La llamada (Serie Inspectora Ferrer 1) 17. Habitación cuatro
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17. Habitación cuatro

El reloj da las diez y cuarto cuando cruzo el salón.

Cuatro notas que suben y bajan. Las oigo. No las cuento. Es la primera vez en once años que salgo de esta casa sin contar los cuartos, y me doy cuenta a mitad del camino de piedra, bajo la lluvia, con el paraguas de Roberto encima de nuestras cabezas y el brazalete frío contra la muñeca.

No me lo he quitado. No he podido. No sé abrirlo sin que él lo vea.

En la verja están los dos uniformes, el chico y la chica. La chica me mira el jersey de cuello alto y luego me mira la cara, y aparta la vista enseguida, como se aparta la vista de alguien que llora en el metro.

Roberto le dice algo a la inspectora al oído. No lo oigo. Ella no contesta. Luego Roberto cierra el paraguas, da media vuelta y vuelve por el camino de piedra hasta la puerta, sin prisa, sin girarse.

La puerta se cierra. Una vuelta de llave. Dos.

* * *

El coche de la inspectora huele a galletas y a niños. En el asiento de atrás hay una sillita de coche rosa con una mancha de zumo y un libro de pegatinas de princesas abierto en el suelo.

Pone la calefacción al máximo. Arranca. Los limpiaparabrisas van y vienen, despacio, como un péndulo.

Durante tres calles no decimos nada.

En el semáforo de la Via Augusta, sin mirarla, empiezo a hablar. No sé que voy a hacerlo hasta que lo hago.

—Me llamo Paula Ortiz Llorens.

Ella no me interrumpe. No me mira tampoco. Mantiene los ojos en el semáforo rojo, como si supiera que, si me mira, me callaré.

—Vivo en la calle Jaume Piquet, número veintidós.

El código de la alarma es uno, nueve, cero, seis.

Es el diecinueve de junio, el cumpleaños de su padre.

Me pega donde no se ve. En las costillas, en la espalda, en los muslos.

Desde el primer año. Esta noche me ha pegado dos veces antes de que llegaras.

No ha estado en el Círculo. No había ido.

Estaba en el jardín, esperando a que yo llamara.

El semáforo se pone verde. La inspectora no arranca. El coche de detrás no pita: es el de la patrulla.

—Lo tenía ensayado —digo—. Lo he ensayado tres días. Lo iba a decir por teléfono y no me salió nada. Se me fue todo cuando oí tu voz.

—Ahora te ha salido entero.

—Sí.

Arranca. Al cabo de un momento alarga la mano derecha, sin apartar la vista de la calzada, y la deja abierta encima del freno de mano, con la palma hacia arriba. No me toca. Solo la deja ahí.

Tardo dos semáforos en poner la mía encima.

* * *

En urgencias del Clínic me hacen una radiografía. Dos costillas fisuradas, la novena y la décima, en el lado izquierdo.

Y otras dos, más arriba, con un callo de fractura antiguo que el médico mira en la pantalla un buen rato antes de preguntarme, con mucho tacto, si me caí alguna vez por una escalera.

Digo que no. Es la primera vez que digo que no a esa pregunta.

Una médica joven, con las uñas cortas como las mías, me hace fotos del costado con una regla de plástico al lado, para que se vea el tamaño.

Luego de la espalda. Luego del brazo, de las marcas de los dedos por encima del codo, que ya están verdes por los bordes.

La inspectora espera fuera de la cortina.

Oigo sus botas ir y venir por el pasillo.

Cuando me visto, la médica me pone una mano en el hombro, por encima de la bata.

—Ha hecho muy bien en venir —me dice.

Es lo mismo que me dijo la voz del 112 la primera noche. Hace muy bien en llamar. Está hablando con un adulto.

* * *

La casa de acogida no parece una casa de acogida. Parece una casa. Una puerta verde en una calle estrecha, sin placa, sin timbre con nombre, en un barrio que no reconozco porque nunca he venido a esta parte de la ciudad.

Nos abre una mujer de unos sesenta años, con el pelo blanco muy corto y una bata de forro polar encima del pijama. Se llama Nuria. No me pregunta nada. Me mira el abrigo camel, el jersey de cuello alto, el brazalete, y dice:

—Pasa, que te vas a quedar helada.

Hay una cocina con olor a sopa y una mesa larga con un hule de flores. Hay dibujos de niños pegados en la nevera con imanes. Hay un tablón de corcho con turnos de limpieza escritos a mano. Y una escalera estrecha que sube a las habitaciones.

—Te he puesto en la cuatro —dice Nuria—. Es la que tiene la ventana al patio. La más tranquila.

