La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

—Entonces puedo estirar las piernas antes de meterme en ese carruaje, ¿verdad? Son muchas horas hasta el siguiente punto de descanso.

—Como desee, mi princesa —aceptó su escolta con una mirada extraña—. La acompañaré a…

—No. —Su tono no daba opción a réplica—. Quiero que el capitán Ferner venga conmigo.

—Un escolta es insuficiente. —Se revolvió Ana—. Alice y Alan irán con vosotros.

—Como mi capitán ordene —aceptó la princesa, sonriendo socarrona—. Pero el capitán Ferner irá a mi lado y los demás nos seguirán a distancia. Deseo que me cuente sobre su bello reino.

Aquello cogió desprevenido a Kiran. No esperaba una curiosidad sin tapujos. No tendría que provocarla para que quisiera más información. Se valía por sí sola.

—Como desee, mi princesa —aceptaron Alice y Alan.

—Joder —maldijo Ana, tan bajito que solo él pudo escucharla—. Anthony, ¿sería tan amable de custodiar a su alteza en su paseo? —le preguntó, dejando claro con su tono de voz que no estaba de acuerdo con aquella situación.

—Será un honor —respondió ignorando su pataleta—. La acompaño.

—¡Volved en treinta minutos! —ordenó Ana a sus compañeros.

Kiran se situó junto a la princesa, dejando entre ellos el espacio que mandaba el protocolo. La miraba de reojo mientras caminaban en silencio hasta alejarse lo suficiente del campamento. Era evidente que no quería oídos indiscretos cerca. No podía creer que tuviera tanta suerte.

Habría planeado veinte jugadas antes de poder conseguir un acercamiento como ese y ahí estaba, paseando junto a la que podía convertirse en su esposa. Había quedado claro que con ellas la estrategia estaba perdiendo sentido.

—Cuénteme, capitán Ferner —le soltó sin rodeos.

—¿Qué desea saber?

—He leído algo sobre Salm. Todo lo que está en los libros de historia, pero quiero conocer algo que no esté escrito.

Kiran instintivamente se puso la mano sobre la barbilla, pensando en una buena respuesta a aquella pregunta tan aleatoria.

—Existen muchos lugares secretos que solo conocen sus habitantes.

—Esperó un segundo, para comprobar si había atraído su atención—.

En el condado de Artois hay una cascada donde las parejas van a prometerse amor eterno.

La cascada de los deseos, la llaman. Cuenta la leyenda que el primer conde de Artois y su condesa se conocieron cuando eran unos niños.

Estuvieron juntos desde entonces hasta su muerte a los ochenta años.

No se separaron en setenta y cinco años.

—¿Setenta y cinco? —se sorprendió—. Vivieron toda su vida juntos…

Tenía una expresión nostálgica en su rostro.

—Se dice que se bañaron en el séptimo salto de agua cuando eran muy jóvenes.

Se juraron que nunca se separarían. Desde entonces vivieron el uno para el otro.

Cuando la condesa murió de vejez, el conde la siguió al otro lado al día siguiente.

No podía soportar el mundo sin su compañera.

Ahora, todos los enamorados quieren pasar juntos bajo esa cascada.

—Qué historia tan hermosa —susurró con una expresión amable—. Su compañera… interesante. Cuénteme más, por favor.

—Hay también unas termas secretas en la frontera entre Salm y Frisia. Están en tierra de nadie , por eso no son muy transitadas. Se dice que quien se baña en ellas encuentra lo que le dará paz a su espíritu.

—¡Oh! ¿Pasaremos cerca? —inquirió, curiosa.

—Sí, están en nuestro camino, aunque dudo que la capitán De Luca le permita escabullirse de noche por ahí.

—No tiene que ser de noche —apostilló ella con su perfecta sonrisa—. Le rogaré que acampemos cerca y pasaremos un día completo en el lugar. Quiero visitarlas.

—Intentaré convencerla durante el viaje —se ofreció Kiran, sin que ella se lo pidiera.

—¿Cree que debería visitar también la cascada de los deseos con el príncipe Kiran? —Esperó buscando ver su reacción.

—Su alteza la complacería si se lo pidiera…

No quería ir más allá. Por ahora solo quería conocerla.

Parecía sincera, pero ¿estaría jugando con él?

No entendía qué pretendía al decirle aquello.

¿Quería que le hablara bien de ella al príncipe Kiran?

¿O es que creía realmente en el amor? Si así fuera, el amor no nacería por bañarse juntos.

Aquella historia no era más que un cuento entre las jóvenes que vivían enamoradas.

Su matrimonio sería político y solo podía funcionar si nacía del respeto mutuo.

