CAPÍTULO 3 #2
Se quitó la capucha por deferencia al cargo de ambos e inclinó la cabeza en señal de respeto. Tendría la misma edad que Kiran. Tuvo que retener un ligero escalofrío cuando se encontró con su mirada. Nunca había visto unos ojos de un color tan cálido como la miel dirigir tanta frialdad.
Solo pudo tragar saliva y devolverle el gélido saludo.
Ya habían hecho las presentaciones; faltaba…
Todos se giraron para mirar a la escolta a la espera de que hiciera lo propio. La mujer se dio la vuelta y comenzó a caminar en dirección al convoy con un suspiro de frustración.
Los ignoró deliberadamente.
—Antes de presentarme, deben acudir ante su alteza, la princesa Carla —aclaró.
La seguridad que desprendía gritaba a los cuatro vientos que no necesitaba pedir perdón ni tampoco permiso.
Continuó sin mirar atrás.
Hugo y la capitán de Visser la siguieron de regreso. Kiran tardó unos minutos en recuperar la compostura.
«¡¿Qué demonios acaba de suceder?!», pensó, antes de ir tras ellos.
Al llegar al camino, los soldados estaban realizando su tarea.
Cargaban a los heridos en la carreta médica de Frisia.
Atendían a los prisioneros atados y de rodillas como les había ordenado.
Buscó a la escolta y la encontró junto a uno de los carruajes.
Sus miradas se encontraron y la mujer se acercó a él con paso firme.
—Moveremos a los pelotones y el convoy al claro que se encuentra allí —le dijo señalando con el dedo—. Montaremos el campamento hasta que lleguen los soldados del puesto de guardia. Gracias por enviar a su hombre a por ellos.
—De acuerdo —respondió, avasallado por su autoridad.
Hugo tomó el mando a su lado, organizando al pelotón en su lugar.
—¡Acamparemos por lo que queda de día! —comenzó ella a dar órdenes, casi sin respirar—.
¡Oficial médico! Pida toda la ayuda que necesite.
¡Los soldados heridos, que puedan caminar, que sigan a la carreta médica!
¡Capitán de Visser, hágase cargo de los caídos!
¡Capitán Alice, encárguese de que todos los caballos lleguen al campamento!
—¡Sí, señora! —respondieron al unísono, moviéndose sin perder el tiempo.
Kiran estaba parado, mirándola. La fuerza que desprendía aquella mujer era algo increíble.
Parecía arrasarlo todo a su paso, pero en realidad…
era absoluta lealtad lo que recibía. Siguió dando instrucciones hasta que todo estuvo en el lugar adecuado.
Volvió a acercarse a él al ver que no se había movido en lo más mínimo.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó con frialdad—. Debería ir a que le vean la herida del cuello…
—No es una prioridad —volvió en sí—. ¿Necesita algo más de mis hombres?
—Veinte soldados que escolten el carruaje de la princesa Carla.
—Cuente con ello —le prometió, mirando a Hugo de reojo—. ¿Algo más?
—Sí, mientras no establezcamos la cadena de mando, necesito que esté junto a mí para ordenar a sus soldados, o… ¿Prefiere que se lo pida al capitán de Wit? —preguntó con cierto tono de condescendencia en su voz.
—No es necesario. Yo me quedaré a su lado —soltó sin ocultar que le habían ofendido sus palabras—. ¡Sargento! Primer y segundo escuadrón con usted. Escoltad el carruaje de la princesa y mantened la formación.
No sabía por qué había tenido ese arranque tan infantil. Con una sola mirada, Hugo se habría encargado de todo sin tener siquiera que elevar la voz. Se mordió el labio por dentro mientras la seguía en silencio hasta los caballos.
Todos marcharon en cuanto ella se subió a su montura.
Al llegar al claro, siguió a la escolta por todo el convoy.
Controlaba todo lo que sucedía con absoluto rigor.
Y cuando decía todo, era realmente todo.
Desde el estado de los heridos hasta el alimento de los caballos.
Al fin pareció que había quedado satisfecha; había comenzado a caminar sin ordenar nada.
Cuando se dio cuenta, lo había guiado hasta la carreta médica.
—Espere aquí —le ordenó, señalándole el lugar con el dedo.
Al volver, lo empujó sin delicadeza alguna, dejándolo apoyado sobre la rueda. Le agarró la cabeza sin pedirle permiso, girándola hasta exponer el cuello de Kiran. Él se estremeció ante el contacto de sus manos heladas.
—Pero ¿qué? —preguntó desconcertado, antes de ver de lo que pretendía—. Esto no es necesario.
—Es solo un momento —le respondió con calma mientras le limpiaba el corte con diligencia.
