16. Muy cansada
Roberto no grita.
Cruza el comedor despacio, sin quitarse el abrigo, y se para delante de la butaca. Me quita el móvil de la mano. No me lo arranca: lo coge, como se coge algo que te dan. Yo se lo doy. No sé por qué se lo doy. Los dedos se me abren solos.
Lo sostiene entre el pulgar y el índice, en alto, lejos del cuerpo, como algo sucio. Como un ratón muerto que se ha encontrado en la despensa. Lo mira por delante, por detrás. Mira la pantallita verde, donde todavía pone Llamada finalizada 03:48.
—Un Nokia —dice—. Qué nostalgia.
Le quita la tapa con la uña, igual que yo. Saca la batería. Saca la tarjeta. La pone en la palma de su mano, encima de la batería, y se queda mirándolas: un trocito de plástico y un rectángulo negro. Todo lo que tenía.
—¿Dónde está la otra?
No contesto.
—Paula. —El tercer tono, el suave—. El periódico decía «de difícil rastreo». Un teléfono de difícil rastreo no se compra con una sola tarjeta. Se compra con dos. ¿Dónde está la otra?
—En el altillo —digo—. En la caja de Navidad.
Lo digo enseguida. No lo pienso. Eso también es algo que aprendí el primer año: que lo que se le acaba diciendo siempre, se le acaba diciendo antes o después, y que lo que cambia es lo que cuesta.
Roberto asiente. Mira hacia arriba, hacia el techo, hacia el altillo que está encima del pasillo de arriba. Lo veo pensar en la caja. En las bolas de cristal de su madre envueltas en papel de seda. En las bolas rotas.
—La caja de mamá —dice, muy bajo.
Y por primera vez en once años, veo algo en su cara que no sé nombrar.
* * *
Lo que pasa después no lo voy a contar.
Solo diré que es en el costado, otra vez, en el mismo sitio del jueves pasado, que todavía no se había curado.
Que no me toca la cara. Que mientras pasa, el reloj da las diez menos cuarto y yo cuento las cuatro notas, y que eso es lo único en lo que pienso: en contar las notas.
Que dura menos de lo que he temido y más de lo que sé explicar.
Cuando termina, estoy en el suelo del salón, sobre la alfombra persa, encogida de lado. Respiro en trozos pequeños, porque si respiro hondo me duele.
Roberto se sienta en su butaca. Se quita el abrigo, por fin. Lo deja doblado en el brazo de la butaca. Se remanga la camisa, primero una manga y luego la otra, dos vueltas exactas cada una, hasta el codo.
—Va a venir —dice.
Lo miro desde el suelo.
—Has dicho tu nombre. Has dicho lo del reloj. Esa mujer no es tonta. —Mira el reloj—. Tardará veinte minutos. Media hora como mucho. Viene desde la Vila Olímpica.
No le pregunto cómo sabe dónde vive ella.
—Levántate.
Me levanto. Me cuesta. Me agarro al brazo de la butaca, al lado de su rodilla, y él no me ayuda ni me aparta.
—Sube y ponte el jersey de cachemira gris. El de cuello alto. Y los pantalones de lino. Lávate la cara con agua fría. Péinate. —Hace una pausa—. Y baja las pastillas.
—¿Qué pastillas?
—Las del doctor Pons. Las de la ansiedad.
* * *
Las pastillas del doctor Pons están en el cajón de mi mesilla desde hace cuatro años.
Lorazepam. Un miligramo. Me las recetó el doctor Pons, un psiquiatra amigo de Roberto, del Círculo, en una consulta de la calle Tuset con sillones de cuero verde. Fui porque Roberto dijo que me notaba «muy nerviosa últimamente» y que «eso hay que tratarlo».
El doctor Pons me hizo tres preguntas en cuarenta minutos. Roberto contestó otras veinte por mí. Salí con un diagnóstico: trastorno de ansiedad generalizada con episodios de desrealización.
Y una receta. Y una frase del doctor Pons en la puerta, con la mano en mi hombro: «Lo importante es que tienes un marido que te cuida mucho».
No me las tomo casi nunca. Me dejan la cabeza como algodón mojado. Pero las tengo. La caja está ahí, con la etiqueta de la farmacia, el nombre del médico, mi nombre y la fecha.
Bajo con el jersey gris de cuello alto, los pantalones de lino, la cara lavada y el pelo cepillado. La caja de lorazepam en la mano.
Roberto está en la cocina. Ha puesto agua a hervir en el cazo pequeño. Ha sacado dos tazas de las buenas, las de Limoges, y una lata de manzanilla con miel.
Me quita la caja de la mano y la deja encima de la encimera, bien a la vista, junto al azucarero.
Luego me mira. Me pone las dos manos en los hombros, muy suave. Me mira a los ojos como me miraba en la facultad, en su despacho de la tercera planta, cuando me explicaba la diferencia entre dolo y culpa.
