12. Lee en voz alta
Los lunes, Roberto desayuna con la tableta.
La apoya en un atril de madera que le regaló Ernesto por su cincuenta cumpleaños, junto a la taza blanca de Limoges, y pasa las noticias con un solo dedo, de abajo arriba, sin prisa.
Primero la prensa nacional, luego la catalana y luego los digitales, «para saber qué basura se dice».
Yo le sirvo el café, le pongo las dos tostadas en el plato y me siento enfrente con mi té, en silencio. Es la parte del día en que no se habla.
Esta mañana el dedo se detiene.
Se queda quieto encima de la pantalla. Lo veo desde mi silla: el índice de Roberto suspendido sobre el cristal, a un milímetro, sin tocarlo. En la casa solo se oye el reloj del salón, el tictac del péndulo, que es más lento que mi corazón.
Luego el dedo baja y toca la pantalla. Una vez. Amplía algo.
—Vaya —dice.
No digo nada. Bebo un sorbo de té. Me quema la lengua y no aparto la taza.
—Pobre Garrido.
Roberto gira la tableta hacia mí, solo un poco, lo justo para que vea la foto: un hombre de traje oscuro saliendo de un edificio de cristal con una carpeta bajo el brazo y la cabeza gacha, como un hombre al que han cogido haciendo algo.
Encima, un titular en letras negras que no consigo leer desde aquí.
Distingo «magistrado», «Barcelona» y «112».
—Le han señalado por nada —dice Roberto—. Un hombre decente. Un poco vulgar, eso sí, pero decente. Y ahora, por culpa de una llamada, su nombre está en todas partes.
Me mira por encima del atril.
—¿No te parece injusto, Paula?
—Sí. Mucho.
—Mucho —repite, y se lleva la taza a los labios sin dejar de mirarme.
* * *
Llevo dos días sin dormir.
El sábado, mientras Roberto estaba en el club de tenis, subí al altillo con la escalera plegable y saqué la caja de los adornos de Navidad.
La que tiene el dibujo de Martina en el fondo, debajo de las bolas de cristal de su madre envueltas en papel de seda.
Allí estaba ya la segunda tarjeta, desde hacía dieciocho días, dentro de una bola de cristal roja, rota, con cinta adhesiva por dentro.
Bajé al lavadero, saqué el móvil del forro de la funda de la tabla de planchar y lo subí también.
Lo metí en otra bola rota, una dorada. Luego volví a colocar todo exactamente como estaba: los papeles de seda, las bolas, el dibujo de Martina debajo.
Y la caja en su sitio, con la etiqueta de NAVIDAD hacia fuera, como siempre.
Cuando bajé, me temblaban tanto las piernas que tuve que sentarme en el primer escalón.
Roberto odia la Navidad. Su madre se murió un veinticuatro de diciembre. Nunca sube al altillo. Nunca toca esa caja.
Es el único sitio de la casa que no es suyo.
Pero esta mañana, al verle el dedo quieto encima de la pantalla, he pensado que no existe ningún sitio de esta casa que no sea suyo. Solo sitios en los que todavía no ha mirado.
* * *
Roberto termina la tostada. Se limpia los labios con la servilleta, la dobla en un rectángulo perfecto y la deja junto al plato. Luego desengancha la tableta del atril y la pone sobre la mesa, delante de mí. Encima del mantel de lino, con la pantalla encendida.
—Léelo —dice.
La miro. Lo miro a él.
—¿El qué?
—El artículo. —Se reclina en la silla y cruza las piernas—. En voz alta. Despacio. Quiero saber qué dice exactamente. Tengo la vista cansada.
Su vista está perfecta. Lee los autos de procesamiento sin gafas, en letra de ocho.
Cojo la tableta. Pesa más de lo que debería. Las manos no me tiemblan, todavía no.
—«Los Mossos investigan a un magistrado de Barcelona por presunta violencia machista tras una llamada al 112» —leo.
—Más despacio.
—«Los Mossos investigan a un magistrado de Barcelona…».
—Eso ya lo has leído. Sigue.
Roberto se levanta. Rodea la mesa sin ruido, con sus zapatillas de piel, y se pone detrás de mi silla.
Me pone una mano en el hombro. Luego la desliza por mi brazo, despacio, hasta la muñeca izquierda, la del brazalete, y me la coge entre el pulgar y el índice.
No aprieta. Solo la sostiene, con la yema del pulgar justo encima de la vena, igual que en casa de los Puig.
Igual que un médico. O que un detector de mentiras.
—Sigue, Paula.
Leo.
Leo que la llamada se produjo en la madrugada del lunes pasado. Que una mujer se identificó como esposa de un magistrado. Que habló desde un teléfono «de difícil rastreo». Leo «de difícil rastreo» y siento el pulgar de Roberto encima de mi vena.
—Repite eso.
—«De difícil rastreo».
—Interesante —murmura detrás de mí—. Muy interesante. Sigue.
Leo que la investigación está «en fase muy preliminar». Que la lleva la unidad de violencia de género de la comisaría de Les Corts.
