CAPÍTULO 2 #2
—¡Je! —rio él al verla dudar—. Ha crecido mucho desde que la acogí como mi pupila —dijo de pronto con un aire de nostalgia—, pero a veces, puedo ver a esa niña traviesa que tenía ideas demasiado extrañas. Andaba siempre experimentando con todo, y yo, ¡ya no sabía qué hacer!
Carla levantó la mirada, encontrándose aquellos ojos como el azul del cielo. Podían parecer fríos, pero para ella… eran tan cálidos que la envolvían.
—Ahora se ha convertido en una joven dama —siguió, ampliando su sonrisa cargada de orgullo—, aunque a veces me pregunto si tomé la mejor decisión al entrenarla como un soldado más.
—Hiciste lo que debías —soltó ella sin dudar—. Estoy viva gracias a ti.
Volvió a bajar la mirada, apretándose el dedo índice con fuerza. Lo hacía siempre que se ponía nerviosa y, aunque era consciente de ello, no conseguía evitarlo. El comandante le cogió la mano, calmándola al encontrarse con su contacto.
Carla levantó la vista, suspirando con fuerza.
—Ahí están —le dijo él, con una dulzura que no coincidía con su aspecto—. Esos ojos, tan parecidos a… —Se detuvo un segundo, haciendo una pequeña mueca de dolor.
Fue tan leve que hubiera pasado desapercibida para cualquiera, pero no para ella.
—Me recuerdan a las aguas de las islas del sur. —Se recompuso enseguida—. En sus playas de arena blanca, cuando el sol brilla, el verde aguamarina de su mar te atrapa y no puedes dejar de admirarlo.
Carla se sonrojó. No le gustaba que hablaran de ella de ese modo.
Era consciente de que no se parecía en nada a lo que debía ser una princesa.
Su piel estaba bronceada como la de los soldados.
La piel blanca la había abandonado por pasar tanto tiempo entrenando al sol.
Sus pecas se habían multiplicado y sus cicatrices…
—Y bien, ¿en qué puedo ayudarla? —preguntó Oliver con curiosidad, sacándola del pozo en el que se estaba metiendo ella sola—. Debo reconocer que me tiene intrigado. Nunca ha pedido nada y algo me dice que hoy ha llegado ese día, ¿estoy en lo cierto?
—¿Tan predecible soy?
—Solo para mí. —Esa pequeña sonrisa de orgullo, que guardaba para ella, iluminó su cara—. Cuénteme, ¿qué está tramando?
—Bien, comandante —respondió, poniéndose firme como si fuera a hacer su informe de misión—. He leído lo que tiene previsto para mi viaje y estoy de acuerdo con lo descrito en casi todo. Se me ha ocurrido una idea que asegurará mi protección.
Esperó un momento, buscando una reacción visible en su cara, pero no hubo respuesta.
—Debería llevar a mi doble conmigo —continuó, alentada por un rayo de esperanza—. Ella irá en el carruaje y yo de incógnito como su escolta. Viajaré como capitán de la Guardia Real.
Seguía sin responder y Carla comenzaba a ponerse nerviosa.
—Solamente serían conscientes de ello mis escoltas y mi señuelo. Los soldados me verán como su capitán y nada más. Yo…
Se atragantó.
Se estaba justificando y no sabía por qué.
El comandante la miraba, cavilando en silencio. No mostraba ni rastro de lo que pasaba por su cabeza. Carla pensaba que era maravilloso cómo aquel hombre podía decírtelo todo con su mirada y, a la vez, no decirte nada.
Ella no tenía esa capacidad, ni de lejos.
Era un libro abierto. Había aprendido a interaccionar lo menos posible hasta averiguar las intenciones de la persona con la que trataba. Podía controlarse si, simplemente, era cordial.
—Di algo… por favor —se dejó caer, como hacía solo ante él.
—Bien —dijo al fin, con su tono de maestro—. Explíqueme más sobre esa estrategia suya. Veo unas cuantas lagunas y quiero saber si las ha contemplado.
