CAPÍTULO 2
F altaba solo una semana para su partida al reino de Salm.
Carla había aceptado la propuesta de matrimonio del príncipe Kiran, hermano del nuevo rey, al día siguiente del ataque en el palacio.
La situación no hacía más que empeorar. Varias de las casas nobles de Frisia se unían a la facción liderada por el duque de Braber.
Cada vez era más directo, no se escondía en su intención de arrebatarle el derecho que le correspondía a Carla y entregárselo a Luke su hermano pequeño.
La rabia la consumía.
En Frisia, el primer hijo era el heredero al trono, independientemente de su sexo.
Esa era la ley. No entendía su reticencia.
Únicamente escuchaba excusas del tipo de «cuando quede embarazada no podrá gobernar» o «una mujer tan joven no debería perder su belleza ostentando un peso tan grande en sus delicadas manos».
Solo la intervención de sus escoltas impidió que les rompiera la cara a algunos miembros del consejo ese mismo día.
Se había quedado sin opciones.
Tenía tres años cuando su padre, el rey Noah, murió de una enfermedad en los pulmones. Había perdido a su mayor apoyo, pero lo peor llegó después.
Su madre la desplazó para volver a casarse con el duque de Braber, casi sin guardar el luto.
Las misivas con propuestas de compromiso llegaron junto a las de pésame.
Ni siquiera se molestaron en disimular que ella era un goloso premio que todos ansiaban poseer.
El reino se sumió en un torbellino de acontecimientos que la arrastraron a su paso.
Se encontró indefensa.
Sin nadie que la ayudara a comprender lo que estaba pasando. Y cuando ya creía que nada podía ir a peor, comenzaron las amenazas y los intentos de asesinarla.
Solo una persona la acogió bajo su protección.
El comandante de la Guardia Real, Oliver Peacock.
Era el mejor amigo de su padre, y prometió que la protegería en su lecho de muerte.
No era una persona que supiera tratar a niños, ni mucho menos a una niña.
Quiso protegerla estando a su lado todo el tiempo, pero pronto vio que era imposible.
Tras aquel… incidente, que casi le costó la vida con solo cinco años, el comandante decidió que el mejor modo era instruirla.
Tenía que poder defenderse por sí misma, aunque él no la perdiera de vista.
A pesar de su empeño por mantenerla viva, nunca imaginó que la política sería lo que acabaría con ella. No supo adelantarse a que quisieran evitar su coronación.
Para el comandante Oliver, la ley era sagrada.
Creyó que, si llegaba a la mayoría de edad, sería reina.
Se había equivocado y ahora era demasiado tarde para mirar atrás. Una trama muy compleja se estaba extendiendo como una enfermedad en lo más profundo de la corte.
Entre todas las propuestas de matrimonio, llegadas de todas las partes del mundo, Carla había elegido la del reino de Salm.
La razón era clara.
Necesitaba su poder militar para que todos volvieran al redil. Si conseguía un acuerdo de matrimonio con el príncipe Kiran, dejaría claro que tenía medios para defender su derecho al trono.
Su padre creía que el mejor medio para la paz era una fuerza de guerra disuasoria. Carla no estaba del todo convencida.
Solo podía esperar que tuviera razón.
Se aliaría con su vecino más próximo, famoso por poseer el mejor de los ejércitos. Aunque hubiera un golpe de Estado, podría restaurar el orden enseguida. Con el contrato de compromiso, los vientos comenzarían a calmarse.
Y con su matrimonio, se disiparían.
Lo apostaría todo para que Frisia no fuera dividida.
Era su deber y nada más importaba.
Tampoco es que creyera en el amor, así que no pasaba nada…
Ese día se vería con Oliver para terminar los preparativos del viaje. Quería proponerle su plan. Había estado pensando mucho en ello. Esa podía ser su única oportunidad para descubrir lo que había más allá de la capital.
Nunca había salido de la ciudad de Brielle y ansiaba atravesar sus murallas antes de someterse a lo que se esperaba de ella.
No quería desaprovecharlo.
Necesitaba ver el mundo con sus propios ojos, vivirlo, aunque fuera por una sola vez.
Serían veinticinco días de viaje hasta la ciudad de Issel, la capital de Salm. Debía acudir para realizar su promesa matrimonial. En su cultura, era un ritual inamovible. La pareja que quisiera contraer matrimonio debía prometerlo ante el altar de la catedral, unidos por una banda ceremonial.
Al principio, Carla no estaba muy segura de hacerlo. Si se casaban en Frisia aquello no era necesario, pero al pensar en las oportunidades que le brindaba aquel largo viaje, cambió de idea.
Ahora, debía convencer a su tutor para que le permitiera modificar el plan con unas ligeras… sugerencias.
Si le salía mal, pasaría los próximos veinticinco días encerrada en un carruaje, con sus veinticinco días de vuelta. Carla agitó la cabeza para borrar ese lúgubre pensamiento. Debía convencer a Oliver de que su plan era la mejor opción.
Sin darse cuenta, había llegado a las caballerizas, absorta en sus pensamientos.
El comandante insistía en cuidar él mismo de su caballo y ella había cogido la misma costumbre.