—Escúchame bien, Paula. Esta noche has tenido un episodio. Uno de los tuyos. Te has asustado por lo del periódico, por todo lo que se dice de Garrido. Te has puesto nerviosa, te has imaginado cosas y has llamado a un número de emergencias.
No es la primera vez que te pasa. —Hace una pausa—. ¿Te acuerdas de lo del verano pasado? ¿Cuando llamaste a mi hermana a las cuatro de la mañana diciendo que había alguien en el jardín?
No me acuerdo. No llamé nunca a su hermana a las cuatro de la mañana.
—Sí —digo.
—Bien. Yo he vuelto antes del Círculo porque no me encontraba bien, te he encontrado así y te he tranquilizado. Y te he hecho una manzanilla. Y ahora estás mejor. —Me aprieta un poco los hombros—. ¿Estás mejor?
—Estoy mejor.
—¿Te duele algo?
El costado me arde como si tuviera un hierro dentro.
—No.
—Muy bien. —Me suelta—.
Recuerda una cosa más, cariño. Si dices otra cosa, cualquier otra cosa, esa mujer tendrá que llevárselo a un juez. Y yo estoy aforado. —Sonríe—.
Lo verá Ernesto.
El agua del cazo empieza a hervir. Roberto apaga el fuego.
Luego hace algo que no le he visto hacer nunca en once años.
Va al salón con el Nokia y la tarjeta en la mano. Se planta delante del reloj. Aprieta la moldura de la izquierda, en la base de la caja de madera, con el pulgar.
Se oye un clic pequeño, de madera vieja, y se abre un cajón diminuto, que no sabía que existía, del tamaño de una caja de cerillas. Dentro brilla algo de latón.
Roberto mete el teléfono y la tarjeta dentro. Cierra. Clic.
Se gira y me ve mirándolo desde la puerta de la cocina.
No dice nada. Me sostiene la mirada un segundo más, como si me diera permiso para haberlo visto, o como si quisiera que lo viera.
El reloj da las diez.
Suena el timbre.
* * *
La primera vez que la veo, está mojada.
Entra detrás de Roberto por el camino de piedra del jardín, y luego por la puerta, y luego en el salón, y la luz de la lámpara de pie le cae encima como si la hubieran puesto ahí para que yo la viera bien.
Es más bajita de lo que imaginaba. Más joven.
Tiene el pelo castaño recogido en una coleta torcida, mojada por la lluvia, y debajo de la chaqueta oscura asoma un pantalón de pijama de cuadros grises.
Lleva botas sin calcetines. Le veo el tobillo desnudo entre el pantalón y la bota.
Ha venido corriendo. Ha venido en pijama.
Por mí.
En la verja, al otro lado del jardín, veo dos uniformes. Un chico y una chica, jóvenes, quietos bajo la lluvia, sin entrar.
—Paula, cariño —dice Roberto—, esta es la inspectora Ferrer. De los Mossos.
Ella me mira.
No me mira como me miran los demás, la cara y el vestido y el pelo y la sonrisa. Me mira entera. Me mira las manos. Me mira el cuello alto del jersey gris. Me mira la manera en que estoy de pie, ligeramente inclinada hacia la izquierda, porque si me pongo recta el costado me grita.
—Buenas noches, Paula —dice. Es la voz del teléfono. La misma. Grave, lenta.
—Buenas noches.
—Siéntese, inspectora, por favor. —Roberto le señala el sofá—. Paula estaba preparando una manzanilla. ¿Le apetece una?
—No, gracias.
Ella no se sienta. Yo tampoco. Roberto sí, en su butaca, al lado del reloj, con las piernas cruzadas.
—Supongo que viene por la llamada de esta noche —dice—. Y le pido disculpas. De verdad. Siento mucho que haya tenido que venir hasta aquí, a estas horas, con este tiempo. —Abre las manos—. Mi mujer está en tratamiento, inspectora. Ansiedad generalizada.
Desde hace cuatro años. Tiene episodios. A veces se asusta, se imagina cosas y llama a gente. Esta semana, con todo lo que se ha publicado, con la tensión en el juzgado… —Suspira—.
Yo he vuelto antes del Círculo porque no me encontraba bien y me la he encontrado muy alterada. Ya está más tranquila. Le he dado su pastilla.
Señala hacia la cocina con la cabeza. Desde el salón se ve la encimera y, encima, la caja blanca de lorazepam, junto al azucarero.
La inspectora no mira la caja. Me mira a mí.
—Me gustaría hablar con Paula a solas un momento —dice.
Roberto no tarda ni un segundo.
—Por supuesto. —Se levanta—. Faltaría más. Es el protocolo, lo entiendo perfectamente. Estaré en la cocina.
Se va. Deja la puerta de la cocina abierta de par en par. Desde donde estoy lo veo, de pie junto a la encimera, sirviéndose la manzanilla en una de las tazas de Limoges. De espaldas. Pero en el cristal oscuro de la ventana de la cocina se refleja su cara, y su cara mira hacia aquí.
