CAPÍTULO 1
A ún no despuntaba el alba cuando el príncipe Kiran llegó a los establos.
Cincuenta hombres de la Guardia Real se encontraban formando junto a la entrada.
El resoplido de los caballos emanaba una densa nube de vaho.
Diciembre no era el mes más adecuado para un viaje, pero ese invierno parecía que no sería demasiado crudo.
Las temperaturas les permitirían la ida y la vuelta sin demasiada complicación.
La misión de escoltar a la que sería la prometida de Kiran fue encargada al primer pelotón. Era lo adecuado, pero él tenía otros planes. Deseaba conocerla antes que la familia real. Antes que su madre. No quería que pudiera pervertir lo que la princesa Carla fuera en realidad.
Necesitó de toda la fuerza de voluntad que le quedaba para prepararse.
No debía notarse su ausencia, al menos hasta que estuviera lo suficientemente lejos para que no pudiera obligarle a regresar.
Jamás había tenido pretensión alguna para sí mismo; sería la primera vez.
Tras la reciente muerte de su padre, el rey Damian, algo en su interior se rompió.
Las palabras que le dijo lo atormentaban, dándoles vueltas en la cabeza.
Siempre supo lo que se esperaba de él. Tenía que cumplir con su deber, pero no era lo que su padre se había esforzado en decir en sus últimos instantes.
Mientras aseguraba las cinchas de su montura, no pudo evitar recordar la noche en la que los había dejado.
Toda la familia salió de la cama ante la llamada urgente de los sirvientes. El rey los había convocado a su lecho, embargado por la urgencia de quien sabe que no le queda mucho tiempo.
Se despidió de ellos, uno a uno.
Primero de Víctor, su heredero, con palabras de aliento para el futuro que le esperaba. Luego de Marcia, rogándole que sostuviera a sus hermanos con su inagotable fuerza. Y sus últimas palabras fueron para el menor: Kiran.
—Vive, mi pequeño… —le dijo antes de que el aliento lo abandonara.
Durante meses resonaron en su interior. No entendía por qué había dicho aquella palabra, solo aquella.
« Vive ».
Necesitaba saber qué quiso decirle con eso. Le habían impuesto un cometido. No podía apartarlo y elegir un camino diferente.
Su padre le había enseñado que incumplir su deber era faltar a una promesa. No era lo que pretendía decir. Estaba seguro… ¿O no?
Cuando un mes atrás llegó la misiva con la noticia de que la princesa Carla, heredera al trono de Frisia, aceptaba la propuesta de compromiso del reino de Salm, todo se revolvió de nuevo.
Aquello para lo que su madre lo había preparado desde que tenía siete años podía convertirse en una realidad, pero esa palabra seguía rondándolo una y otra vez.
« Vive ».
El tormento al que se estaba sometiendo debía reflejársele en la cara. Su hermana Marcia acudió aquella noche a su dormitorio, a pesar de que lo tenía prohibido.
Una leve llamada en la puerta precedió al terremoto que estaba a punto de sufrir Kiran en su vida.
Entró sin esperar respuesta con una sonrisa que solo guardaba para su hermano pequeño.
Era bajita como su madre, pero muy esbelta.
Se decía de ella que era la más hermosa del reino de Salm.
Era la princesa de cuento de hadas que todos soñaban, pero Marcia lo odiaba.
Siempre la juzgaban por su aspecto. Todos la trataban como si fuera una muñeca a punto de romperse; todos menos el rey Damian.
Con la luz tenue de las velas, no se podía apreciar lo que ella llamaba sus dos defectos.
Tenía un pequeño lunar, casi una peca, sobre el labio.
Sus ojos eran de distinto color. Uno de ellos era de un verde más oscuro que el otro.
Aquellas dos pequeñas rarezas eran su escudo.
Con ellas no era perfecta y le encantaba poder echárselo en cara a su madre.
—¿Estás despierto, hermanito? —le preguntó, juguetona.
—Me estás viendo leer, Marcia —respondió, con un marcado tono condescendiente—, sabes que no puedes entrar aquí.
—Encima de que me preocupo por ti…
—¿Qué quieres? —preguntó con un suspiro de frustración.
—No puedes seguir así. —Su sonrisa desapareció—. Apenas comes ni duermes desde que nuestro padre nos dejó. Tienes algo rondándote en esa cabeza tan dura tuya, pero no eres capaz de hablarlo con nadie.
—Tampoco es que tenga a quién acudir —respondió con terquedad—. No creo que nadie más que nuestro padre pueda darme una respuesta y eso… ya no es posible.
—No voy a tenértelo en cuenta. —Lo miró con rencor, herida por su comentario—. ¿Cómo lo sabes si no lo intentas?
Kiran levantó la cabeza del libro y ella lo recibió con una expresión cargada de fascinación.
—Sí, tus ojos son los más hermosos que han habitado el palacio de Issel —afirmó ella—. Ese color es la combinación perfecta entre los de Víctor y los míos. Son como dos joyas de ámbar verde, tan difíciles de encontrar como tu mirada.
Marcia no hacía más que repetir lo hermosos que eran. Sus ojos eran de color verde oliva como los de su madre. Los de Víctor eran de un ámbar brillante, como los de su padre. Los de Kiran eran una parte de cada uno de ellos.