—Sí —afirmó emocionada—. Para que nadie pueda reconocerme, utilizaré mi capucha de la guardia.
Siendo invierno, todo el pelotón podrá llevarla puesta.
Alan y Alice me acompañarán como escoltas.
Isobel, mi prima, irá en el carruaje como la princesa Carla.
En los otros dos irán las dos sirvientas de señuelo, tal y como estaba planeado —continuó, envalentonada por la emoción—.
Los soldados de Salm se reunirán con nosotros en la frontera con Braber.
Se regocijó al ver cómo él asentía, conforme con lo que describía.
—Solicitaremos que no envíen capitanes ni nobles en su comitiva. —Ahora no podía detenerse—. Alegaremos que es para evitar problemas en la cadena de mando. Si solo hay soldados, no correré el riesgo de que me reconozcan. Y si no hay nobles, no podré cruzarme con ellos al llegar al palacio de Issel.
Soltó un suspiro al terminar con una sonrisa satisfecha, esperando con ansia su reacción.
—Veo que le ha dado muchas vueltas, aunque, si me lo permite, hay algunas cosas que perfilar antes de su partida.
—¿Mi partida? —preguntó, con los ojos abiertos de par en par—. ¿Quieres decir que estás de acuerdo? ¿Así sin más?
El comandante no pudo evitar reír a carcajadas ante la cara que debía haber puesto.
—Te estás burlando de mí —murmuró, afligida por haberse hecho ilusiones ante una broma.
—¡Claro que no! Es solo que he disfrutado mucho de su cara. Sigue sin poder controlar su rostro —le reprochó con su habitual sutileza—. Es fascinante cómo puede llegar a expresar tanto sin decir una sola palabra.
—Entonces, mi querido Oliver —se acercó al comandante lentamente—. ¿Eso quiere decir que podré hacerlo?
—Sí.
Carla saltó sobre él, envolviéndolo en un abrazo y riendo sin control.
—¡No sabes lo feliz que soy! —gritó, extasiada—. Creía que no lo aceptarías.
—Es un buen plan —dijo él, acariciándole la cabeza antes de apartarla suavemente—, solo habrá que perfilarlo un poco. Debería confiar más en sus capacidades, mi princesa. Nunca me ha pedido nada, por mucho que lo quisiera desde el fondo de su corazón.
El pecho de Carla se encogió cuando la miró con tanta ternura.
—Siempre ha pensado primero en el reino. Se ha sacrificado por su deber. Maduró demasiado pronto, sometida a mucha presión para cumplir con el último deseo de su padre. —Cogió aire antes de continuar—. Me duele pensar que… se ha olvidado de sus sueños.
—No puedo permitirme cosas tan banales —respondió, mirándose las manos de nuevo.
—Entonces, ¿por qué ha trabajado tanto? Se ha arriesgado a pedirme que apruebe su plan. Si no lo deseara, lo habría dejado pasar.
Ella se quedó en silencio al reconocerse en su certeza.
—Su padre quería, sobre todo, que fuera feliz. —Le levantó la cara con cautela, mirándola a los ojos—. No lo olvide nunca, por favor. O todo el esfuerzo que hemos hecho en estos últimos trece años habrá sido en vano. ¿Recuerda las palabras que le dijo su padre aquella noche?
Las recordaba, tan claramente, como el brillo de las lágrimas en sus ojos verdes al despedirse de ella.
—Estar vivo no es lo mismo que vivir —recitó, como si fuera un salmo—. Nunca entendí qué quiso decir.
—Es natural. —Sonrió él, buscando consolarla—. Solo tenía tres años. No es raro que no pudiera comprenderlo. Lo es que aún pueda recordarlo. Creo que en este viaje podrá llegar a entenderlo.
Carla lo miró, viendo en su cara un acertijo para el que no estaba preparada.
Tal vez tuviera razón.
O quizás ese nuevo camino se convirtiera en lo que había sido hasta ahora: otra carga que la pondría a prueba, una vez más.