Había sido una digna rival. Era cierto que se lanzaba sin pensar.

Un claro reflejo de su personalidad, pero aprendía rápido de sus errores.

Observaba con cuidado cada movimiento para mejorar en la siguiente.

La imagen de sus ojos verdes, brillando a la luz de la vela sobre el tablero, se le cruzó de improviso.

Sus dedos en la barbilla, pensando en su próxima jugada…

«¿Qué haces, Kiran?», se recriminó con contundencia.

—¿No puede dormir, mi capitán? —lo interrumpió la voz de uno de los soldados de guardia.

—Demasiada tensión después de esta mañana. Pensé que el frío me ayudaría a sosegarme.

—Lo mejor para relajarse es el calor —intervino su compañero con una amable sonrisa—. O eso es lo que siempre me dijo mi madre.

—Tiene toda la razón su madre, pero con este frío…

—Las termas están a cinco minutos a caballo —le habló al oído—. Los soldados no podemos abandonar el campamento, pero quizás usted pueda darse un baño a nuestra salud.

—Puede que lo haga. —Le habían sacado una sonrisa con su descaro.

Continuó caminando, pensando si era buena idea escaparse de nuevo sin avisar a Hugo, cuando un arrebato lo empujó a darse la vuelta de regreso a la hoguera.

—¿Podríais avisar al capitán De Wit de que voy a las termas? Volveré en una hora.

—¡Cuente con ello! —se cuadraron con una sonrisa cómplice en sus labios.

Todo el pelotón era consciente de que era el verdadero príncipe Kiran. Le guardaban el secreto y al mismo tiempo velaban por él. Le dejaban libertad de movimiento, sin atosigarlo. Hugo se lo había ordenado, estaba convencido, pero eran muy amables y estaba agradecido por ello.

Nunca había estado en unas termas en el exterior. Se decía que la nieve cayendo sobre tu cabeza era una sensación sin igual. No nevaba aquella noche, pero el frío sería un buen aliciente.

Cabalgó al trote, regodeándose en que Hugo no lo perseguiría, sabiendo que solo quedaba él en el campamento. Uno de los dos tenía que estar allí. Su sentido del deber jugaba a su favor en aquel osado movimiento.

Desmontó del caballo al escuchar de cerca el sonido del agua correr.

Las termas se encontraban en el fondo de una garganta creada por la erosión de su cascada.

Solo había un modo de bajar. A pie. Un olor a sales y azufre le llegó, haciéndose más intenso con cada paso que daba en su dirección.

No era un lugar muy frecuentado, pero la gente de la zona lo conocía y había creado una vereda que llegaba hasta allí.

Los árboles crecían a su alrededor, ocultándola de la vista de todos.

Al atravesarlos, el cielo despejado se abría sobre la poza.

Las estrellas brillaban tanto que no era necesario utilizar una vela para iluminar el camino.

Se quedó embobado, mirando arriba, disfrutando de aquel espectáculo.

—¿Quién anda ahí? —reconoció su voz.

—¿Es usted, Ana? —preguntó Kiran, sorprendido.

—¿Anthony?

—Sí, soy yo, el capitán Ferner —se presentó para indicar que era él de verdad—. Siento haberla interrumpido. No sabía que estaba en las termas. ¡Ya me voy!

—¡Espere! —exclamó tras él—. Ya que ha llegado hasta aquí, me sentiría mal si volviera sin probarlas.

—¿Está segura? —preguntó algo incómodo por la situación.

—No se preocupe, ya estoy dentro del agua —respondió jocosa—. No podrá ver nada indecente. Solo tendrá que cerrar los ojos cuando me retire.

Kiran continuó caminando hasta la poza sin saber muy bien por qué.

Debería darse la vuelta y regresar.

—¡Vamos, Anthony! —le instó Ana con una sonrisa juguetona—. Somos adultos. Le prometo que no intentaré nada contra su virtud. —Estaba disfrutando demasiado de esa situación—. Me taparé los ojos. Podrá entrar sin reparos.

Se quedó parado, mirándola con la cabeza inclinada, como si fuera un animal raro.

Ella se tapó los ojos con las manos y se giró hacia la orilla para darle intimidad.

Kiran se quitó la ropa, sin perderla de vista ni un segundo, y se metió en la poza lentamente.

No tenía reparos en enseñar su cuerpo, pero ella era una mujer joven.

No era lo correcto. Si alguien los veía, podrían poner en duda su castidad.

Era irresponsable ponerla en esa tesitura, pero allí estaba.

