La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—Tenía mis razones para evitar contárselo, pero veo que no se le escapa nada —respondió con un suspiro—. Ahora tengo que llegar hasta la princesa Carla para asegurarme de que se encuentra a salvo. Cuando montemos el campamento esta noche, le informaré de todo.

Galoparon hasta cruzar la frontera con Salm.

Los carruajes habían cruzado el puente. Al lanzarse contra el enemigo, Carla los retuvo el tiempo suficiente para que gran parte del convoy pasara, poniéndose a salvo.

El quinto pelotón se quedó cubriendo la retaguardia, impidiendo que ninguno de ellos pudiera atravesar sus defensas.

Varios cadáveres se extendían sobre el suelo, decorando la piedra con su sangre.

No tuvieron oportunidad de llegar a Isobel.

Carla respiró aliviada al alcanzarlos. Cada escuadrón cubría sin fisuras el carruaje que se le había asignado. Alice y Hugo se encontraban en el interior junto a su doble y Alan estaba en guardia en el exterior.

Todo estaba como lo había ordenado.

—Los atacantes han huido —informó Carla a Alan para que diera la orden de reorganizarse—. Alice, podéis salir.

Alice y Hugo salieron del carruaje para dejar que Carla entrara en su lugar.

—Debo hablar con la princesa —dijo dejando a Anthony fuera, sin darle opción a rebatirle.

En el interior, Isobel se encontraba perfectamente. La miró ceñuda. La conocía lo suficiente para saber que estaba muy enfadada.

—¿Te has vuelto loca? —le gritó más de lo que pretendía.

—Discúlpeme, mi princesa —elevó la voz remarcando sus palabras para que Isobel se diera cuenta de su tono.

—Lo siento —susurró ella—. ¿No podías dejar algunos soldados para protegerte? Sé que estás muy metida en tu papel, pero eres tú quien debe llegar a Issel.

—No te preocupes. —Se descubrió el rostro para tratar de calmarla—. No pueden conmigo.

—Estás siendo demasiado imprudente. —Se mordía la lengua para que no la escucharan en el exterior—. ¿Es tan complicado apoyarte en los demás? Es el único modo de que…

Se quedó en silencio, con una mueca de dolor que pareció agarrotarle la garganta.

—Anthony me ayudó —soltó sin pensárselo, sintiendo su dolor como propio.

—¡Oh, sí! Me quedo mucho más tranquila —le reprochó con ironía—. Tu único refuerzo fue un capitán de un país vecino al que no conoces de nada…

Una lágrima traicionera se le derramó.

—Por favor, Carla —le rogó—, prométeme que no querrás hacerlo todo tú sola como haces siempre.

—Lo prometo. —Se arrodilló frente a ella, secándole la lágrima—. Haré todo lo posible.

Hizo un pequeño puchero, aprovechándose de que Isobel parecía haberse relajado un poco.

—Entonces, ¿me perdonas, Isi? —la chantajeó cogiendo sus manos.

Le suplicaba de un modo exagerado, sabiendo que no era capaz de negarse cuando la llamaba por su diminutivo.

—¡Qué remedio! —aceptó exasperada.

—¡Te adoro! —se lanzó Carla sobre su prima, envolviéndola en un abrazo.

—¡Para ya! —se rio Isobel—. ¡Haces lo que quieres conmigo!

—Querías ir a las termas, ¿no? —propuso—. Creo que llegaremos en una hora. ¡Podrás ir después de comer!

Se había librado de otra regañina.

—¿Podré ir? ¿Tú no vienes conmigo? —dedujo ella sorprendida.

—Tengo que informar a Anthony de lo que sucede con las facciones en Frisia —No pudo retener la angustia—. Creo que debe saberlo. El viaje será largo y pinta que esta no será la última incursión.

—No le des más información de la que pueda necesitar —le advirtió—. Tienes tendencia a hablar de más. Solo necesita saber que hay una organización clandestina que quiere acabar con la princesa Carla. No es necesario que sepa los problemas internos de la corte.

—No sé qué haría sin ti, Isi. —La miró agradecida antes de volver a enfundarse la capucha.

Le dedicó una sonrisa, colocándose la máscara al salir. Anthony la esperaba aún junto a la puerta.

—¡Continuamos la marcha! —ordenó Carla a todo el convoy.

—¿Se encuentra bien la princesa? —le preguntó en cuanto subieron de nuevo a los caballos.

—Está bien, solo estaba un poco preocupada por sus soldados.

—Sobre todo de cierta capitán demasiado atrevida —le reprochó sin pensarlo—. Lo siento, he vuelto a ser descortés.

—No se preocupe —le quitó importancia, evitando retomar la conversación—. Creo que pensaba que un solo refuerzo no era suficiente.

—¿No me considera capaz? —bromeó con ironía.

—Más bien cree que dos contra veinte no es una buena apuesta para la lucha.

—La verdad, no veo fallo alguno en su lógica —la provocó deliberadamente.

—Por favor, Anthony —increpó Carla, cansada—, ya he tenido suficiente con una reprimenda por hoy, no necesito otra.

No le respondió.

Continuaron cabalgando uno al lado del otro, pero podría jurar que una leve sonrisa atravesaba su cara.

El río se consideraba la frontera entre Frisia y Salm, pero establecieron el control a un kilómetro más allá del puente.

Aquel lugar les proporcionaba ventaja a la hora de defenderlo.

