La llamada del deber (La princesa enmascarada 1)
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Prólogo
L a gélida brisa del invierno golpeaba el rostro de Carla.
Las mejillas le hervían por la vergüenza y la rabia que había contenido en el salón de baile, mientras admiraba las vistas desde las alturas, mordiéndose el labio por la frustración.
La habían reclamado a una recepción celebrada en honor de otro pretendiente que su madre y el duque de Braber habían escogido sin pedirle su opinión.
Buscaban una alianza, ofreciéndola en matrimonio, obviando deliberadamente que ella era la heredera a la corona y no su hermano menor.
Las manos se le encogieron, apretando con fuerza la balaustrada.
La indignación la consumía por permitir que su madre la exhibiera como ganado ante muchachos a los que ni siquiera miraría; no por su posición, sino por la arrogancia infinita que le demostraban.
Todos los pretendientes que le habían impuesto en el último año se creían con derecho a tratar de intimidarla o incluso poseerla.
Había asumido las consecuencias por ponerlos en su lugar demasiadas veces.
No se arrepentía de nada.
Estaba cansada. Seguía sin entender por qué pretendían apartarla. No había renunciado a la corona y no lo haría. La ley era clara y su padre lo había sellado con su última voluntad.
Un profundo suspiro le brotó de los labios.
Agachó la cabeza, dejándola caer entre los brazos extendidos, con su pelo rizado deslizándose ante ella.
—Joder, Carla —se recriminó en voz alta—, ya va siendo hora de que tomes una decisión.
Los sonidos de la música y el gentío se habían ido apagando poco a poco, hasta que solo quedó el suave roce de la gasa de su vestido, movido por el viento que soplaba en el balcón.
Los pies descalzos sobre el granito comenzaban a enrojecérsele por el frío.
Se había quitado los horribles zapatos de tacón que llevaba y se habría arrancado aquel apretado vestido de princesa perfecta si no necesitara ayuda para hacerlo.
La luna brillaba, alzándose en el horizonte.
Un color rosáceo, cercano al del vino, la envolvía por completo.
Algunos creían que era un mal augurio. Para otros, era el comienzo de algo importante.
Las viejas del mercado tenían su propia y cruenta leyenda.
Carla solo veía la belleza de su luz, reflejada en la laguna, más allá del bosque de álamos que rodeaba los jardines interiores del palacio.
El reino se había dividido en dos facciones en una lucha de poder por hacerse con el trono. De un lado estaban los partidarios de que su hermano menor debía ser coronado rey, a pesar de que no le correspondía. De otro, los que defendían acatar la ley y coronarla al llegar a los dieciocho años.
Cumpliría los diecisiete en tres meses. Debía ganarse a tres cuartas partes del consejo si quería que la reconocieran como heredera legítima antes de que fuera demasiado tarde.
Había intentado buscar apoyos entre los nobles, pero no se le daban bien los juegos que se libraban en las sombras de la corte.
Solo le quedaba una carta por jugar: encontrar un aliado lo suficientemente poderoso para acallar las voces que la consideraban incapaz de gobernar.
Un matrimonio político era su mejor baza para conseguirlo.
Sería una demostración de fuerza y estrategia que sin duda admirarían.
En Frisia o te imponías o pasaban por encima de ti.
Tal vez así podría ganarse su respeto… o eso se decía a sí misma para convencerse.
La realidad era que tener un hombre a su lado sería lo único que los convencería.
Si algo había averiguado en sus múltiples intentos de ganar adeptos, era que desconfiaban de su valía como gobernante por ser mujer.
A pesar de que el reino se jactaba de sus políticas en las que permitían a las mujeres trabajar y ejercer cualquier profesión, incluida la militar, no se las respetaba del mismo modo. No creían que pudieran controlar a los hombres que debían servir bajo su mando.
Esa era la única verdad escondida tras aquella absurda lucha.
Ignorarían la ley si con eso impedían que se sentara en el trono. No importaba que la alternativa fuera un niñato malcriado que no sabe ni atarse los pantalones sin su madre.
Levantó la cabeza, aspirando todo el aire que pudo. Trataba de calmarse cuando un escalofrío le recorrió la espalda.
Había algo…
El frío contacto del metal en el cuello la hizo estremecer. Antes de poder darse la vuelta, un intruso le había agarrado un brazo, retorciéndoselo a la espalda.
Si intentaba soltarse, se rompería el hombro.
De un tirón la obligó a girar, quedándose tras ella. Las puertas de cristal de su dormitorio se abrían. De su interior, salían tres encapuchados con su espada brillando bajo la luz de la luna.
Sus capas, de color verde oscuro, ya le eran conocidas. Sus rostros, cubiertos por una máscara, apenas dejaban ver sus ojos.
No era posible.
Se suponía que debía estar a salvo en el palacio de Brielle y, sin embargo, allí estaban.
