La llamada (Serie Inspectora Ferrer 1) 14. Westminster
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14. Westminster

La peluquería nueva de la calle Ganduxer se llama Lumière y no huele a nada.

No huele a tinte, ni a laca, ni a café con leche en vaso de cristal.

Huele a una vela blanca que arde encima del mostrador y que, según la etiqueta, se llama Silencio Nórdico.

Las paredes son grises. Los espejos, enormes, sin marco.

Suena una música sin letra que parece agua cayendo dentro de otra agua.

Me atiende una chica de unos veinticinco años, con las uñas larguísimas pintadas de beige y el pelo tan liso que parece de plástico. Se llama Ainhoa. No me pregunta qué quiero. Ya lo sabe.

—Su marido nos ha dicho que solo las puntas, un dedo, y un brillo para dar luz —dice, mientras me pone la bata—. Y que tiene usted el cuero cabelludo muy sensible, así que con cuidado en la nuca.

No he dicho nunca que tenga el cuero cabelludo sensible. Me lo dejo tocar en silencio.

En el lavacabezas, cuando me inclino hacia atrás y la bata se abre por la nuca, Ainhoa se queda un segundo quieta. Un segundo. Luego abre el grifo y me moja el pelo como si no hubiera visto nada. Aquí no suben la radio. Aquí no hay radio.

Al terminar, mientras me seca, se inclina hacia el espejo para mirarme a los ojos a través del reflejo y sonríe con todos los dientes.

—Don Ernesto nos ha pedido que la cuidemos mucho —dice—. Es cliente nuestro desde que abrimos. Un señor encantador.

—Sí —digo—. Encantador.

No me ofrecen café. No tienen revistas. No hay teléfono fijo en el mostrador, solo una tableta y un lector de tarjetas. Pago con la tarjeta que paga Roberto, y Ainhoa me acompaña hasta la puerta y me la abre.

—Hasta el jueves que viene, señora Valcárcel.

No me llamo Valcárcel. Me llamo Ortiz. Pero no la corrijo.

* * *

Roberto se va al Círculo a las nueve en punto.

Me lo anunció ayer en la cena, cortando la carne en trozos pequeños y exactos: «Mañana voy al Círculo. Ernesto insiste. Dice que si falto otra semana van a pensar que tengo algo que esconder». Y se rió. Y yo me reí, porque se reía.

A las nueve menos cuarto baja la escalera vestido con el traje gris oscuro de los jueves, la camisa blanca de cuello italiano y la corbata de las anclas. Se pone el abrigo en el recibidor. Me da un beso en la frente, en la línea del pelo, donde me lo da siempre.

—No me esperes despierta.

Coge las llaves de la bandeja. Suenan fuerte. Catorce segundos.

Oigo la puerta del garaje, el motor del Audi, la persiana metálica que sube, el coche que sale, la persiana que baja. El ruido del motor bajando por la calle Jaume Piquet hacia la Via Augusta, cada vez más lejos, hasta que se mezcla con todos los demás ruidos de la ciudad y desaparece.

Me quedo de pie en el recibidor, quieta, con la mano en el pecho.

El reloj da las nueve. Canta entero, dieciséis notas, y luego las campanadas. Una, dos, tres. Las cuento como las cuenta él. Nueve.

Espero un cuarto más. Por si se le ha olvidado algo. Por si vuelve. Por si lo de esta semana, «Ernesto insiste», es otra prueba como la del azúcar.

Me siento en el primer escalón con el móvil de verdad en la mano, el que paga él, y miro la pantalla.

La aplicación de la ubicación está ahí, un círculo azul con una flecha blanca.

Me muestra a mí: un puntito azul quieto en una casa de la calle Jaume Piquet.

No me muestra a él. Él puede verme a mí. Yo no puedo verlo a él.

Dejo el móvil de verdad sobre la bandeja de plata, junto a las llaves que ya no están. Que me vea aquí, quieta, en casa. Una buena esposa en casa un jueves por la noche.

A las nueve y cuarto, el reloj da el cuarto. Cuatro notas.

Me levanto.

* * *

La escalera plegable del altillo hace un ruido de huesos al desplegarse.

Subo con las manos sudadas. Arriba hace frío y huele a polvo y a cartón viejo.

Saco la caja de NAVIDAD y la abro en el suelo, con cuidado de no hacer ruido con los papeles de seda, aunque no hay nadie en la casa que pueda oírme.

La costumbre de no hacer ruido no se va. Se queda en los dedos.

Las bolas de cristal de su madre, envueltas una a una. La roja con el borde dorado. La plateada con nieve pintada. La dorada, rota por un lado, que no se rompió sola: la rompí yo el sábado con el canto de una cuchara, en el lavadero, encima de un trapo.

Dentro de la dorada, el móvil de teclas. Dentro de la roja rota, envuelta en papel de aluminio y cinta adhesiva, la segunda tarjeta.

Y debajo de todo, doblado en cuatro, el dibujo de Martina. Yo con capa, más alta que el colegio.

Lo miro un segundo. Luego lo vuelvo a doblar y lo dejo donde estaba.

No uso la primera tarjeta. El periódico decía «de difícil rastreo», pero la policía ya sabe ese número. Lo he pensado todos los días desde el lunes. Si lo saben ellos, lo sabe cualquiera que hable con ellos. Lo sabe Ernesto. Lo sabe la persona que le contó a Ernesto.