* * *
La inspectora da dos pasos hacia mí. Se pone de espaldas a la cocina, entre la puerta y yo, como un muro. Baja la voz hasta que es casi aire.
—Paula. Mírame.
La miro.
—Puedo sacarte de aquí ahora mismo. Ahora. Esta noche. Hay dos compañeros en la verja. Hay una casa de acogida con una cama hecha. No tienes que llevarte nada. No tienes que decir nada más que una palabra. —Se le mueve un músculo en la mandíbula—. Solo tienes que decir sí.
Pienso en la palabra. Es una sola sílaba. La he dicho mil veces al día durante once años. Sí, Roberto. Sí, señor.
Pienso en la Sala de lo Civil y Penal. En Ernesto Salcedo, con su piel de pergamino, sus ojos húmedos y su colonia de barbería, leyendo mi nombre en un papel encima de una mesa de madera noble.
Pienso en el doctor Pons. En la caja de lorazepam encima de la encimera. Trastorno de ansiedad generalizada con episodios de desrealización. En la hermana de Roberto, a la que no llamé nunca a las cuatro de la mañana, y que dirá que sí, que la llamé.
Pienso en lo que dije la primera noche, en el baño, con el grifo abierto: Si vienen a mi casa, me mata. Si no vienen, también.
Y luego, sin querer, pienso en la mano.
Pulgar: mi madre, que me llama Pilar. Índice: ya no. Corazón: nadie. Anular: nadie. Meñique: Claudia Ferrer.
Miro a la mujer que tengo delante. Las botas sin calcetines. El pantalón de pijama de cuadros, mojado hasta las rodillas. La coleta torcida. Ha cruzado Barcelona en pijama, de noche, con lluvia, por una voz que le dijo «Me llamo Pau» y se cortó.
Nadie ha cruzado nunca nada por mí.
La cambio de dedo. La pongo en el corazón.
—Sí —digo.
Me sale tan bajo que no sé si lo he dicho o solo lo he pensado. Pero ella lo ha oído.
Lo veo en su cara: algo que se suelta, un nudo, y que vuelve a atarse enseguida, más fuerte, porque ahora empieza lo difícil.
—Vale —dice, sin cambiar la voz—. No te separes de mí. No subas a por nada. No mires hacia la cocina.
Asiento.
Se gira hacia la puerta de la cocina. En el cristal de la ventana, la cara de Roberto ya no está.
—Señor Valcárcel.
Roberto sale de la cocina con la taza de Limoges en una mano y el platito en la otra. Camina despacio, con sus zapatillas de piel, sin hacer ruido sobre el suelo hidráulico. Deja la taza en la mesita auxiliar, junto a la lámpara, con mucho cuidado de que no tintinee.
—Dígame, inspectora.
—Su mujer se viene conmigo esta noche.
Espero el golpe. No el de la mano: el otro, el de la voz. El tercer tono, el suave, el que siempre viene antes de algo.
No llega.
Roberto me mira a mí. Luego a ella. Y sonríe, con la sonrisa de las tomas de posesión.
—Por supuesto —dice—. Me parece muy sensato. Si Paula necesita descansar fuera de casa unos días, después de una noche así, yo soy el primero que lo entiende. —Se vuelve hacia la cocina—. Paula, cariño, no te olvides las pastillas.
Va a la encimera, coge la caja blanca de lorazepam y vuelve con ella en la mano, extendida hacia mí.
La inspectora se pone en medio y la coge antes que yo.
—Ya me encargo yo —dice.
—Claro. —Roberto no deja de sonreír—. Una por la noche. Si tiene una crisis, otra. El doctor Pons está localizable a cualquier hora, su teléfono está en la caja. —Hace una pausa—.
Supongo que todo esto constará en su informe, inspectora. La medicación. El diagnóstico. Que he colaborado en todo.
—Constará todo —dice ella.
Lo dice de una manera que no sé si es una respuesta o una amenaza. Roberto tampoco lo sabe. Lo veo en el medio segundo que tarda en contestar.
—Estupendo.
Va al recibidor y vuelve con mi abrigo, el de lana camel, el que llevaba en la cafetería la mañana del azúcar. Lo sostiene abierto por los hombros, como Ernesto aquel día, con la misma educación de otra época.
—Abrígate. Hace frío fuera.
No me muevo. Él tampoco. Durante un segundo nos quedamos así, él con el abrigo abierto y yo con los brazos cruzados sobre el costado, y la inspectora a un paso de los dos, sin respirar.
Me doy la vuelta y meto los brazos en las mangas. Es lo más fácil. Es lo que he hecho siempre.
Al ajustarme el abrigo sobre los hombros, sus dedos me rozan la nuca, donde Eulàlia me vio las marcas. Se inclina hasta que su boca está a la altura de mi oreja y dice, muy bajo, con la voz de las cenas:
—Te vas a cansar, Paula. Siempre te cansas.
Luego se aparta, y es otra vez el anfitrión.
—Le acompaño hasta la verja, inspectora. Con este tiempo.