La llamada (Serie Inspectora Ferrer 1) 13. Rueda de prensa
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13. Rueda de prensa

A las nueve y media, la consellera de Interior había hablado con el comisario general. A las diez menos cuarto, el comisario general había hablado con Mónica. A las diez, Mónica salió de su despacho con la cara del color del cemento y dijo una sola frase a toda la unidad:

—Comparecencia a las doce. Ferrer, conmigo.

Ribas soltó un silbido bajo desde su mesa. Nadie le hizo caso.

—¿Comparecencia de qué? —preguntó Claudia, siguiéndola por el pasillo—. No podemos decir nada. No hay nada que decir.

—Por eso. —Mónica no se paró—. Hay que salir a decir que no hay nada que decir, antes de que lo digan por nosotras en todas las tertulias de la mañana. Ya van tres canales con la foto de Garrido. —Abrió la puerta de su despacho—. Y uno con la tuya.

—¿La mía?

—La de la rueda de prensa del cráneo de Cádiz. —Mónica se dejó caer en la silla—. Con el titular «La inspectora obsesiva». Siéntate.

* * *

A las once y diez, el agente de la entrada llamó otra vez.

—Inspectora Ferrer, el abogado de la semana pasada. Serrano. Dice que trae algo para la comparecencia.

Mónica levantó la vista de los papeles.

—Ni hablar.

—Que suba —dijo Claudia al mismo tiempo.

Se miraron. Mónica apretó los labios.

—Cinco minutos. Y en mi despacho, con la puerta abierta.

Adrián entró sin abrigo, con traje oscuro y una corbata perfectamente anudada, la primera vez que Claudia lo veía con corbata.

Llevaba una hoja doblada en la mano. No miró a Claudia más de un segundo.

Ese segundo fue suficiente para que ella sintiera el calor en la nuca, el pasillo de la calle Pujades, la Torre Glòries de color lila. Lo apartó todo de un manotazo mental.

—Comisaria. Inspectora.

—Serrano —dijo Mónica—. ¿Viene a sernos útil o a colgarse de nuestro micrófono?

—A evitar que la hundan. —Adrián dejó la hoja sobre la mesa—. Hoy el juego no es jurídico, es narrativo. Ellos tienen el altavoz y la etiqueta de «fuentes judiciales». Ustedes tienen la verdad y los datos. Si salen a defender el caso, pierden. Si salen a defender el método, ganan.

Mónica desdobló la hoja sin cogerla, con la punta de un bolígrafo, como si pudiera estar envenenada. Cinco puntos, escritos a mano. El último decía: ¿Por qué hay tanta prisa por que esto no se investigue?

Mónica leyó la hoja dos veces. No dijo que fuera buena. Se la guardó en la carpeta, que era su forma de decirlo.

—Usted se queda fuera de la sala —dijo.

—Obviamente.

—Ni en el pasillo.

—En el pasillo trasero, junto a la puerta lateral —corrigió Adrián—. No entren por el vestíbulo. Tienen cámaras apostadas en la escalinata desde las nueve.

Mónica lo miró un momento largo, como quien mide una cosa que no le gusta y no puede dejar de admitir que mide lo que dice.

—Fuera de mi despacho, Serrano.

* * *

Claudia lo alcanzó en el rellano de la escalera, donde no había cámaras ni Ribas.

—Casals dice que fuiste tú quien le preguntó por los relojes.

Adrián se detuvo con la mano en la barandilla. No se giró enseguida.

—Es verdad.

—El miércoles a primera hora. Antes de saber que yo buscaba un reloj.

—Antes de saberlo por ti. —Se giró. Tenía la cara seria, sin rastro del bar ni de la Torre Glòries—.

El martes por la tarde me enteré en el Colegio de lo del 112, y Elvira me recordó las llamadas de la peluquería.

Esa misma tarde fui a la calle Muntaner.

La dueña me dijo que la única clienta que usó el teléfono aquel jueves vivía «en una casa con un reloj de esos que suenan, que se oye desde la calle cuando una pasa por delante».

No me dio el nombre. Se asustó y se cerró en banda. —Adrián le sostuvo la mirada—. Así que a la mañana siguiente, a primera hora, fui a preguntar a quien sabe de relojes en la zona. Casals. El relojero de mi madre.

—No me lo contaste en el bar.

—No me lo preguntaste en el bar.

—Te pregunté cómo sabías lo del reloj.

—Y te dije la verdad: Casals. —Adrián bajó un escalón, para quedar a su altura—. Ahora te estoy diciendo la verdad entera. Yo también la busco, Claudia. Desde hace un mes. Desde antes que tú.

Lo dijo en voz baja, con la misma voz de la calle Pujades a las dos de la madrugada. Claudia sintió que algo cedía un milímetro y lo volvió a apretar.

—Inspectora Ferrer —dijo.

