9. Fuego
La segunda tarjeta tenía número desde las diez de la mañana del viernes.
Fue idea de Marta. Imran numeraba con rotulador las tarjetas que vendía ya activadas. La de Remedios Lozano era la catorce del lote. La quince faltaba: se había activado el mismo martes, un minuto después, a nombre de otro muerto. Y no se había conectado nunca a la red.
—Está guardada —dijo Claudia—. Apagada, en algún sitio. Esperando.
Mónica consiguió otra orden antes de comer: si la tarjeta se encendía, la operadora avisaría en tiempo real. Al móvil de Mónica y al de Claudia. A nadie más.
—Si la enciende —dijo Mónica—, la tenemos.
—Si la enciende y no la está mirando él.
Mónica no contestó.
* * *
El taxista se llamaba Faustino Aranda, tenía sesenta y dos años y llevaba treinta y uno conduciendo por Barcelona.
El Institut Metropolità del Taxi tardó una mañana en cruzar los tres números de la licencia con los coches que habían circulado por el Raval aquel martes por la tarde.
Faustino contestó al teléfono desde una parada del aeropuerto, con la radio de fondo puesta en un partido.
—Una señora con gafas negras, sí. Me acuerdo.
—Bajó el volumen—. La recogí en Sant Gervasi, en la calle Calvet, delante de un gimnasio de esos pijos.
De pilates. Me pidió que la esperara en el Raval con el taxímetro en marcha y que luego la devolviera al mismo sitio. Cuarenta y cinco minutos, ida y vuelta.
—¿Le dijo algo durante el trayecto?
—Nada. Iba mirando el reloj todo el rato.
—Una pausa—. Bueno, una cosa sí. Al bajarse, me dio una propina de veinte euros y me dijo: «Si alguien le pregunta, no me ha visto.»
Así, tal cual. Y yo le dije: «Señora, yo a usted no la he visto en mi vida.»
Y se rió. Una risa rara, como de alguien que no se ríe nunca.
Claudia apuntó la dirección. La calle Calvet estaba dentro del óvalo de la antena, a cuatrocientos metros del centro.
—¿A qué hora la recogió?
—A las cinco y cinco. Lo sé porque las clases empiezan a las cinco en punto. Ella salió de dentro con la ropa de calle, no de deporte. —Faustino se quedó un momento callado—. Se había saltado la clase, inspectora. Había entrado para que la vieran entrar.
* * *
A las cinco menos diez de la tarde, Claudia estaba sentada en una cafetería de la calle Calvet, en la mesa junto a la ventana, con un cortado que no se iba a beber.
Al otro lado de la calle, entre una tienda de ropa infantil y una inmobiliaria, había una puerta de cristal esmerilado con un rótulo discreto en letras blancas: Estudi Equilibri — Pilates & Barre.
En el escaparate, una planta tropical enorme y una foto en blanco y negro de una mujer con un moño perfecto haciendo un estiramiento imposible.
Mónica le había dicho que no hiciera nada, solo mirar. La lista de clientas del estudio necesitaba otra orden, y el juez de Sabadell ya se había ido a casa y no volvía al juzgado hasta el lunes.
Claudia no tenía intención de hacer nada. Solo quería verlo con sus propios ojos: la puerta, la acera, el sitio exacto donde una mujer con gafas de sol se había subido a un taxi para ir a comprar un teléfono a nombre de una muerta.
A las cinco menos cinco empezaron a llegar.
Llegaban solas o de dos en dos, con mallas caras, esterillas enrolladas bajo el brazo y botellas de agua de acero.
Mujeres de treinta, de cuarenta, de cincuenta, con coletas altas y caras sin maquillaje que habían costado mucho dinero.
Se saludaban en la puerta con besos que no rozaban la mejilla. Claudia las contó: once. Doce.
La decimotercera llegó a las cinco menos dos minutos, caminando deprisa desde la esquina de la calle Muntaner.
Llevaba una chaqueta de chándal gris de manga larga, cerrada hasta arriba, y el pelo suelto hacia un lado.
No llevaba esterilla. Se paró un segundo delante de la puerta de cristal, como si dudara, se tocó la muñeca izquierda por encima de la manga y entró.
Claudia la siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró.
Manga larga en un viernes de noviembre a dieciocho grados. El pelo hacia un lado. La mano en la muñeca.
No es nada, se dijo. Trece mujeres. Media Barcelona lleva el pelo así.
Pero no apartó la vista de la puerta.
* * *
A las cinco y veinte le sonó el móvil. Era Mónica.
—¿Dónde estás?
—Mirando.
—Pues deja de mirar y escucha. —Mónica tenía la voz tensa, de cuerda de violín—.
Me acaba de llamar un periodista. Jaume Roig, de El Observador Digital.
Me ha preguntado si confirmo que la unidad de violencia de género investiga a un magistrado de Barcelona tras una llamada al 112 de una mujer que dice ser su esposa.
Claudia cerró los ojos.
—¿Qué le ha dicho?
