CAPÍTULO 5
L as pesadillas de la noche anterior habían perturbado a Kiran.
Despertó antes del alba y quedó mirando al techo desde la hamaca con el cuerpo roto y la mente inquieta.
No podía pararla. La curiosidad lo había sacado de su sitio.
Seguía los hilos uno tras otro en busca de la solución a un problema que ni siquiera estaba seguro de identificar.
El tormento del regreso a casa quedó relegado a un lugar más profundo.
Solo podía repasar lo sucedido desde que se encontraron con el convoy de la princesa una y otra vez.
Decidió levantarse. No tenía sentido quedarse allí mirando la lona que colgaba sobre su cabeza. Necesitaba que le diera el aire. Saldría de patrulla para comprobar el estado de los hombres antes de la partida.
Revisaba mentalmente el campamento mientras lo recorría en dirección a la carreta médica.
Estaba bien distribuido, tenía que reconocerlo.
En unas horas vendría un reemplazo y se llevarían a los diez soldados que no podían reincorporarse al viaje.
Era una suerte que no hubieran abandonado Frisia.
Partirían con el convoy al completo y los heridos no tendrían que sufrir el tormento del camino hasta llegar a Salm.
Llegó hasta la caseta junto a la carreta en la que acomodaron a los heridos hasta que vinieran a por ellos.
—¿Cómo se encuentra, soldado? —se dirigió Kiran a un muchacho que estaba despierto en su camilla.
—Estoy vivo, capitán —respondió con una tortuosa sonrisa que escondía su dolor—. Me gustaría escoltar a mi princesa hasta su destino, pero doy gracias porque la capitán De Luca pudiera salvarme.
—Es una suerte contar con un superior que arriesga la vida por sus soldados.
Kiran posó la mano sobre su hombro, tratando de imbuirle algo de consuelo.
—Es un ángel enviado por los dioses —soltó el chico, dejándose caer lentamente hasta quedarse dormido.
«¿Un ángel?», se preguntó mirando al cielo, contemplando las estrellas que se habían reflejado en sus ojos antes de cerrarse.
Seguramente sería una ilusión fruto de algún anestésico.
Kiran no veía un ángel en aquella joven. Parecía más un terremoto o un tsunami que algo tan apacible.
Continuó con la ronda, enfrentándose a los pensamientos que le hervían en el interior.
Había conocido a la que sería su prometida.
Parecía una muchacha dulce y era hermosa, sin duda.
Tenía que reconocer que verla calmó un poco su ansiedad.
Quien dijera que el aspecto de la persona con la que compartiría la cama no importaba… mentía.
Aun así, quería saber más de ella.
No podía acercarse como si nada. Necesitaba una estrategia para poder hacerse una idea de su personalidad, antes de llegar al palacio de Issel…
pero ¿cuál? Podría comenzar recopilando información de sus soldados.
Mandaría a Hugo. A él se le daba bien sonsacarles sin que se dieran cuenta de que los estaban interrogando.
A pesar de su cargo de capitán, Hugo se comportaba como si fuera uno más.
Sus subordinados lo respetaban por ello, así que no podía contradecir sus métodos.
Necesitaba también información de primera mano, pero ¿a quién podría acudir?
No estaba seguro de si Alice sería una opción.
No era descortés y parecía inteligente. Lo había demostrado anoche, cuando se reorganizaban.
Pero esa mirada… algo le decía que no quería que nadie se le acercara demasiado.
Había otra opción. Se empeñaba en bajarla de la lista de posibilidades, pero siempre volvía a escalar.
Ana De Luca.
Era la más cercana a la princesa. Debía saber todo lo que quería averiguar. Pero algo en ella lo ponía nervioso. Era una incógnita y no había nada que le produjera más ansiedad que lo que no podía controlar.
Necesitaba datos. Tenía que adelantar sus movimientos. No soportaba quedarse en blanco.
Cabalgaría junto a Ana durante todo el viaje.
Eso le valdría para tratar de solucionar ambos problemas.
Si se ganaba la confianza de su escolta, podría intentar pedir alguna audiencia.
Tal vez la princesa tuviera la misma necesidad que Kiran de saber más sobre el que será su prometido.
Si pudiera incentivar su intriga… Dejaría entrever que eran muy cercanos.
Siendo sinceros, no había nadie más cercano que el propio príncipe de incógnito para contarle sobre él.
—Buenos días, Anthony —lo sobresaltó la voz de Ana a su espalda—. Me alegra verle en pie tan temprano.
Había regresado sin darse cuenta al centro del campamento. Estaba peor de lo que creía.
—Buenos días. Solo quería hacer una pequeña inspección antes de partir —disimuló Kiran, distrayendo su atención—. He escuchado su nombre por todo el campamento al pasar. Ha sido bastante interesante.
—¿Mi nombre? —Parecía nerviosa.
—Todos la alaban por su actuación en la lucha de ayer. —Se sentía extrañamente satisfecho por poder cogerla desprevenida—. Algunos incluso la llaman ángel.
—Ya están con eso otra vez —espetó contrariada—. No soy ningún ángel, lo único que hago es cumplir con mi deber.