La inspectora sube con nosotras. Se queda en la puerta de la habitación mientras Nuria me enseña dónde están las toallas, cómo funciona el radiador, que el agua caliente tarda un poco en salir.

Dos camas estrechas con colchas de ganchillo.

Una mesita. Un armario vacío, con perchas de plástico de colores.

Nada de esto es mío. Nada de esto es suyo.

—Mañana a las diez vendrá la abogada de guardia —dice la inspectora desde la puerta—. Y yo. Vamos a pedir una orden de protección. Va a ser difícil, Paula. Él es quien es. Pero la vamos a pedir.

—Lo sé.

—¿Quieres que me quede un rato?

Pienso en su hija. En la sillita rosa. En las princesas del suelo del coche.

—Vete a casa —le digo—. Tu niña se despertará y no estarás.

Ella duda. Luego asiente. En la puerta se gira, como si fuera a decir algo más. No lo dice.

Me tumbo en la cama de la izquierda con el jersey puesto, encima de la colcha, de lado, sobre el costado bueno. No apago la luz. Escucho.

No hay ningún reloj.

Es la primera noche en once años que me duermo sin oír los cuartos.

* * *

A las dos y cuarenta y cuatro de la madrugada, Claudia estaba sentada en el borde de su cama, a oscuras, todavía con el pantalón del pijama de cuadros y la chaqueta.

Xavi dormía en el sofá del salón. Se había quedado. Cuando ella volvió, a las dos y cuarto, empapada, con la cara que tenía, él no le preguntó nada. Le dio una toalla, le preparó una tila que ella no se bebió y le dijo: «Me quedo en el sofá. Por si Val se despierta». Ella no le había dicho que no.

No podía dormir. Repasaba la noche como se repasa un informe antes de firmarlo.

La encimera con la caja de lorazepam. El abrigo abierto por los hombros.

Las dos costillas en la pantalla del Clínic y las otras dos, las antiguas, con su callo blanco.

La voz de Paula en el semáforo de Via Augusta, recitando su dirección como una lección aprendida.

Y la ficha.

La había rellenado ella misma a la una y cuarenta, sentada en el coche delante de la puerta verde, con el portátil en las rodillas y la calefacción encendida.

Víctima derivada al servicio de acogida de urgencia.

Consentimiento firmado. Parte de lesiones adjunto.

Dirección del recurso. Habitación asignada: 4.

La información estaba en el sistema de los Mossos. No era pública. El acceso quedaba registrado.

Claudia había confiado en que eso bastaba.

El móvil del trabajo vibró encima de la colcha.

No era una llamada. Era un mensaje de un número de cinco cifras.

ALERTA SERVICIO. Línea 6** *** *37 registrada en red. Celda: BCN-VIAAUGUSTA-03. 02:44:08.

La segunda tarjeta. La que había estado veintitrés días apagada. Encendida otra vez, en la antena de Jaume Piquet.

Un segundo después, se iluminó el móvil personal. Llamada entrante. Un número que no tenía guardado.

Descolgó. No dijo nada.

Al otro lado, silencio. Y luego, muy cerca, enorme, como si el teléfono estuviera pegado a la caja de madera, empezó a sonar el reloj.

Cuatro notas que subían y bajaban. Las tres menos cuarto.

Las notas se apagaron. Volvió el tictac del péndulo, lento, grave.

—Valcárcel —dijo Claudia.

—Veo que sigue usted despierta. —La voz era tranquila, educada, la misma que le había ofrecido una manzanilla—. Dígale a Paula que el reloj sigue en hora. Que el sábado le daré cuerda yo, como siempre.

Claudia no contestó.

—Y que se abrigue bien. En la habitación cuatro hay mucha humedad.

Colgó.

Habitación cuatro.

No importaba cómo lo sabía. Ya habría tiempo de averiguarlo. Lo que importaba era que lo sabía.

Paula había cruzado media Barcelona. Había dicho que sí. Se había dormido por primera vez en once años sin oír los cuartos. Y él seguía al otro lado de la puerta.

Llamó a Nuria mientras se calzaba las botas, esta vez con calcetines. Contestó al cuarto tono, con la voz pastosa del sueño.

—Soy Ferrer. No abras la puerta a nadie. Despierta a Paula y llévala a una habitación interior, lejos de las ventanas. Quédate con ella. Voy para allá.

—¿La han encontrado?

—Alguien sabe en qué habitación duerme.

Un silencio. Luego, la voz de alguien que ya ha hecho esto otras veces:

—Entendido.

En el coche, antes de arrancar, escribió a Mónica: «Valcárcel sabe la habitación. Bloquea la ficha y guarda los registros de acceso». No esperó la respuesta.

Fuera había dejado de llover.

En una casa de Sant Gervasi, un reloj de 1887 dio las tres.

Paula no lo oyó.

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