11. Seis nombres
El sábado a las diez de la mañana, Claudia empujó la puerta de la Rellotgeria Casals y sonó una campanilla de latón por encima de su cabeza.
Dentro olía a aceite fino, a metal y a madera vieja.
Las paredes estaban cubiertas de relojes, de pared, de cuco, de sobremesa, cada uno con su hora y su tictac, que juntos sonaban como lluvia sobre un tejado.
Detrás del mostrador, el señor Casals, setenta y tantos años, con una lupa de relojero sujeta a la frente como un tercer ojo, levantó la vista de un mecanismo abierto.
—La inspectora del teléfono —dijo, sin preguntarlo.
—La misma.
—Ya le di la lista.
—Y se lo agradezco. Vengo por otra cosa. —Claudia apoyó las manos en el mostrador de cristal—. El miércoles a primera hora vino un cliente suyo a recoger un péndulo. Adrián Serrano.
Casals se quitó la lupa de la frente muy despacio.
—El hijo de la señora Serrano, sí. El Westminster de pie, de 1912. Le retrasa diez segundos porque la señora no quiere que se lo toquen. —Frunció el ceño—. ¿Ha pasado algo?
—¿Le habló usted de mi llamada?
El relojero se puso colorado hasta las orejas.
—Déu meu. —Se frotó la cara—. ¿Hice mal? Se lo comenté de pasada, como una anécdota. Que una inspectora de los Mossos me había llamado preguntando por carillones y que yo no le había dado los nombres. Me pareció que había hecho bien. Estaba orgulloso, la verdad.
—Hizo bien. —Claudia sonrió para tranquilizarlo—. ¿Quién sacó el tema? ¿Usted o él?
Casals se quedó un momento con la boca abierta, pensando. Detrás de él, un reloj de cuco sacó al pájaro, cantó una vez y se metió dentro.
—Pues ahora que lo dice… —murmuró—. Fue él.
Me preguntó, mientras le envolvía el péndulo, si últimamente me había llamado mucha gente preguntando por relojes.
Me pareció una pregunta rara, pero los abogados son así, preguntan por preguntar.
—Miró a Claudia por encima de las gafas. Y entonces yo se lo conté.
Claudia le dio las gracias, le prometió que no había hecho nada malo y salió a la calle.
Se quedó un rato en la acera, con las manos en los bolsillos del abrigo.
La explicación de Adrián en el bar era verdad. Casals se lo había contado. Pero no se lo había contado por casualidad. Se lo había preguntado él.
¿Últimamente le ha llamado mucha gente preguntando por relojes?
¿Por qué iba a preguntar eso un abogado el miércoles a primera hora, una hora antes de presentarse en su mesa, si nadie le había hablado aún de ningún reloj?
* * *
El domingo trabajó en la mesa de la cocina, con Valentina al lado.
Valentina dibujaba con los rotuladores nuevos que le había regalado Clara: una casa enorme con muchas ventanas, cada ventana de un color, y en la puerta, un gato gris con corona. Queen. Siempre Queen.
—Mamá, ¿cómo se dibuja una lavadora?
—Un cuadrado con un círculo dentro.
—¿Y un reloj que canta?
Claudia levantó la vista del portátil.
—Igual que un reloj normal, pero con notas de música saliendo por arriba.
Valentina asintió, muy concentrada, y empezó a dibujar notas negras con rabito encima de la casa.
En la pantalla del portátil, Marta llevaba desde las siete de la mañana cruzando datos con las órdenes que Mónica le había arrancado el viernes por la noche al juzgado de guardia.
Todos los jueces de Barcelona. Los que vivían bajo la antena.
Y, de esos, los casados con una mujer que había sido maestra o profesora y ya no lo era.
A mediodía quedaban seis nombres.
Claudia los leyó despacio, una vez y luego otra.
Inés Pardo, profesora de francés, exmujer de Garrido. Vivía en Girona y seguía dando clase. No había dicho «les decía a mis alumnos»: seguía diciéndoselo cada mañana. Tachada.
Mercè Pujol, sesenta y ocho años, una enfermedad degenerativa. La voz del 112 era joven, rota, de no más de cuarenta. Un signo de interrogación.
Anna Riera, maestra de infantil, un dúplex en la Via Augusta. Justo debajo de la antena.
Teresa Bosch Pons. Maestra de primaria durante veintiocho años. Casada con Joaquín Martínez Prat. Fallecida el 3 de marzo de 2017.
Claudia tachó el nombre y luego se quedó mirando la tachadura. Teresa se había caído por la escalera de su casa tres años después de dejar el colegio. Con lo torpe que era con las escaleras, como se dice siempre de las mujeres que se caen por las escaleras.
Claudia abrió otra pestaña y buscó la causa de la muerte en el registro. Traumatismo craneoencefálico. Precipitación accidental en domicilio. Sin autopsia judicial. Sin diligencias. Sin nada. El juzgado de guardia de aquel día aceptó el informe del médico forense de turno y archivó.
Apuntó el nombre en la lista nueva, la que había empezado el jueves en la sala de reuniones y que no le había enseñado a nadie. Debajo de «Joaquín Martínez Prat» escribió: Teresa. 2017. Escalera. Maestra.
Y dos Paulas.
Paula Ferran Gil, profesora de inglés en un instituto, casada con Lluís Bertran, magistrado de lo mercantil, en la calle Margenat.
