15. En directo
A las nueve y diecisiete, el móvil de Claudia vibró encima de la encimera de la cocina con un mensaje de un número de cinco cifras que no tenía guardado.
ALERTA SERVICIO. Línea 6** *** *37 registrada en red. Celda: BCN-VIAAUGUSTA-03. 21:17:42.
Claudia estaba fregando la sartén de la tortilla. Se quedó con el estropajo en la mano y el grifo abierto, mirando la pantalla.
La segunda tarjeta. La que llevaba veintitrés días apagada en algún sitio, esperando.
Cerró el grifo. Se secó las manos en el pantalón del pijama. Llamó a Mónica.
—Lo he visto —dijo Mónica antes del primer tono completo. Se oía una tele de fondo, un concurso, aplausos—. Via Augusta. La misma antena.
—Está encendida.
—Encendida no es llamando. Puede haberla encendido para comprobar que funciona. Puede ser él, que la ha encontrado. —Mónica bajó el volumen de la tele—. No te muevas, Ferrer. Estás sin calle. Si llama, que llame a quien tenga que llamar.
—Va a llamar al 112.
—Y el 112 nos avisará.
—El 112 avisará al supervisor de turno, que avisará a la sala de los Mossos, que avisará a la patrulla que esté libre en Sant Gervasi, que tardará veinte minutos en llegar a una dirección que no tenemos. —Claudia se apoyó en la encimera—. Y mientras tanto, ella colgará. Como la otra vez.
Mónica tardó en contestar.
—Hiciste algo —dijo al fin. No era una pregunta.
Claudia no contestó.
Era verdad. El martes, al día siguiente de la rueda de prensa, había llamado a Laia Ferrà al móvil.
La operadora de veintiséis años que lloró el primer día.
Le había dado su número personal y le había dicho: «Si vuelve a llamar ella, me la pasas. A mí. Directamente. Lo apuntas donde tengáis que apuntarlo para que lo vea quien esté de turno».
Laia, temblando, le había prometido que lo dejaría anotado en el tablón de avisos de la sala, con el número y el nombre, y que se lo diría a su supervisor, porque así era el protocolo.
Su supervisor. Y quien leyera el tablón.
—Ferrer —dijo Mónica—, ¿le has dado tu número personal a la sala del 112?
—Sí.
—Joder.
—Ya lo sé.
—No. No lo sabes. —La voz de Mónica bajó—. Tu número personal ahora lo tiene cualquiera que pase por delante de ese tablón. Incluida la persona que filtró la primera llamada.
Claudia sintió un frío en la nuca que no tenía nada que ver con el pijama.
—Si llama —dijo—, quiero estar.
Mónica respiró hondo.
—Si llama, me llamas a mí en el otro teléfono. Y no te muevas de tu casa.
Colgó.
* * *
Valentina apareció en el pasillo con el pijama de monstruos peludos y Nube agarrado por una oreja.
—Mamá, tengo sed.
—Ya voy, cariño.
Le llenó un vaso de agua. Valentina se lo bebió de pie en la cocina, despacio, mirándola por encima del borde con esos ojos que lo veían todo.
—¿Por qué tienes dos teléfonos encima de la mesa?
—Por trabajo.
—¿Va a llamar la señora de la torre?
Claudia se quedó quieta.
—¿Qué señora, Val?
—La de mi dibujo. La castigada. —Valentina dejó el vaso en la encimera—. Me dijiste que tu trabajo es ayudar a las señoras que están castigadas.
Claudia no recordaba habérselo dicho. Quizá no se lo había dicho nunca. Quizá Valentina lo había deducido sola, con cinco años, de las cosas que se dicen sin decirlas en una casa.
—Puede que llame —dijo—. Vuelve a la cama, mi amor.
Valentina asintió muy seria y se fue por el pasillo arrastrando a Nube. En la puerta de su habitación se giró.
—Si llama, dile que se escape por la ventana. Como Rapunzel.
Queen la siguió por el pasillo con la cola en alto y se coló en su habitación antes de que se cerrara la puerta. Siempre hacía lo mismo cuando la casa estaba nerviosa: dormir pegada a la espalda de la niña, como un centinela.
* * *
A las nueve y veintisiete sonó el móvil personal.
Número oculto. Claudia descolgó antes del segundo tono.
—¿Sí?
—Inspectora Ferrer. —Era una mujer mayor, con voz de muchos turnos de noche—. Soy Rosario, de la sala del 112. Tengo en línea a una señora que pregunta por usted. Dice que llamó el lunes de la semana pasada, de madrugada. Hay un aviso en el tablón con su número. —Una pausa—. ¿Se la paso?
—Pásemela.
