La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

V iajaron durante días con una buena marcha.

Se encontraban muy cerca de la frontera.

Carla disfrutaba cada vez más del recorrido.

Tenía que reconocer que la capucha y la máscara le proporcionaban anonimato y libertad en la misma medida.

La identidad de Ana de Luca le permitía relajarse de un modo al que no estaba acostumbrada.

Como princesa, el deber era lo primero. Ahora había descubierto que podía pensar en ella, aunque fuera solo un poco.

A veces, la asaltaba el pensamiento de poder vivir así para siempre. Se sentía culpable por desearlo.

«Nunca lo haría», se recordó en silencio.

Aquel camino sería un gran recuerdo. El de una vida que jamás sería posible.

—Se encuentra muy animada esta mañana, Ana —llamó su atención Anthony, acelerando el paso de su caballo para llegar hasta ella—, aunque es difícil conocer los pensamientos de alguien a quien no puedes verle la cara.

—Pronto cruzaremos la frontera. —Ignoró su comentario.

Esperaba una mueca, alguna reacción, pero nada.

Le preocupaba su capacidad para ver y sentir lo que ocurría a su alrededor. Era habitual en Carla no confiar gratuitamente en la gente que acababa de conocer, pero con él, aún era más complicado. Quería mantener las distancias, pero tampoco podía perderlo de vista.

«¿En qué pensabas? Debiste ponerlo con Alan o con Alice», se reprochó.

—¿Ha visitado Salm alguna vez? —Intentó abrir de nuevo la conversación.

—No, es la primera vez que salgo de Frisia —no consiguió ocultar la excitación.

—¿No pensó en viajar antes de esta misión?

—Hasta ahora solo he pensado en mi entrenamiento para llegar a capitán.

—Tuvo que esforzarse mucho para conseguir el cargo a su edad —la alabó, bajando la cabeza sin darse cuenta—. Es comprensible la madurez que demuestra.

—¿Me ha investigado? —lo provocó Carla en tono de burla.

—Creo que ya le conté que los soldados del campamento la idolatran. Hablan de usted todas las noches en la hoguera.

—¿Participa en la hoguera? Los oficiales no solemos acudir para dejarles espacio.

—No se preocupe, Ana. Tan solo estamos una hora después de la cena. —Movió su mano, indicándole que era un acto sin importancia—. A Hugo y a mí nos gusta escuchar sus historias. Eso es todo.

Se quedó en silencio un instante, como si un recuerdo le hubiera sobrevenido.

—Aprendí de mi padre que el sentir de las tropas es lo más importante durante un viaje largo —continuó, mirando al cielo con un suspiro.

—¿Perdió a su padre, Anthony? —soltó Carla sin pensarlo demasiado—. ¡Mierda! No pretendía…

—No me incomoda —trató de apaciguarla—. Aún es reciente, no ha pasado ni un año de su… partida —la congoja se apoderó de su voz—. Le pido disculpas si lo nombro demasiado. Todo lo que soy se lo debo a él.

Le resultó poco frecuente que hablara tan abiertamente de sus sentimientos con alguien a quien no conocía. Aún más siendo un hombre, pero parecía sincero.

—Lamento su pérdida —expresó, algo avergonzada—. El consuelo que nos queda es que sus recuerdos permiten que sigan viviendo entre nosotros.

Anthony se detuvo, contemplándola, pero no indagó en la respuesta. Era un hombre inteligente. Seguro que entendió que ella también perdió a alguien cercano. Le agradaba que la respetara, dándole aire, sin interrogarla.

—Su alteza me comentó que juega usted al ajedrez. Cambió de tema para no incomodarla—. ¿Es así?

—Sí. Juego, aunque me temo que nunca seré tan buena como el comandante Oliver. —Se le escapó una sonrisa traicionera al pensar en él—. Me enseñó a jugar desde niña. Creo que no me ha dejado ganar ni una sola vez.

—Sería un insulto a su inteligencia. No querría vencer por simple cortesía.

—¡Ja, ja, ja! —rio sin querer—. Eso es exactamente lo que me dice cada vez que le reprocho su intransigencia.

—En los juegos de estrategia se aprende con la derrota. Si se lo ponen fácil, no conseguiría nada cuando se torne complicado.

—Tiene sentido.

—¿Le gustaría que jugáramos alguna vez? Siempre llevamos un tablero con nosotros.

—No veo por qué no —aceptó intrigada—. Sería interesante averiguar si he aprendido algo del comandante, aunque me temo que soy demasiado impulsiva. No espere mucho de mí.

Giró la cabeza hacia él, buscando una reacción contrariada por no encontrar una oponente digna. Se encontró con una sonrisa que no esperaba. Y su mirada… Apartó la vista enseguida, sintiendo cómo el calor se le apoderaba de la cara.

Acababa de encontrarle otra ventaja a llevar la máscara.

«¿Qué coño le pasa? ¿No sabe que es de mala educación mirar fijamente a los demás?»

Una flecha salió del bosque atravesando sus pensamientos. Impactó en la pierna de un soldado que viajaba delante de ellos.

El instinto tomó el control.

—¡Avanzad! —ordenó Carla con un grito, para que continuaran, dejándolos atrás.

Bajaron de su montura de un salto. Anthony acudió a ayudar al herido. Carla se lanzó contra los atacantes que salían a tropel de entre los árboles. Enseguida se vio rodeada por un grupo de encapuchados de esa maldita organización. Sus espadas brillaban en alto al sol del mediodía.

