La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

L a sorpresa dibujada en sus caras estuvo a punto de provocarle otra profunda carcajada a Carla.

Esa nueva perspectiva, disfrazada de Ana de Luca, le estaba regalando momentos inolvidables y, sin duda, ese era uno de ellos.

No quería ser descortés, pero le estaba costando bastante no reírse por lo divertida que le resultaba la situación.

Se veía claramente que los dos capitanes eran muy cercanos.

Debían llevar mucho tiempo trabajando juntos.

Respondían del mismo modo a todo lo que se decía en la caseta.

Su prima Isobel, metida de lleno en su papel de princesa, no hacía más que enviarle miradas de ruego para que se controlara.

Hizo lo que pudo por no darle más problemas de los que ya le estaba dando y se contuvo antes de seguir adelante.

Cuando le contó su plan a Oliver, este lo aceptó, pero con salvedades.

La más importante era precisamente este escenario.

Carla estaba convencida de que no enviarían capitanes al recibir su misiva, pero el comandante le expuso que podría darse el caso de que no llegara a tiempo o que simplemente lo hiciera y decidieran ignorarla.

No podía adivinar cuál de los dos escenarios era, pero había dos capitanes frente a ella y los acompañarían durante todo el viaje.

Estaba mal visto ocultar su rostro ante personas con su rango.

Tenía que poner en marcha su plan B : presentarse junto a la princesa y no antes.

Así no tendrían dudas de quién era la doble.

Carla no había quedado muy convencida. No creía que fuera a funcionar, pero las palabras de Oliver fueron muy convincentes.

—Si estuviera en el lugar de un capitán que se presenta ante las dos a la vez, ¿a quién identificaría como la princesa Carla?

¿A una capitán, con el cuerpo formado, curtida por el sol y seguramente desaliñada?

¿O a una dama recién salida de su carruaje, vestida con sus mejores ropas y una piel fina y blanca como la nieve?

—Recordó lo que le había dicho aquella tarde.

No había forma de rebatirle.

Estaba claro que, en esas condiciones, sin maquillaje y con el uniforme, Carla nunca pasaría por una princesa de verdad.

—Si sucede, deje que saquen sus propias conclusiones —le había aconsejado Oliver y eso haría.

Carla cruzó la mirada con su prima, transmitiéndose lo que pensaban sin abrir la boca.

Había funcionado.

Aunque a Isobel se le daba mejor el protocolo y los entresijos de la corte, se estaba divirtiendo casi tanto como ella.

Aquella situación les recordaba a cuando se intercambiaban siendo niñas para hacer trastadas en el palacio.

Solo dejaron de hacerlo cuando su prima tuvo que marcharse después de la muerte del rey.

—Ahora lo entiendo —dijo de pronto el capitán Ferner, mirándola con cierto orgullo—. Era por esto por lo que no quiso presentarse en el bosque, ¿cierto? Si se hubiera quitado la capucha, se habría puesto en evidencia que es usted la doble de su alteza.

Carla elevó la comisura de la boca a modo de respuesta.

La capacidad de predicción de Oliver no dejaba de sorprenderla.

—Ruego nos disculpéis —intervino Isobel—. Ana solo seguía mis órdenes. Como bien ha dicho, es de gran importancia que no se vea su rostro en público.

—Lo comprendo perfectamente —respondió Ferner con una inclinación de cabeza—. Reconozco que el parecido es extraordinario, aunque basta ser un poco observador para ver las diferencias.

Se estaba jactando de poder distinguirlas.

—Las manos de su alteza están bien cuidadas y su piel carece de imperfecciones, como la porcelana más hermosa —continuó él con su discurso triunfal—. Mientras que es apreciable que las de la capitán están curtidas por su duro entrenamiento.

«¿Apreciable? ¡Qué caballeroso de su parte! He oído modos peores de despreciar el estado de mis manos», pensó Carla, disfrutando con la escena de teatro.

—Eso podría maquillarse, está claro, y sería difícil distinguirlas entonces, pero hay algunos rasgos que las diferencian —parecía que no había terminado sus observaciones—.

Su cabello es menos rizado y más oscuro.

De un tono más cercano al vino. Sus ojos son de un precioso color esmeralda, mientras los de la capitán son más apagados, como verde aguamarina.

El movimiento de los hombros de Alan al otro lado de la caseta la estaba distrayendo, pero se negaba a mirar o acabaría tendida en el suelo, riéndose.

—Supongo que es una ventaja poder verlas juntas. No creo que nadie se diera cuenta del engaño si las conocieran por separado —se recreó en el final de su monólogo—. ¿Cómo es posible que sean tan parecidas, Alteza?

Carla lo veía tan complacido con toda la retahíla que había soltado, que le dio hasta pena. ¿Parecería tan orgulloso cuando descubriera el engaño?

«¿Se puede ser más pedante?»

—He tenido la gran suerte de que mi prima naciera solo un año después de mí —respondió Isobel con una mirada de afecto—. Ana es mi mejor compañera.

—La suerte es mía, mi princesa —respondió Carla devolviéndosela—. Estaré a su lado por siempre.

