CAPÍTULO 6 #3
—Lo siento —respondió él, sentándose en el mismo lugar que la otra vez.
La comisura de la boca la traicionó, elevándose al ver que se rendía ante la orden camuflada en sugerencia.
Se desabrochó los primeros botones de la camisa y se lavó con calma.
Trataba de compilar la información que le iba a dar.
No podía cometer errores. Regresó junto a él, secándose con la toalla.
No la había mirado ni una sola vez en todo el proceso.
Preparaba el tablero minuciosamente, esperando a que terminara.
—Blancas para usted, Ana —le dijo al sentarse frente a él.
—¿Quiere darme ventaja?
—Es pura cortesía.
Extendió su mano, indicándole que podía comenzar cuando quisiese.
—Me he encontrado con Hugo hace un rato —le contó, tratando de romper la tensión que había entre ellos—. Ha sido muy amable al guiar a la princesa a las termas.
—No se preocupe. Seguro que lo disfrutará —apuntilló de un modo intrigante—. No me malinterprete. Es simplemente que no he conocido a nadie que disfrute con su deber tanto como él —aclaró, al ver la expresión que debía tener en la cara.
—Es muy interesante —aceptó ella, removiendo los músculos de la cara para que dejaran de delatarla—. Tengo una curiosidad: ¿por qué se empeña en dirigirse a mí como su señora? Al fin y al cabo, tenemos el mismo rango.
La cara de Anthony pareció desencajarse por un instante.
—Perdone, creo que he preguntado algo que no debía —se disculpó al verle—. Si cree que no es de mi incumbencia…
—No, no. Digamos que… es algo personal —la cortó algo inquieto—. Pero creo que no le molestará que se lo cuente.
Carla esperó expectante, asegurándose de que las piezas estuvieran todas en su lugar.
—Hugo no nació siendo de la nobleza. Su padre ganó el título de barón por sus servicios a la corona —le contó, esperando pacientemente a que ella comprobara el tablero, aun sabiendo que lo había colocado a la perfección—. No lo tuvo fácil. Lo despreciaban en la corte por ser lo que llaman…
—Un nuevo noble —terminó ella su frase. Conocía demasiado bien la crueldad de la nobleza.
—Eso es. Hugo se centró en ascender por sus propios méritos. En demostrar su valía sin importar el título de su padre. Trata a todos los que parecen tener un título como a sus superiores, a pesar de que he intentado que deje de hacerlo un millón de veces.
—Entonces será mejor no decirle que Alan y Alice son hijos del duque De Visser —soltó con un deje juguetón—. Si se le ocurre tratar a Alice como Lady De Visser, no vivirá para contarlo.
—Je —rio Kiran de un modo relajado—. Mejor guardamos el secreto. Lo sumaremos a los que ya esconde, Ana.
Cruzaron la mirada ante su reproche.
De nuevo, se sintió expuesta ante él con su modo de escrutarla.
—Debo pedirle disculpas —movió Carla un peón adelante para distraer su atención al comenzar la partida—. Debí advertirle del problema en cuanto llegó, pero es algo muy complejo.
—Lo entiendo —respondió, haciendo su siguiente movimiento—, pero creo que, si esa información va a poner en peligro a mis soldados, debo saberlo.
—Estoy de acuerdo, pero debo rogarle que esta información no la transmita a nadie más que a sus superiores cuando lleguemos a Issel.
—Conforme —dijo, avanzando con su reina.
«¿Quieres acabar conmigo con un jaque pastor? Es evidente hasta para mí», se burló de él en silencio.
—Existe una organización clandestina que quiere acabar con la vida de la princesa —expuso ella, adelantando el caballo para bloquear el jaque que vendría luego si no reaccionaba—.
Están en contra de que una mujer sea la heredera de la corona.
Este viaje es su mayor oportunidad para acabar con ella y sentar a un hombre en el trono.
—¿Tiene más datos sobre esa organización? —le preguntó con una pícara sonrisa, al ver el movimiento de Carla—. ¿Su número de integrantes? ¿Quién los controla? —inquirió moviendo su siguiente pieza.
Con cada movimiento, aprendían un poco más de su oponente, tanto en el tablero como fuera de él.
—Según nuestra fuerza de inteligencia, son alrededor de unos trescientos hombres armados —explicó sacando a la reina de su posición, bloqueando su ataque—.
Respecto a quién los controla, no han conseguido averiguarlo.
Trabaja desde la sombra. Sabemos que tienen un líder, pero estamos convencidos de que hay alguien detrás manejando los hilos.
—Entonces, ¿puedo dar por sentado que los ataques continuarán? —preguntó levantando la vista.