—Que ni confirmo ni desmiento, como dice el manual. Y luego le he preguntado cómo había conseguido mi número. —Mónica soltó una risa sin humor—. Me ha llamado al móvil personal, Ferrer. Al mío. El que solo tienen mi madre, mi médico y el comisario general.
—¿Y qué le ha contestado?
—Que un periodista no revela sus fuentes. Y luego me ha dicho, muy amable, que el artículo sale el lunes a primera hora. Con nombre. —Una pausa—. No me ha dicho qué nombre. Pero me ha preguntado si nos constaba que el magistrado Garrido tuviera una exmujer con antecedentes de denuncias falsas.
—Garrido no es.
—Eso díselo a él. —Mónica respiró hondo—. Ven a la unidad. Ya. Tenemos que preparar algo antes de que el lunes nos explote encima.
—Voy.
Claudia colgó y se quedó un segundo con el móvil en la mano, mirando la pantalla, pensando en el número personal de Mónica, en el fiscal de la cena del Colegio de Abogados, en Lluïsa Puig y sus perlas de tres vueltas, de las que no sabía nada.
Dejó un billete encima de la mesa y salió de la cafetería.
No vio cómo, a las seis menos cinco, la puerta del Estudi Equilibri se abría y salían las mujeres de la clase, sudadas y riendo, con las esterillas bajo el brazo.
No vio a la decimotercera, la de la chaqueta gris de manga larga, salir la última, sin haber sudado, y caminar deprisa hasta la esquina, donde un Audi gris oscuro esperaba en doble fila con el motor en marcha.
No vio cómo el conductor, un hombre de pelo plateado con traje gris, se inclinaba sobre el asiento del copiloto para abrirle la puerta desde dentro.
Claudia ya estaba en el metro, bajando las escaleras de la estación de Muntaner, con la cabeza en el lunes.
* * *
Salieron de la unidad a las nueve y media de la noche con un comunicado de cuatro líneas que no decía nada y una sensación pegajosa de derrota.
Era viernes. Valentina dormía en casa de Xavi.
Era su noche con ella desde hacía cinco meses, una de cada dos semanas, aunque nadie lo había escrito en ningún papel.
Claudia se quedó un momento en la acera de la Travessera de les Corts sin saber adónde ir.
Su casa estaba vacía y no le apetecía oír cómo Xavi le daba las buenas noches a su hija a través de la pared.
Le vibró el móvil del trabajo. Era un número que no tenía guardado.
Tengo el libro de incidencias de Elvira. El original. ¿Dónde se lo llevo? A. S.
Claudia miró el mensaje un rato largo. Pensó en la servilleta y en el número nueve: Sabía lo del reloj.
Escribió: Bar Pinotxo Marítim. Al final del paseo. 22:30.
Lo envió antes de arrepentirse.
* * *
El bar estaba casi vacío, con las sillas de la terraza apiladas bajo la lluvia fina y dentro una luz anaranjada de bombillas desnudas. Olía a sal y a cerveza. Adrián llegó a las diez y veintiocho, con una gabardina oscura mojada en los hombros y una carpeta de cartón bajo el brazo.
Se sentó frente a ella. Dejó la carpeta en la mesa.
Dentro había un libro de tapas negras con renglones, escrito a mano con letra redonda y pulcra.
En la página de un jueves de principios de octubre, dos entradas seguidas: 11:42.
Llamada. Mujer. «Mi marido es juez.» Cuelga.
11:46. Misma voz. Mismo mensaje. Cuelga. Muy asustada.
Muy asustada, lo había subrayado Elvira.
—Gracias —dijo Claudia.
—De nada.
El camarero les trajo dos cañas sin que nadie las hubiera pedido. Claudia no tocó la suya.
—¿Cómo sabía lo del reloj? —preguntó.
Adrián no se sorprendió. Pareció casi aliviado, como si llevara dos días esperando la pregunta.
—Por Casals. El relojero de Sant Gervasi.
—¿Lo conoce?
—Restaura el reloj de mi madre desde hace veinte años.
Un Westminster de pie, de mi abuelo, que da los cuartos con un retraso de diez segundos porque mi madre se niega a que se lo arreglen.
—Adrián hizo girar la caña sobre el posavasos—.
El miércoles a primera hora, antes de ir a verla a usted, fui a recoger el péndulo, que estaba en reparación.
Casals me contó que una inspectora le había llamado hacía un rato preguntando por relojes de carillón en la zona alta, y que no le había dado los nombres «por respeto a los clientes». Estaba muy orgulloso de sí mismo.
—¿Y usted ató cabos?
—Usted me habría hecho lo mismo. —Sonrió apenas—. Una mujer que dice «mi marido es juez» y una inspectora que busca relojes antiguos en la zona alta el mismo día. No hace falta ser abogado.
Claudia lo miró un rato largo. Era una explicación perfecta, demasiado perfecta para ser mentira y demasiado cómoda para creérsela del todo. El lunes llamaría a Casals. Lo sabía mientras lo pensaba.