Adrián la miró un segundo más. Luego asintió, despacio, como quien acepta una norma que no piensa respetar fuera de ese edificio.

—Inspectora Ferrer —repitió—. Suerte a las doce.

Bajó la escalera sin esperar el ascensor, como siempre.

Claudia se quedó en el rellano. La dueña de la peluquería sabía algo más. A Marta le había dicho que por ese teléfono pasaban veinte personas al día. A Adrián le había hablado de un reloj. Él había llegado antes, y no llevaba placa.

Sacó la libreta. Debajo de «9. Adrián Serrano» tachó «Sabía lo del reloj» y escribió: Llegó antes que yo a la peluquería. ¿Por qué tanta prisa?

No tachó el número.

* * *

La sala de prensa de la comisaría olía a cables calientes, a moqueta vieja y a perfume caro.

Había cuatro filas de sillas plegables, todas ocupadas, y gente de pie al fondo, contra la pared.

Fundas de cámaras en el suelo. Micrófonos con los logotipos de las cadenas, extendidos hacia la mesa como flores de plástico.

A la izquierda, en una pantalla, los de comunicación del departamento habían puesto gráficos: llamadas al 016 en Cataluña en el último año, órdenes de protección concedidas y denegadas, el tiempo medio que tarda una víctima en denunciar desde la primera agresión.

Ocho años y ocho meses. Claudia lo leyó desde la puerta lateral y se lo guardó.

Detrás de las primeras filas se oía un murmullo que no era para la mesa. Lo oyó cuando entró:

—… dicen que se ha pasado…

—… lo de Cádiz, que fue un circo…

—… que es de mano dura, la Ferrer…

A las doce y un minuto, Mónica se sentó delante del micrófono. Claudia, a su derecha. Espalda recta. La luz de los focos era blanca y punzante, de quirófano.

—Buenos días. —Mónica no sonrió—. La unidad de Atención a la Víctima de Violencia de Género de esta comisaría quiere recordar tres cosas.

Una: proteger a las víctimas no es opinable.

Dos: investigar no es filtrar. Y tres: no vamos a comentar ningún dato de ningún procedimiento en curso, ni a confirmar ni a desmentir la existencia de ninguna investigación concreta.

Sí responderemos a preguntas sobre metodología y protocolos.

Se levantaron veinte manos a la vez.

La primera pregunta fue para un hombre con pajarita, de unos cincuenta años, sentado en la segunda fila, con la sonrisa de quien tiene programa propio en la radio de la mañana.

—Jordi Mascaró, Ràdio Ciutat. Una pregunta para la inspectora Ferrer. —Se ajustó la pajarita—. ¿No cree que está sobreactuando con lo que podría ser una simple disputa doméstica, por motivos… digamos, personales?

El golpe entró limpio. Mónica abrió la boca. Claudia le rozó el antebrazo con dos dedos, por debajo de la mesa, un segundo. Para eso, decía el gesto.

—Soy inspectora —dijo Claudia—. Mis motivos son profesionales.

Mis límites, legales. Nuestra metodología está publicada en la web del departamento: detección, evaluación del riesgo, circuitos de derivación, pruebas periciales.

Los motivos personales se los dejo a ustedes, que viven de interpretarlos.

Unas risas secas al fondo. Teclas.

Mascaró no se inmutó.

—Pero ¿no es cierto que usted ha sido reprendida por exceso de celo en casos anteriores? En el caso de Cádiz, un juez llegó a decir públicamente que era usted «obsesiva».

—Obsesiva, no —dijo Claudia, sin parpadear—.

Persistente. Y la persistencia, cuando hablamos de mujeres que pueden estar siendo maltratadas, no es un defecto.

Es un deber. —Señaló con la barbilla la pantalla de los gráficos—.

Ocho años y ocho meses. Es lo que tarda de media una mujer en este país en denunciar desde el primer golpe.

Si a la policía le parece demasiado persistir una semana, imagínese lo que le parecen a ella esos ocho años.

El murmullo cambió de temperatura. Alguien en la tercera fila asintió.

Otra voz, una mujer joven con gafas, de un diario digital:

—Comisaria, ¿se ratifican en que hay presiones del entorno judicial para que esto no se investigue?

Mónica cortó ahí, con una sonrisa que era un cuchillo.

—Nos ratificamos en que trabajamos con total independencia.

Y en que no comentamos personas. Comentamos procedimientos.

Hace una semana, alguien filtró a la prensa el contenido de una llamada de emergencia.

Eso es un delito. Lo investigaremos también.

—Se inclinó hacia el micrófono—. Y me pregunto, en voz alta: ¿por qué hay tanta prisa por que esto no se investigue?

Punto cinco. Claudia lo reconoció y no miró hacia la puerta lateral.

—Siguiente.

* * *

Al fondo de la sala, un hombre se levantó con el móvil en la mano. No se identificó. Llevaba una cazadora de cuero y una acreditación que Claudia no conseguía leer desde la mesa. Levantó el móvil hacia los focos, con la pantalla girada hacia ellas.

