CAPÍTULO 3
L a puerta del fondo del pasillo estaba cada vez más cerca.
Un niño era arrastrado por una mujer de cabello rubio, mientras se resistía.
La oscuridad los engullía con cada paso que daban.
Ella tiraba con dureza del brazo del pequeño.
Él se retorcía con todas sus fuerzas. No podía liberarse. Sus uñas se clavaban, haciéndole daño.
Se ahogaba.
—¡No! ¡Por favor! —gritaba entre llantos—. Madre… por favor, no quiero… no me lleves ahí.
—Tú mismo te lo has buscado —le respondió sin levantar la voz—. Tienes un deber que cumplir. Si no haces lo que se te dice, tendrás que aprender a acarrear las consecuencias.
—Por… favor —imploraba aterrado—, yo solo quería jugar con mi hermano. —El cuerpo le temblaba cada vez más—. ¡Seré bueno! ¡No quiero! ¡Me da miedo!
—Aprenderás a ser obediente —respondió ella sin inmutarse—. Si quieres convertirte en un buen hijo, debes saber cómo comportarte. Volverás a este cuarto todas las veces que sean necesarias hasta que lo entiendas.
La mujer abrió la puerta y lanzó a su hijo al interior sin sutileza alguna. Los ojos del niño, verdes como el ámbar, la miraban anegados en lágrimas.
Quería rogarle, pero las palabras ya no le salían.
—Si quieres llegar a algo en esta vida, cumplirás con lo que se te ordene —lo corrigió, erguida en la puerta de aquella oscura habitación—. Mientras no actúes como se espera de ti, no conseguirás ganarte tu lugar en esta familia —sentenció, mirándolo con desagrado mientras cerraba de un portazo.
Kiran se despertó del golpe. El sudor le cubría la piel por completo. El latido del corazón le retumbaba en la cabeza. Miraba de un lado a otro sin saber dónde se encontraba, hasta que la lona que hacía las veces de techo lo trajo de vuelta.
Era la caseta de campaña.
Seguía de viaje.
Trató de controlarse. Respiró varias veces, lentamente. Cada vez parecían más reales aquellas pesadillas. Desde que había recibido la misiva de su madre, eran aún peores. Al enterarse de que se había marchado del palacio, había entrado en cólera y se lo había dejado muy claro en su carta.
Kiran no se había creído capaz de contradecirla, pero lo hizo. Aunque su cuerpo y su mente lo rechazaban.
Dejó caer los pies por el borde de la hamaca.
Necesitaba moverse.
El agua de la jofaina estaba helada, pero se la echó por encima, intentando que se llevara aquella sensación que le había atravesado la piel.
Se secaba con una toalla cuando Hugo apareció en la entrada.
—¿Ya está despierto, mi señor? —le preguntó, sin poder ocultar la preocupación en su rostro—. Necesita dormir más.
—¿Qué ocurre, Hugo? —evitó la conversación.
—Nos pondremos en marcha en una hora. En tres horas más llegaremos al punto de reunión.
Hacía días que habían cruzado el río Rines, la frontera que compartían ambos reinos, adentrándose en el ducado de Braber.
Aparte del frío y el ataque de unos bandidos bastante incompetentes, el viaje transcurrió sin incidentes.
Habían decidido acampar pronto la noche anterior para llegar frescos al encuentro con la princesa Carla.
—De acuerdo —respondió como un autómata—, estaré listo para partir enseguida.
—Mi señor —comenzó él, pero quedó en silencio al verle la cara y abandonó la caseta.
El desánimo se había apoderado de Kiran durante todo el trayecto.
Con cada día que pasaba, estaba menos seguro de la decisión que había tomado.
Desafiar a su madre iba en contra de lo que le habían inculcado.
El terror no se adueñaba de él si no tenía a su madre de frente, pero esa sensación que le agarraba al pecho solo de pensar en lo que le esperaba al volver…
Había eliminado todo deseo propio de su mente para complacerla.
Pronto aprendió que, si hacía lo que ella demandaba, lo trataba con ternura y afecto, pero cuando la contrariaba, su desprecio era absoluto.
La sensación de vacío cuando miraba a su hijo como si fuera un desecho del que quería desprenderse… lo bloqueaba.
El pánico por volver a padecerlo lo estaba aplastando.
No sabía qué hacer.
Emprendió el viaje para vivir de modo distinto, animado por las palabras de su hermana, pero Marcia no estaba allí para sostenerlo. Ahora, era tarde para regresar. Solo podía seguir adelante, intentando no pensarlo demasiado.
Todos estaban preparados para partir hacia su destino.
Una vez más, Kiran subió a su caballo y el pelotón lo imitó para comenzar el último tramo del viaje antes de emprender la vuelta. Había ido hasta allí para conocer a la princesa y eso haría.
Al menos serviría para algo.
Cabalgaron tranquilos durante las tres horas siguientes.
Los bosques caducos a su alrededor apenas tenían hojas de otoño en sus ramas.
Los colores rojizos de la estación creaban tupidas mantas a ambos lados del camino.
El sonido del agua y el movimiento del caballo lo distraían de los pensamientos que amenazaban con devolverlo a su estado de apatía permanente.
