CAPÍTULO 1 #2
—¡Sí, la tienes! —le insistió, cogiéndole la cara con las dos manos, evitando que volviera a bajar la cabeza—. ¡ Vivir !
Kiran abrió los ojos de la sorpresa.
—Sé que ahora mismo tienes un millón de preguntas —le dijo como si pudiera leerle la mente—. Pero, dime una cosa, ¿qué prefieres? ¿Quedarte sin hacer nada, dejando que la corriente te lleve? ¿O intentar cambiar su curso?
No tenía respuesta para ella.
—Podrás equivocarte, incluso caerte. Podrás acabar como empezaste, pero te aseguro que el dolor de no intentarlo, de ver cómo los demás deciden, será mucho mayor que el de fracasar.
—Me da miedo —respondió, mirándola fijamente.
—El miedo forma parte de todo, hermano, pero no hay mayor satisfacción que superarlo. No importa si sale bien o mal. Dar el primer paso… es la fuerza que lo mueve todo.
Una ligera carcajada se escapó de los labios de Kiran al verla levantar el brazo como un forzudo del circo.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan sabia?
—¡Ja, ja! No se lo cuentes a nadie, o dañarás mi reputación. Recuerda que soy una muñeca de porcelana.
—Creo que deberías seguir tu propio consejo…
—¿De dónde crees que he sacado el discurso? —presumió, con su mejor sonrisa—. No hace falta que todos sepan lo que haces. ¡Solo hazlo a tu manera!
Kiran se quedó en silencio, luchando contra los oscuros pensamientos que lo avasallaban sin darle tregua. No era posible… no podía…
—Hace mucho tiempo… —empezó Marcia, como si le estuviera contando uno de sus cuentos—.
Había un niño cuyo pelo brillaba como la miel al sol del jardín.
Su astucia, su manera intrépida de afrontar cada aventura que vivía en el palacio, llevaba a la niñera al borde del colapso.
—Se estaba burlando un poco de él—. Estoy convencida de que ese niño sigue dentro de ti.
Solo tienes que sacarlo a la luz —lo alentó, revolviéndole el cabello, como si volviera a ser aquel pequeño—.
Por favor, Kiran, quiero volver a ver tus ojos brillar como lo hacían.
Escondía dolor tras su amable sonrisa.
—Yo estaré aquí, pase lo que pase —sentenció ella, tratando de recuperar el control.
—Está bien, enana —respondió Kiran, provocándola—. Si tú me lo pides, no puedo negártelo.
—Respeta a tu hermana mayor, canijo. —Le dio un suave coscorrón, sin poder esconder su sonrisa satisfecha—. Bien, empecemos entonces, ¿cuál es la estrategia para este primer juego?
Unos pasos a su espalda sacaron a Kiran del recuerdo que había sido el inicio de aquel plan. Ese día haría el primer movimiento, y los demás vendrían uno tras otro. Los tenía todos preparados para continuar.
—Mi príncipe —lo llamó su segundo.
Hugo De Wit era su hombre de confianza. Su asistente, compañero y amigo.
Estaba al tanto de todo; no se lo confiaría a nadie más.
Se conocían desde niños y había permanecido junto a él todo el tiempo.
Se había convertido en capitán del tercer pelotón de la Guardia Real y en el encargado de la custodia de Kiran por sus propios medios.
Nunca le permitió que interfiriera durante su ascenso.
Parecía que su cuerpo había vuelto a crecer.
El tamaño de sus músculos ya duplicaba el de los de Kiran.
Era enorme e intimidaba solo con su presencia, pero era la persona más humana y amable que había conocido.
Su cabello gris y sus ojos de un azul oscuro le habían hecho ganarse el apodo de capitán de hielo.
Nada más lejos de la realidad.
Hugo tenía un gran corazón y rebosaba tenacidad en todo lo que hacía.
—Debes dejar de llamarme príncipe desde ya o no serás capaz de mantener la tapadera durante el viaje —respondió, sonriéndole.
—¡Sí, mi señor! —afirmó él, cuadrándose de manera exagerada—. ¡A sus órdenes!
—Déjate de bromas de buena mañana, que aún no ha salido el sol —lo reprendió en tono jocoso—. ¿Está todo listo para nuestra marcha a Frisia?
—Estamos preparados. Tardaremos quince días en cruzar la frontera y tres días más en alcanzar el ducado de Braber, donde nos encontraremos con la comitiva de la princesa —comenzó su habitual informe—.
Se ha comunicado a la Casa Real que acudirá un pelotón para su custodia hasta el reino de Salm.
Han pedido que no viajen capitanes, para que no haya conflictos de mando, pero he hecho oídos sordos.
Alegaremos que no llegó el último mensaje.
Nadie, salvo el tercer pelotón, sabe que marchará con nosotros.
—Veo que lo tienes controlado, amigo mío —respondió poniendo una mano sobre su hombro—. Te agradezco todo lo que haces…
—Ya debería saber que no me dejo convencer con halagos —respondió él, con una sonrisa perversa—. Tendrá que llevarme a beber cuando estemos de vuelta. Llevo mucho tiempo esperando a que suceda. ¡Ahora no podrá negarse!
—¡Trato hecho! —aceptó Kiran, contagiado por su entusiasmo—. Cuando regresemos, te dejaré llevarme a esa tasca de mala muerte que frecuentas.
Hugo se colocó junto a su caballo, como todos los demás soldados, esperando a que su líder montara.
Hombres formados, a quienes confiaba su vida sin dudarlo.
Kiran echó una mirada al castillo buscando en la oscuridad una señal en una ventana en concreto.
Marcia tenía una vela en el alféizar y levantaba su mano a modo de despedida.
Lo animaba en silencio, pero… el cuerpo le tembló al pensar en las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer.
« Vive », escuchó la voz de su padre de nuevo.
Agarró con decisión la silla y subió al caballo con agilidad. Todo el pelotón lo imitó casi de manera sincronizada.
—¡Avanzad! —gritó Kiran, adelantándose a ellos.
No sabía lo que se iba a encontrar. Solo que, por una vez en su vida, era él quien dirigía las riendas.
No importaba dónde terminara su camino.