Sus ojos la perturbaban. No sabía por qué, pero había algo en su fondo que la inquietaba. Brillaban a la luz de las velas como si fueran piedras de ámbar puro. Su tono verde… era tan distinto. Era como si la llamasen a entrar en su interior.
Se obligó a bajar la cabeza.
—Tengo la esperanza de que aminoren el ritmo ahora que hemos cruzado la frontera —informó, comiéndose el alfil negro con la reina—, pero no puedo asegurarlo.
Levantó la mirada de nuevo, encontrándose con una sonrisa de triunfo en el rostro de Anthony.
Era una trampa y cayó en ella como una principiante.
—¿Existe la posibilidad de que tengan infiltrados en Salm? —preguntó, al tiempo que movía su reina negra para acabar con Carla sin esfuerzo—. ¡Jaque mate!
—Estaba claro que no podía ganarle —se contagió con su sonrisa—. Ya le dije que soy demasiado impulsiva.
—Ha jugado bien. En el campamento las partidas me duran la mitad de tiempo que esta. Respecto a los infiltrados…
—No puedo descartarlo —respondió Carla con cierta angustia en la voz—. Así que actuaremos dándolo por sentado.
Él asintió, indicándole que estaba de acuerdo con ella.
—¿Puedo pedirle la revancha?
Aunque no fuera la mejor en aquel juego, le había herido en el orgullo y quería redimirse.
—Por supuesto.
Tras terminar dos partidas más, con la victoria para Anthony, Carla se puso la capucha y las armas para salir. Suponía que los demás ya habrían vuelto de las termas.
—Espero que podamos repetir, Ana —se despidió él, dejándola en la entrada.
—¡Hecho! No puedo permitirle que siga ganándome con tanta facilidad.
Él sonrió, inclinando la cabeza.
Ella se quedó mirando cómo aquel hombre tan extraño se alejaba sin mirar atrás. Desde el principio creyó que el capitán era como un témpano de hielo, pero empezaba a pensar que, tal vez, hubiera algo de fuego en su interior.
Se había divertido. Su forma de provocarse el uno al otro era, cuanto menos… interesante.
En la caseta, ya la estaban esperando alrededor de la mesa.
—¡Ya era hora! —la reprendió Isobel—. ¡Creí que te había secuestrado!
—¿Cuánto se tarda en dar un informe? —intervino Alice con su tono frío.
—¡No os metáis con ella! —dijo Alan riendo—. Al fin y al cabo, fuimos nosotros los que ordenamos que entretuviera al capitán, ¿no?
Los tres rompieron a reír al verle la cara.
—Estáis demasiado relajados. Veo que las termas os sentaron demasiado bien —se quejó Carla, sintiendo calor en las mejillas por sus comentarios.
—¡Venga, líbrate de la capucha y comamos! —insistió Alan saltando sobre ella para quitársela.
—¡No, espera! —gritó muerta de la vergüenza, porque la vieran en ese estado.
Alan la agarró y la tiró a los cojines, lanzándose sobre ella para sujetarle las manos. Alice aprovechó para quitársela, dejándola al descubierto. Carla golpeó a Alan, liberándose para poder taparse la cara.
—¡Joder! —protestó él, tras recuperar el aire perdido de tanto reírse—. Solo nos estamos metiendo un poco contigo. Aunque reconozco que verte azorada de ese modo es algo nuevo…
—Ya creíamos que eras de hierro —intervino Alice con su sonrisa traviesa, tan difícil de ver.
—¡Callaos! —gritó Carla, abalanzándose sobre Alan para hacerle una llave de cuello.
—¡Mierda! —maldijo medio ahogado, dándole ligeras palmadas en el brazo para que soltara el agarre—. ¡Me rindo!
—Así me gusta. —Recuperó el color de sus mejillas—. ¡No olvides a quién sirves!
Rieron juntos durante la cena, mientras Carla les contaba la conversación con Anthony y cómo había perdido tres veces seguidas. Para cuando terminaron, ya era de noche.
—Bueno, creo que voy a ir a las termas a bañarme —dijo levantándose—. Necesito quitarme la sensación que me ha dejado la lucha de esta mañana.
—¿Con este frío? ¿Es que quieres enfermar? —la reprendió su prima.
—Está aquí al lado. Iré bien abrigada.
—Voy contigo —se ofreció Alan.
—No, por favor, necesito estar un rato a solas —rogó con la mirada—. Una hora, y si no he vuelto para entonces, ven a por mí.
—Ni un minuto más —respondió Alice, tajante.
—¡Gracias! —exclamó sonriendo, antes de ponerse la capucha y las armas nuevamente para salir.
La perspectiva de probar un lugar nuevo, sin tener a nadie que la juzgara, se le hacía inmensamente apetecible.