La habían cogido desprevenida.
Apretó los dientes, conteniendo la lengua. Estaba a punto de soltar alguna barbaridad de las suyas y no debía dejar que saliera. Se mantuvo firme, a pesar de que la respiración de su atacante le producía una asquerosa sensación en la nuca.
Estaba demasiado cerca.
—Vas a venir con nosotros sin hacer ningún ruido, princesa —le susurró al oído, con un tono que pretendía ser seductor.
Carla contrajo el estómago, conteniendo la arcada que amagaba con salir al sentir su aliento.
—¿Eso crees? —respondió con determinación.
Impulsó la cabeza hacia atrás con la rapidez de un látigo, impactando de lleno contra su nariz.
Él retrocedió, soltándola al taparse la cara con la mano.
Al verse liberada, lo sujetó del brazo que aún la amenazaba con el cuchillo y tiró de él con fuerza.
Lo lanzó hacia delante, usando la cadera a modo de palanca, y lo dejó de espaldas ante ella.
Un profundo gemido de dolor salió de las entrañas del hombre al golpearse la cabeza contra el suelo.
Carla no perdió la oportunidad que le brindó la sorpresa en los asaltantes.
Sacó los cuchillos, escondidos bajo el vestido, y los clavó entre las costillas de su agresor.
Absorbió el temblor de su cuerpo cuando el acero lo perforó, sintiendo cómo su sangre lo inundaba por dentro, hasta que dejó de moverse.
Elevó la mirada hacia el resto, desafiándolos.
Una traviesa sonrisa se le dibujó en los labios al ver que los tres hombres dieron un paso atrás al arrancar los cuchillos del pecho de su compañero.
Se levantó muy lentamente, saboreando su miedo.
Eso era lo que se le daba bien.
No los vestidos o los zapatos.
Nada de flores ni joyas.
Las armas.
Se abalanzó hacia ellos sin darles tiempo a recomponerse. No era fuerte, pero sí ágil. En un instante, antes de que pudieran siquiera pestañear, solo quedaba uno en pie.
Una garganta rajada y un pulmón perforado dejaron a los otros fuera de combate.
No se lo esperaban.
No pudieron evitar su final.
—¿Quién… quién eres? —preguntó confuso, como si pensara que se habían equivocado de objetivo.
—Creía que habías venido a llevarme contigo.
Su boca se abría y cerraba como un pez fuera del agua, viendo cómo la sangre se extendía despacio bajo los cuerpos a sus pies.
—Mi nombre es Carla De Meredith Pratt, princesa de Frisia y heredera al trono. ¿No era a mí a quien buscabas?
No esperó una respuesta. En dos zancadas se puso frente a él, rompiéndole la nariz con la empuñadura.
Lo rodeó, escondiéndose tras las lágrimas que lo cegaban, y perforó su piel en busca de los riñones.
El calor brotó de sus heridas, tiñéndole las manos.
Nunca había tenido miedo de esa sensación.
Atravesar la carne y los músculos. Sentir cómo se desgarraban a su paso…
lo había aprendido desde muy joven. Se le había grabado en la memoria como el único modo de sobrevivir.
Tiró de los cuchillos con fuerza y lo dejó caer, empujándolo ligeramente hacia delante sin remordimientos.
Se detuvo un instante, mirando los cadáveres tendidos en el suelo.
La obligaban a tener que protegerse.
No había nadie que lo hiciera por ella.
No conocía otra forma de vivir desde que perdió a su padre.
Los pies la llevaron de vuelta a la balaustrada sin darse cuenta. El rojo carmesí destellaba en la piel de Carla bajo la luz rosada que bañaba el paisaje. Puede que las viejas tuvieran razón con sus leyendas. La luna de sangre, la llamaban.
En su amanecer, siempre aparecía algún cuerpo sin vida sobre un charco del mismo color.
La habían amenazado en el hogar de su familia.
Los mismos que llevaban persiguiéndola durante el último año; esa maldita organización que se vanagloriaba de su gran labor para con el reino. Clamaban que dejarla gobernar acabaría siendo la ruina de todos y que solo quedaba una opción: acabar con la vida de Carla.
Ya no quedaba nadie a quien acudir.
Estaba agotada de tener que mirar siempre por encima del hombro en busca del próximo intento. Había perdido la cuenta de las veces que habían tratado de asesinarla. Pero lo que realmente la cabreaba era lo que ocurría en el reino mientras aquella conjura continuaba.
El pueblo sufría las consecuencias desde que no había un rey sentado en su trono.
No podía permitirlo.
Tenía que ocupar el lugar que le correspondía.
Había llegado la hora de escoger el camino que la llevaría a terminar con todo.
Tenía que quemar su última carta.
Y ya había decidido cuál sería el mejor aliado.