El pequeño bote que sujetaba ante él desprendía un fuerte olor a alcohol y a hierbas medicinales.
Le penetraba la nariz, llegándole directamente al cerebro, pero no quería perderla de vista.
Se mantuvo, siguiendo el movimiento de sus manos, con cuidado.
Si algo le había quedado claro, era que esa mujer podía arrancarle la vida sin molestarse demasiado.
—No fue profundo —lo trajo ella de vuelta de sus pensamientos—, pero es importante limpiarla, por muy pequeña que pueda parecer.
—Se lo agradezco… —Dejó en el aire sus palabras, esperando que se percatara de que no sabía cómo dirigirse a ella.
—Ya le dije que primero debe presentar sus respetos a la princesa —respondió, mirándolo con determinación—. En cuanto la caseta esté lista, tendrá una audiencia con usted y su compañero. Así podremos presentarnos como es debido y establecer la cadena de mando.
«Otra vez con la cadena de mando», se contrarió Kiran.
Al encontrarse tan cerca, pudo ver algunos mechones del color cobre que se arremolinaban alrededor de su cara. Olía a hierbas y su piel estaba bronceada como la de cualquier soldado. Una pequeña arruga se creó en su entrecejo, concentrada en lo que estaba haciendo. Se movía con soltura.
No era la primera vez que curaba a alguien.
—¡Listo! —exclamó haciendo una excesiva reverencia al terminar de envolverle el cuello con una ligera venda.
No podía ver su cara, pero el brillo de sus ojos, verde aguamarina, le hizo imaginar que había sonreído.
—Continuemos —lo llamó, girándose sin esperar respuesta.
Kiran volvió a seguirla, sin poder contener una sonrisa ante aquel acto tan espontáneo. Se había mostrado tan fría al conocerla y ahora, no parecía la misma persona.
Cuando el torbellino de aquella tarde pasó y cuando el campamento estuvo preparado, fueron llamados ante la princesa.
Al entrar, ambos se inclinaron mirando al suelo, a la espera de que se dirigiera a ellos para poder levantarse.
—Por favor —los llamó una elegante voz femenina—. Nos habéis salvado esta mañana. No es necesario tanto protocolo. Quiero conocer vuestros nombres.
—Hugo De Wit, capitán de la Guardia Real de Salm. A su servicio, Alteza.
—Anthony Ferner, capitán de la Guardia Real de Salm. Es un honor, Alteza.
Levantaron la cabeza hacia donde se encontraba la que sin duda era la princesa.
Llevaba un vestido color crema que acentuaba su figura y realzaba el color rojizo de su cabello.
Sonreía cortésmente, mirándolos con sus grandes ojos color esmeralda.
A su derecha, se encontraba la escolta todavía encapuchada, y a su izquierda, la capitán de Visser y un hombre que se parecía mucho a ella.
Ahora que lo pensaba, antes había nombrado a un capitán De Visser y a la capitán Alice. ¿Serían hermanos?
—Carla De Meredith Pratt, princesa del reino de Frisia —se presentó formalmente—. Os estoy muy agradecida.
—Era nuestro deber —respondieron al unísono Kiran y Hugo.
—Creo que ya conocéis a Alice, ¿verdad?
—Sí, tenemos el placer —volvieron a responder a la vez.
—Creo que no le he agradecido que parara a su compañera cuando estaba a punto de cortarme el cuello —sonrió Kiran de manera forzada, tal y como le habían enseñado—. Gracias, le debo mi vida —terminó en una reverencia.
—No se preocupe —le respondió ella con frialdad.
El ambiente se volvió aún más tenso, quedándose en un silencio demasiado largo para ser cordial.
—Les presento a Alan de Visser —lo rompió la princesa, apurada por la situación—. Capitán de la Guardia Real de Frisia. Como deben imaginar, son hermanos mellizos.
—Un placer conoceros, agradecemos vuestra ayuda —dijo Alan, con simple cortesía.
Kiran tuvo la certeza de que no los querían allí.
—Era nuestro deber —respondieron, inclinándose.
Una carcajada ahogada resonó en la caseta, seguida de una tos fingida que pretendía disimularla.
Ambos dirigieron su mirada sorprendida hacia la escolta.
—Permitidme presentaros a Ana de Luca, capitán de la Guardia Real de Frisia —aclaró la princesa con una sonrisa rígida, en señal de disculpa por la risa de su subordinada—. Es nuestro miembro más joven, pero no por ello menos capaz.
Entonces, ella se quitó la capucha, descubriendo su rostro. Las mandíbulas de Kiran y Hugo cayeron, dejando sus bocas casi tan abiertas como lo estaban sus ojos.
Había una razón evidente por la que no se había mostrado en el claro.
La princesa Carla y la capitán Ana de Luca eran idénticas.