—Antes brillaban de felicidad —continuó, sonriendo ante el recuerdo—.
Cuando eras solo un niño, contagiabas a todo el que se cruzaba en tu camino con esa luz que desprendías.
Se ha ido perdiendo poco a poco mientras acatabas las órdenes de nuestra madre.
Pero ahora, ya ni siquiera puedo reconocerte.
Se detuvo un instante, mirándolo con ternura.
—¿Qué es lo que te atormenta? —le rogó, con los ojos humedecidos—. Puedes confiar en mí.
Él suspiró.
No era capaz de verla llorar.
Aun con su temperamento, era de lágrima fácil.
—Las palabras de nuestro padre —dijo Kiran, bajando la cabeza, mirándose las palmas de las manos—, más bien una en particular: Vive —la repitió en voz alta, sintiendo cómo se le encogía el estómago al escucharla.
—Entiendo. No encuentras la razón por la que te la dijo, ¿verdad?
Kiran no respondió.
Sabía que lo comprendería; siempre lo hacía.
Marcia se acercó a la butaca y se puso de rodillas frente a él. Agachó su cabeza intentando mirarlo a los ojos, dejando que su melena, del color del trigo, le cayera sobre las manos aún extendidas.
—Déjame verte, por favor —le suplicó.
La obedeció.
Ella le cogió las manos, juntándolas entre las suyas con fuerza.
—Sé que nuestro padre estaba arrepentido —le dijo, con los ojos ya anegados en lágrimas—.
Él quería que pudieras elegir, que tu matrimonio no fuera impuesto, al igual que el mío y el de Víctor.
Me… me lo dijo unos días antes de… —Respiró con fuerza, parecía a punto de romperse—.
Juré que no lo contaría, pero no puedo soportar verte así.
Suspiró, como si tratara de empujarse a continuar.
—Le hizo una promesa a nuestra madre. —Continuó con calma—. Le ofreció un regalo el día en que naciste. El que fuera, sin condiciones. La quería de verdad, ¿sabes? Nunca imaginó que lo utilizaría para obtener beneficio. Ella pidió poder decidir nuestros compromisos sin que interviniera.
»Padre, no podía romper una promesa. Por eso se lo concedió. Cuando llegó la noticia de que el rey Noah había fallecido y que la princesa Carla sería su heredera, nuestra madre se enfocó en convertirte en su pretendiente.
Kiran podía ver cómo la rabia crecía en su expresión.
—En un principio, él no tuvo objeciones.
Sería un buen matrimonio para ti, de eso no cabía duda, pero luego ella empezó a exigirte demasiado.
Cuando padre vio cómo te estaba afectando…
quiso detenerla. Discutían a diario por cómo te trataba.
Con siete años, era una carga demasiado grande para cualquiera.
Tragó saliva con fuerza, tratando de contenerse, aunque sus mejillas ya brillaban a la luz de las velas.
—No sé si fue su culpa o no —dijo, apretándole un poco más las manos—, pero sí puedo decirte que solo se arrepentía de dos cosas en su vida y una de ellas era que no pudieras vivir como quisieras. Lo atormentaba que tu forma de ser estuviera siendo eclipsada por una moldeada por nuestra madre.
Las lágrimas amenazaron a Kiran con derramarse; hacía todo lo posible por contenerlas. Aquella terrible verdad, que se esforzaba por esconder dentro de él, su hermana la había expuesto con claridad. Luchaba contra eso, porque sabía que no valdría de nada.
Era real, su madre lo había intimidado y manipulado durante años, pero escucharlo con tanta precisión fue demasiado.
No consiguió retenerlas.
Al final brotaron y cayeron sin control, quemándole del mismo modo que lo hicieron sus palabras. Marcia había roto el escudo que lo había mantenido durante meses, incluso durante todos estos años.
Lo había dejado al descubierto.
Se tiró sobre sus brazos y lloró sin consuelo. Ella no lo soltó en ningún momento; lo abrazó con todas sus fuerzas.
—¿Qué debo hacer? —preguntó al conseguir recuperar el aire que lo había abandonado durante el llanto—. ¿Acaso no debo cumplir con mi cometido? ¿Debo dejarlo todo y partir sin rumbo?
Se le encogió el pecho solo de pensarlo.
Era demasiado débil.
—No podría quedarme y contradecir a madre —aseguró, sintiéndose avergonzado—. Sabes que soy incapaz de hacerlo. La princesa ha aceptado la propuesta de compromiso, vendrá en el mes de diciembre para firmarla y será definitiva.
—Bueno, como decía padre, no hay nada definitivo, salvo la muerte —le respondió, secándole los ojos con una caricia—. Te llaman el príncipe estratega , ¿no es así? Nadie mejor que tú sabe que, durante la partida, todo puede cambiar.
—¿Qué quieres decir?
—No estás muy experimentado en la vida —le regaló una sonrisa socarrona—, pero sí en la estrategia.
Todos usamos lo que tenemos a mano. Haz tú lo mismo.
No te dejes vencer tan fácilmente. No hace falta que tumbes todo lo que conoces; solamente debes dar pequeños pasos hacia una meta, y esa será tu victoria.
—Pero… no tengo ninguna —respondió Kiran con tristeza.