La llamada (Serie Inspectora Ferrer 1) 10. Orden
61%

10. Orden

Los sábados, a las ocho en punto, Roberto Valcárcel daba cuerda al reloj.

Lo había hecho su padre cada sábado durante cuarenta y un años, y antes que él su abuelo.

La llave era de latón, con la cabeza en forma de trébol, y vivía en un cajoncito secreto de la base de la caja que solo se abría apretando la moldura izquierda.

Paula no sabía que existía ese cajón. Nadie lo sabía, salvo él.

Abrió la puerta de cristal del reloj y metió la llave en el primer agujero de la esfera, el de la marcha.

Quince vueltas, ni una más. Luego el segundo, el de los cuartos.

Quince vueltas. Luego el tercero, el de las horas.

Quince. Su padre las contaba en voz baja, moviendo los labios, y Roberto había aprendido a contarlas igual a los siete años, sentado en el brazo de la butaca, mirándole las manos.

—Un reloj que no se cuida se adelanta —le decía su padre—. Y un reloj adelantado es peor que uno parado. Uno parado no engaña a nadie.

Su padre había sido presidente de la Audiencia de Girona.

Un hombre recto, de pocas palabras, que se quitaba el sombrero al entrar en las iglesias y en los juzgados.

Su madre llevaba siempre manga larga, incluso en agosto.

Roberto no se lo había preguntado nunca.

De niño pensaba que a su madre le daba frío.

De mayor pensó que su madre era una mujer elegante. Ahora no pensaba en ello.

Cerró la puerta de cristal y guardó la llave en su cajón secreto. El péndulo dorado iba y venía, tranquilo.

Todo en orden.

Había sido Ernesto quien se lo contó primero, el lunes a media tarde, antes incluso que los Puig.

Lo llamó a su despacho del juzgado, al fijo, no al móvil. Ernesto nunca usaba el móvil para nada que importara.

—Roberto, ¿has oído lo de la llamada al 112?

—¿Qué llamada?

—Una mujer, de madrugada. Dice que su marido es juez. Desde un móvil de esos que no son de nadie. Lo lleva una inspectora nueva de violencia de género, una tal Ferrer, que viene de homicidios.

—¿Cómo lo sabes tú?

Ernesto hizo una pausa. Se oyó cómo encendía uno de sus puritos.

—Me ha llamado alguien de los Mossos que me debe un favor. —Otra pausa—. Lo cuento por si acaso, Roberto. Por si conoces a alguien que tenga problemas en casa.

—No conozco a nadie.

—Ya lo sé. Por eso te lo cuento a ti primero.

Colgó. Roberto se quedó con el auricular en la mano un buen rato, mirando la pared de su despacho, donde tenía colgado el título de licenciado de su padre, enmarcado en madera noble.

Por eso te lo cuento a ti primero.

Ernesto Salcedo no decía nunca nada sin motivo. Era lo que más le gustaba de él.

* * *

Esa noche, en el restaurante, con los Puig y los Camps, había observado a Paula cuando Lluïsa contó la historia en el postre. La había observado sin mirarla, con el rabillo del ojo, como se mira a un testigo cuando el abogado contrario le hace la pregunta peligrosa.

Paula había dicho «qué horror» con la voz de pedir el pan. Pero el pulso, debajo de su pulgar, le iba como el de un pájaro.

Podía ser el orujo. Podía ser el frío. Podía ser que Paula se pusiera nerviosa cuando se hablaba de violencia, de mujeres, de esas cosas, porque era una mujer sensible y él la había protegido siempre de todo eso.

Un juez aprende pronto que un pulso acelerado no prueba nada.

Se ha condenado a inocentes por un pulso, y se ha absuelto a culpables por una mano firme.

Pero había otras cosas.

La noche del grifo, por ejemplo. Las tres y cuarto de la madrugada de ese mismo lunes.

Él se había despertado por el ruido del agua, había visto la cama vacía y había ido por el pasillo hasta la puerta del baño, con el pestillo echado.

Al otro lado, el agua y nada más. Ningún otro ruido.

Y luego ella había salido con la cara mojada, le había enseñado las manos vacías y le había dicho que se había mareado.

Las tres y cuarto. Ernesto había dicho «de madrugada». No había dicho la hora.

Roberto no le había preguntado la hora a Ernesto. Preguntar la hora habría sido como decir algo.

* * *

Luego estaba lo de ayer.

Ayer, viernes, Paula se fue a pilates a las cinco menos diez, como cada martes y cada viernes.

Roberto había salido antes del juzgado, por primera vez en el año.

Tenía la aplicación abierta en el móvil, encima del asiento del copiloto del Audi, y vio el puntito azul de Paula moverse por Muntaner, girar en Calvet y quedarse quieto, exactamente en el estudio, durante una hora entera. Hasta las seis menos cinco.

A las seis menos diez aparcó en doble fila en la esquina y esperó con el motor en marcha. La vio salir la última, con la chaqueta gris del chándal cerrada hasta arriba, caminando deprisa, con el pelo hacia un lado.

Le abrió la puerta del copiloto desde dentro. Ella se sorprendió al verlo. Se sorprendió demasiado.

—He salido antes —le dijo—. Y he pensado en venir a buscarte.

—Qué detalle —dijo ella.

Arrancó. En el semáforo de Muntaner la miró de perfil. Tenía la piel de la frente seca, el pelo seco, la nuca seca. La chaqueta de chándal sin una sola mancha de sudor bajo las axilas, sin una arruga.