Paula Ortiz Llorens, maestra de primaria durante diez años en un colegio de Gràcia, casada con Roberto Valcárcel Ribalta, de la Audiencia Provincial, en la calle Jaume Piquet.
Las dos en casa unifamiliar. Las dos con una excedencia de la que no habían vuelto.
Yo les decía a mis alumnos que si alguien les hacía daño se lo tenían que contar a un adulto.
Eso no lo dice una profesora de inglés de bachillerato a chavales de diecisiete años. Eso lo dice una maestra de primaria a niños de siete.
Pero Claudia lo sabía: eso no era una prueba. Era una intuición. Y con una intuición no se llama a la puerta de un magistrado de la Audiencia Provincial.
—Mamá, mira.
Valentina le puso el dibujo delante del portátil, tapándole la pantalla.
La casa de muchas ventanas, el gato con corona, las notas de música saliendo del tejado.
Y en una de las ventanas de arriba, la más pequeña, la única pintada de negro, una figura diminuta, con el pelo largo, mirando hacia fuera.
—¿Quién es esa, Val?
—Una señora. —Valentina se encogió de hombros—. Está castigada.
A Claudia se le heló algo por dentro. —¿Por qué está castigada?
—No sé. Las señoras de las casas grandes siempre están castigadas. Como las princesas de los cuentos, en las torres.
Valentina volvió a su silla y destapó un rotulador rosa. Claudia se quedó mirando el dibujo un rato largo. Luego lo dobló con cuidado y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, sin saber muy bien por qué.
* * *
A las siete de la tarde, Xavi llamó a la puerta con una bolsa de cruasanes del horno de la plaza para el desayuno del lunes. Lo hacía todos los domingos, desde siempre, incluso en estos cinco meses. Era otra de esas cosas de las que no hablaban.
—Gracias.
—De nada. —Xavi se quedó en el umbral, con las manos en los bolsillos de la sudadera. La miró—. ¿Has dormido algo este fin de semana?
—Un poco.
—No tienes cara de un poco.
—Es el caso.
—Ya. —Xavi asintió despacio—. El caso.
No dijo nada más. No le preguntó dónde había pasado la noche del viernes, aunque las paredes del rellano eran finas y él debía de haber oído que no volvió a casa hasta pasadas las tres.
Solo la miró un segundo más de la cuenta, con esa expresión suya de guionista que ve escenas donde los demás solo ven gente.
Luego se agachó, le dio un beso en la cabeza a Valentina, que había salido corriendo a abrazarle las piernas, y se fue a su casa.
Buenas noches, Clau.
Claudia cerró la puerta y se apoyó en ella con la bolsa de cruasanes en la mano.
Dejó la bolsa en la encimera y volvió al portátil.
* * *
Esa noche durmió tres horas. A las seis menos cuarto ya estaba despierta, sentada en la cama con el móvil en la mano, actualizando la página de El Observador Digital cada cinco minutos.
A las siete y dos minutos, la noticia apareció en portada. El titular ocupaba toda la pantalla, en letras negras sobre fondo blanco:
EXCLUSIVA | Los Mossos investigan a un magistrado de Barcelona por presunta violencia machista tras una llamada al 112.
Debajo, una foto de archivo: un hombre de unos cincuenta años con traje oscuro, saliendo de la Ciudad de la Justicia con una carpeta bajo el brazo y la mirada baja. El pie de foto decía: El magistrado Andrés Garrido Ruiz, titular del Juzgado de Instrucción n.º 14, en una imagen de 2023.
Claudia leyó el artículo entero sin respirar.
Una llamada al 112 en la madrugada del lunes pasado. Una mujer que se identificaba como esposa de un juez.
Una investigación «en fase muy preliminar» a cargo de la unidad de violencia de género de Les Corts, «dirigida por la inspectora Claudia Ferrer, recién trasladada desde la División de Homicidios tras su papel en el caso Castañeda».
Fuentes judiciales «conocedoras del caso» que apuntaban al magistrado Garrido, «divorciado desde hace un año tras un proceso conflictivo en el que su exesposa le acusó de malos tratos psicológicos».
Y una frase final, entrecomillada, sin firma:
«En la Ciudad de la Justicia todo el mundo sabe quién es».
El móvil le vibró en la mano antes de que terminara de leer. Mónica.
Claudia no lo cogió enseguida. Miró la foto de Garrido una vez más: el hombre que había firmado la orden a las dos y diez sin hacer una sola pregunta, el hombre que vivía solo en un ático de Poblenou con una máquina de pinball y un póster de Rocky.
Su nombre estaba ahora en la portada de un periódico digital, en todas las pantallas de Barcelona, para siempre.
Y en una casa de la calle Jaume Piquet, o en una de la calle Margenat, en algún salón con un reloj de carillón dando los cuartos, un hombre estaría leyendo lo mismo. Y estaría sonriendo.
Claudia descolgó. —Lo he visto —dijo.
—Todo el mundo lo ha visto —dijo Mónica—. La consellera acaba de llamarme. El comisario general, también. Y Garrido ha llamado a la unidad hace diez minutos. Ribas le ha cogido el teléfono. —Una pausa larga, como un trueno lejos—. ¿Sabes lo que le ha dicho Garrido a Ribas?
—No.
—«Decidle a la inspectora Ferrer que no tengo ni reloj»