La segunda no la sabe nadie.

Le quito la tapa al teléfono con la uña.

Saco la batería del calcetín. Pongo la tarjeta en su hueco, con las manos tan torpes que se me cae dos veces sobre el papel de seda.

Pongo la batería. Pongo la tapa. Aprieto el botón de encender y espero a que la pantallita verde se ilumine, con su musiquilla de antes, de cuando yo tenía diecisiete años y un móvil así era lo más moderno del mundo.

La pantalla dice: Buscando red.

Bajo la escalera. La pliego. La guardo.

* * *

No llamo desde el baño. En el baño me encontró.

Bajo al salón y me siento en la butaca de Roberto, la de piel color coñac, al lado del reloj.

No me siento nunca en esta butaca. Es la suya.

Es donde se sienta para leer el periódico y para mirar cómo me tiemblan las manos cuando le sirvo el whisky.

Me siento hoy porque está junto al reloj. Porque quiero que lo oigan.

He pensado lo que voy a decir durante tres días. Lo he escrito en un papel de la lista de la compra y luego lo he quemado en el fregadero con el mechero de las velas. Lo he repetido mientras planchaba sus camisas, mientras cortaba el pan, mientras Ainhoa me secaba el pelo con su secador silencioso.

Mi nombre entero. Paula Ortiz Llorens. La calle: Jaume Piquet. El número. Que me pega donde no se ve. Que esta noche está en el Círculo de la calle Balmes y no vuelve hasta la una. Que tengo un móvil de teclas en la mano y una tarjeta a nombre de un muerto.

Que por favor vengan.

Esta vez no voy a colgar.

Marco el 112. Esta vez no me equivoco.

—Emergencias, dígame.

Es otra voz. Una mujer, pero no la del otro día. Más mayor, más cansada.

—Quiero hablar con la inspectora Claudia Ferrer —digo. Lo digo de un tirón, sin respirar, para que no me tiemble—. De los Mossos. De violencia de género. La de Les Corts.

Un silencio al otro lado. Teclas.

—¿Me puede decir su nombre, señora?

—Llamé el lunes de la semana pasada. A las tres de la mañana. —Trago saliva—. Ella sabe quién soy.

Otro silencio, más largo. Oigo a la operadora tapar el micrófono con la mano y decirle algo a alguien, un murmullo. Luego vuelve.

—No cuelgue, por favor. No cuelgue. La paso.

Un clic. Música. Una melodía electrónica, de espera, horrible, que se repite cada siete segundos.

La cuento. Una vez. Dos. Tres. Tengo el móvil de teclas pegado a la oreja con tanta fuerza que me duele el cartílago.

En la pared, el péndulo dorado del reloj va y viene, va y viene.

Las nueve y veintiocho.

Cuatro. Cinco.

Otro clic.

—Soy Claudia Ferrer.

Es una voz más grave de lo que imaginaba. Más baja. Habla despacio, como se habla a un animal que se ha metido debajo de un coche y no quiere salir. Detrás de su voz no se oye una comisaría. Se oye una casa. Una nevera que zumba. Un grifo, muy lejos.

—Soy Claudia —repite—. Estoy aquí. Tómese el tiempo que necesite.

Abro la boca.

Todo lo que he ensayado durante tres días se me ha ido. El nombre entero, la calle, el número. Lo tengo dentro, en algún sitio, pero no lo encuentro. Solo encuentro aire.

Y entonces el reloj empieza a sonar.

Las nueve y media. Ocho notas: cuatro que suben y bajan, y otras cuatro que les contestan. Así cantan las medias horas en esta casa desde 1887.

Aparto el teléfono de mi oreja y lo levanto. Lo acerco a la caja de madera oscura, al cristal, a la esfera dorada. Lo sostengo en el aire, con el brazo estirado y la mano temblando, mientras el reloj canta, para que ella lo oiga.

Para que lo oiga entero.

Cuando termina, me vuelvo a poner el teléfono en la oreja.

—Lo ha oído —digo. No es una pregunta.

—Lo he oído. —Su voz no ha cambiado. Sigue lenta, baja—. Es un Westminster.

—Suena cada cuarto de hora. —Las palabras salen solas ahora, atropelladas, como cuando se rompe una presa—.

Es de su familia. Él le da cuerda los sábados.

Quince vueltas. Desde siempre. Se oye desde la calle si una pasa por delante.

Si alguien pasa por delante de la casa a las horas en punto, lo oye. Pueden pasar por delante. Pueden…

Respiro. Cuatro tiempos dentro.

—Me llamo Pau…

Detrás de mí, en el comedor, se abre la puerta corredera del jardín.

La de cristal, la que da a la terraza. La de la goma que hace ruido al cerrarse. La que tiene pestillo por dentro.

No se abre de golpe. Se abre despacio, muy despacio, como se abren las puertas en esta casa. Entra el aire de la noche, húmedo, con olor a tierra mojada del jardín de los vecinos.

Me giro en la butaca.

Roberto está de pie en el umbral de la puerta corredera, con el traje gris oscuro de los jueves, la camisa blanca de cuello italiano y la corbata de las anclas. El abrigo puesto. Las manos a los lados.

No tiene ni una gota de lluvia en los hombros, y ha llovido toda la tarde.

No ha ido al Círculo.

No se había ido.