Estaban a punto de llegar cuando el inconfundible sonido del metal chocando entre sí les alcanzó de repente.
Los cascos del caballo del vigía retornaban al trote hasta el pelotón, sacándolo del pequeño atisbo de paz que había encontrado.
—Mi capitán —llamó el soldado dirigiéndose a Hugo—, ¡un grupo de sesenta hombres está atacando el convoy de la princesa!
—¡En marcha! —ordenó, sin dudar.
Llegaron al galope, metiéndose en la escaramuza de lleno. Al verse superados en número, muchos de los atacantes retrocedieron por el bosque, desapareciendo entre los árboles. Tras una breve reyerta, desarmaron a los que seguían luchando y se hicieron con el control en muy poco tiempo.
El pelotón de Brielle, que custodiaba el convoy de la princesa, había partido con cincuenta hombres. Ahora, tan solo quedaban cuarenta soldados en plenas condiciones. Diez de ellos habían resultado gravemente heridos; Kiran no creía que pudieran continuar el viaje.
—¡Atended a los heridos! —ordenó, metiéndose en el papel de capitán—. ¡Retened a los atacantes de rodillas junto al camino! ¡Sargento! Vaya al siguiente puesto de guardia para que se hagan cargo de los prisioneros.
Se giró, asegurándose de que actuaban como lo había pedido, cuando escuchó el resonar del acero que venía de entre los árboles. Percibió movimientos de enfrentamiento y sus pies reaccionaron, llevándolo al bosque sin darle tiempo a pensarlo.
A unos cincuenta metros, en un pequeño claro, había una mujer vestida con el uniforme de Frisia.
Su cabeza estaba cubierta por una capucha blanca y su rostro por una máscara del mismo color.
Luchaba contra cuatro enemigos a la vez.
Estaba rodeada por todos los flancos. Aun así, se mantenía firme.
Sostenía sin vacilar su espada y cuchillo. No retrocedía.
Kiran acudió en su ayuda.
Los asaltantes se lanzaron con sus armas en alto hacia ella.
La escolta se adelantó unos pasos, bloqueando el embate que caía sobre su cabeza.
Su rodilla se elevó, golpeando entre las piernas al que tenía de frente.
Se escabulló por el hueco que acababa de abrir, zafándose del encierro al que querían someterla.
Se movía a tal velocidad que no podían reaccionar.
Uno a uno fueron cayendo. Hundía su cuchillo con una precisión letal. No demostraba temor alguno.
Para cuando Kiran los alcanzó, no quedaba ni uno en pie.
Jamás había visto a nadie luchar de ese modo.
Esa seguridad, incluso diría temeridad… Parecía no importarle en lo más mínimo su desventaja en tamaño y fuerza.
Ensimismado en sus movimientos, se acercó por su espalda sin apenas darse cuenta, cuando su espada lo embistió.
Se había girado de golpe al presentirlo.
Y él apenas tuvo tiempo de detener su estocada. Ambos habían reaccionado por instinto.
Quiso explicarse, decirle que era un aliado, pero ella no le dio opción.
Enlazaba un ataque tras otro sin cesar. Era rápida, tan rápida que casi no conseguía seguirle el ritmo.
Kiran se defendía como podía, apartando sus inagotables acometidas.
La escolta deslizó sus armas, cruzadas entre sí, hasta apresar la espada de Kiran.
Con un giro certero le arrancó la hoja de entre los dedos, dejándola caer al suelo.
Sin dejarle reaccionar, se impulsó sobre él con su cuchillo.
Sintió frío del acero bajo la nuez, erizándole la piel.
Ella estaba tan cerca que podía ver el vacío de sus ojos.
Parecía estar en una especie de frenesí.
No había rastro de vacilación ante lo que estaba a punto de hacer.
Entonces, Kiran supo que iba a morir.
De una manera tan absurda que estaba a punto de soltar una carcajada, cuando un grito junto a ellos la interrumpió, en el momento justo en el que iba a rajarle el cuello.
—¡Deténgase, capitán De Luca! —gritó otra mujer con la misma indumentaria—. Pertenece al pelotón de Issel.
Ella dio un salto hacia atrás, casi como si le hubiera caído un rayo encima.
—Mis disculpas —se apartó, guardando el cuchillo—. Creí que era uno de ellos.
—Lo comprendo —consiguió decir, frotándose el cuello donde una gota de sangre había comenzado a brotar—. No debí acercarme sin avisar.
Tomó aire un momento, sin poder apartar la mirada de ella.
—Permítame presentarme —continuó Kiran—. Anthony Ferner, capitán de la Guardia Real de Salm. He venido para custodiar a la princesa hasta la capital.
—¿Capitán ha dicho? —preguntó ella, mirándolo fijamente a través del hueco de su máscara—. Se solicitó que no acudieran más que soldados en la comitiva.
—No fuimos informados —intervino una voz a sus espaldas—. Hugo De Wit, capitán de la Guardia Real de Salm —se presentó en respuesta a su mirada inquisitiva.
—Alice De Visser, capitán de la Guardia Real de Frisia —se presentó la mujer que la había detenido.