—¿Me va a tachar de su lista? —preguntó Adrián.
—¿Qué lista?
—La que tiene en la cabeza. Se le nota en la cara cada vez que me mira. Como si me estuviera apuntando con un bolígrafo.
Claudia no contestó. Bebió de la caña por primera vez. Estaba fría y un poco amarga.
—Todavía no —dijo.
—Me parece justo.
* * *
Hablaron una hora más. De Garrido, del periodista, del lunes. Luego de otras cosas. De por qué alguien deja homicidios para irse a la planta de los casos que nadie quiere.
—Por una mujer a la que nadie fue a buscar —dijo Claudia, y no supo por qué se lo contaba a él—. La madre del asesino de los Castañeda. Treinta años en un piso con humedades, y ni un policía llamó a su puerta.
Adrián se quedó callado. No dijo «lo siento» ni «eso te honra» ni ninguna de las frases que dice la gente. Solo la miró con esos ojos grises, sin apartarlos, como si acabara de entender algo importante y quisiera guardarlo bien.
—Ahí está —dijo al fin, en voz baja.
—¿El qué?
—La razón por la que voy a seguir trayéndote libros de incidencias aunque me tengas en tu lista.
A las doce y cuarto salieron a la calle. Había dejado de llover. El paseo marítimo brillaba bajo las farolas, vacío, y el mar se oía al otro lado de la arena, oscuro y constante.
—¿Dónde vives? —preguntó Adrián.
—Aquí al lado.
—Te acompaño.
—No hace falta.
—Ya lo sé.
No la acompañó. Fueron a su casa, la de él, un ático de la calle Pujades con vistas a la Torre Glòries, porque la casa de Claudia estaba pared con pared con la de Xavi y ella no iba a hacer eso. No lo pensó con palabras. Lo pensó con el cuerpo, como se piensan las cosas que no se van a confesar.
En el ascensor no se tocaron. En el rellano, mientras él buscaba las llaves, Claudia le miró las manos: firmes y tranquilas, sin anillo, con una cicatriz pequeña y blanca en la base del pulgar izquierdo.
—¿Y eso?
—Un cristal. Hace mucho. —Abrió la puerta—. Algún día te lo cuento.
—Lo apunto.
Él se rió. Fue la primera vez que lo oyó reírse de verdad, una risa grave, corta, sorprendida de sí misma.
Dentro no encendió la luz. La ciudad entraba por los ventanales, naranja y azul. Adrián dejó la gabardina en el respaldo de una silla y se giró hacia ella, y se quedó quieto, a un paso, con los brazos a los lados.
—Puedes irte cuando quieras —dijo—. Te pido un taxi. O nos quedamos cinco minutos callados mirando la Torre Glòries, que esta noche está de color lila, no sé por qué.
—Cállate, Serrano.
—Eso sí que lo puedo hacer.
Fue ella la que dio el paso.
Después no recordaría bien el orden de las cosas.
Recordaría su boca, que sabía a cerveza y a algo más oscuro.
La pared fría del pasillo contra la espalda.
Sus manos desabrochándole la blusa sin prisa, botón a botón, como quien lee algo que no quiere terminar.
Y que en un momento él se detuvo, con la frente apoyada en la suya, y preguntó:
—¿Sí?
Y ella dijo que sí.
Lo demás no lo recordaría con palabras. Lo recordaría como se recuerda el mar de noche: por el ruido.
* * *
A las tres menos veinte, Claudia se vistió a oscuras sin despertarlo.
Recogió la carpeta de cartón del suelo del pasillo, donde había caído en algún momento, y comprobó que el libro de tapas negras seguía dentro.
Luego cogió un bolígrafo de la encimera de la cocina y escribió en el dorso de un tíquet de supermercado:
Me llevo el libro de Elvira. Te lo devuelvo cuando acabe. C.
Se quedó un momento mirando la nota, con el bolígrafo en el aire, pensando si añadir algo más. No supo qué. La dejó junto a la cafetera, donde él la vería por la mañana, y salió cerrando la puerta muy despacio.
En el taxi de vuelta, por la avenida Icària vacía, le vibró el móvil. Era un mensaje de Xavi, enviado a las once y diez, que no había visto.
Una foto. Valentina dormida en el sofá de Xavi, despatarrada, con la boca abierta y el pijama de unicornios, abrazando a Nube contra el pecho. La tele encendida al fondo con los dibujos en pausa.
Debajo, una sola línea:
Val se ha dormido con Nube. Buenas noches, Clau.
Clau. Hacía cinco meses que no la llamaba así.
Claudia se quedó mirando la foto hasta que la pantalla se apagó sola. Luego la volvió a encender y la volvió a mirar. Fuera, por la ventanilla, pasaban los edificios de la Vila Olímpica, oscuros, con alguna ventana encendida aquí y allá, como dientes.
El taxista la miró por el retrovisor.
—¿Todo bien, señora?
—Sí —dijo Claudia—. Todo bien.
Y apagó el móvil.