La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Diana apareció en ese momento y, mientras servía el té uno a uno, Carla aprovechó para estudiarlos en silencio.

Le preocupaba que aquel capitán de mirada penetrante quisiera observar de más. No necesitaba más problemas.

Cuando el té estuvo servido, Carla fue la primera en beber a modo de invitación. También lo hacía por si podían pensar que estuviera envenenado, pero eso era por sus propias experiencias.

—La princesa ha dejado claro que no quiere disputas. Por eso su solicitud de que solo se enviaran soldados. Como parece que la misiva no llegó a tiempo, debemos establecer la cadena de mando —expuso, sin perder de vista al capitán Ferner—. Ella desea que su guardia sea quien la proteja.

Les dio un segundo para intervenir, pero ninguno de los dos dio señales de querer hacerlo y continuó.

—Por eso, yo estaré al mando. Si no estuviera disponible, Alice ocupará mi lugar. Y si ella no pudiera, lo hará Alan. Si ninguno de nosotros estuviera operativo, el mando recaería sobre usted, Anthony, y por último en usted, Hugo.

—Conforme —le respondió Anthony, sin replicar nada.

Carla habría esperado al menos una mueca de desaprobación al ponerlo casi al final de la lista, pero no pareció molestarle en absoluto.

—Bien —dijo, mirándolo con cautela—, pues si queda claro, lo siguiente es el reparto de la custodia.

Sus escuadrones viajarán junto a los carruajes, sin despegarse pase lo que pase.

Hugo, usted viajará con Alice junto a los escuadrones que guardarán a la princesa.

Si se produjera un ataque, entrarían al interior a protegerla.

No se separarán de ella en ningún momento. ¿Entendido?

—Entendido —respondió Hugo, con firmeza—. Organizaré los escuadrones antes de la partida de mañana.

—Usted, Anthony —continuó, regresando a sus ojos—. Irá junto a mí en retaguardia. Uno de sus escuadrones irá delante, custodiando la carreta médica. El último irá en vanguardia con Alan y la carreta de suministros.

—Estoy de acuerdo —accedió en cuanto terminó de hablar.

—Si desea informar de alguna necesidad o cree que puede aportar algo, no dude en hablar ahora —lo instó Carla, sin saber qué pasaba por su cabeza.

—Si desea saberlo, yo propondría que la princesa no fuera en ninguno de los carruajes —dijo dejándola sin aire—. Sería más adecuado que fuera a caballo con el rostro cubierto, mientras usted viaja en su lugar como señuelo.

Por un instante nadie reaccionó. Carla abrió los ojos de más, pero se recuperó sobre la marcha. Una vez más, Oliver predijo algo que ella nunca se habría imaginado.

—Fue una de mis ideas iniciales —respondió, controlando el temblor de su mano—, pero lamentablemente la princesa les tiene pánico a los caballos.

Soltó, tratando de mantener el tipo. Estaba preparada gracias al ingenio del comandante, pero había dado por sentado que no tendría que usar esa carta.

—Se cayó de uno cuando era pequeña y no ha sido capaz de volver a montar desde entonces —terminó, mirando al interior del vaso para esconderse.

Se le daba tan mal mentir…

Tenía la sensación de que aquellos ojos verdes eran capaces de leer su mente. No entendía por qué, pero no podía evitar desviar la mirada ante él cuando no decía toda la verdad. Rogaba que no se hubiera percatado de la indecisión que había demostrado.

—Entiendo —respondió Anthony, colocando una mano sobre su barbilla como si necesitara apoyarla para seguir sus pensamientos—. Es una pena, su protección sería mucho más sencilla si…

—Tiene razón —lo cortó Alice, desviando su atención de la cara que estaba poniendo Carla—, pero trabajaremos con lo que tenemos. Sus soldados han demostrado sobradamente sus capacidades. La princesa estará a salvo gracias a vosotros.

—Daremos nuestras vidas, si es necesario —interrumpió Hugo con solemnidad, dándose con el puño en el pecho.

—Preferiría que no lo fuera —respondió Carla apretando los labios—, pero le agradezco su dedicación.

Hugo le mostró todos sus dientes en una amplia sonrisa.

—Si no tenéis más preguntas, tengo un par de cosas que tratar con Alice antes de dormir…

—Gracias, Ana —respondió Anthony mientras ambos se levantaban.

—Buenas noches —dijeron juntos al atravesar la lona.

Alice se lanzó sobre Carla, tapándole la boca con ambas manos. Intentaba impedir que se escuchara la risotada que estaba a punto de soltar, pero se tropezó con la mesa. Las tazas de té resonaron al caer contra el suelo. Anthony entró de regreso por el escándalo, con su espada desenvainada.

—¿Todo bien? —preguntó desconcertado.

Ellas recogían el estropicio, como si no hubiera pasado nada.