—«Dirigida por la inspectora» —leo, y me detengo un instante en el nombre, porque es la primera vez que lo veo—. «Claudia Ferrer».
—¿Por qué te paras?
—No me paro. Es la coma.
—No hay coma. —Su pulgar sigue quieto—. Sigue.
—«Claudia Ferrer, recién trasladada desde la División de Homicidios tras su papel en el caso Castañeda».
Claudia Ferrer. Lo leo y lo guardo. No sé dónde. En algún sitio de dentro que no tiene puerta.
Leo lo del divorcio de Garrido y lo de su exmujer.
Leo «fuentes judiciales conocedoras del caso».
Leo cada palabra en voz alta, despacio, con la voz de leer cuentos, la de las tardes de los viernes en el colegio, cuando los niños se sentaban en la alfombra con las piernas cruzadas y yo les leía El Principito capítulo a capítulo.
Y llego a la última frase.
—«En la Ciudad de la Justicia todo el mundo sabe quién es».
Roberto no dice nada. Su pulgar tampoco se mueve.
—Otra vez —dice.
—«En la Ciudad de la Justicia todo el mundo sabe quién es».
—Otra vez. Más despacio.
—«En la Ciudad… de la Justicia… todo el mundo… sabe… quién es».
El reloj del salón da los cuartos. Las ocho y cuarto. Cuatro notas que suben y bajan, y yo no las cuento, por primera vez en años no las cuento, porque estoy entera dentro de mi muñeca, debajo de su dedo, intentando que mi sangre vaya más despacio de lo que va.
Roberto me suelta.
Vuelve a su silla. Se sienta. Coge la tableta de mis manos con suavidad y la vuelve a colocar en el atril de madera de Ernesto.
—Tienes el pulso muy rápido, Paula —dice, mirando la pantalla—. Deberías ir al médico. Te noto nerviosa desde hace una semana.
—Es el té. Está muy fuerte.
—Ya. El té. —Pasa el dedo por la pantalla, de abajo arriba—. El otro día era el orujo. Hoy es el té.
No contesto.
—¿Sabes lo que me preocupa de todo esto?
—sigue, sin levantar la vista—. No es Garrido.
Garrido se recuperará. Tiene amigos. Lo que me preocupa es que alguien, una mujer, por lo visto, haya sido capaz de hacerle esto a un hombre.
Por despecho. Por aburrimiento. Por lo que sea.
Que una mujer haya cogido un teléfono y haya puesto a un magistrado en la portada de un periódico. —Niega con la cabeza—.
Eso es lo que pasa cuando la gente habla por ahí, en vez de arreglar las cosas en casa. Que pagan los inocentes.
—Sí.
—Las cosas de casa…
—… se arreglan en casa.
Me sonríe, satisfecho, como sonreía a los alumnos que respondían bien en su optativa.
—Exacto.
* * *
Se pone de pie, recoge la chaqueta del respaldo de la silla y se la pone. En el recibidor coge las llaves de la bandeja de plata. No suenan. Las coge con cuidado, sin ruido.
Con la mano en el pomo de la puerta, se gira.
—Por cierto. He pensado que vamos a cambiar de peluquería.
Se me para el corazón. No es una forma de hablar: lo noto pararse, un hueco blanco en el pecho, y luego arrancar de nuevo con un golpe.
—¿Por qué?
—Porque Eulàlia ya no corta como antes. El jueves te dejó las puntas fatal. —Lo dice con naturalidad, como quien comenta el tiempo—.
Ernesto me ha recomendado una muy buena en la calle Ganduxer, cerca de casa de Joaquín. La llevan unas chicas jóvenes. Te he pedido hora para el jueves.
—Pero yo con Eulàlia llevo seis…
—Seis años son muchos años con la misma persona. —Me sonríe—. A todos nos viene bien un cambio de vez en cuando, ¿no crees?
—Sí.
—¿Sí, qué?
—Sí, señor.
Sale. La puerta se cierra. Oigo el Audi en el garaje, la persiana metálica que sube, el motor, la persiana que baja. Luego, nada.
Me quedo sentada a la mesa del desayuno, delante de las migas de sus tostadas y de la taza blanca con el poso de café en el fondo.
Eulàlia. Eulàlia, que me subió la radio. Eulàlia, que no me cobraba los cafés. Eulàlia, que era mi índice.
Pienso en mi mano, en la regla de la mano. En los cinco dedos.
Pulgar: mi madre, que me llama Pilar.
Índice: ya no.
Corazón: nadie.
Anular: nadie.
Me miro el dedo meñique de la mano izquierda, la del brazalete. Es pequeño y tiene la uña corta, como las tenía cuando era maestra, porque con las uñas largas no se puede hacer plastilina.
Hasta esta mañana no tenía nombre. Era una voz de mujer en el teléfono, a las tres de la madrugada.
Ahora lo tiene.
Muevo los labios sin hacer ruido, muy despacio, como Roberto cuando cuenta las campanadas.
Claudia Ferrer.