—No cuelgue. —Un clic. Luego, otra vez Rosario, más baja—. Y, inspectora… la señora está muy asustada. Hable despacio.
Música de espera. Una melodía electrónica, horrible, que se repetía cada siete segundos.
Claudia la oyó dos veces. Con la otra mano cogió el segundo móvil, el del trabajo, y llamó a Mónica.
No dijo nada cuando Mónica descolgó. Lo dejó encima de la encimera con la llamada abierta, junto al otro, para que oyera.
Otro clic.
Silencio. Una respiración rápida, entrecortada, muy cerca del micrófono, de alguien que se aprieta el teléfono contra la cara.
—Soy Claudia Ferrer —dijo Claudia—. Estoy aquí. Tómese el tiempo que necesite.
Al fondo, muy al fondo, un tictac. Lento, grave, de madera.
Y entonces el reloj empezó a sonar. No amortiguado, como en la grabación del lunes, sino cerca, limpio, enorme, como si estuviera en su propia cocina. Las medias. Las nueve y media.
La mujer había acercado el teléfono al reloj. Lo había sostenido allí, con el brazo estirado, para que Claudia lo oyera entero.
Después llegaron las palabras, todas a la vez, como cuando se rompe una presa: que el reloj era de la familia de él, que le daba cuerda los sábados, quince vueltas, desde siempre, que se oía desde la calle si alguien pasaba por delante de la casa a las horas en punto.
Claudia no la interrumpió. Las fue guardando dentro de la cabeza, cada una en su sitio.
—Me llamo Pau…
Un ruido. Claudia lo reconoció al instante, porque en su casa había una igual en el balcón: una puerta corredera de cristal deslizándose despacio sobre la goma del carril. Y luego el aire.
Y después, a menos de un metro del teléfono, una voz de hombre. Tranquila. Suave. Casi amable.
—¿Con quién hablas, Paula?
La línea se cortó.
* * *
Claudia se quedó con el móvil pegado a la oreja, oyendo el tono intermitente de llamada finalizada, tres pitidos y silencio, tres pitidos y silencio.
En la encimera, el otro móvil.
—Ferrer. —La voz de Mónica salía pequeña del altavoz—. Ferrer, ¿lo has oído?
—Paula.
—Lo he oído.
—Ha dicho «Me llamo Pau» y él ha dicho «Paula». —Claudia ya se estaba moviendo. Dejó el móvil personal, cogió el del trabajo, fue al recibidor, buscó las llaves del coche en el cuenco—. Dos Paulas. Ortiz y Ferran. Jaume Piquet y Margenat. Las dos dentro de la antena.
—Ferrer, estás sin calle.
—Pues mañana me suspendes.
—Te estoy diciendo que esperes a la patrulla.
—¿A qué dirección la mando, Mónica? ¿A las dos? ¿Y si llega primero a la equivocada? ¿Y si él oye las sirenas en la calle de al lado?
Mónica no contestó. Claudia se puso las botas sin calcetines, la chaqueta encima del pijama, y se metió la pistola en la cintura.
Luego se paró en seco.
Valentina.
* * *
Llamó a la puerta de Xavi con los nudillos, fuerte, tres veces. Eran las nueve y treinta y tres. Él abrió casi enseguida, con las gafas de leer puestas y un guion en la mano, en camiseta.
La miró. Miró la chaqueta encima del pijama. Las botas sin calcetines. El bulto en la cintura.
No preguntó nada.
—Val está en la cama —dijo Claudia—. Se acaba de dormir. La puerta está abierta. Quédate con ella. Por favor.
—Ve.
Fue lo único que dijo. Dejó el guion encima del mueble de la entrada y salió al rellano descalzo.
Claudia ya bajaba por la escalera.
—Clau.
Se detuvo dos peldaños más abajo y se giró.
Xavi estaba en el rellano, entre las dos puertas abiertas, la suya y la de ella.
—Ten cuidado —dijo.
No había nada más en su cara. Ni la noche del viernes ni los cinco meses. Solo eso.
Claudia asintió. Siguió bajando.
* * *
En el coche puso el manos libres y llamó a Marta.
—Dime que estás despierta.
—Estoy viendo una serie coreana con un bol de edamame, jefa. ¿Qué pasa?
—Ha llamado. Se llama Paula. Él estaba en la casa. —Claudia salió del garaje marcha atrás tan deprisa que rozó el retrovisor con la columna—. Ortiz o Ferran. Necesito saber cuál. Tengo veinte minutos de coche.
Oyó a Marta dejar caer el bol en algún sitio.
—¿Qué ha dicho exactamente?
—Que el reloj es de su familia. De la familia de él. Que le da cuerda los sábados. Quince vueltas, desde siempre. —Claudia giró en la avenida Icària con el semáforo en ámbar—. Un reloj heredado, Marta. De los que salen en las revistas.