«Tampoco es que esté capacitado para amar», pensó Kiran, sin saber muy bien por qué le importaba.

—¿Podría contarme algo sobre él ? —dejó caer con un tono nervioso.

No había dicho su nombre, pero no hacía falta.

—El príncipe es un gran estratega. —Su entrecejo se arrugó un poco al ver que no le estaba contando nada nuevo—. Pero hay algo que no sabe todo el mundo…

Su expresión cambió, levantando la comisura de su boca. Ahora que la miraba de cerca, los labios de Ana eran bastante más gruesos…

Se dio cuenta de que ella lo miraba expectante, a la espera de que terminara su frase.

—Al príncipe le gustan los juegos de mesa —dejó Kiran las palabras en el aire, contemplando su expresión a la espera de cambios.

—¿Juegos de mesa? —preguntó desconcertada—. ¿Se refiere a juegos de niños?

—No, Alteza. —No pudo evitar reír ante su cara de confusión—. Juega al ajedrez, al weiqi, al shogi y a algunos otros menos populares.

—Solo he oído hablar del ajedrez; los otros no los conozco.

No había desprecio en su rostro, solo parecía extrañada.

—Son juegos de estrategia, como el ajedrez, pero de otros reinos —explicó Kiran con calma—. Su majestad, el rey Damian los mandó traer para regalárselos. ¿Sabía que lo llaman el príncipe estratega ?

—Algo he oído. —Soltó una risa jocosa.

—Pues se dice que aprendió todo lo que sabe compitiendo en esos juegos con su padre.

Kiran tenía la sensación de que cada palabra que decía estaba siendo analizada con cuidado. Tal vez se lo estuviera imaginando. No daba la sensación de ser ese tipo de persona.

—Si me permite la indiscreción… —Lo escrutó un momento antes de continuar—. ¿Cómo sabe todo esto, capitán Ferner?

—Hicimos carrera militar en el mismo pelotón. —Se preocupó de fingir estar orgulloso de ello—. Jugábamos al ajedrez todas las noches antes de dormir. Por mucho que lo intenté, no conseguí ganarle más que un par de veces. Se le da muy bien.

—Yo no soy muy dada a esos juegos, pero creo que la capitán De Luca sabe jugar al ajedrez. Tal vez pueda… ¿Cómo se dice? ¿Echar una partida con ella? Creo que necesita alguna distracción de su duro trabajo.

—La invitaré si es su deseo. —Inclinó la cabeza, ocultando la decepción.

Había tenido la ilusa esperanza de que conociera el ajedrez o al menos que demostrara un mínimo interés por aprender.

Kiran no tenía muchas aficiones. No sabía cómo interactuar con la gente, hablar con otras personas…

Le resultaba complicado. En ese momento le aterraba que la princesa Carla lo rechazara.

—¿Se encuentra bien?

—Discúlpeme, Alteza. Solo me perdí un poco en mis recuerdos del hogar. Llevamos muchos días de viaje.

—Le pido perdón. —Se detuvo de golpe, mirándolo de frente—. No quería entristecerle. He sido un poco insensible…

—No tiene que disculparse. En tal caso, yo debo hacerlo por divagar en mis pensamientos mientras hablaba con usted.

—Bueno, estamos en paz, entonces. —Se dio la vuelta con aire satisfecho, en dirección al campamento.

Mientras regresaban, Kiran le contó más historias sobre Salm.

No tenían mucho en común, pero empezaba a pensar que no sería un problema.

Hablaba de sus subordinados con respeto.

Creía que había mucho trabajo por hacer en Frisia.

Se preocupaba por sus súbditos. Tal vez eso fuera suficiente para sentar un matrimonio político.

Solo que… tenía la sensación de que algo no estaba en su sitio.

No sabía decir qué. Tal vez fuera el hecho de que era todo lo que se esperaba de una princesa. Tanto que incluso le parecía irreal.

Cuando llegaron junto al carruaje, Ana parecía impaciente.

Los recibió con una dura mirada de reprimenda.

Kiran pensó que ya había visto esa mirada en Hugo muchas veces.

Podía entenderla, pero decidió ignorarla deliberadamente.

Se acercó hasta la puerta y la abrió, prestándole su mano a la princesa para que la usara de apoyo.

—Es muy amable. —La aceptó, agarrándose para subir al carruaje—. Me encantaría repetir este magnífico paseo otro día.

—Será un placer, Alteza. —Se postró en una reverencia antes de cerrar.

Por un instante, su sonrisa le pareció demasiado forzada, pero al ver la mirada que le echaba la capitán De Luca, supo lo que realmente la incomodaba.