Ambos se veían cada tarde para cepillarlos y revisar que estuvieran en las mejores condiciones.
Le había enseñado que la confianza entre la montura y su jinete podía ser la diferencia entre la vida y la muerte en una batalla.
—Comandante Oliver —lo llamó a su espalda—. ¿Qué tal el día de hoy?
—Buenas tardes, princesa —se giró y le hizo su acostumbrada reverencia—. Ha sido un día agitado con la preparación de su viaje.
—Es cierto, hoy tenemos la reunión para terminar con los detalles, ¿no? —fingió no recordarlo.
—Iremos juntos desde aquí, si su alteza lo permite…
—¿Cuándo vas a dejar las formalidades? —preguntó, irritada, mientras cogía el cepillo de su caballo—. ¿Cuántas veces tengo que pedírtelo?
—No importa las veces que lo pida —respondió él con un suspiro por tener que repetirse una vez más—. Soy su siervo y vasallo. Debo dirigirme a usted con el respeto que merece.
—Nunca te he considerado mi siervo —escupió—, aunque siempre has querido mantener esa brecha entre nosotros, yo… te considero mi familia.
Respiró dos veces antes de continuar.
—Eres el único que ha cuidado de mí desde que papá nos dejó —se detuvo, mirándolo a la cara con cierto pudor—, pero si tanto te molesta, dejaré de pedírtelo. Puedes dirigirte a mí como te apetezca. ¡Yo haré lo mismo!
—Le agradezco su comprensión —respondió firme, pero con una ligera sonrisa de orgullo—. No esperaba menos de usted.
El comandante tenía la misma edad que habría tenido su padre si siguiera con vida.
Fueron amigos desde su infancia y el rey Noah no confiaba en nadie como en Oliver. Carla había heredado su confianza y la había afianzado con cada acto y palabra que había tenido hacia ella.
—Hola, Vuur —saludó a su caballo con afecto, acariciándole la frente—. ¿Te han tratado bien?
Un ligero relincho brotó de sus oscuros labios como respuesta. Parecía feliz.
Carla lo adoraba. Le daba mucha pena no poder llevarlo consigo, pero no podía arriesgarse a que lo reconocieran.
Eso, si el comandante aceptaba su propuesta…
Mientras atendían a los caballos, no podía dejar de mirarle en busca de una señal de su estado de ánimo. Si se encontraba de buen humor, a lo mejor sería más fácil que aceptara su idea.
Era un hombre curtido, su piel estaba bronceada y sus manos decían a gritos que había sido soldado durante toda su vida.
Su cabello, en otro tiempo negro azabache, ahora estaba adornado con infinidad de canas a modo de mechones, con uno más grande que los demás por encima de su oreja.
El comandante podía expresar cualquier cosa con la intensidad de sus ojos.
Carla siempre había pensado que, en su juventud, le debieron haber llovido las ofertas de matrimonio, pero él decidió servir solo al rey hasta el último de sus días.
«Es un caballero como los de antes», pensó para sí misma.
—¿Qué le ronda la cabeza, mi princesa? —le preguntó, sobresaltándola—. Está demasiado distraída.
—Sabes bien en lo que pienso —sonrió ella—. A veces creo que puedes leer mi mente.
—Sé que piensa en su viaje y creo que está tramando algo, pero no soy adivino.
Carla tuvo que contener una carcajada al ver su expresión redicha al responder.
—Te lo contaré luego, si te parece bien.
Oliver solo asintió.
Admiraba su determinación y su paz. Se dejó contagiar por la sensación que transmitía, mientras continuaban sus tareas de forma mecánica.
El silencio los envolvía. El temblor que le había aparecido en el labio, al pensar en contarle lo que planeaba, se fue calmando poco a poco con cada movimiento.
El olor del establo la calmaba, pero él …
con solo tenerle cerca, toda sensación de urgencia desaparecía.
Cuando acabaron, volvieron juntos al palacio.
—¿Podemos dar un rodeo por el jardín? —preguntó Carla, aunque casi era un ruego—. Quiero que nuestra reunión de hoy sea privada.
Un ligero fruncido entre sus cejas le dijo que no tenía ni idea de lo que tramaba. Eso la hizo sentir un poco mejor. Le dedicó una pequeña sonrisa a modo de chantaje, aprovechándose de su incertidumbre.
—Como desee —aceptó él, dejándose contagiar.
Caminaron en silencio hasta el cenador al final del jardín. Un enorme jazmín blanco lo decoraba, entrelazando sus ramas sobre él. Habían llegado hasta allí sin necesidad de compartir el destino.
Era el lugar preferido de Carla. Allí jugaba con su padre al escondite los días de primavera.
Aunque era muy pequeña, aún podía recordarle contando contra el poste de madera.
Ella reía y gritaba de la emoción, buscando un sitio para esconderse.
Estar allí siempre la hacía sentir mejor, por muy mal que se encontrara.
Ocuparon los asientos de piedra junto a la mesa y el comandante la miró expectante.
Al encontrarse con su mirada, Carla no supo por dónde empezar. Inclinó la cabeza, mirándose las manos.