—¡Ana! —la llamó Anthony con urgencia, corriendo a su encuentro.

No había duda en su mirada. Arremetió contra ellos con su hombro por delante, dispersándolos para liberarla.

Carla pudo sentir el calor de su espalda, apoyándose sobre ella.

Estaba ahí para cubrirla. Y le creyó, aunque no tenía ni idea de por qué.

Atacó, sabiendo que no tendría que preocuparse por su retaguardia.

Se movían como si estuvieran sincronizados.

Si ella avanzaba, él retrocedía. Sin estorbarse, sin interponerse.

No se perdían de vista. Se protegían el uno al otro en todo momento.

Carla no se detenía. Sumergida entre los enormes cuerpos de sus atacantes, se deslizaba entre ellos con facilidad.

Su tamaño era una desventaja. Se tropezaban unos con otros al intentar derribarla.

Era muy consciente de que, si recibía un golpe, no lo soportaría. Estaría perdida. Por mucho que entrenara, por mucho que se esforzara, seguía siendo pequeña y débil.

Más rápida. Más precisa. No podía dejarse atrapar.

Con cada golpe abatía a un enemigo y, si no lo conseguía, su compañero terminaba el trabajo.

Estaba acostumbrada a luchar con Alan y Alice.

No solía hacerlo con otras personas. No la seguían cuando se movía.

No podían predecirla. Anthony sí lo hacía.

Pensar en ello la hizo sonreír. Estaba disfrutando de aquel combate.

Fue duro y largo, pero la satisfacción la envolvía, tatuándole la sonrisa.

Carla se paró junto a él cuando quedaban solo dos hombres en pie.

—Intentemos capturarlos —le susurró él.

—Vamos.

Ambos se despegaron, impulsándose hacia delante.

Carla desarmó a su oponente en un movimiento.

Se agachó, esquivando el puñetazo que le lanzaba.

Levantó la empuñadura, aprovechándose de su desequilibrio.

Y golpeó su cuello, dejándolo inconsciente ante ella.

Al girarse en busca de Anthony, lo encontró doblegando al hombre cuyos músculos casi triplicaban los suyos.

Tenía la rodilla clavada en la nuca de su presa.

Retorcía su brazo con saña, inmovilizándolo contra el suelo.

Le dio un certero golpe en la cabeza, dejándolo sin sentido.

Al levantar la vista, sus miradas se cruzaron. Carla mantenía la sonrisa bajo la máscara, pero el ceño fruncido de Anthony se la arrebató mientras corría hacia ella.

—¡Ana! —Parecía alarmado—. ¿Te encuentras bien? ¡Eres muy temeraria! ¡No deberías lanzarte sin refuerzos a la lucha!

La estaba tuteando mientras la regañaba. La rabia la obligó a apretar los puños para contenerse.

—¿Por qué razón no iba a estar bien? —le soltó muy molesta—. Este es mi deber. ¡Usted no debería olvidar el suyo!

Un incómodo silencio pareció cortar el aire entre ellos.

—Le pido disculpas. —Bajó la cabeza, volviendo a tratarla de usted de golpe—. Reconozco que no debo hablarle de ese modo. Es solo que… es difícil ver a una mujer lanzándose contra una veintena de hombres que la duplican en tamaño y fuerza.

—Entiendo. —Se dio cuenta de que no estaba menospreciándola—. Puedo comprender que verlo por primera vez pueda haberle impresionado.

Hacía mucho tiempo que había aprendido a aceptarlo.

No era fácil, sobre todo para alguien que no estaba acostumbrado. Ver a una chica de su complexión tirarse de cabeza contra hombres armados… podía ser demasiado. Ella misma se aprovechaba de la confusión que generaba en sus contrincantes.

No podía culparlo por reaccionar así.

—Pero está claro que no me superan en habilidad, ¿no cree? —bromeó, tratando de aliviar su inquietud.

Él la miró a los ojos a través de la abertura de la capucha. Tal vez trataba de confirmar si bromeaba.

No pudo evitar reírse por su expresión.

El familiar silbido volvió a ponerla en guardia.

Una flecha iba derecha hacia ellos y Anthony estaba de espaldas en su trayectoria.

Carla lo agarró del hombro, girando en torno a él.

Lo arrastró, interponiéndose para protegerle.

Con un rápido movimiento de espada, la cortó, impidiendo que impactara.

—¡Ana!

—¿Te encuentras bien? —Se giró.

—Gracias a ti —respondió, con los ojos muy abiertos por la sorpresa—. Es evidente que no la superan en habilidad ni en velocidad.

—¡Ja! Agradezco que se haya dado cuenta, Anthony.

Aprovechando la distracción, los hombres que habían sido derribados corrieron al bosque llevándose a prisioneros y heridos.

Los cadáveres quedaron atrás.

—Hemos perdido la oportunidad de interrogarlos —expuso sombría.

—Llevaban la misma ropa que los atacantes de hace unos días…

Carla intentó mantener la compostura.

—No es normal que distintos grupos de bandidos vistan del mismo modo, Ana.

—No es necesaria tanta condescendencia —respondió algo airada.

—Es posible, pero creo que, para poder custodiar a la princesa, tal vez es necesario que conozca todos los detalles, ¿no cree?