Un gran cañón se extendía ante ellos. Era el único paso posible sin tener que escalar los aparatosos riscos que lo rodeaban.

Habían construido una muralla con unas impenetrables puertas de hierro.

Las abrían al amanecer, dejando fluir el comercio autorizado, y las cerraban al anochecer.

Si se producía un ataque, se clausuraba, impidiendo el paso.

Estaba completamente fortificada.

Carla admiraba la forma en que aprovechaban la topografía de la zona para proteger el reino, cuando Hugo llegó hasta ellos cabalgando al trote.

—Tenemos permiso para cruzar las puertas, mi señor. Continuaremos hasta el punto de descanso —informó, marchándose a la misma velocidad a la que vino.

—Qué eficiente —lo alabó Carla con un tonillo burlón.

—No haría nada sin él —respondió Anthony, cogiéndola por sorpresa.

No entendía bien lo que había querido decir, aunque era evidente que la relación entre ellos era más compleja de lo que aparentaba.

Continuaron por el cañón hasta el final, donde encontraron una pequeña ciudad, dividida a la mitad por el camino.

Se notaba que vivía del comercio. Estaba muy animada.

Todos giraban sus cabezas para ver la comitiva formada por los pelotones de ambos reinos.

Era toda una novedad; probablemente no se había visto antes.

Los ciudadanos comenzaron a aglomerarse alrededor, llamando a la princesa Carla y saludándola con efusividad.

Ondeaban pañuelos blancos, agitándolos sobre sus cabezas.

La imagen que tenía delante la había cautivado.

Estar en otro país y ver sus costumbres había sido su mayor anhelo mientras se encontraba atrapada en el palacio de Brielle.

No se le permitía salir de la ciudadela bajo ningún concepto.

Entrenar, estudiar, comer y dormir. Era la rutina diaria.

Cuando conseguía escapar, lo hacía a la biblioteca para ver las ilustraciones de otros lugares del mundo.

Soñaba despierta con que algún día viajaría por todos los reinos.

Un ligero hormigueo le recorrió el cuerpo, sacándole un suspiro de satisfacción.

—¿Qué significado tienen esos pañuelos? —preguntó Carla girándose hacia Anthony.

Lo había cazado mirándola.

—Le dan la bienvenida a la princesa. La bendicen con sus plegarias —respondió sin apartar la vista—. Aclaman su matrimonio con el príncipe Kiran.

—Es hermoso. —La pena se apoderó de su voz sin quererlo.

Él torció la cabeza de un modo inquisitivo, pero no le preguntó al respecto.

Atravesaron la ciudad sin percances y siguieron hasta llegar a la zona cercana a las termas. Acamparían allí.

—Le espero en mi caseta cuando haya descansado.

—Como ordene, Ana.

Carla acudió al carruaje para escoltarlo mientras levantaban la caseta de la princesa. Alan y Alice la esperaban en su interior.

—¿Podemos ir a las termas antes de comer? —preguntó Isobel sin darle tiempo a cerrar la puerta.

—¿No es mejor que comáis primero? —expuso Carla.

—Prefiero que lo hagamos todos juntos más tarde —sonreía como una niña pequeña.

—Sí que tienes ganas, ¿no, Isi? —No pudo negarle el capricho—. Está bien. Alan y Alice irán contigo. Mandaré a un escuadrón para que monte guardia en los alrededores.

—¡Gracias! —respondieron los tres juntos como cantando y hasta Alice se echó a reír.

Carla salió con la sonrisa grabada en la cara.

De camino a darle las órdenes al pelotón, se encontró con el capitán De Wit.

—Hugo —lo llamó Carla tras él.

—¡Señora! —exclamó, acercándose y cuadrándose frente a ella—. ¿En qué puedo servirla?

No entendía por qué la llamaba señora cuando su rango, o al menos él lo creía, era el mismo.

—La princesa Carla quiere ir a las termas de las que le habló el capitán Ferner. ¿Puedes guiarlos hasta el lugar?

—¡Será un honor! —Y se giró sin esperar más instrucciones.

«Es como un cachorrillo, siempre dispuesto a servir a los demás», pensó Carla, con afecto.

Dio una vuelta por el campamento, ordenando y respondiendo dudas. Quería darles tiempo a que prepararan su caseta. Y tal vez lo estaba alargando de más porque no quería enfrentarse a Anthony en ese momento.

Al volver, ya la estaba esperando en la puerta y llevaba algo en las manos.

—No le ha dado tiempo ni a quitarse el polvo —lo reprendió.

—Necesito la información que tiene que compartir conmigo —su tono era algo frío.

Carla suspiró, dándose por vencida. No había modo de escabullirse.

—¿Qué trae? —preguntó, señalando sus manos.

—Creí que un informe jugando al ajedrez sería más ameno —respondió, bajando la cabeza.

«Siempre evita la mirada cuando cree que se ha equivocado», recordó todas las veces que se lo había visto hacer.

—Buena idea —indicó, mientras le abría la lona para abrirle paso—. Adelante.

Carla lo dejó junto a la mesa mientras se ponía cómoda. Se quitó el cinturón con las armas y la capucha antes de dirigirse a la jofaina para lavarse, cuando se dio cuenta de que Anthony la estaba esperando junto a la puerta sin moverse lo más mínimo.

—Por favor —lo llamó con cierta frustración—, lo de la practicidad se extiende a todos los protocolos. No deseo tener que invitarlo a sentarse cada vez que entre.