Las otras mujeres habían salido coloradas, con el pelo pegado a las sienes, riendo, con las botellas de agua vacías. Paula había salido como entró.

Una hora de pilates y ni una gota de sudor.

—¿Qué tal la clase? —le preguntó.

—Bien. Un poco floja. —Paula miraba por la ventanilla—. Hoy he hecho los ejercicios suaves. Me dolía un poco el costado.

El costado. Sí. Eso tenía sentido. El jueves por la noche… Roberto no pensó en el jueves por la noche con palabras. Lo pensó como se piensa una sentencia ya dictada: algo que pertenece al pasado, a otro tomo del archivo, y que no se vuelve a abrir.

Tenía sentido. Lo del costado tenía sentido.

Pero un juez aprende pronto otra cosa: que la explicación que tiene sentido es exactamente la que prepararía alguien que miente bien.

* * *

El viernes por la noche, cuando Paula ya dormía, había buscado a la inspectora en el portátil del despacho.

Claudia Ferrer Puigdevall. Treinta y cinco años.

Inspectora de los Mossos d’Esquadra. Había llevado dos de los casos que más habían salido en los telediarios.

Había fotos suyas en ruedas de prensa: una mujer delgada, con el pelo castaño recogido en una coleta, chaqueta oscura y mirada directa a la cámara.

En una de las fotos, la periodista le preguntaba algo y ella contestaba con la barbilla levantada.

En un artículo de La Vanguardia sobre el caso Castañeda, un compañero suyo, un tal Pau, decía: «Claudia es de las que no sueltan. Si te muerde, no te suelta.»

Roberto amplió la foto de la rueda de prensa hasta que la cara de la inspectora ocupó toda la pantalla. La miró un rato largo, como miraba los autos de procesamiento de los abogados jóvenes, buscando el error, el punto débil.

No era fea. No era vulgar. Era una mujer que no tenía a nadie que la pusiera en su sitio.

Cerró el portátil.

* * *

Lo que nadie entendía —y Roberto había dejado hacía tiempo de esperar que nadie lo entendiera— era que él no hacía daño a Paula.

La protegía.

La había conocido con veintidós años, en su optativa de Derecho y Sociedad, sentada en la tercera fila con un jersey de rayas y el pelo recogido con un bolígrafo.

Una chica lista y desordenada, que hacía preguntas que no venían a cuento y tenía la manía de sonreír cuando estaba nerviosa.

Una chica que, sin él, habría acabado casada con un profesor de instituto en un piso de sesenta metros en Badalona, corrigiendo exámenes los domingos.

Él le había dado una casa en Sant Gervasi, con jardín y un reloj de carillón de 1887. Le había dado cenas en el Turó Park, brazaletes del paseo de Gràcia, una vida en la que no tenía que levantarse a las siete para aguantar a treinta niños con mocos.

Le había enseñado a vestir, a hablar, a sentarse a una mesa. La había pulido como su padre pulía la caja del reloj los domingos, con aceite de linaza y un paño de lana, hasta que la madera brillaba.

Y a veces, como cualquier cosa valiosa, había que corregirla.

No era crueldad. Era estética. Era orden. Una casa necesita un orden, como un tribunal, como un reloj. Y en todo orden hay alguien que da cuerda y alguien que da las horas.

* * *

Desde el salón oyó a Paula en la cocina. El ruido del grifo. Una taza contra el plato. Los pasos descalzos sobre el suelo hidráulico, cuidadosos, pequeños, los de alguien que intenta no molestar.

Estaba preparando el desayuno. Café solo para él, en la taza blanca de porcelana de Limoges, con el platito. Dos tostadas de pan de payés, con aceite y sal, sin tomate. Lo haría todo exactamente igual que cada sábado durante once años.

Y sin embargo.

Roberto se quedó quieto en mitad del salón, de pie junto al reloj, escuchando. Pensó en Ernesto: Por eso te lo cuento a ti primero. Pensó en las tres y cuarto. En el pulso de pájaro. En la frente seca. En la palabra costado, que salió de su boca tan rápida y tan bien colocada.

Pensó en Garrido, el pobre idiota, que el lunes iba a salir en un periódico digital con su nombre y sus apellidos, por culpa de una mujer que no era la suya.

Una mujer había hablado. Eso era seguro. Y si había hablado, no era una mujer cualquiera. Era una mujer de su mundo, con un marido de su mundo y un reloj como el suyo en el salón. Una mujer de la que sabían las cosas que sabía Ernesto.

Nada de lo que pasaba en su vida venía de fuera. Las amenazas nunca venían de fuera. Su padre lo decía también, sentado en esta misma butaca, con la llave de latón en la mano: Hijo, las casas no se caen por el viento. Se caen por la carcoma.

Si alguien había hablado, no podía ser de fuera.

El orden siempre se rompía desde dentro.

El reloj dio el cuarto. Cuatro notas que subían y bajaban.

Roberto Valcárcel se giró despacio hacia la puerta de la cocina, que estaba entornada. Por la rendija se veía el borde de la encimera, la cafetera italiana en el fuego y la espalda de su mujer, inclinada sobre la tabla del pan, cortando con mucho cuidado dos rebanadas exactamente iguales.

Se quedó mirándola un rato largo.

Luego fue a sentarse a la mesa del comedor, desplegó la servilleta sobre las rodillas y esperó a que le sirvieran el café.