—No todos los mandos salvan a sus soldados. Por eso la admiran. No deseche sus halagos por muy triviales que parezcan.
Sus mejillas se sonrojaron ligeramente, antes de recuperar el control.
Una sonrisa traicionera se dibujó en los labios de Kiran sin pedirle permiso. La borró al instante. El no tener que mantener la máscara de príncipe cada día había relajado sus defensas. Estaba dejando que se reflejara lo que le pasaba por la mente. Debía cortarlo de raíz.
—Ayer no le agradecí su intervención —interrumpió ella la tormenta que le crecía en la cabeza—.
Quiso ayudarme, aunque no me conocía de nada.
Podía haberse quedado en su caballo. Dirigir sin intervenir, como hacen muchos, pero usted se bajó para socorrer a los heridos.
Se lanzó hacia el claro al escuchar los ruidos de batalla…
Gracias —susurró antes de seguir con su camino.
Kiran se giró, viendo cómo se alejaba de él. Cada vez estaba más convencido de que Ana era de esas personas que removían el mundo al pasar. No soportaba lo impredecible y esa era precisamente la palabra que la retrataba.
Lo que había dicho…
«¿Qué pretendía? ¿Era necesario tanto para darle las gracias? ¿O lo alababa?», saltaba de una pregunta a otra sin darse tregua.
No estaba acostumbrado a los halagos, no de manera sincera, al menos.
Entró de vuelta en la caseta, encontrándose de frente a Hugo. Ya tenía su espada en la mano para salir a buscarle.
—¿Qué le ha ocurrido, mi señor? —Se le acercó demasiado—. ¿A qué viene esa cara?
—¿Qué cara? —Lo sorprendió con su pregunta.
—¡La que lleva! —exclamó él, exasperado.
—Deja de armar tanto escándalo. Haz el favor de comportarte según tu rango.
No quería hablar del tema…
—Vale, vale. —Le dio espacio al ver su reacción—. No insisto más si es lo que quiere, pero ¡haga el favor de avisarme antes de desaparecer! No quiero perder mi cabeza por no llevarle de regreso.
—¡Shhhh! ¡Baja la voz! —reclamó, tapándole la boca mientras miraba por encima del hombro por si alguien pasaba.
—Lo siento, es solo que me preocupé al no encontrarlo en su cama. Estamos en un país vecino. Si le descubrieran, podrían apresarlo y yo no podría hacer nada.
—Perdóname, Hugo. A veces olvido que tú también has arriesgado todo por acompañarme.
—No necesito sus disculpas, solo que me mantenga informado. Acompañarle fue elección mía. Asumiré las consecuencias si es preciso. —Tomó aire, como si le costara respirar—. Solo conozco un hogar y está a su lado.
—Gracias. —Una sonrisa sincera atravesó a Kiran—. No sabes lo que me reconforta saber que no estoy solo.
—Si sigue así, me hará llorar, mi señor.
Se apoyó contra la lona, fingiendo que estaba desconsolado.
—¡Venga! Deja el rollo ya, que no te va nada. Desayunemos antes de partir.
En el exterior, el campamento bullía en movimiento.
Tras tantos días de marcha, su recogida y su montaje ya eran una rutina para todos.
Mirara a donde mirase, ni un solo miembro de aquel gran convoy se encontraba parado.
Kiran y Hugo se reunieron con el resto de los oficiales junto a los carruajes.
La princesa aún no había llegado. Era una buena oportunidad.
—Buenos días —los recibió Alice—, Ana está a punto de llegar con la princesa. La custodiaremos mientras los soldados terminan de recoger.
—Buenos días. —Le sonrió Hugo—. ¿Cómo es posible que se levante tan bella a estas horas?
—No puede ser en serio… —Su tono podía erizar la piel de cualquiera—. Será mejor que te lo deje claro: nada de eso te servirá conmigo.
—¿Apostamos?
La enorme sonrisa de Hugo triplicó su tamaño.
Ella no respondió, pero a Kiran le pareció ver un movimiento fugaz en la comisura de su boca mientras los miraba con desprecio.
—Será mejor que no la provoques, Hugo —le advirtió Alan en tono burlón—. ¡Joder, hasta yo le tengo miedo a mi querida hermana! —rio sin reparos.
Mientras los tres seguían con sus pullas y miradas que podían matar, Kiran los observaba.
Aquella forma de camaradería era algo desconocido para él.
No sabía cómo intervenir en esas situaciones y, aunque supiera, no se atrevería.
Envidiaba profundamente esa cualidad de Hugo.
No le importaba lo más mínimo lo que los demás pudieran pensar.
A veces rayaba en lo irrespetuoso, pero sin maldad alguna.
Que una mujer como Alice lo rechazara tan directamente no hundía su moral.
Su confianza en sí mismo estaba por encima de la media; eso estaba claro.
Kiran, sin embargo, con tan solo un gesto cuyo significado no comprendía, estaba perdido.
—Alteza —dijeron todos a la vez, inclinándose en una reverencia al ver que se acercaban.
—Buenos días —respondió la princesa con una animada sonrisa—. ¿Estamos preparados?
—En cuanto terminen de recoger, marcharemos —le informó Ana.