—Dame dos minutos.
Claudia cogió la Ronda del Litoral y luego la de Dalt, hacia la salida de Via Augusta. Llovía otra vez, una lluvia fina, de las que ensucian el parabrisas sin limpiarlo. Los limpiaparabrisas iban y venían, como un péndulo.
A las nueve y cuarenta, Marta volvió a hablar. Tenía la voz cambiada.
—Lo tengo. —Teclas—. Una revista de decoración de hace ocho años.
Un reportaje sobre casas de familias de juristas.
Casa Valcárcel, calle Jaume Piquet. Foto a toda página del salón.
—Una pausa—. Hay un reloj de carillón de caja de madera oscura en la pared, al lado de una butaca de piel color coñac.
El pie de foto dice: «Reloj de carillón de 1887, herencia del padre del magistrado, quien fue presidente de la Audiencia de Girona. El propio magistrado le da cuerda cada sábado, como hacía su padre».
Claudia apretó el volante.
—¿Y Bertran? ¿El de Margenat?
—Bertran es de Lleida. Su familia tenía una fábrica de piensos. En 2019 se compró la casa de Sarrià a un promotor. —Marta respiró—. Es Ortiz, jefa. Paula Ortiz Llorens. La maestra de primaria. Es la mujer de Valcárcel.
Roberto Valcárcel Ribalta. Audiencia Provincial, Sección 6.ª.
Claudia no lo conocía. Lo había visto una vez, quizá, en un pasillo de la Ciudad de la Justicia: un hombre alto con el pelo plateado, el traje bien cortado, saludando a alguien con una palmada en la espalda. Uno de tantos.
—Llama a Mónica —dijo Claudia—. Que mande la patrulla a Jaume Piquet. Sin sirenas. Que aparquen en la esquina de Via Augusta y esperen.
—¿Y tú?
—Yo voy delante.
* * *
Aparcó en doble fila en la calle Jaume Piquet a las nueve y cincuenta y ocho.
Era una calle estrecha, en cuesta, con aceras de baldosa hidráulica y árboles desnudos. Casas de dos plantas con jardín delante, verjas de hierro forjado, buzones de latón. Olía a tierra mojada y a chimenea encendida en algún sitio. No pasaba nadie.
La patrulla ya estaba en la esquina, con las luces apagadas. Dos agentes jóvenes, un chico y una chica, la miraron bajar del coche con la chaqueta encima del pijama y no dijeron nada.
Claudia caminó cuesta arriba buscando los números. El 14. El 16. El 18.
El 22 era una casa blanca con contraventanas verdes, de dos plantas, con un jardín pequeño delante, un limonero y un camino de piedra hasta la puerta. Había luz en la planta baja, detrás de unas cortinas de lino.
Arriba, todo a oscuras. La verja de hierro estaba cerrada. En el buzón, una placa de latón grabada: Valcárcel – Ortiz.
Claudia se quedó en la acera, delante de la verja, mirando las cortinas iluminadas.
Y entonces, desde dentro de la casa, a través de las paredes, de las cortinas, del cristal y del jardín mojado, empezó a sonar.
Las diez en punto. Dieciséis notas, cuatro y cuatro y cuatro y cuatro, graves, lentas, como campanas de una iglesia de otro país. Y después, las campanadas, una a una. Claudia las contó sin querer, moviendo los labios.
Diez.
Se oía desde la calle. Como ella había dicho. Si alguien pasa por delante de la casa a las horas en punto, lo oye.
Claudia lo había oído.
Pulsó el timbre.
Tardaron en abrir. Treinta segundos. Cuarenta. Claudia contó sin querer, otra vez. A los cincuenta y dos segundos se encendió la luz del porche, un farol de hierro antiguo, y se abrió la puerta de la casa. Por el camino de piedra se acercó un hombre.
Alto, con el pelo plateado en las sienes. Camisa blanca de cuello italiano, sin corbata, remangada hasta los codos. Pantalón gris de traje. Zapatillas de piel. Una cara que salía bien en las fotos. Caminaba sin prisa, como se camina por el jardín propio un jueves por la noche.
Llegó a la verja. No la abrió. La miró a través de los barrotes de hierro, de arriba abajo: las botas sin calcetines, el pantalón de pijama por debajo de la chaqueta, el pelo mojado por la lluvia.
Sonrió.
—Inspectora Ferrer —dijo, como quien saluda a una vecina—. Qué sorpresa.
Abrió la verja.
—Pase, por favor. No se quede ahí, que se va a mojar.
—Se hizo a un lado, con un gesto amplio, de anfitrión. Mi mujer está preparando una tisana. Le encantará conocerla.
* * *