La curiosidad lo estaba dominando. ¿Por qué no parecía importarle?

¿Acaso no esperaba encontrar un marido? No le sería difícil; no era fea.

Se preguntaba qué la llevó a abandonar esa posibilidad.

¿Qué la empujó a hacerse soldado y llegar a capitán?

Su cabello color cobre brillaba a la luz de las estrellas, recogido en un moño alto para evitar que se mojara.

Le pareció ver una mancha oscura en su nuca, rodeándole el cuello, pero no quiso que malinterpretara su mirada.

—Ya estoy dentro —le indicó Kiran—. Le agradezco que me permitiera quedarme. Necesitaba un baño después de la lucha de esta mañana.

—Eso me trajo hasta aquí. Sería una pena que no pudiera disfrutar de un lugar como este por mi culpa.

—No es su culpa, Ana —bajó la cabeza, sintiéndose mal por su intrusión—. Debí avisar que vendría.

—Yo también, pero quería estar un rato a solas —le soltó sin más.

—Entonces, ¡¿por qué me permitió entrar?!

Se había levantado de golpe sin pensar en otra cosa que regresar al campamento. Al ver cómo ella bajaba la mirada y lo recorría sin tapujos, la imitó.

El cuerpo de Kiran brillaba al descubierto, reflejando el agua con la luz de la luna.

—¡Anthony! —le gritó Ana, tapándose los ojos con las manos.

Reaccionó a su grito, metiéndose en el agua por completo. Dio gracias por no haberse quitado la ropa interior. Al menos había dejado, aunque solo fuera una parte, a la imaginación.

«No puedo creer que seas tan imbécil», se flageló, sentado en la piedra del fondo.

Cuando salió a la superficie, sus carcajadas resonaban en toda la garganta.

—¿Cómo puedes reírte en una situación así? —le preguntó Kiran, algo molesto.

La sangre le hervía. Le llegaba hasta las orejas, tiñéndolas de rojo. No necesitaba verse en un espejo para saberlo.

—¡Lo… lo siento! —trataba de recobrar el aliento—. De verdad. No es mi intención burlarme. No pienses eso, por favor. Solo me resultó… muy gracioso.

—Creía que eras una persona más seria, Ana —apretó la mandíbula, sintiéndose ofendido.

—¡Perdóname, Anthony! —le rogó angustiada—. Es solo que…

Se detuvo un instante. Cogiendo aire para controlar su risa.

—Tengo un deber que cumplir —continuó, preocupándose por recobrar la compostura—, y la fachada de capitán, dura como el hierro, es la que me permite hacerlo.

No pretendía reírme. Es solo que me prometí a mí misma…

—Se detuvo un instante, intentando encontrar las palabras adecuadas—.

La risa es la parte de mí que más me llena.

No importa lo que haya pasado en el día, no importa lo que haya ocurrido en mi vida.

Reírme me permite dejar salir a la persona que soy en realidad —parecía nerviosa, empeñada en demostrarle que lo que le contaba era la verdad—.

A veces se me escapa, incluso cuando no debo.

Te prometo que mi intención no es burlarme, Anthony.

El rostro de la escolta le mostraba que era importante para ella que la comprendiera.

Le estaba contando algo muy personal, tratando de evitar que se sintiera mal.

¿Cómo podía desconcertarlo de ese modo? Todo lo que hacía y decía se escapaba a las predicciones de Kiran.

No parecía que se le diera muy bien mentir.

Sus partidas de ajedrez no habían hecho más que confirmar que era demasiado impulsiva.

La estrategia no era lo suyo. Sin embargo, la amabilidad sí lo era, aunque se empeñara en ocultarlo bajo su impenetrable coraza.

—Está bien —necesitó liberarla de su carga—, te creo, no te agobies por ello. Reconozco que desde esa perspectiva debía resultar cómico. Te pido disculpas, solo pensaba en que te he estropeado la paz de un baño a solas.

Al menos la escenita que había montado había servido para que se relajara. Lo estaba tuteando, igual que él a ella.

—Je, je, je —se rio ella entre dientes—. No tienes que disculparte, Anthony. Fui yo la que te propuso que entraras.

—Al menos me alegro de haberte hecho reír. —Evitó mirarla a la cara, sin tener ni idea de por qué lo hacía.

—¡Ja! —se tapó la cara, salpicando el agua, que ahora recorría su rostro—. Yo también me alegro. ¡No todos los días se tienen unas vistas como esas! —terminó con una sonrisa perversa.