Ambas mantuvieron un momento cómplice, pero Isobel se lo robó retirándole la mirada demasiado pronto.

Carla nunca estaría lo suficientemente agradecida por tenerla.

—Bien, si nos permite —dijo, dando por terminado el espectáculo—. Una vez hechas las presentaciones pertinentes, creo que es momento de que nos retiremos para organizarnos. ¿Está de acuerdo, capitán Ferner?

—Si su alteza lo permite —respondió él, haciendo una descomunal reverencia ante Isobel.

Carla puso los ojos en blanco por reflejo.

—La seguimos. —La esperaba en la entrada, abriéndole paso.

«Qué innecesario», pensó Carla, mientras volvía a ponerse la capucha y la máscara.

—Dejo a la princesa en tus manos, Alan —dijo antes de salir.

Los demás la siguieron hasta su caseta de campaña. La de la princesa se encontraba flanqueada por otras cinco. Justo en el medio para mejor protección.

O eso debía parecer.

—Adelante —les invitó al entrar con el brazo extendido, indicando que podían sentarse donde quisieran.

Señalaba la mesilla baja que había en el medio con seis cojines a su alrededor.

La estancia no era ostentosa. Solo había otra mesa alta donde se encontraba una jarra con agua y la jofaina. Y en el fondo, la estera donde estaban tendidas las pieles y mantas para dormir.

Diana estaba junto a ella, colocando el contenido del petate con diligencia. Era su ordenanza y su doncella. Pero, sobre todo, era como una hermana para Carla.

—¿Podrías traer té para todos? —le pidió, arrugando la nariz cuando solo ella podía verla.

Ella asintió con una sonrisa, desapareciendo al pasar la lona.

Carla se liberó de la capucha que había llevado todo el día.

Dejó escapar un suspiro de alivio mientras dejaba las armas.

La caseta estaba lo suficientemente cálida como para quitarse la chaqueta y desabrocharse los primeros botones de la camisa, procurando que el cuello no le quedara al descubierto.

Necesitaba ponerse cómoda antes de enfrentar ese nuevo contratiempo.

Alice colocó su espada a un lado al sentarse en uno de los cojines. Y taladró con esa gélida mirada suya a los que, para ella, eran intrusos. Los capitanes estaban parados en la entrada, observando los movimientos de ambas sin decir palabra.

—¿Se van a quedar ahí mirando? —preguntó Alice sin cortarse un pelo, al ver que no se decidían.

—De ningún modo —volvieron a responder a la vez.

Otra carcajada se le atragantó a Carla al escucharlos. Fingió estornudar al darse cuenta de que se le había escapado.  No tuvo éxito, pero decidió seguir como si nada y lavarse la cara.

Cuando se acercó a la mesita, ya se habían sentado, tratando de mantener su porte en un cojín en el suelo. Se les veía algo incómodos con aquella postura tan rígida.

Se lo estaban poniendo muy difícil.

Así era imposible no reírse. Isobel ya iba a echarle la bronca. No quería que Alice la reprendiera también.

—Bien, empecemos —dijo, respirando dos veces antes de continuar—. Lo primero, si no les importa, y ya que vamos a pasar los próximos quince días viajando juntos… ¿Podríamos dejar a un lado el protocolo?

La sorpresa apareció en la cara del capitán Ferner y una pequeña mueca, que parecía dolorosa, en la de su compañero.

—Pueden llamarme Ana, sin más —continuó—.

Me parece innecesaria tanta pompa. Vamos a trabajar codo con codo y será todo más fácil si nos llamamos por nuestros nombres.

Si tengo que decir capitán Ferner o capitán De Wit en cada ocasión, perderemos mucho tiempo, ¿no creen?

—terminó, dejando claro que no pretendía ser amable, sino práctica.

La sorpresa se había quedado fijada en sus caras. Se giraron hacia Alice, buscando corroborar si la habían entendido bien o si era una broma.

—Soy Alice —los liberó ella con frialdad—. A mi hermano podéis llamarlo Alan. En nuestro caso, es aún más necesario. Al llamar al capitán De Visser saldremos dos corriendo hacia vosotros —sentenció, dejándolos sin saber si buscaba hacer una gracia o no.

Carla se tapó la boca intentando disimular. Ahí estaba su amiga, siendo ella misma.

—Solo Hugo —aceptó, con un tono amable—. Nunca se me ha dado bien el protocolo. ¿Qué opina usted, capitán Ferner?

Anthony frunció el ceño al mirar a su compañero. Era evidente que lo estaba provocando.

Carla no sabía cómo interpretarlo. Le resultaba extraño. Mientras Hugo desprendía sinceridad por los poros, su compañero parecía desconfiar de todo y de todos. Necesitaría más tiempo para poder ver sus intenciones.

Lo mantendría cerca.

Había algo que no le terminaba de encajar.

—Si le molesta, podemos seguir usando los rangos. —Los cortó en su modo más pragmático—. Tan solo era una petición, pero no quiero incomodarle.

—No lo hace. Con Anthony será más sencillo —respondió, dejando claro que entendía que no era una cuestión de confianza.

—¡Bien! Pues es hora de organizarnos para evitar malentendidos.