—Una pregunta para la inspectora.

En la pantalla, un vídeo. Doce segundos, en bucle.

De noche. El paseo marítimo mojado, las farolas, la fachada iluminada de un bar.

Una mujer con chaqueta oscura y una coleta alta salía por la puerta, se detenía en la acera, se giraba hacia alguien que salía detrás.

Un hombre alto, con gabardina oscura. Se veían de perfil.

Hablaban algo. Luego echaban a andar juntos, en la misma dirección, sin tocarse.

Claudia se reconoció a la primera. Reconoció la coleta, la chaqueta, el bar Pinotxo Marítim con las sillas apiladas. Y a él.

Sintió que algo se le cerraba en el pecho, un milímetro, como un puño.

—¿Tiene algo que comentar sobre su imparcialidad —dijo el hombre de la cazadora, muy alto, para que lo oyera toda la sala— cuando sale a cenar a medianoche con uno de los abogados que más casos llevan contra jueces de esta ciudad?

Las cámaras se giraron hacia el móvil. Luego, todas a la vez, hacia ella.

Mónica empezó a levantarse.

Claudia ya estaba buscando, entre la gente de pie al fondo, la puerta lateral. Allí estaba. Adrián, en el marco, con las manos en los bolsillos. La miraba. Negó con la cabeza, apenas, una sola vez, como diciendo: no les des eso.

—Ceno —dijo—. Duermo. Corro cuando puedo. Y trabajo siempre. —Se inclinó hacia el micrófono—. Mis noches no forman parte de la metodología. Mis informes, sí. Y están a disposición de quien corresponda. ¿Alguna pregunta más sobre protocolos?

Silencio. Un par de periodistas se removieron en sus sillas, decepcionados por no tener sangre. El hombre de la cazadora bajó el móvil, despacio, y se sentó.

Mónica cerró con números y teléfonos. El 016. El 112. Que no deja rastro en la factura. Que hay una salida. A las doce y veintinueve, se acabó.

* * *

El pasillo trasero era un túnel en penumbra que olía a lejía. Claudia se apoyó en la pared fría con los ojos cerrados y soltó, por fin, el aire que llevaba dentro desde las doce y un minuto.

No lo oyó llegar. Nunca lo oía llegar.

—Lo han intentado —dijo Adrián.

—No les he dado carnaza.

—No. —Se quedó a un paso, sin acercarse más—. Has sostenido el pulso. Que es lo más difícil.

Claudia abrió los ojos.

—Ese vídeo es del viernes a las doce y cuarto.

—Lo sé.

—Desde un coche aparcado en la acera de enfrente. Por el ángulo, por la altura. —Claudia se separó de la pared—. Alguien me seguía, Adrián. O te seguía a ti.

Adrián no contestó enseguida. Por primera vez desde que lo conocía, algo pasó por su cara que no pudo controlar del todo: una sombra breve, rápida, como un pájaro por delante de una ventana.

—O a los dos —dijo al fin.

* * *

Mónica la esperaba en su despacho, de pie, con la puerta cerrada y las persianas bajadas. No la invitó a sentarse.

—Una semana sin calle —dijo.

—Comisaria…

—Desde tu mesa. Papeles, cruces de datos, llamadas, lo que quieras. Pero no pisas la calle, no pisas una peluquería, no pisas Sant Gervasi. —Mónica apoyó las dos manos en la mesa—. Y lejos de ese abogado.

—Ese abogado nos ha traído la peluquería. Y los cinco puntos que acaba de leer usted en la rueda de prensa.

—Ese abogado sale contigo en un vídeo que van a poner esta noche en todas las tertulias de Cataluña. —Mónica bajó la voz—.

¿Sabes lo que va a decir mañana el abogado de cualquier magistrado al que nos acerquemos? Que la investigación está contaminada. Que la inspectora se acuesta con la acusación particular. Que todo es una caza de brujas. Y lo peor es que tendrá razón.

Claudia no contestó. No había nada que contestar.

—Una semana —repitió Mónica, más suave—. Y mientras tanto, busca a quien grabó ese vídeo. Porque si alguien te seguía el viernes por la noche…

No terminó la frase. No hizo falta.

Claudia volvió a su mesa. Se sentó. Encendió el ordenador y se quedó mirando la pantalla negra, en la que se reflejaba su propia cara.

El viernes por la tarde había estado en una cafetería de la calle Calvet, sentada junto a la ventana, mirando una puerta de cristal esmerilado durante media hora. Con su coleta y su chaqueta oscura.

Si alguien la seguía, ¿desde cuándo lo hacía?

¿Llevaba horas detrás de ella o había empezado a vigilarla aquella misma tarde? ¿Y qué había visto exactamente cuando ella se detuvo a mirar?

* * *