—Ana se ha tropezado y ha tirado las tazas —explicó Alice, sin mostrar expresión alguna en su cara—. Será muy buena con las armas, pero es muy torpe en todo lo demás.

Carla seguía mirando al suelo, aguantándose como podía al percibir su retintín.

«Siempre metiendo el dedo en la llaga.»

—Pido perdón por entrar sin preaviso —las escrutó, receloso.

—No tiene que disculparse por el impulso de proteger a alguien —respondió Carla, ya recompuesta.

Él la miró con cierta sorpresa.

«Puede que no sea tan predecible después de todo.»

—Buenas noches —se despidió Anthony, casi en un susurro.

Ambas se quedaron quietas, en silencio, dejando pasar un tiempo prudencial.

—¡Por favor, Carla! —la regañó Alice, intentando no elevar la voz—. ¿De verdad? ¿No eres capaz de controlarte?

—¡Shhhh! —le chistó—. ¡No me llames así en el campamento!

—Lo siento. —Parecía exasperada—. ¿Podrías contenerte un poco, al menos? Sé que estás disfrutando de tu viaje, pero olvidas el papel que representas.

—Tienes razón —respondió, fingiendo pena—, pero ¡es que son muy graciosos!

Rompió en carcajadas sin contenerse, ahora que ya no podían oírla. Alice trató de mantenerse firme, pero una sonrisa traviesa se escapó a través de su máscara de hielo.

—¡Ana! —la reprendió.

—¡Lo siento! ¡De verdad! —consiguió decir, recuperando el aliento.

—¿Qué es tan divertido? —preguntaron a una voz Isobel y Alan desde la entrada.

Carla rompió a reír.

Ya no podía parar.

Las lágrimas le brotaban de los ojos sin control y los demás se le unieron sin remedio. Incluso Alice, por mucho que intentó resistirse, acabó cayendo.

Isobel los interrogó con su mirada autoritaria y los brazos en jarra cuando consiguió recobrar la compostura.

Su madre tomaba esa misma postura cuando las pillaba haciendo una trastada.

Lo peor de tenerla de doble no era que su vida corriera peligro.

No iba a dejar que le ocurriera nada, pero sentía que se estaba perdiendo lo mejor del viaje.

Tenía que permanecer en el carruaje todo el tiempo, así que se aseguraba de contarle lo sucedido en el día antes de dormir.

—Perdona —se disculpó, secándose la cara—, es que es tan divertido. Llevan haciéndolo desde que llegaron y ahora vosotros dos… —Le faltaba el aire.

—Los dos de Salm —cogió Alice el relevo al ver el desconcierto en sus caras—. Responden juntos, exactamente lo mismo, una y otra vez. Y esta no ha parado de reírse desde que nos vimos en tu caseta.

—Qué infantil —la reprendió Isobel—. ¡Diles algo, Alan!

Al mirarlo, se lo encontró tapándose la boca, con los hombros en movimiento, como si estuviera convulsionando.

—¿Tú también? ¿Cuándo vais a madurar? —se quejó Isobel.

—¡Ya, ya! —la aplacó él, cogiéndola del brazo para llevarla hasta los cojines—. Sé que ha sido un día largo, Isi, pero ¡quítate el jodido disfraz de una vez!

Isobel se dejó caer junto a su prima, entornando los ojos.

—Está bien —cedió ante el ambiente relajado—. Ahora cuéntame, ¿qué opinamos de nuestros invitados?

—Parece que Hugo solo muestra lo que es —señaló Alice, metida de nuevo en su dinámica imperturbable—. Tiene una apariencia algo temible. He oído que lo llaman el capitán de hielo , pero no parece mala persona.

—Anthony, es un misterio —intervino Carla, repuesta ante la llamada del deber—. No conseguí leer nada en su actitud. Parece un poco pedante, pero no puedo decir mucho más de él. Me intriga bastante, la verdad.

Recibió una mirada fugaz de su prima que no supo cómo interpretar.

—Le he pedido que viaje conmigo para tenerlo controlado. Es… demasiado inteligente. Tuve que darle la versión de que la princesa se cayó de un caballo. No sé si fue capaz de ver la mentira en mi cara, pero se quedó pensando.

—Bueno, habrá que tenerlo entretenido —propuso Alan en tono socarrón—. Viajará con Ana De Luca, ¡así que tendrás que probar tus armas de mujer!

Volvieron a reír cuando Carla le tiró un cojín en toda la cara. Pasaron horas hablando antes de dormir, descargando la tensión de aquel día. Solo se detuvieron cuando cayeron rendidos, tendidos en la estera de la caseta.

Era algo a lo que estaban acostumbrados. Carla los miró un instante, siendo siempre la última en quedarse dormida.

Se le escapó un suspiro al cerrar los ojos.

Con ellos a su lado, se encontraba segura.